507. Perros Yuchos y Otras Naderías

A comienzos de los años 1940 yo era un curioso muchacho que gustaba asomarse a las ventanas y claramente recuerdo a los «perros yuchos», famosos por ser de raza lampiña sin un solo pelo en el cuerpo y no es que adolecieran de sama o de otra enfermedad a la piel, sino que nacían sin ellos. ¿Qué se habrán hecho estos perros tan criollos, únicos autóctonos del Ecuador y de color gris? Ya no se los ve «ni en pelea de perros», modismo con el que se mencionaban las reuniones de canes, cuando trenzados en peleas a dentelladas, alborotaban el cotarro citadino con sus ladridos.

Esto escribí en 1983 y desde entonces se me ocurrió buscarlos en los campos de la sierra, tratando de encontrar siquiera un perro yucho y tanto me dediqué a ello que en mi viaje al Perú en abril de 1987 al fin hallé un ejemplar en el balneario de Pucusana.

Era una hembrita legítima yucha finísima pues tenía doble copete, uno en la cabeza y otro en el rabito. Lindísima para mi gusto, aunque toda ella pelada y de piel color gris con pequeñas manchas rosáceas que le daban la desagradable apariencia de sarnosa.

Estudiada con mucho detenimiento y durante más de una hora, comprobé que estaba sanísima, aunque no tenía dueño pues dormía en la iglesia y comía lo que le daban en un kiosco, que era muy popular por su mansedumbre habitual (un perro yucho jamás ladra, simplemente no puede hacerlo por carecer de cuerdas bucales) y reconocía cuando le gritaban «China». Estos perros son de la China pensaron los conquistadores españoles cuando los encontraron en América sin imaginarse que eran oriundos de estos territorios, de manera que con ese nombre han pasado a nuestra historia nacional y gozaron de tanta fama que en los murales mexicanos del siglo XX figuran al lado de personajes aztecas.

De estatura algo mayor y muy parecidos a un Chihuahua de cara y cuerpo. Delgadita y con sus orejitas en punta. Hocico alargado y grandes ojos negros de expresión habitualmente triste. Un encanto de perrita ¿Qué hacer?  Me la ofrecieron en venta en treinta intis o sea en la insignificancia de un dólar y me dijeron que antiguamente se tenía la creencia que su carne era buena para curar el reumatismo. Yo lo sabía y el origen de este absurdo radica en que como los perros no tienen poros en la piel, transpiran por la lengua y se acondicionan al frío o al calor naturalmente; y como el reumatismo se agrava con el frío, a alguien se le debió ocurrir el absurdo de que comiendo perros se podría adquirir esa virtud – de calentarse – y así dominar el reumatismo.

Al final me hice querer de «China» que era una cachorrita juguetona y mucha pena me dio alejarme de ella pues no la podía traer en avión al Ecuador. Hoy que escribo esta nota copio lo siguiente, extractado de los procesos de beatificación de Mariana de Jesús: «Dos perrillos sin pelo como estos de China, ladrando y jugando y que Mariana los cogía y ataba a un madero, sin miedo». Esto disque se los ponía el demonio muy cerca de ella para distraerla en sus oraciones y hacerla pecar.

Concluyo que los perros yuchos o sin pelo, que esto significa en quechua, también eran llamados Perros de China, de donde debió originarse el nombre de la perrita peruana.

Entonces había más gatos que ahora y tenían la particularidad de ser anaranjados con listas cafés y blancas; si hasta parecían pequeños tigres esos «gatos romanos», que preferían los alfeizares de las ventanas de los departamentos bajos, que no tenían rejas y solo se protegían con persianas de madera y pequeños pestillos. Molestar a esos señorones gatos era la mayor gracia de los chicuelos de entonces, que los sobaban, tiraban de sus rabos y hasta les doblaban las orejas hacia adelante – que siempre les ha causado grave disgusto porque parece que las tienen muy delicadas. Otros muchachos, los peores, saliendo del colegio San José de los Hermanos Cristianos, a los gatos que pillaban dormidos los despertaban con un reglazo en el lomo, sobresaltándose los regalones con el golpe. Ellos, que vivían dormitando, entre mimos y atenciones de sus dueñas, sorpresivamente volvían del sueño.

Hoy los gatos romanos y perros yuchos están en vías de extinción, si hasta casi han desaparecido. Ahora se ven perros lobos, pekineses, coker, snauzer y otras razas nuevas, a la cual más rara y antojadiza, pero todas de pedigree. También están desapareciendo los «perros cholos o de la Península», grandes, flacos y costilludos, de color crema o amarillo claro, de patas largas y prolongados hocicos, finos en sus lejanos orígenes por descender de los «Galgos» y «Podencos» que llegaron de España con los conquistadores como perros de pelea, para que muerdan y despedacen a los indios, de donde se originó el término de «indio aperreado» y la voz «aperréalo», orden que les daba para atacar.

Pero como la felicidad dura poco en casa de pobres, por los años 1.965 al 70 empezaron a arribar a Guayaquil los famosos hippies que llegaban con su música, sus guitarras y pidiendo transporte haciendo dedo. Todos seguían de paso a otros lados, muy pocos se quedaban, pero eran melenudos y bastante sucios. Algunos debieron sufrir de sarna, y aunque dicen que este tipo de dolencia no se pega a los animales y viceversa, comenzaron a volverse sarnosos los perros Yuchos y los gatos Romanos y desaparecieron a corto plazo de Guayaquil.

Antes de ello en ese Guayaquil se les veía en las calles y de preferencia cerca de las refresquerías, que las había por lo general en  las esquina,  vendían  hielo raspado y  prensado en vasos de cristalllenos de esencias de muchísimos sabores y colores. Unas eran de crema de leche también había de coco, de menta, de piña, de tamarindo, de rosa, de naranja y muchas más. El prensado más conocido era de dos colores, amarillo arriba y rojo abajo, de piña o rosa, bautizados «pus con sangre» nombre que aún se repite en los pueblos: ¡Deme un pus con sangre!

Años después las refresquerías dieron paso en el centro de la urbe a las «Resbaladeras», una de las cuales subsistió hasta hace poco al pie de la bomba «Salamandra», vendiendo jugos y ensaladas de frutas, la popular «chi cha de morocho» y la «resbaladera propiamente dicha o fresco de badea» que se preparaba con una badea madurita, sacada del patio trasero de cualquier casa guayaquileña, donde crecían silvestres y formando enredaderas. Se pelaba la pulpa y cortaba en trocitos y con las pepas, que tenían un cierto bagazo, se mezclaban jugos y frutas. La combinación no podía ser más excelente: gustaba, refrescaba, llenaba y no costaba mucho. ¡Todo en uno!

«Tirar pescuezo en la esquina», era otra costumbre que se ha perdido desde la popularización de los teléfonos. El muchacho se paraba detrás de un estante o en el zaguán del frente de la casa donde vivía la chica de su preferencia. En este deporte gastaba horas y hasta semanas, hasta que ella se percataba del pescuezudo que la miraba con insistencia. Si el galán era de su agrado se quedaba en la ventana, caso contrario, se perdía por algún tiempo, para que él comprenda.

Luego el joven se atrevía a pasar por el portal y muy ceremoniosamente se sacaba el sombrero en señal de salud. Estas pasadas se repetían otras dos semanas, a la misma hora, casi siempre entre las cinco y seis de la tarde, la más propicia para el romance criollo. En una de ellas, se detenía el caminante a preguntar por la salud de la mamacita de la niña a la que suponía enferma- roto el hielo, comenzaban las conversaciones y hasta un respetuoso sereno con guitarras y valsecitos criollos y con tal motivo hablaban bobería y media.

Al llegar el santo de ella, claro está, invitaban al galán. ¡En fin de cuentas, ya eran amigos! El asistía perfumado y engominado, con ramo de flores y un regalo, saludaba a los padres, era presentado a los parientes y trataba de hacerse simpático a como diera lugar – ahora o nunca – y si causaba buena impresión, hasta pedía autorización para regresar como amigo nomás, para conocerse mejor y así con lentitud y parsimonia salían magníficos romances, matrimonios largos y felices familias, que comenzaban con un inocentísimo «tirar pescuezo en la esquina».