501. La Risa Contagiosa De Enrique Gil

«En 1.928 Enrique Gil, joven de diez y seis años solamente, destacó como deportista ganando la carrera de cien metros planos y por su color canela, anchos labios y gran sentido del humor que le hacía reír constantemente de todas las cosas de la vida, sus amigos le decían la mona Gil. Años más tarde Pablo Neruda comentaba que en su visita a Guayaquil le habían gustado dos cosas: El Cementerio que consideraba muy bello y la risa de Enrique por estridente y contagiosa.

Guayaquileño nacido en 1.912, en la antigua casa de madera propiedad de sus padres ubicada en la calle Villamil entre los callejones Gutiérrez y Calderón. Hijo de Enrique Gil Quezada, próspero contratista municipal y agricultor, propietario en las islas Galápagos, que en 1.917 formó la “Albemarle Developmen  Corporation Galapagos Island” con el empresario norteamericano Washington Henry Oschner y falleció en 1.921 a causa de un derrame cerebral que le sobrevino en el barco que le llevaba a las islas y cuando herraba a un grupo de burros y vacas jóvenes que pensaba reproducir en aquellas lejanías, entonces le sucedió en el manejo de sus negocios su hermano Carlos, pero fracasó por no tener su capacidad, luego se intentó tres veces vender la hacienda sin éxito y finalmente ésta se fue desintegrando hasta perderse totalmente.

Fue su madre Alejandrina Gilbert Pontón, condueña de la hacienda Chojampe en junta con sus hermanos, llamada por los amigos de su hijo Enrique como la Mamaleja, ambos guayaquileños.

El padre de los Gil Quezada llamó Antonio Gil, fue muy amigo del presidente Eloy Alfaro y su Intendente de Policía en Guayaquil, donde se hizo famoso por dar de bastonazos al prójimo cuando éste se ponía revoltoso debido a su habitual mal carácter. En 1.897 intentó colonizar la abandonada isla Floreana, aunque a pesar de sus esfuerzos no lo consiguió y siguió siendo la menos poblada del archipiélago. En 1.900 se trasladó a la isla Isabela y con la ayuda de su hijo Antonio logró establecer la hacienda Santo Tomás formada por varios lotes llamados Santo Tomás, Cerros Verdes, La Pretoria y Merceditas a los que añadieron los comprados a otros colonos. Con esfuerzo y visión llegó a prosperar y tuvo cultivos y ganado vacuno y caballar, cuyos cueros se vendían a buen precio en Guayaquil. I para su buen nombre, ganó fama de ser más humano que el otro gran colonizador, Manuel J. Cobos.

Enrique, el futuro escritor, quedó huérfano de sólo siete años, aún niño escribió el libro de versos «Iris» al que dio su dulce aprobación la poetisa María Piedad Castillo de Leví. “Enseguida se tropezó con la tierra que es siempre más áspera que la poesía y en la heredad materna (Chojampe) montado a pelo y totalmente desnudo, bejuco en mano arreaba en las vacaciones de invierno al ganado; más, ese muchacho bárbaro, ese arreador, era un poeta.”

Buen hijo, responsable desde pequeño, sirvió de padre a su único hermano llamado Antonio, menor a él en seis años, quien a pesar de su epilepsia llegaría a ser un afamado ginecólogo fallecido joven. Su viuda la popular Dra. Manuelita Yuen Chong, también obstetra, fundaría al poco tiempo la Clínica Antonio Gil.

Cursó la primaria en el Colegio «Cristóbal Colón» y la secundaria en el «Vicente Rocafuerte. Hizo más versos y dedicó uno a la Madrina Criolla de ese año que publicó en la Revista «Ocaña Film» bajo el seudónimo de «Max Bert». En 1.929 pergeñó su primer cuento que no llegó a publicar porque habiéndolo entregado con algunos otros poemas a Próspero Salcedo Mac Dowall, quien tenía su imprenta en el barrio del Conchero, éste los traspapeló involuntariamente. Uno era autobiográfico y relataba como es de suponer la historia de un huerfanito. Él mismo.

A mediados de ese año, cuando estudiaba el quinto curso de secundaria hubo una huelga contra su tío el rector Abel Gilbert Pontón a quien los alumnos habían apodado “Tirano masca freno” por su mal carácter. El día de la anunciada huelga el Rector se puso delante de la puerta en actitud valiente, decidida y hasta cierto punto temeraria, para controlar la entrada del alumnado y evitar que se tomen el Colegio. Atlético, parado con las piernas abiertas y los brazos cruzados, fiera la actitud del rostro, realmente despertaba respeto, pero los huelguistas se mostraron inteligentes pues cuando todo hacía suponer un enfrentamiento con la autoridad, con gran docilidad y muy ordenadamente dieron la media vuelta y entraron por la parte de atrás de las instalaciones, dejando chasqueado al señor Rector y a los profesores que solidariamente le acompañaban.  Finalmente, tras varios días, el rector tuvo que renunciar y su sobrino Enrique salió del Colegio. Por eso viajó a Riobamba con su madre, su hermano Antonio y sus primos hermanos los Gilbert Elizalde hijos del rector, cursando el sexto y último año en el Colegio «Pedro Vicente Maldonado» donde obtuvo el título de Bachiller.

I como también simpatizaba con las ideas comunistas desde que su amigo de confianza Demetrio Aguilera Malta lo había llevado a presentar a Joaquín Gallegos Lara, más por solidaridad con los trabajadores que por convicción ideológica – pues aun no tenía muy arraigadas sus ideas – contribuyó a organizar en Riobamba una célula del partido comunista junto a Arsenio Veloz, Luís Álvaro y otros, siendo elegido Secretario de Actas.

Al graduarse volvió al puerto donde repitió sus visitas a la buhardilla de Gallegos Lara y a sus interminables conversaciones literarias con Demetrio y con el dueño de casa.

Los tres amigos vivían relativamente cerca y pronto se volvieron inseparables, algo así como hermanos del alma, porque siempre andaban juntos debido a que Gil Gilbert cargaba sobre sus espaldas a Gallegos Lara y lo siguió cargando durante mucho tiempo hasta 1.935 posiblemente, que dejó de hacerlo cuando ambos contrajeron matrimonio y Alba Calderón – esposa de Enrique – empezó a quejarse con mucha razón que los cuellos de las camisas apestaban porque Joaquín sufría de incontinencia urinaria.

I un pequeño librito de cuentos, fruto de las conversaciones en la buhardilla, fue tomando cuerpo y apareció en Guayaquil en noviembre de 1.930 – “Los que se van” – bajo el siguiente subtítulo «Cuentos del cholo y del montubio», con veinticuatro relatos cortos (ocho por cada uno: Gallegos, Gil y Aguilera, quien se había ausentado en plan de aventuras a Panamá, siendo Enrique el más joven de los tres