336. Roura Oxandaberro y Sus Plumillas

A principios de 1.910 arribó a Guayaquil un joven dibujante catalán, tenía veintisiete años y gozaba de excelente salud, “venía a  pintar los paisajes de la selva americana y realizar una investigación  sobre la forma de vivir de los aborígenes de esta selvas,” solo traía “cuatro cosas y sus pinceles” y encontró una ciudad pequeña, amable y en reconstrucción pues catorce años antes el Incendio Grande había quemado ochenta y nueve de sus principales manzanas de edificios, es decir, la parte mejor y más rica, que componían el centro y norte de la urbe y recién estaba superando los estragos de la peste bubónica.

De inmediato quedó extasiado con los idílicos rincones urbanos y los paisajes montubios y se dedicó a trabajar en los campos comarcanos situados en los alrededores de la ciudad. En su anhelo de copiar todo cuanto veía también recorrió los pueblecitos de la costa marítima y por los montes avanzó hasta Quevedo, Mocache, Palenque y otros poblados, majando lodo y ensueños, recobrando visiones de un paisaje que se iba perdiendo bajo el inexorable empuje del progreso sin olvidar al habitante del monte, el montubio, pues con Manuel Rendón, fue de los primeros en retratarlo.

Su amigo el Capitán Carlos Noboa Saa, quien había sido Gobernador de Archidona, le habló maravillas del oriente y motivado por sus relatos viajó a esa población donde radicó cuatro años pintando e investigando la vida de los aborígenes a los que solía curar gratuitamente. Los periódicos quiteños comentaban de él, le señalaban como el científico recién llegado para estudiar la Amazonía. Allí conoció a la profesora quiteña Hermelinda Baus de Cevallos Zambrano y a su familia compuesta de cuatro hijos, enamorando a Judith, quien ya era una adolescente.

Roura había nacido en Barcelona en 1.882, su padre Francisco Javier Roura había vivido en Montevideo su juventud y casó en España con Mariana Oxandaberro.  Su abuelo Oxandaberro capitaneó un navío, tenía cuatro barcos que hacían la travesía de Barcelona a La Habana y a Montevideo y en esta capital dejó familia.

Desde niño tuvo inclinaciones hacia el dibujo, pero su padre se empeñó en que estudie una profesión útil, es decir, económicamente rentable, lo llevó a la Facultad de Química y Farmacia donde culminó los cursos, egresó graduado y estableció una botica aunque por muy poco tiempo, pues en 1.906 abandonó definitivamente las fórmulas y prescripciones, se trasladó a París, capital mundial del arte y halló un gran ambiente para el desarrollo de todas las manifestaciones del espíritu. Su familia era acomodada. En Barcelona poseían una casa central y en Areins del Mar una quinta de vacaciones.

Tras dos años en Francia pasó a Italia en plan de aprendizaje, luego vivió nuevamente en París, fue contratado por una galería alemana llamada «Casa de Artes» para viajar al África en busca de paisajes y gentes de exotismo, ofreciéndole un ventajoso contrato pues le aseguraban la compra de todas sus obras al óleo, a plumilla y tinta china; pero como por los relatos que había oído a su madre y de las conversaciones con el joven poeta ecuatoriano Aurelio Falconi Zamora, sabía que iguales panoramas de exotismo existían en América donde podía comunicarse fácilmente en español, además, había aprendido a conocer  nuestro país leyendo las obras de Juan Montalvo,  se decidió por Sudamérica y en 1.908 arribó a Venezuela y pintó una serie de grabados sobre la casa natal del Libertador. Posteriormente estuvo en Panamá antigua y realizó un notable trabajo de sus ruinas. Siguió a Bogotá y perennizó la quinta de Bolívar que había cobijado sus amores con Manuelita Sáenz, todo ello para la Casa de Artes, sin embargo, en 1.914 y a causa de la Primera Guerra Mundial la «Casa de Artes» liquidó y Roura quedó sin el apoyo económico que le había permitido vivir.

Entonces, establecido en Quito como simple caricaturista y dibujante, admirando el aire y la atmósfera de las alturas, “desaparecía de la ciudad y se iba a los pueblos apartados, se internaba en las selvas o en ascensiones a los montes. Una secreta avidez lo llevaba de aquí para allá, al fin un día plantó su tienda con relativa estabilidad, exhibió sus dibujos en una sastrería de moda, pero sus obras solo lograron una oferta bastante más baja que cualquier artículo de confección. Intervino en la II Exposición anual de la Escuela de Bellas Artes y obtuvo el premio en Dibujo por su colorido voraz que le permitía expresar en sus paisajes serraniegos y en las selvas profundas, la emoción que trataba de imprimir a la naturaleza. Una cierta independencia de todo amaneramiento convencional otorgaba a sus obras una característica vital.

En 1.915 frisaba los treinta y tres años de edad y contrajo matrimonio en Quito con su novia Judith Cevallos Baus. A finales de año viajó solo al sur de América en plan de expositor de cuadros y acuarelas. Visitó Perú. Chile y Argentina el 16 y nuevamente Chile. En Lima, hizo buenas amistades con críticos de la categoría de Valdelomar, Barrera y otros, pues era un personaje cultísimo y pintó una serie de aguafuertes que expuso al público. En febrero del 16 José Carlos Mariátegui a) Croniqueur, escribió: Yo sé que Roura es un pintor de grande y amargo sentimiento, que sabe apreciar los males de la naturaleza trágica. Y porque mi alma está de antiguo melancólica, porque no siento la alegría de la naturaleza optimista, porque desde niño tuve la gran virtud de ser triste, porque no me deslumbran las bellezas de los paisajes cromáticos y risueños, porque creo en la verdad única del dolor, yo siento sus cuadros y le admiro como a un espíritu hermano que hubiera hablado al mío muy hondamente. Poco después fue agasajado con un lunch en el Zoológico, reseñado en la revista “Lulú”.

En Valparaíso logró enorme éxito, en Santiago vendió casi toda su producción. Al crítico Natanael Yánez Silva no gustó de los suyo. En esta capital obtuvo un préstamo de dinero de parte de un amigo alemán que luego desaparecería a causa de la persecución de la Lista Negra por la Guerra Mundial y con dicho dinero pasó a Buenos Aires, donde vivió varios meses y realizó tres exposiciones con notable éxito artístico y económico.                                                                                                                 

Reunido el año 17 con su esposa en Quito, volvió a viajar – esta vez con ella – y recorrió Panamá desde 1.918.  Se instalaron a vivir en la población de David dirigiendo la botica de su amigo Leopoldo Mercado Gutiérrez durante dos años. El 20 pasó con los suyos a Costa Rica y de allí en adelante recorrieron Centro América. Entre el 21 y el 23 Guatemala y México, aquí arrendó una casa cerca de la Catedral, viajaron por las costas de California, presentó numerosas exposiciones siempre en afán trashumante, pues amaba la libertad que proporcionan los viajes y las aventuras.

«Sencillo, alegre, amiguero y de espíritu aventurero como su bisabuelo materno Oxandaberro, quien había sido Capitán de Navío y pudo recorrer toda América». Su mayor sueño era comprar un barco y vivir con su familia en él, mientras se trasladaban de un sitio a otro, moviendo sus manos y sus pinceles.

En 1.923 viajó a Cuba sin su familia, pero luego se le reunieron. El 24 volvieron a Guayaquil vía Caracas, donde hizo algún dinero. De regreso estuvo a punto de adquirir una casa que vendían barata en Quito. Sus tres hijos fueron a decirle: Papá, queremos que compres una casita muy linda que mamá ya tiene vista, queremos tener nuestra casita. Papá nos quedó mirando y con su típico acento catalán nos respondió – mirad que sois imbéciles – ¡Cómo voy a comprar una casita que por muy bonita que sea no se mueve de su sitio: va a estar siempre ahí¡Con lo que voy a ganar en Estados Unidos compraremos más bien un barco para ir por el mundo todos juntos ¿Estamos?

Con tal motivo bajó a Guayaquil y se volvió a fascinar con las antiguas casas del barrio del Conchero – llamado desde 1.909 Villamil – salvadas del famoso Incendio Grande de 1.896 por estar situadas al sur de la urbe. Una colección de primorosas plumillas fue expuesta el 9 de septiembre de 1.925 en los salones de la biblioteca del colegio Vicente Rocafuerte, causando el revuelo artístico y cultural que era de esperarse, porque su creación coincidió con una nueva forma de pensar y de mirar la realidad, que se estaba incubándo.

A principios del 26 se reunió con otros artistas (Virgilio Jaime Salinas, Manuel Valenzuela Pérez, Manuel Lara, Segundo Espinel Verdesoto, Julio Concha Regatto, Miguel A. Gómez, Fausto Cortés Palacios, Efraín Díaz, Guillermo Latorre) que eran los más populares, para organizar una exposición de los mejores trabajos artísticos y humorísticos publicados en la prensa. A mediados de año fundó una Academia de Dibujo en su departamento alquilado en Boyacá entre Ballén y Aguirre, casa de la familia Alvarez García. Dictaba dos horas de clases al día, una por las mañanas y otra por las tardes. Los fines de semana salía con sus alumnos para mirar el paisaje de las Peñas, el Conchero, la estructura de hierro del Mercado Sur, los cerros del Carmen y Santa Ana, el estero Salado, las canteras cercanas, las casitas viejas de caña y tuvo entre sus alumnos a Eduardo Solá Franco entre otros. A las damitas de sociedad pintaba mariposas amarillas sobre sus medias blancas de seda, moda recién llegada de Hollywood. Los cursos comprendían clases de dibujo, pintura y grabado (aguafuerte, punta seca, madera y linóleo) así como arte decorativo aplicado al hogar y a las industrias.

Ese año fue designado profesor de Dibujo de la primera Escuela de Bellas Artes que tuvo Guayaquil, adscrita al Colegio Nacional Vicente Rocafuerte. El escultor Pacciani lo fue en esa especialidad y el autor del proyecto José Vicente Trujillo rector del plantel.