50. Las Comadronas o comadrejas

Cuando les llegaba la hora a las parturientas de hace un siglo se mandaba a ver a la comadrona o comadreja, que de ambas maneras se las conocía, o si se vivía en el campo, simplemente a la mujer más vieja y experimentada de los contornos para que atienda y asista. Entonces comenzaban los ajetreos de casa adentro, acostando a la futura mamá en una cama grande, preferentemente de dos plazas y con toldo, mientras se hervía el agua a utilizar durante el parto.

Llegada la comadrona tanteaba (excusarán el término antiguo que se presta a confusiones por cuanto ahora se usa para saber si las gallinas tienen huevo) y si lo creía conveniente hacía que una ayudante se siente sobre la barriga de la paciente y la ayude a pujar a base de empellones y zafacocas que para qué les cuento. Así se daba a luz antaño, sin muchos remilgos, como quien dice, a pulso.

Pero a veces las cosas no eran tan fáciles y entraba la experimentada comadreja en su mejor campo, acomodar a la criatura dentro del vientre para ayudarla a salir, y lo hacía con dos o tres rápidos movimientos y nada más. En otras ocasiones había que utilizar la fuerza, para ello inventó una pinza ginecológica el Dr. Francisco Martínez Aguirre recién graduado de médico en la Universidad de Pensilvania, que fue de mucha ayuda en su tiempo. Al respecto se contaba como chiste que la esposa de un conocido político tenía mal colocado el bebé y al saberlo el marido, protestó airadamente diciendo que ninguno en su familia estaba mal colocado pues todos gozaban de buenos cargos públicos.

Si el niño nacía azulado o muy débil cualquiera le administraba «las aguas del socorro», una especie de pre bautismo que servía para que el niñito se vaya directamente al cielo y no al limbo, lugar frío y obscuro donde paran los “niños moros” y dan vueltas sin ton ni son. Si por el contrario era gordo y rozagante, lo lavaban, aceitaban y cortaban el ombligo con tijeras, cuchillo o con los dientes, luego venía la envoltura y faja y así amarrado lo presentaban a la madre, que inmediatamente lo ponía a su lado sin preocuparse por los microbios que pudiera haber, que entonces ni se conocían.

En algunas ocasiones había que coger puntos cuando se producían desgarres externos, que los internos eran solemnemente ignorados con desastrosas consecuencias, pues las madres quedaban condenadas a sufrir molestias a veces mortales.

Cuando se inventó la anestesia muchos teólogos opinaron que no debía administrarse a las madres porque iba contra el precepto bíblico de «Parirás con dolor», pero la reina Victoria dio al traste con tan aberrante teoría durante su último parto, reclamando con insistencia que la duerman para no sentir la cortada y cosida. Este hecho se hizo público y causó conmoción en la Inglaterra de 1.850. Desde entonces las damas reclamaron lo suyo.

Mientras tanto madre e hijo, a los que dejamos acostados, dormían a pierna suelta después del parto. Horas después la madre era atendida con caldo de gallina con presa, porque se reputaba que la carne blanca era menos dañina que la roja y se preferían los líquidos a los sólidos. Y así seguía por cuarenta días, siempre en su cama de toldo, con las ventanas del cuarto entreabiertas para evitar una pulmonía.

Esta cuarentena de antes tenía por finalidad evitar las infecciones y hemorragias que podían sobrevenir durante la convalecencia, pero se daba el caso de solemnes matronas que salían de la cuarentena nuevamente embarazadas y borra y va de nuevo.

Al siguiente día del parto se colocaba una tijera abierta en cruz debajo de la cama para evitar los entuertos o dolores del útero cuando comenzaba a recogerse y que se aminoraban con tan absurdo pero efectivo método.

Para aumentar la cantidad de leche de seno cada media hora traían a la madre un vaso de colada de harina, que bien podía ser de plátano como de cebada, de morocho como de arroz, hervida en agua, en jugos de frutas o en leche y canela. Si aún con estos tratamientos la madre no producía suficiente leche había que llamar una nodriza de preferencia serrana o negra, que siempre fueron más gordas que las costeñas.

Esta costumbre podía ser perjudicial como sucedió cuando una nodriza amamantó estando enferma de lepra y sin saberlo contagió a la criatura, que comenzó a padecer las primeras manifestaciones del mal de Hansen a los doce años.

Aquí viene al cuento un remedio antiguo practicado en América y Europa por varios siglos. Resulta que a los enfermos de úlcera estomacal le recetaban dieta blanda de purecitos sin condimentar y leche materna que la debían tomar directamente como si fueran niños de pecho. Durante las fiestas celebradas de Madrid por el matrimonio de la hija del rey Felipe IV de España, llamada María Teresa de Austria, con el heredero al trono de Francia, futuro Luis XIV, los cortesanos franceses se hacían lenguas por ver el espectáculo del ulceroso rey español tomando su alimento materno, pero Felipe IV no dio ese escándalo de beber leche materna directamente del seno y tuvo que romper su dieta sirviéndose los platos del menú como si tal cosa, aunque después de los festejos debió sufrir una recaída.

Para purificar los pañales de tela de algodón era costumbre lavarlos con agua y jabón negro y dejarlos remojando en agua de alhucema, que por su olor se hizo símbolo de la maternidad.  Donde olía a alhucema fijo que había niño pequeño o recién nacido.