49. Embarazos anticipados y otros no llegados

El Conquistador español arribó a América buscando oro pero cuando lo encontró y tuvo, se quedó en estas tierras por el sexo y es que venían de Andalucía y Extremadura donde aún las mujeres se cubrían de la cabeza a los pies con largas túnicas y a la usanza árabe, mientras que en el nuevo continente la costumbre más arraigada era andar en cueros. Imagínense la impresión que se llevarían los barbudos antepasados nuestros al toparse con las indias; tamaño cambio.

En uno de los viajes de regreso de Colón subieron a una de ellas, que cubría sus vergüenzas con una ligera cadenita puesta sobre la cadera y esto solo por elegancia y no por frío. Así las cosas, el Almirante cometió el error de dejarla subir por las mañanas a cubierta, para que se asolee la pobrecita y los marineros al principio no dijeron nada porque iban ahítos de experiencias sexuales, pero a los pocos días de travesía comenzaron a silvarla y a lanzarle ciertas imprecaciones obscenas que terminaron por convertirla de inocente salvaje en avispada civilizada, con el resultado de que al llegar a tierra después de una travesía de más de dos meses, estaba misteriosamente encinta y no hubo cómo presentarla en la corte. ¡Gran fiasco!

Pero no se crea que estos chascos sucedieron únicamente en América pues también los hubo en Europa. La historia del reino de Castilla cuenta cómo uno de sus reyes nombró una embajada ante la Corte del gran Kan, para ver si podía abrir las rutas comerciales de tan lejanas regiones. Los elegidos montaron, se fueron y demoraron casi tres años en regresar con tres princesas que el gran Kan enviaba de regalo al rey de Castilla y que había tomado prisioneras en alguna de sus correrías por los Balcanes. Una de ellas se llamaba Angelina de Grecia y parece que era la más guapa, pero «vino empreñada» por el Mariscal Suero de Sotomayor y Mendoza, quien fue condenado inmediatamente a perder la cabeza ante el verdugo, pero la doña Angelina intercedió por él y hasta logró salvarlo, casándose la princesa y el Mariscal en Valladolid y sirviendo de padrino el mismo Rey, que parece que era excelente persona y todos fueron felices.

En no sé qué libro de aventuras reales leí que, habiendo llegado un Obispo por Guaranda, de paso a Quito, pidió al Párroco que le permitiera casar a la pareja que le correspondía hacerlo ese domingo; pues entonces era costumbre lanzar las proclamadas matrimoniales en la misa de un domingo, para ver si alguien se oponía y luego casar al siguiente. El Párroco no tuvo inconveniente, pero olvidó que la novia estaba esperando y cuando se presentó a la Iglesia en medio de notable concurrencia, congregada no por ella sino por el arribo del prelado, se levantó gran revuelo y huelgan los comentarios que el asunto es de fácil explicación. El Monseñor parece que, comprendiendo la debilidad humana, administró el sacramento matrimonial ahorrando ciertas partes del sermón que sabiamente juzgó innecesarias.

Voy a referir casos contrarios. Vivían en Guayaquil dos jovencitas guapas hijas naturales de sus padres que eran concubinos inveterados, ya nadie recordaba cuantos años, pero solteros entre sí. Las jovencitas tenían un par de enamorados muy serios y circunspectos, jóvenes de sociedad, que las querían, pero no podían aceptar la situación familiar de ellas, así es que un día el más vivo decidió invitar a todos a su hacienda porque iba a matar un chancho. El día de la farra se comió y bebió en abundancia y al llegar la hora de los brindis se hacían los cariñosos para beber con los padres de las novias, hasta que consiguieron ajumarlos y entonces salió de la arboleda un cura invitado con mala intención, porque salió con los atuendos propios del ceremonial del matrimonio y en menos de lo que demora en persignarse un cura ñato, casó a las dos parejas de novios y de yapa a los viejos, haciéndoles firmar la respectiva acta para que no se lleguen a arrepentir al día siguiente. Dicen que los viejos ni se daban cuenta de lo que hacían y que hasta rechazaron la luna de miel, que no estaban para esos ajetreos, mientras que los noviecitos fugaban del lugar, alegres y gozosos de haber normalizado un asunto de honor que bien lo merecía.

En otra ocasión resultó que una parejita victoriana llevaba más de veinticinco años de amores al pie de la ventana sin que nada hubiera ocurrido entre ellos durante tan largo tiempo. Ya el vecindario estaba cansado del parloteo inocuo y de las repetidas serenatas criollas, que ni les hacían caso. Ella tenía casi cincuenta años y él no más de sesenta y seguían haciendo el papel de tortolitos. ¡Qué te cojo, que te cojo! decíale él a ella, aunque había reja de hierro de por medio y la muy tontita se asustaba para seguirle la cuerda. Y en eso entró en gravedad la mamacita del novio y lo llamó a su lado, pidiéndole que contraiga nupcias para morir tranquila, que no deseaba dejarlo solterón por el mundo y frente a la cama de la moribunda se situaron los novios y vino el cura, los casó y la señora murió en paz. Este raro matrimonio in extremis de la madrina, se repitió hace pocos años en Guayaquil – en casa de los Roggiero Benítes – y fue la comidilla de todo Guayaquil, por exótico y aguacatesco.

Pino Roca cuenta en una de sus tradiciones una anciana señorita – por mis pesquisas he llegado a la conclusión que debió ser una de las hermanas Coronel Matheus –  que habiendo estado a punto de casar con un joven y guapo extranjero al que amaba mucho y hasta anunciada la boda, una noche la visitó el novio para despedirse de ella para siempre y al mismo tiempo solicitarle las debidas disculpas por habela hecho perder  su tiempo, pues antes no había tenido el valor de confesarle que por alguna maldad de la suerte había nacido sin eso que se requiere en el matrimonio y dicen que hasta se mostró delante de ella para que no lo creyera mentiroso. La pobrecita le lloró mucho y dijo que aún así lo aceptaba porque lo quería bien, pero él no transigió y se fue a embarcar para nunca volver. E hizo bien opino yo. Y pasaron los años, ella le guardó el recuerdo y hasta despreció a numerosos pretendientes, por que era bella, culta y rica y de alguna manera le siguió la pista porque en cierta ocasión que una sobrina le preguntó imprudentemente si sabía de él, fue contestada que sí, que sabía que vivía en Londres y lo seguía amando como el primer día que lo conoció ¡Amor extraño y puro!