488. Algunos Pobres Divorciados

Acabo de leer que una agraciada chica transexual y recién casada, ha solicitado al Papa que le permita contraer matrimonio eclesiástico ¿Le contestará el Papa? Esto me ha traído a la memoria todo un capítulo de chistosas anécdotas sobre los divorciados, a los que hasta hace pocos años se perseguía socialmente por tener esa condición y es que enantes, como dicen los montubios, la guerra era la guerra y había muchas señoras de sociedad que no daban la mano a las divorciadas y hasta hubo una que se salía de las fiestas si entraba una pareja de esas; a tales extremos se llevó la gazmoñería y el absurdo.

El divorcio vino al país a principios de siglo, propiamente la ley se dictó en la segunda presidencia del General Alfaro en 1.909, quien al firmarla exclamó «Firmo, pero no estoy de acuerdo, porque soy muy feliz con mi Anita, a la que no cambiaría ni por todas las mujeres del mundo.» I es que formaba una pareja muy feliz, al punto que cuando triunfó en Gatazo tuvo la hombría de mandarle un telegrama a su media naranja diciéndole: «Señora: pongo a sus pies la espada vencedora del ejército liberal. Bendigamos a la providencia. Abracemos a nuestros hijos», gesto que las mujeres del Ecuador deberían recordar como homenaje supremo.

Del Mariscal Sucre cuentan que era tan delicado con el bello sexo que un día en Bolivia, al saber que un soldado le había pegado dos o tres mojicones a su guaricha, lo hizo llamar y dijo: «A la mujer no se le pega ni con el pétalo de una flor» y lo mandó preso por abusivo.

Hace muchos años cuando recién se crearon los obispos auxiliares de esta Diócesis llegó uno de ellos (monseñor Carvajal) acompañado de su anciana madre y al bajar del avión las damas católicas que asistían al recibimiento – miembros de la Sociedad de Damas Apostólicas de Guayaquil –  quedaron sorprendidas al ver a la anciana vestida de anaco, lo que contrastaba con las ricas vestiduras del mitrado. Así, las cosas, parece que el recibimiento se tornó algo frío, pero pronto las señoras fueron cambiando en su trato con la anciana, que las compró con bondades y buenas obras, al punto que a los pocos meses hasta empezó a comadrearse con algunas, que es lo máximo en confianza que se da en esta zona del país; pero no faltó una que otra que no le perdonó el llegar vestida de anaco, olvidando que el pecado de la soberbia es castigado, porque en este mundo «hasta las más altas torres se derrumban.»

En otra ocasión llegó un Obispo del extranjero (Juan Arzube Jaramillo) y fue recibido por una comisión en los que abundaban las parejas de divorciados. La gente tuvo para hablar del asunto pero el buen Obispo ni se dio por aludido, recomendándoles que recen el rosario como sana costumbre familiar. Era la época de mayor exacerbación y ni siquiera se les permitía recibir la comunión a las parejas de divorciados.

Un caballero de la más alta sociedad argentina, divorciado y muy católico, tenía la costumbre de concurrir a la iglesia de San Francisco, rosario en mano, a oír misa, y un día al salir una dama de la Iglesia, comulgando hacía pocos minutos, el caballero se le acercó muy respetuosamente y le dijo: «Permítame que le dé un abrazo, porque Ud. lleva a nuestro Dios en el pecho» y lloró. El esposo de la dama estaba presente y eran buenos amigos. Ejemplo muy digno de ser relatado y lección para los que no creen ni tienen fe. El Señor al que me estoy refiriendo cuando murió lo hizo con un gran rosario de cuentas de madera puesto alrededor de su cuello y fuertemente sostenido por sus manos que no lo aflojaron ni al final (Víctor de Urquiza Anchorena) Había vivido con sed de Dios, pero no podía acercársele.

Otra dama divorciada y muy anciana regresó al país después de más de veinte años de ausencia y pidió a sus hijas que la lleven a visitar a una íntima amiga de la infancia. Una vez en el departamento se sentaron todas y esperaron que saliera la dueña de casa, pero doña Ignacita se paseó de lejos para que la vieran y no salió. Conducta bastante impropia que fue severamente criticada aún en los círculos más católicos. Estamos hablando de los años mil novecientos cincuenta y pico.                          

Cuentan que una señora se divorció y se casó con otro, pero como había hijos de por medio siguió manteniendo buenas relaciones, aunque de lejitos y esto solamente por los bebes; pero pasaron los meses y que un niño se enfermaba y que el otro se caía y el primer cónyuge se acostumbró a visitar semanalmente a los chicos y hasta se hizo amigo del segundo marido. En eso la señora salió encinta – del segundo por supuesto – y el primero que era bastante simplón se ofreció a atenderla profesionalmente en el parto y sin costo alguno, porque me había olvidado referir que era ginecólogo. El segundo se amoscó con el asunto y agradeció la buena voluntad y el cariño que encerraba ese generoso ofrecimiento, declinando aceptarlo debido a compromisos previamente contraídos con otro facultativo. Y así salió de tan difícil paso en que lo había metido la vida moderna y las confiancitas.

En otra ocasión entraba yo a la clínica Guayaquil por la parte posterior que da a la calle Juan Montalvo cuando delante mio iba el primer esposo de una dama, que casualmente salía de la clínica acompañada de su segundo esposo. Todo fue verse y el primero prácticamente le gritó al segundo: Ñañito de leche, qué gusto verte, hace toempo que no nos veíamos. El segundo le iba a corresponder con iguales muestras de euforia, pues habían sido buenos amigos, pero al verme como que se amoscó y solo atinó a decirle: Uno de estos días te llamamos, lo que me pareció una buena metida de pata.