482. Puerto De Luna

«Aún no entiendo cómo burló la vigilancia, pero, tratándose de un intruso del futuro como aseguró ser, opté por recibirlo. Me dijo que era escritor y que para ser preciso en el motivo de la visita, no le interesaba otra cosa que yo le epilogara un folletín de historias escritas treinta años después. Pensé para mis adentros; este pájaro ha leído mi libro de los seres imaginarios en el que describo a uno de su raza que no vuela para adelante sino para atrás, porque no le interesa el lugar donde va sino el lugar en el que ya ha estado, y me puse en guardia. Le contesté amablemente que en lo que a cultura se refiere yo iba por el año cincuenta, que de no mediar su súbita presencia mi asistente estaría en este mismo instante leyéndome noticias sobre la guerra de Corea, que por fin había terminado con la Segunda y que lamentablemente no alcanzaba aún a comprenderla. Argumentó mi visitante que él tampoco y que no se movería del sitio mientras yo no leyese sus originales que, prometió, eran cortos y simples. Cuando pronunció la palabra «leyese» se ruborizó como que recién reparara en mi ceguera, entonces, mi silencio sonó a recriminación, a imposibilidad. Empero, en la súplica de su mirada, la misma que presentí, había un destello y ordené la lectura.»

Así se inicia el epílogo intemporal que cierra el último libro de relatos de Carlos Béjar Portilla y que parecería que hubiera sido escrito en un ayer no tan lejano por Jorge Luis Borges. De allí lo del visitante del futuro y el juego de tiempos para expresar un presente que se diluye misteriosamente en el pasado y el futuro de otras dimensiones.

Carlos Béjar Portilla no es figura nueva en el relato ecuatoriano, pues varios libros anteriores lo han consagrado como poeta y escritor de temas tan novedosos que según dice Hernán Rodríguez Gástelo, anda «con treinta años de adelanto en nuestras letras».

Yo conocí a Carlos en el Vicente Rocafuerte. No podría precisar ni el día ni la hora pero debió ser una mañana cualquiera porque las clases terminaban a la una. Entonces acababa él de salirse del Aguirre Abad pues le habían dicho que el Vicente era mejor, según ha confesado después, aunque en el fondo le picaba el bichito trashumante que lo ha llevado por mundos y paisajes distintos haciéndole prácticamente un anacoreta.

Después regresó a su colegio y no nos volvimos a ver sino en la Facultad de Jurisprudencia donde ambos perdíamos tiempo mientras maduraban nuestras verdaderas vocaciones, él tentó literatura y yo la historia, algo así como al acaso y por no tener otra cosa que hacer.

Carlos era sorprendente pues al mismo tiempo que dictaba cartas para enviarlas a Richard Nixon quien jamás se tomó el trabajo de responderlas, pescaba cazones, los secaba al Sol de Posorja y vendía en hermosas cajitas blancas que decían muy sueltas del hueso que el producto contenido era legítimo bacalao de Galápagos, que las gentes peleaban en los supermercados, sobre todo para Semana Santa.

Después fabricó cremas humectantes para la piel a base de miel de abejas, hizo hermosísimas esculturas en plumafón y en otros materiales no convencionales, pintó a lo Rendón y Tábara y hasta instaló su estudio profesional con tanto éxito económico que al poco tiempo tenía más dinero que todos sus compañeros juntos. De esta época fue su tesis doctoral titulada «Las Sociedades Anónimas» que mereció ser publicada y se vendió enseguida.

Tan cómodo porvenir agigantado con una vocalía en la Cámara de Industrias, no sirvió para torcer su camino y a final de los años 1960 entró cargado de las motivaciones psicológicas que promovía la guerra de Viet Nam, convirtiéndose en hippy, vendedor de joyas lindísimas que él mismo fabricaba y hasta en gurú de los innumerables mochileros que visitaban nuestra urbe,                           

Ya había dejado a un lado la dirección del Colegio Británico y de una goleta: la Mercedes Orgelina, en la que cruzó los manglares muchos meses antes que los primeros camaroneros construyeran piscinas, intimando con losdon Goyos del salado y hasta se había topado varias veces con la sombra patriarcal de ese personaje, desdibujada en las aguas, en claras noches de luna. En cambio, vivía la placidez del campo en una finca de Chongón bautizada «La envidia de la Comuna Casas Viejas» donde cultivaba tomates que gigantescas hormigas rojas le disputaban y devoraban con saña.

Un viaje a la India milenaria y estaciones en la hostería de los Marinos de Madrid y en la mezquita de Melilla, donde le recibió el Imán, le hicieron más mundano.

Sus obras aparecían sucesivamente y así salieron Samballah, Osa Mayor, Simón el Mago y Tribu-Si, novela donde modestamente me hace figurar como «el anticuario.»

Hoy Carlos ha vuelto por los campos de Montiel con «Puerto de Luna», que contiene doce relatos cortos y un epílogo imaginario. Pedro Jorge Vera reconoce que Béjar ha tomado el espíritu y el mensaje intemporal de Borges, calando en lo profundo de esa mentalidad genial que acaba de dejarnos. Así, un Béjar nuevo y renovado y al mismo tiempo el mismo de siempre, presenta «Puerto de Luna» para deleite y solaz de la selecta minoría que en el Ecuador devora más que lee, libros de literatur

DISCRIMINACIONES Y QUISQUILLAS

Nuestra historia lugareña ha recogido un sinfín de anécdotas curiosas, veamos algunas: Pepe Ayala Cabanilla se encontraba escribiendo una crónica para El Universo en horas de oficina pues trabajaba en un prestigioso Banco de la ciudad cuando el gerente, que acostumbraba pasear silenciosamente por entre los escritorios para controlar a los empleados,  al llegar a donde se encontraba Pepe y sorprenderlo ensimismado en asuntos diferentes a los de la entidad, le espetó tremendo grito, casi en la oreja y desde atrás ¡Ladrón! Fuera de aquí, queda despedido, le está robando dinero al banco, largo ahora mismo. Sorprendido por los gritos quiso explicarse pero comprendiendo la inutilidad de toda resistencia, tomó sus papeles personales, los puso como siempre bajo el brazo y se fue calladito hasta la puerta, bajo las burlonas miradas de sus compañeros pues entonces se trabajaba en salones muy amplios y abiertos, pero  reaccionando en voz alta dijo bajo el dintel: ¡Me voy señor mío, pero sepa Ud. que ni el aguacate es fruta ni el negro gente! refiriéndose al color aceitunado de la tez de su impecable jefe. Demás está decir que fue perseguido escalera abajo con intención de pegarle, pero el poeta corrió más rápido y no paró hasta llegar a la esquina del frente al edificio. Esta alocada persecución se realizó a la vista de numerosos clientes y la anécdota se hizo pública enseguida  por  el boulevard, qued era donde se cocinaban todos los chismes guayaquileños en los años cuarenta del siglo pasado..

Pepe era un sujeto apacible y conversador, soportaba una rara dolencia en los pies que los tenía postrados pues sufría de pie plano y andar chaplinesco. Tras la revolución del 28 de Mayo lo llevaron preso al Cuartel Quinto Guayas por ser pariente del defenestrado Presidente Arroyo del Río, hijo de doña Aurora del Río Vera y Cabanilla, lo hicieron trotar en el patio a sabiendas del daño que le causaban y dicen que hasta se desmayó. Siempre tenía un periódico doblado debajo del brazo y por eso algún chusco le apodó «Sobaco ilustrado,» sobrenombre con el que todo Guayaquil lo conocía porque era un poeta y periodista muy querido y popular, triunfador en varios Juegos Florales de Vida Porteña, celebrados en la radiodifusora Cenit de los hermanos Delgado Cepeda, por su eterno mantenedor Sixto Vélez y Véliz.

Para la movilización armada de 1.910 contra el Perú varios batallones y ambulancias arribaron a la frontera en El Oro y allí estuvieron médicos y soldados en espera de los acontecimientos por casi dos meses. Sus familias se preocupaban de enviarles alimentos y el Dr. Carlos A. Rolando recibió una canasta de huevos, vinos y quesos que entregó a las monjitas de la cocina del cuartel para que los utilicen. Ellas, ni cortas ni perezosas, prepararon una riquísima caspiroleta de huevos batidos y miel y para mejorarla agregaron vino tinto, quedando el dulce delicioso y obscuro. Entonces empezaron a brindarla entre los médicos y llegado el turno al Dr. Abel Gilbert Pontón, éste preguntó de qué se trataba porque le había agradado mucho y las buenas monjitas le contestaron: Sírvasela con confianza, se trata de una caspiroleta preparada con los huevos del doctor Rolando, refiriéndose a que eran huevos frescos y recién llegados de la ciudad, pero el pícaruelo de Gilbert muy serio agregó «Ahora me explico el colorcito», dejándolas sin comprender el chistecito, pues su colega Rolando era bastante trigueño.

Ahora pasemos al ejemplo contrario, nuestras abuelas cuidaban sus blancuras con verdadera insistencia, alejándose del sol que aja la piel   y produce arrugas, pero en el fondo solo querían parecer más blancas de lo que eran. «Eres una figurita de Bibelot» se decían entre ellas, refiriéndose a la blancura de esas porcelanas antiguas que refulgían a la luz. Por supuesto que a ninguna se le hubiera ocurrido salir a tomar sol a la playa, que entonces se consideraba el primer enemigo de la mujer y cuentos como aquel de la piel blanca mate japonés, la mejor del mundo, eran repetidos de madres a hijas. Algunas hasta llegaban al extremo de blanquearse con polvo de arroz como las japonesas, causando la admiración de muchos simples y la risa de algunos otros, no tan simples.

En 1.907 numerosas familias emigraron a los pueblos vecinos para escapar de la temible bubónica o «peste negra» que acababa de ser detectada en el puerto y una matrona, acompañada de sus cuatro bellas hijas, se fue a Babahoyo, dejándole encargado a su marido que le mande un telegrama o por lo menos un propio (así le decían a las cartas) para regresar cuando hubiera pasado el peligro. Babahoyo era más pequeño que ahora, pero tenía el encanto de su río junto al largo malecón (origen de un versito chusco pero grosero que mejor paso por alto) y aunque la gente era simpática y se visitaban las familias por las tardes, no había nada más que hacer; y pasaron dos meses, la doña ya estaba aburrida y en eso llegó de Europa el Dr. Manuel Quintana, primer médico que trajo al país un aparato de rayos ultravioletas (rayos de sol) que era la novedad porque aunque nadie sabía para qué servían y realmente no sirven para nada, pues solo enrojecen la piel, se creía que eran altamente vitamínicos y muy fortificantes porque las personas que se los aplicaban entrando pálidas como palúdicas y salían chapudas como serranas y esto era considerado una señal de buena salud ya que la peste blanca o tuberculosis mataba a muchísima gente, sobre todo a las langarutas (flacas y paliduchas)

Así pues, la señora llevó a sus bellas hijas a hacerles el tratamiento con rayos ultravioleta, quedó muy contenta de los resultados y en llegando la hora de regresar, porque recibió el propio que decía: Pasó la bubónica, regresa amor mío, amarró los colchones y se fue al muelle con ellas, a  esperar al San Pablo de la flota de vapores nuevo de Puig Mir, que ya por entonces no lo eran tanto, que las traería de vuelta a Guayaquil.

En esas se encontraba cuando pasó un señor conocido y le preguntó: Doña Carmencita ¿Se va? «¿Nos deja?» y ella le contestó: «Mire Ud. caballero, ya tengo tres meses en este pueblo feo y polvoso sin hacer nada, pero no se crea que he perdido mi tiempo inútilmente, no señor, he llevado a mis chicas a un chequeo con los rayos ultravioletas del Dr. Quintana y lasregreso ultra chequeadas y ultra violadas.

Se decía entonces y todavía se repite que existía viejas inquinas entre los habitantes de Babahoyo que por no estar empedrada era muy polvosa en verano y los de la orilla opuesta llamada Barreiro, que por lo baja siempre se inundaba en los inviernos costeños cubriendo de agua hasta la parte donde la espalda pierde su nombre, de manera que en ciertas tardes al verse en el malecón se gritaban de la siguiente manera: // Ah pata empolvá // siendo respondidos // A culo mojá. //