468. No Le Gustaba Molestar

Cuando llegó a Guayaquil la noticia que el Obispo de Ibarra, César Antonio Mosquera Corral, había sido designado para ocupar esta diócesis, muchas personas se preguntaron cómo sería el nuevo mitrado que reemplazaría al historiador riobambeño José Félix Heredia Zurita, que acababa de fallecer.

Pronto salieron de las dudas, el nuevo Obispo más parecía un artista de Hollywood que otra cosa, y comenzó a ganarse los corazones de los guayaquileños con su fino trato, don de gente y un algo de santidad que emanaba de su persona, de sus gestos, de su tranquila y risueña faz; siempre servicial, bondadoso y hasta humilde, monseñor César Antonio se metió al bolsillo hasta a los más radicales y recalcitrantes alfaristas que aún quedaban en nuestro puerto como rezago de viejas épocas de pasiones anticlericales.

Y pasó por entre nosotros sin despertar malicias ni comentarios, haciendo el bien a cuantos podía y sufrió al final, con una enfermedad varicosa y dolorosa que le impedía permanecer mucho tiempo sentado o de pie, con hincadas y soflamas de las rodillas para abajo.

Entonces se dijo que sufría de la misma enfermedad que había atormentado al rey Jorge VI de Inglaterra, y muchas beatas lugareñas hasta se alegraron que su Arzobispo tuviera enfermedad tan distinguida, sin reparar que estaban pecando por orgullosa vanidad.

«Don Chenche», cómo fue apodado por el vulgo que también lo quería, era en su casa un verdadero padre para sus numerosos hermanos, hermanas y sobrinos, que lo respetaban. Todos formaban una grande y virtuosa familia donde se rezaba el rosario, las novenas y no se desperdiciaba hora del día sin que un agencioso trajín doméstico los mantuviera en perpetua ocupación ¡Visitar el Palacio era adentrarse en épocas pasadas y contemplar a una familia Patriarcal!

El edificio del Palacio quedaba frente al Parque Seminario y a un costado de la Catedral. Antiguamente había sido el rumboso hogar de los esposos Ignacio Peña y León, del rico señorío vinceño (hermano del poeta y diplomático Lorenzo Rufo Peña que nos representó como Ministro plenipotenciario en Bolivia) y de su esposa Dolores Irazabal y Vivero y todavía se observan los hermosos retratos al óleo, de tres cuartos de cuerpo, donde campean las efigies de tan generosos donantes  que para la época de Mosquera ya era una casona en ruinas,  de paredes ancianas y destartalada, que merecía ser demolida o remozada por insegura y falta de comodidad.

Tan insegura estaba que cuando en junio de 1963 se realizó en su interior la ceremonia de investidura del Dr. José María Ala-Vedra y Tama, como Caballero Comendador de la Orden Equestre y pontificia del Santo Sepulcro de Jerusalén, con sonados invitados, hubo que apuntalar el edificio con numerosas cañitas para evitar que se cayera con el peso de la concurrencia y eso que algunos, al ver las cañas prefirieron quedar fuera, en espera de que pudiera pasar lo peor.

Así pues, se ordenó su demolición, pero hubo que esperar que un. nuevo Palacio estuviere terminado a un costado de la Catedral, para la calle Clemente Ballén, porque el Arzobispo y su familia no podían pasar por la vergüenza de ir a habitar por allí nomás o a algún hotel. Y aquí viene mi cuento.   

Cuando fue de pasar al Arzobispo, las damas de la Sociedad de Beneficencia de Señoras decidieron comprarle nuevo mobiliario y ropa blanca porque suponían que eso era necesario. Nueva casa, todo nuevo. Un Huasipichay como dicen en la Sierra cuando hacen fiesta por cambio de domicilio.

Y aquí ardió Troya, porque las buenas señoras comprobaron que el Arzobispo no tenía sábanas, porque las poquitas que encontraron tenían huecos tan grandes que el pobre había venido durmiendo directamente sobre el colchón de lana. Que no tenía cubiertos, porque los poquitos que quedaban estaban rotos o en mal estado, que no tenía toallas, que no tenía ni siquiera ropa interior, porque todo era escaso, raído y percutido por el uso y surgieron las preguntas y vino la respuesta ¡Soy pobrecito y no me gusta molestar pidiendo a la gente!

Una dama muy moderna dijo ¡Oh este Arzobispo es un santo o un tonto, pero en medio no se queda! La pregunta, por supuesto, quedó en el ambiente y yo solo presento el caso para que los lectores den su opinión.

Como cereza sobre un pastel, cuento que un día cualquiera de la semana Lidia de Abad Valenzuela, riobambeña amiga de toda confianza de la madre y hermanas del Arzobispo por ser sus paisanas, fue a Palacio a las nueve de la noche llevando un postre de obsequio, pues sabía que eran muy dulceros. Tras hablar con la mamá y hermanas preguntó por “monseñorcito” y le contestaron que pase no más al comedor donde estaba terminando de cenar. Cual su sorpresa, al encontrarle sirviéndose un sencillo arroz con menestra ayudado únicamente de un cuchillo. ¿I esto que es? No se preocupe Lidita, se olvidaron de ponerme el tenedor y como no me gusta molestar, me estoy sirviendo con lo único que tengo a mano….