408. La Lista Negra, Un vergonzoso Sainete Económico

Uno de los más absurdos y vergonzosos episodios de la historia nacional es el que voy a referir a mis lectores, no porque el Ecuador carezca de derecho a declarar la guerra al país que le venga en gana, sino por la forma como se nos obligó a hacerlo y las injusticias que se cometieron al amparo de dicha declaración.

Alemania estaba en guerra con el mundo. Sus soldados combatían en el frente oriental ruso, habían conquistado Noruega, los países ubicados en la región de los Balkanes, los Países Bajos, gran parte de Francia y mantenían en jaque a Inglaterra en base a constantes bombardeos. El Mar Mediterráneo podía ser considerado un mar casi alemán porque conjuntamente con Italia, su incondicional aliado, dominaba Libia y sus costas.

En el otro costado del mundo Japón mantenía su ejército imperial en China, Manchuria, Corea y había comenzado sus conquistas en Indochina y Malasia; Manchuria era suya desde 1.937. En eso ocurrió el sorpresivo ataque contra la base naval de Pearl Harbor, los Estados Unidos entraron en la guerra, nivelándose la balanza mundial que hasta ese momento había sido favorable a las potencias del eje. Junto a los Estados Unidos, nuestros países hispanoamericanos se vieron forzados a ingresar en una conflagración que no era nuestra ni tenía por que serlo. Únicamente Argentina declaró la neutralidad.

Al día siguiente de Pearl Harbor Estados Unidos ocupó militarmente las Islas Galápagos y Salinas y presentó al Presidente Arroyo del Río una formal solicitud para hacerlo. Fue, pues, una invasión y una flagrante violación de nuestra soberanía.

Frente al conflicto y al abuso, aunque algo amoscado, el Presidente ecuatoriano no tuvo más que entregar a los Estados Unidos, las Galápagos y Salinas sin siquiera chistar.

Así pues, el Ecuador desafió al poderío alemán y desde sus altas mesetas andinas comenzaron a escucharse enardecidos discursos antifacistas y nada más. Era todo lo que podíamos hacer. Mientras tanto las autoridades norteamericanas dispusieron el cese de nuestras exportaciones a Europa y – aquí el truquito- nos fijaron precios topes para las materias primas, con el cuento de que este sacrificio era «nuestra cuota de guerra» para obtener la victoria. Los precios de estos productos se estancaron cuando justamente debían subir y la pobreza hincó aún más sus garrasen el estómago de los ecuatorianos.

Por esos días a unos cuantos japoneses inofensivos los metieron presos y los mandaron a congelar a Riobamba, donde los pobres pidieron que los devuelvan a su “tiela,” lo que no sucedió.

En Cuenca, el régimen permitió la creación de un campo de concentración para ciudadanos alemanes e italianos, que fueron internados «provisionalmente» detrás de las alambradas de púas que para el efecto se levantaron. Junto a los alemanes e italianos soportaron prisión sus esposas ecuatorianas y sus hijos casi todos nacidos en territorio nacional. Esta atroz y denigrante situación, contraria a todo principio legal y constitucional, se prolongó desde 1.942 hasta 1.944, año en que la mayor parte de estos compatriotas fueron llevados a vivir al desierto de Arizona, en campos de concentración especialmente preparados, donde, sin embargo, justo es admitirlo, fueron tratados mejor y con mayores consideraciones que en su propia tierra el Ecuador.

Y como en toda situación no faltan los vivales, a alguien del gobierno de los Estados Unidos se le ocurrió formar una llamada «Lista Negra» con sujetos afectos a Alemania e Italia, con la cual los jorobaron por espacio de más de cuatro años impidiéndoles trabajar y producir, condenándoles a vivir de la caridad del prójimo como parias, como leprosos, porque las gentes ni se les acercaban por miedo a los espías pagados por el consulado norteamericano en las principales ciudades del continente, que delataban diariamente a los que conversaban o se saludaban con los “réprobos” de la Lista Negra.

El régimen permitió el abuso de los señores del consulado y la Lista Negra ecuatoriana engordó con personas que nada tenían que ver con la guerra. Entraron pues, Sansón y los que no son, prestándose la afamada Lista a todo tipo de injusticias.

Los enlistados negros eran obligados periódicamente a concurrir a la sede del consulado norteamericano ubicada en malecón y 9 de octubre, para rendir declaraciones juramentadas ante los señores cónsules, sobre cualquier asunto, por muy ínfimo que fuere ¡Cómo se habrán reído los gringos de nosotros! Pero el caso era mantener el estado de terror ciudadano permanentemente.

Para colmo se crearon las llamadas «cuentas congeladas» y fue su administrador – según recuerdo – el señor Alfonso Tous Enireb. Los dueños de esas cuentas bancarias no podían utilizar sus fondos, aunque corrieran peligro de morir por inanición o enfermedad. Sólo podían hacerlo con expresa autorización en cada caso. ¿Cuánto costaba obtener tales autorizaciones?

 ¿Cuántas fortunitas y fortunotas se hicieron a base de estas autorizaciones? Igualmente se comisaron casas, terrenos, fábricas y haciendas sin ninguna explicación y todo porque estabamos en guerra ¿Habrase visto tamaño despropósito?

Después de 1.945 cuando la guerra había terminado, cesaron estas medidas. Entonces ya no nos gobernaba el Dr. Arroyo del Río y el Congreso Nacional comenzó a devolver las propiedades que habían sido comisadas; sin embargo, Otto Schwart recién recuperó una casa en 1.970 que la había ocupado el Seguro Social Ecuatoriano desde 1.943 sin pagar arriendo. Otros tuvieron menos suerte. Los accionistas del Banco Italiano perdieron su capital y el Banco cambió de dueños, los italianos de la Compañía de Seguros Sudamérica dieron paso a nuevos accionistas brasileros. Los señores Forest La Rose Yoder y compañía – todos norteamericanos con excepción del abogado que era nacional – devolvieron las fábricas de comestibles «La Universal» y «La Roma» a sus legítimos propietarios los Segale, Norero y Vallazza respectivamente; ignoro los motivos para apropiarse de ellas desde 1.943 y administrarlas hasta el 47. Igualmente, si por concepto de dicha apropiación o administración forzada rindieron cuentas a sus dueños y les reintegraron las ilícitas ganancias que habían obtenido en esos cuatro años. Estimo que jamás devolvieron nada, fueron los únicos triunfadores de una guerra que ingenuamente declaramos – nada menos que a Alemania.