477. Sobrina Lejana De Bolívar

En la calle Chimborazo No. 1.918 vive en la señorita Carmen Ponte Gómez (1) viejecita de noventa y ocho años de edad, simpática, risueña, de mucho porte y conversación, que ha tenido la amabilidad de recibir y concederme dos horas de charla sobre el Guayaquil antiguo. Gracias a ella me he enterado de muchas costumbres del pasado.

Un menú corriente en cualquier casa acomodada de principio de siglo XX se componía de los siguientes platos. Almuerzo: sancocho; entrada de ensalada de verduras y legumbres o pescado frito; arroz con alverjitas, un huevo frito encima con un pedazo de carne asada y maduro hornado y un vaso de chicha de mote, arroz o avena con jugo de limón. Cena: sopa de fideo, de arroz, de alverja o de trigo; arroz con menestra de frijoles rojos colados (si eran enteros, se llamaba «revuelto») carne asada con muchines al horno y miel de raspadura. Para terminar, una tacita de chocolate o café.                         

En los cumpleaños la anfitriona recibía primero con sidra, después con el tiempo se puso de moda la champaña si era acomodada o chicha de arroz si no; helado hecho a máquina con hielo y jugo de frutas, dulces secos y quesos de leche, coco, naranjilla o piña. Era costumbre que una doméstica cuidara la mesa para evitar el saqueo de los niños invitados; y como casi siempre se bailaba, las parejas desfilaban del brazo para servirse algo mientras seguía la música en la sala.

BAILE Y MUSICA AL GRANEL

A las fiestas concurren las damas elegantemente ataviadas con camisola de punto transparente y amplio escote, talle ajustado y largo traje, zapatos del mismo color del vestido y forrados de tela, con una perla al centro y en la cabeza una fina peineta de carey o una flor o una diadema bordada.         

Se baila mucho y bien en el Club de la Unión. A la entrada obsequian a las damitas con un cuaderno llamado «carnet» donde anotarán los nombres de las parejas que reservan turno. Hay «avivatos» que se robaban el carnet y lo llenan de principio a fin con su nombre. Felices ellos porque aseguran la noche con la pareja elegida.

Entre los más agitados bailes de antaño están las cuadrillas francesas y de lanceros, pero hay otra llamada de «Serrucho» donde todos bailan de esquina a esquina hasta quedar revueltos en el centro y allí venía el «serrucho» contrario, para volver a la esquina acompasando los movimientos.

PAJAROS, FLORES Y BORDADOS

Las mujeres solían ocupar su tiempo en el cuidado de pajarillos que mantenían enjaulados en los amplios jardines y corredores interiores de las casas. Largas horas pasan tejiendo finos encajes y bordando iniciales en pañuelos, vestidos y otras prendas. Doña Carmen es una experta artista de la aguja, pero siempre lo ha hecho por placer, nunca por negocio.

Los domingos la gente joven paseaba en carros urbanos hasta el hipódromo municipal donde vendían empanadas, colas, cerveza, pescado frito, pastelillos y otras delicias para pasar el rato. Cada familia toma una mesa y luego a comer se a dicho; regresando a las doce o una de la tarde, después del almuerzo que era a las once.

Hay varios tipos de vehículos: las góndolas descubiertas y cruzadas de bancas eran tiradas por dos mulas. Los imperiales de dos pisos, en el de abajo hay bancas sin respaldo y en el superior finos asientos de cuero donde según se decía: «el ser hermoso se recostaba con solamente pagar un real…”

DOMINGOS EN FAMILIA DONDE LA ABUELA

Doña Carmen recuerda emocionada que, siendo niña, las tardes de los sábados era llevada junto con sus hermanitos de visita donde la abuela paterna Josefa Ferruzola Paredes viuda de Ponte, que vivía en una antigua casa de madera de un piso, llamada «La Casa de la virgen» porque había sido donada en testamento por un piadoso caballero devoto de la Virgen de La Merced y era administrada en su nombre por los sacerdotes del convento. Esta casita esataba situada al lado de la Iglesia y en sus bajos funcionó durante muchos años la antigua sastrería de Salguero.

Allí cenaban y al día siguiente muy a las ocho iban a misa con la abuelita, mujer hermosa, alta, educada y de gran prestancia y distinción. Después regresaban para el café con dulces, especialmente preparados por ella para sus numerosos nietos, los juegos se sucedían, después venía el almuerzo y a las cuatro de la tarde volvían al hogar paterno situado en el callejón de «Los Ríos» al salir a la Planchada, al lado de la antigua aduana.

EL INCENDIO GRANDE FUE HORRIBLE

De esta época quedan buenos recuerdos en la memoria de mi anfitriona, no así de lo que ocurrió después, porque en 1.896 falleció Antonio Pío de Ponte y Ferruzola, dejndo nueve hijos.

El mayor se hizo cargo de la situación y a todos ayudó. La viuda Carmen Gómez Domínguez de Ponte quedó muy apenada y a los pocos meses sufrió la desgracia de perderlo todo en el Incendio Grande. Ese día su hija Mercedes venía de Catarama junto con su esposo Ramón Campelo Cordero, natural de Colombia, para dar a luz al primer bebe, cuando a la altura de Puna vieron un resplandor rojizo en el negro azabache de la noche.

¡Se incendia Guayaquil! ¡Guayaquil está ardiendo! Gritan por igual, doña Mercedes que está embarazada de ocho meses dice: «Voy a desmayarme» pero, felizmente se contiene y logró arribar al puerto cuando las llamas velozmente se aproximaban a Las Peñas donde vivían su madre y sus hermanos los Ponte Gómez. Ya por esa hora se ha quemado la casa propia de los Campelo, situada en la esquina de Rocafuerte y Padre Aguirre con el mobiliario y el ajuar de los recién casados. La Iglesia más fina, elegante y tradicional del puerto: La Concepción, tocaba a arrebato. Todos ven prenderse sus columnas centenarias en densas llamaradas que pronto la consumen.

Doña Mercedes y su marido logran llegar a Las Peñas y encuentran a su madre en un mar de lágrimas. Grita e implora al cielo diciendo: «Virgen de las Mercedes, dame fuerzas para resistir este gran dolor. Mi casa es lo único que me queda, ya no tengo esposo, ya no tengo nada».

Para hacer más patética la escena ha sacado un gran óleo de la Virgen al corredor y se abraza de él. Nadie puede convencerla del inminente peligro que corre porque el incendio está subiendo por la Planchada y amenaza llegar en cualquier momento; pero, ella quiere morir con sus bienes y en eso su compadre Manuel José Baquerizo Vera, marido de Enriqueta Ferruzola Coello le grita «Carmencita, si no sales te cargo y te saco.

Las llamas están devorando la casa vecina, el calor es insoportable y doña Carmen pierde los sentidos, oportunidad que aprovechan sus hijos y don Manuel José para retirarla con cuadro y todo. Así se quemó la casa solariega de los Ponte en Guayaquil, tenía sesenta años justos de construida porque se fabricó en 1.836 para el matrimonio del Coronel Antonio Pío Ponte y Ascanio, natural de Venezuela, del ejército del Libertador Bolívar, con quien había llegado al puerto en 1822.

Y para completar la tragedia en la sabana se pierde un bulto de joyas que logran sacar de la casa debido a que el fuego avanza por Las Peñas y toma el depósito de leña de la cervecería al otro lado del cerro, ocasionando el pánico de los espectadores que corren en confusión. Después de esto los Ponte Gómez viven varios meses en una choza de cholos sabaneros, tapándose con lona traída de Catarama. Allí nace la primogénita Campelo Ponte y por esos días la Municipalidad adquiere el solar quemado de la familia para agrandar el callejón de «Los Ríos» en lo que hoy es, una calle moderna, amplia, sin reminiscencias.

RECUERDOS DEL AYER

El Coronel Antonio Pío Ponte y Ascanio, abuelo de mi anfitriona y fundador de su apellido en el puerto, según tradición familiar se enamora y contrae matrimonio con Josefa Ferruzola Paredes, su vecina, ya que la casa de los Ferrozola linda con la pensión para extranjeros que hay en el malecón, a la altura de la actual calle Sucre, donde él se hospedaba y claro, como dice el poema: «De tanto verse, terminan por quererse».

Fueron muy felices pero el prematuro fallecimiento del Coronel a consecuencia de una tuberculosis avanzada, hace que su viuda contraiga segundas nupcias con el General Francisco Boloña y Roca, personaje importante que llegó a ocupar la Gobernación del Guayas y de quien también hay descendencia.

El Coronel Ponte es deudo lejano de Bolívar por aquello que el Libertador descendía dos veces del fundador del linaje de Ponte en Venezuela. El matrimonio Ponte Ferruzola procrea a Eduardo y Juan José, jóvenes que tuvieron malas muertes porque el primero fallece a consecuencia de ingerir un vaso de jugo helado después de bailar en el Club de La Unión y sudado como estaba se va a su casa donde se baña ya tarde en la noche. Al día siguiente amanece con una punzada y pulmonía doble; el segundo contrae reumatismo en la Hacienda «La Beata» propiedad de los hermanos Puga Bustamante en San Juan de Puebloviejo donde trabaja, y ve el sepulcro de solo treinta y seis años.

Mercedes casó con Marcos Avellán y Oramas y tiene numerosa familia. Antonio Pío pone sus ojos en una bella damita cuencana Carmen Gómez y Domínguez, de paso por Guayaquil con su madre Dolores Domínguez, dama española que recién acababa de enviudar del doctor Nicolás Gómez Tamariz en esa ciudad.

La viuda tiene pensado regresar a su tierra y por esa razón hace el viaje al puerto para tomar un buque con destino a la madre patria y he aquí que el señor Ponte cambia los planes y se casa con la bella Carmencita, porque su prima Eloísa Ferruzola le avisa a tiempo del viaje.

LOS PONTE GOMEZ

Recién casados los esposos viajan a Daule donde Antonio Pío desempeñaba el cargo de Colector de Sales, era de estatura mediana y buena presencia y dedicaba su vida a la agricultura hasta que murió a los cincuenta y cinco años en 1.896, a consecuencia de un segundo derrame cerebral. De esta enfermedad se cuenta que es el primer paciente guayaquileño en adiestrarse físicamente hasta su total recuperación con unos tubos metálicos de ejercicios recién llegados de Londres, que constituían por aquellos lejanos tiempos la última palabra en terapia de rehabilitación.

Los Ponte Gómez hermanos de doña Carmencita fueron nueve: 1) Antonio Pío murió en la hacienda mordido de culebra, 2) Juan Eduardo casó con Josefina Aguirre Suárez con sucesión en la familia Ponte Aguirre, 3) Francisco Xavier falleció soltero, 4) Carlos Luis muerió de pulmonía, 5) Juan José Capitán de Milicias en Catarama, casado con Rita Barreyro, con sucesión extinta, 6) Mercedes Rafaela casada con Ramón Campelo Cordero, con hijos, 7) Lucía Dolores muerta de once años, 8) Ana Rosa fallecida del corazón y 9) Josefina muerta de nueve años a consecuencia de viruela.

IGLESIA Y PARROQUIA

Cuando doña Carmen mira hacia el pasado tiembla de emoción al recordar a la más esbelta y guayaquileña de todas las Iglesias del puerto, la antigua parroquia de La Concepción, vecina al barrio donde pasaron los años de su infancia y juventud.

Quemada la Concepción no a vuelto a ser reedificada en su primitivo solar, con ella desaparecieron valiosos cuadros coloniales de la escuela guayaquileña. Había muchos, buenos y grandes, en hermosos marcos dorados. El de San José, en la entrada a mano derecha. Frente a él, uno de San Francisco. Al fondo el de La Concepción y a sus lados, la del Carmen y La Merced. La entrada era de piedra y el piso interior de madera, pero también estaba en lugar preeminente la Vírgen del Soto, mandada a pintar por los hijos del Capitán Toribio de Castro Grijuela a principios del siglo XVII como recuerdo del milagro que obró en la villa de Irún en la persona de dicho Capitán, que según las crónicas de entonces nació sin una mano, que después le creció por intersección de dicha Virgen milagrosa.                                                   

Las señoras concurrían de manto negro y largo, las señoritas de mantilla bordada y con flecos y las niñas colegialas de sombrero. La misa solemne se da a las 8 a.m. y comienza con el rezo de un Padrenuestro coreado por la concurrencia, siempre hay un orador y descuella entre todos el Párroco doctor Calderón, famoso por su buen porte y magnífica presencia. Después del incendio grande solo queda una capilla llamada de San Vicente, cerca de los aljibes del cerro, donde se dice misa por muchos meses hasta que Miguel S. Seminario completa la obra de reedificación de San Francisco en Ciudad Nueva; siendo la primera Iglesia que se levanta en el puerto, en este siglo, inaugurándose en 1.902.