465. Luto Eterno

AGASAJOS NOCTURNOS. Los deudos pudientes atendían a los acompañantes con una suculenta cena compuesta de pavo, relleno, ensaladas y hasta exquisitos postres, pero esto era la excepción, por lo común solo había café con rosquitas, aunque en los velorios muy chic ni eso se daba, pues no faltaban señoras bobas, pero dadas de sabihondas, que comentaban: donde don fulanito todo fue muy elegante. Nada de comida ni del consabido café con rosquitas, “solo agua helada servida en vasos de cristal sobre bandejas de plata martillada de 925 gramos marca Camuso, aclarando que se percibían rayadas por el uso aunque el monograma les confería el encanto de lo antiguo con valor sentimental” ¿Se quiere más?

Entre el pueblo – en cambio – se brindaba a la media noche un consomé hirviendo, dos horas más tarde venía el suculento aguado de menudencias o el no menos exquisito seco de gallina en platos de hierro enlozado “made in Japón” de los de las tiendas del Mercado Central. Lo que sobraba se repetía a las cuatro de la mañana para evitar el sueño.  Mientras tanto el vecindario que había llevado bancos y sillas a la vereda bebía y chachareaba acordándose de “las cosas del difunto”. Pero si fallecía un niño, los grandes y chicos jugaban “El Florón” formado de cantos, preguntas y respuestas pues no había razón para ponerse triste, el cielo tenía otro angelito y hasta bien entrado el siglo XX se acostumbraba traer del campo a ciertos cómicos discretos especializados en animar velorios, siendo don Remberto Peñafiel el más acreditado.

IMAGINARIO POPULAR. Como las ciudades eran pequeñas y todos se conocían, al morir un rico la gente recordaba con pelos y detalles el origen de su fortuna. En los campos se hablaba que había vendido su alma mediante pacto con el diablo. De un caballero en Babahoyo aún dicen que, en mitad del velorio a las tres de la mañana, hora pesaba y muy propia para que ocurran penaciones, se apareció un caballero misterioso, elegantemente vestido y con sombrero negro, que se acercó a paso firme y cuando se situó frente a la caja produjo una explosión. Al disiparse la humareda se descubrió la desaparición del cadáver. La familia decidió al día siguiente pasear el ataúd cerrado, aunque lleno de piedras y enterrarlo como si nada hubiera sucedido para engañar al pueblo y acallar habladurías.

HECHO HISTORICO. Cuando en 1.918 se iniciaron los festejos del centenario de la independencia la municipalidad delegó una comisión para que traiga los restos de uno de los Triunviros de Octubre que permanecían en el cementerio Presbítero Maestro de Lima. Al destaparse el ataúd de don Francisco María Claudio Roca y Rodríguez los presentes vieron que solo quedaba el esqueleto, que presentaba las ropas desgarradas y las piernas y brazos flexionados en actitud de salir del encierro, como si lo hubieran enterrado vivo. Se supo entonces que había fallecido de una caída de espaldas, cuando recorría las calles de Lima a caballo, siendo Intendente de ese Departamento. Posiblemente el ilustre jinete perdió el conocimiento a causa del golpe y cuando lo recobró ya era muy tarde.

DOS MILAGROS ES MUCHO PEDIR. Un caballero español de bastante edad, enriquecido en el ramo de ferretería (ultramarinos se decía por entonces) y muy devoto de la Virgen del Perpetuo Socorro a quien rezaba por las noches, decidió volver a la ciudad de Vigo de donde era oriundo en Galicia. En la calle del Príncipe levantó un enorme palacete que conocí durante uno de mis viajes porque todavía existe. Una noche sufrió un repentino ataque y quedó como muerto y tras el velorio, cuando el cortejo bajaba desde el cuarto piso, al llegar al descanso del primero escucharon un potente grito del interior de la caja  “Aquí me quedo.” Grande fue la confusión y el desbande, hasta hubo atropellos, pues habiendo caído la caja al suelo se vió incorporar al supuesto difunto lo más rápido posible y todo aporreado. Los médicos dictaminaron un ataque de Catalepsia, nada de milagro ni cosa por el estilo, pero nadie les creyó. I Pasaron los años y le dio otro ataque, la parentela rezaba y confiaba en un nuevo milagro, por las dudas lo velaron tres días y solo permitieron su entierro cuando un cierto tufillo les señaló que no había pierde, pero quedaron muy decepcionados con la Virgen del Perpetuo Socorro.

PAYASO VENTRILOCUO. En la década de los años 1930 falleció un viejo y venerable payaso guayaquileño en su casita de caña de Colón entre Chile y Pedro Carbo, que dada su pobreza era pequeña y estrecha. A su entierro concurrieron casi todos los payasos de la urbe vistiendo sus atuendos peculiares, caras pintadas, zapatones, pantalones bombachos, etc. pues el payaso fallecido era algo así como el decano del gremio. Siendo las cinco de la tarde cuando bajaban el ataúd tuvieron que ponerlo en posición vertical. En ese momento se escuchó saliendo del interior del féretro un grito sonoro “No me bamboleen.” De la impresión los funerarios dejaron caer la caja, que de los hombros salió despedida escalera abajo hasta parar en la vereda. Después se supo que la bromita provenía de un payaso ventrílocuo que no imaginó la gravedad del incidente pues la caja fue tropezando las espaldas de los acompañantes que bajaban delante y hubo más de un magullado. 

SUCEDIÓ EN QUITO. Un cuñado de García Moreno al enterarse de su asesinato el 6 de agosto de 1.875 corrió a la plaza de la independencia y ante la sorpresa de los guardias, no pudiendo resistirse y enrabiado como se encontraba, disparó un tiro de pistola al cadáver de Faustino Lemos Rayo. Años más tarde nuestro personaje murió y fue enterrado en el cementerio de San Diego. Esa noche un ladrón abrió la tumba y al agacharse para mirar de cerca si hallaba algún anillo, vio como el cadáver abría los ojos, le miraba fijamente, se sobre sentaba y abrazaba provocándole tal susto que le sobrevino la muerte por infarto. De esto ha quedado la frase  “De vivo mató un  muerto y de muerto mató un vivo.”

CADAVER INCORRUPTO. Habiendo fallecido un destacado funcionario público sus hijos abrieron la tumba de la madre para enterrarle junto a ella, pensando que hallarían simples cenizas, pero al abrir el cofre apareció la difunta tal y como estaba el día de su muerte, elegantemente vestida de negro y bella como había sido siempre. De la impresión uno de los presentes se desmayó y en un instante ocurrió que el cadáver se deshizo al contacto del fresco de la mañana. Recogidas las cenizas, se colocaron junto al féretro y cerraron la bóveda.