355. Elecciones con ceviche

Había un Ministro muy antiguo, sabio, honestísimo, al que en estricta justicia le correspondía ocupar la presidencia de la Corte, pero sus malosos colegas se la birlaban en enero de cada año porque siendo todo un caballero era enemigo de negociar votos. A la quinta ocasión se le conocía como el eterno perdedor y como en esos tiempos se laboraba en doble jornada, la votación era a puerta cerrada, a las doce del día y el triunfador invitaba a un ceviche en el vecino Yacht Club, y solo cual volvían y a las dos y media se reiniciaban los despachos.  Un joven pasante que trabajaba ad-honorem con nuestro Ministro al despedires a las doce le dijo: Espero Doctor que en esta ocasión le hagan justicia. Así lo espero Licenciado. Esa tarde a l regresar al trabajo el cándido preguntó a sus compañeros ¿Quién triunfó? Ganó tu hombre, y hasta le aclararon que había sido por unanimidad de votos. Caído en la mentira y muy feliz al ver a su candidato que en esos momentos ingresaba nuevamente derrotado, en presencia del resto de los amanuenses se le abalanzó eufórico al grito de Felicitaciones, al fin dejaron de verle la cara de Cojudo. El Ministro preguntó: ¿Por qué jovencito? Porque lo eligieron. I viendo el cuitado que encima de su nuevo fracaso electoral era blanco de las miradas burlescas de los presentes, se puso como un tomate, gritó a todo pulmón ¡Carajo! y dando un golpe en el piso se metió rápido a su oficina con un sonoro portazo. Un coro de carcajadas estalló en ese instante, el pasante cayó en cuenta que había sucedido algo raro y cuando le aclararon la broma no le quedó otra que recoger sus papeles y retirarse a su casa, hasta que pasados quince días el benévolo Ministro le mandó a decir que podía volver con toda confianza, que comprendían que lo habían embromado pero estaba disculpado, así nomás.

PAGO O PEGO QUERIDOS SOBRINOS. Un Ministro bajaba las escaleras de la Corte cuando escuchó que a sus espaldas alguien chifleaba “cueco” y como esto es un imperdonable agravio que no  se puede tolerar, se volteó para observar quien era el atrevido y se encontró con uno de sus sobrinos con quien venía manteniendo ciertas diferencias económicas  por  cuentas de herencia. ¿Qué hacer? se preguntó el viejo, seguir bajando como si nada o regresarme a reclamar. Mejor bajo y reclamo en la puerta, pero entonces sintió que algo espeso le había caído en la parte posterior del elegante saco de casimir y hasta le pareció que chorreaba lentamente ¿Será un escupitajo? ¿Qué hacer? Mejor apuro el paso. Ya iba por el primer descanso de la escalera cuando comprendió que había caído en una celada al divisar el resto de la parentela, dispuesta a todo, pero como “el hijo del hombre nunca muere boca abajo” según decir de la filosofía populachera de nuestro agro, les gritó ¿Pago o pego? y los sobrinos quedaron mudos de sorpresa, entonces aprovechó y se respondió: Mejor pago queridos sobrinos, no faltaba más. ¿Cuánto es muchachos?  ¡No me digan nada, lo sé de memoria¡ y rápido les giró un cheque por la cantidad justa, que la sobrinada recibió entre complacida y asombrada, porque es de inteligentes aceptar las sorpresas que tiene la vida.

LA CORTE ESTA BIEN PARADA. Una mañana varias docenas de universitarios subieron corriendo las escaleras del despacho de la presidencia de la Corte al grito de Muera el viejo (aquí el apellido) con la finalidad de atemorizarle, para que no sentencie cierto juicio. El presidente era bajito de cuerpo y al sentir que se acercaban se paró, sacó un revólver, lo puso sobre el escritorio y esperó. Cuando la turba llegó en tropel, viéndole de pié, se detuvo un instante, que aprovechó el Presidente para alzar el brazo derecho en gesto histriónico y gritar con voz potente  ¿Qué desean los señores? pero uno de los de atrás, haciéndose el gracioso, respondió ¡Que te pares hijuep..¡ pues como era chiquito parecía que seguía sentado.  Entonces todo fue risas y chácharas – pero el Presidente respondió ¡La Corte está bien parada!  y dio dos tiros al aire. Uno de presentes gritó ¡Corramos que el viejo nos mata! y todo fue un desbandarse de gente que daba gusto. Casualmente me tocó presenciar esta escena y tuve que lanzarme al suelo para evitar las balas que revotaron del techo. Al bajar encontré a los revoltosos que comentaban el incidente en alegre algarabía sirviendose sanduches de chancho con Pepsi Cola en el bar de la Corte. El viejo estaba armado – decían – y hasta me invitaron a que me sume al jolgorio, pero no acepté.