453. Presentación De Una Quinceañera

Fue costumbre guayaquileña en los años 1.960 y siguientes presentar a las jóvenes quinceañeras vestidas de rosado, con discurso, corte, vals, comida, trago y todo lo demás. Algunos detalles cursis por sus ribetes pueblerinos de folklórica comicidad daban la tónica al espectáculo.

Si la fiesta era en casa y solo cuando estaban reunidos todos los convidados salía la quinceañera de alguno de los dormitorios y era anunciada por el papá. La madrina le calzaba los zapatos con tacos que simbolizaban su paso a señorita y le pintaban los labios. El orador de la noche decía el discurso de órden, algunos muchachos tenían preparadas una o dos versiones parecidas, ambas pomposas y grandilocuentes, al punto que hacían fama y hasta eran buscados. Una de estas versiones comenzaba siempre aí: Tengo un inmenso placer y gran satisfacción…. Terminado el discurso se brindaba una copa de champaña acompañada de bizcotelas y comenzaba el baile a los acordes del Danubio Azul de Johan Straus. La fiesta podía durar hasta la madrugada.  A veces había bocaditos, pero en otras ocasiones era un bufé que casi siempre se componía de arroz con pollo, tallarines a la italiana, ensalada rusa y el infaltable queso de leche de grandes proporciones, regalo de la abuelita.

En una de estas fiestas recuerdo que el papá anunció Señores, les presento a mi hija fulanita. Pero como se había brindado abundantemente y algunos invitados ya estaban chispos se escuchó un potente grito ¿I a ti quien te presenta? Silencio en la sala, pero el viejo ni se inmutó, ordenó el vals para que comience el baile y se guardó para si el discurso que iba a pronunciar, superando el impasse.

En otra ocasión los músicos se equivocaron y aelantaron el vals a la puerta de los zapatos, a la pintada de labios y al discurso, de suerte que el orador se atolondró y sacó a bailar a la quinceañera que continuaba descalza y cada vez que daban vueltas le pisaba los pies y ella se quejaba: Ay¡  Ay¡ Ay¡

Un papá atolondrado pidió a los músicos que toquen el vals Vesubio azul, dejándoles boquiabiertos pues dicha pieza no existe. Cierta noche concurrí a la una fiesta de quinceañera en la chifa El Dragón Dorado, a la entrada me entregaron dos tikes de comida y dos de cervezas. Como nunca he sido bebedor cambié los tikets de cervezas y me zampé casi de golpe cuatro sanduchitos de pernil que encontré deliciosos. Lo raro de todo esto es que me enteré por boca de otros invitados que el papá de la quinceañera solo la había visto dos o tres veces en su vida, pues era una de sus tantas hijas fuera de matrimonio y la tenía viviendo en New York junto a su mamá, habiéndola traído a Guayaquil por pocos días y solo para que asista a su fiesta de quinceañera.

En la mayoría de los casos el orador escogido para el discurso jamás había visto a la damita y entonces surgían las alabanzas, En una presentación la niña resultó escuálida, nada de curvas, ni suquiera llegaba a las cien libras de peso. El joven orador tragó grueso al conocerla, pero ni modo, ya estaba comprometido, mas, al iniciar el discurso le traicionó el subconciente y dijo: Fulanita, qué bella eres (mentira cerdota y exageración descomunal) Si pareces un angel bajado del cielo (mirando hacia arriba, gesto que imitaron los concurrentes sin divisar nada más que el techo pelado. Tu cara, tu cuerpo, son divinos (hasta el papá empezó a disgustarse y los concurrentes se codeaban entre sí) Ahora que ya no eres niña (metida de pata que se prestaba a maliciosas interpretaciones) La abuelita empezó a asustarse. … te enfrentas al problema del amor, bueno, eso del problema es un decir pues tu no vas a tener problema, claro que los problemas nunca faltan, aunque se superan (y dale con la palabrita) La quinceañera se encontraba avergonzada y casi a punto de irse de moco tendido. I comprendiendo su dolor el papá gritó: Brindemos por mi hija la quinceañera y ordenó a los saloneros que esperaban con las copas de champan servidas, que empiecen a repartirlas.

Usualmente las damitas invitadas eran primitas, amigas y compañeritas de la quincedañera y se mandaba a decir a las “galladas” de muchachos de boulevard que estaban invitados a una fiesta de quinceañera para armar las parejas de baile. Había que asistir elegante, esto es, con saco y corbata, pero – cosa curiosa – sin portar regalo. En otros casos era más formal, solo ingresaban los señalados en una lista. En uno de estos bailes de postín, un pavo (mi amigo Jhonny I.) bailaba animadamente en la villa de un ex presidnte de la República, con una guapísima damita de la alta sociedad, cuando se le acercó el propietario de la mansión a notificarle que como no estaba invitado debía abandonar inmediatamente la fiesta, recibiendo como respuesta “Ya me retiro, pero permítame que termine esta pieza con mi pareja” y siguió danzando como si nada, respuesta que denotaba al perfecto caballero. I en efecto lo era, pues tras viajar a los EE. UU. en busca de aventuras y fortuna, trabajó exitosamente en las radios newyorkinas hasta afianzarse con un programa propio y de gran sintonía, que lo volvió rico. Lamentablemente, murió joven, pero el recuerdo de sus numerosas peripecias subsiste entre sus amigos.

Recuerdo otro baile en el Tennis Club. Estaba la quinceañera recibiendo en compañía de sus padres, padinos y numerosos familiares, toda una larga fila se entiende y unos cuantos pavos decidieron colarse de todas maneras, utilizando la siguiente fórmula. Averiguaron el nombre de la quinceañera. Subieron en fila india, eran como ocho los muy sinvergüenzas y el primero de ellos al verla se le lanzó de improviso a abrazarla y sin darle tiempo de reaccionar le dijo rápido: Fulanita, hace quince años que no nos vemos, dejándola más que anonadada y sin saber qué responder. Instantes que aprovechó el intruso para saludar rápidamente a los miembros de la familia y entrar al salón donde se confundió con el resto de los invitados. Los demás que le seguían hicieron lo mismo. I aqui no pasó nada.