416. La Cruces Sobre El Agua

Desde 1.944 Joaquín Gallegos Lara estaba empeñado en concluir su novela sobre la matanza de pueblo y obreros ocurrida en Guayaquil en 1922. La tenía iniciada y casi lista desde tres años antes y solo tuvo que darle los toques finales a lápiz, su amiga la estudiante universitaria Blanca Navas Palomeque la pasó a máquina con el título de «Las Cruces sobre el agua» y fue entregada a los talleres de la Editorial Senefelder propiedad de Ana y Francisco Moreno Franco, que no le quedaron del todo bien porque se demoraron más de la cuenta, pero tampoco le ganaron un solo centavo pues se la sacaron al costo ya que mucho le estimaban.

La edición recién apareció en mayo de 1.946 dedicada a la Sociedad de Panaderos de Guayaquil “cuyos hombres vertieron su sangre por un nuevo Ecuador el 15 de noviembre de 1.922,” financiada en parte por su amigo Pedro Jorge Vera, propietario de la librería «Vera y Cia», que le adelantó algo de dinero por la distribución exclusiva. La portada corrió a cargo de Alfredo Palacio. El libro fue iluminado con siete grabados de Eduardo Borja Illescas y constituyó un éxito pues era la gran novela que el país reclamaba sobre la matanza del 15 de noviembre, aunque también lo es del Guayaquil de inicios de siglo, con su pobreza, calles, plazas, gentes y covachas. El personaje principal es un panadero presidente de su gremio, afiliado a la Federación regional de Trabajadores del Guayas, llamado Alfredo Baldeón Silva, quien murió realmente  cuando comandaba a la manifestación que se dirigía a liberar a unos cuantos compañeros presos en el Cuartel aquel fatídico día, pero Joaquín le presenta novelado, luchando en su primera juventud en la revolución de Carlos Concha en Esmeraldas, lo cual no es real, pues en 1.922 Baldeón tenía veinte y dos años de edad solamente y nunca había salido de su ciudad. Aparece también la Sociedad de cacahueros Tomás H. Briones, el centro feminista Rosa de Luxemburgo y varios personajes populares.

La crítica comentó que la obra pertenece a una época avanzada del realismo social ecuatoriano, ya menos costumbrista y desplazado del campo a las urbes debido al éxodo del campesinado por la crisis económica de los años treinta. Jorge Enrique Adum considera que con esta novela culmina el realismo de ambiente urbano en el Ecuador y el crítico chileno Mariano Latorre ha dicho que es una de las grandes novelas de América Latina. Su amigo el ex presidente Alfredo Baquerizo Moreno le aplaudió sin reservas, terminando su hermosa crítica con las siguientes palabras: Venga otra novela, la esperamos. No voy con Ud. en años ni en doctrina, tal vez ni en arte, mas ya nos enseñaba el divino Platón por la boca de Fedro “que entre amigos todo es común” y si no todo algo en común habrá entre nosotros… que somos amigos.

“Las Cruces sobre el agua” solo es una novela, no tentó en ella su autor la explicación de las causas ni las consecuencias del hecho histórico en sí, tampoco abordó la razón fundamental del fracaso de la huelga decretada por los obreros precariamente organizados, lo que les volvió vulnerables y posibilitó la aparición de otras agendas que distorsionaron el reclamo original, pues lo de la baja del dólar fue una hábil maniobra de Víctor Emilio Estrada, Gerente del banco La Previsora, quien hiló muy fino en materia económica, creyendo que con tal medida, se abaratarían los víveres de primera necesidad.

Ese año Joaquín ofreció a una Editorial argentina sus originales sobre el cacao, novela que estaba por concluir, pero no se llegó a ningún arreglo. Faltó voluntad de los editores. Un breve testimonio de ella ha quedado en el capítulo titulado «En las huertas» que entregó a su amigo Alfredo Martínez para su publicación en el No. 53 de la Revista «América», del grupo de ese nombre en Quito. También escribía mucho sobre temas políticos y literarios.

Por entonces se produjo un serio incidente en el interior del partido comunista a causa de Earl Browder, Jefe del comunismo norteamericano, quien escribió en 1.942 dos obras tratando de convencer a los camaradas latinoamericanos para que se acogieran a las directrices del comunismo norteamericano y renuncien a la Internacional de Moscú que en esos momentos no funcionaba. Joaquín leyó los libros y en una reunión celebrada en su casa, cogiéndose con ambas manos sus tirantes, gritó vascosidades contra Browder y los norteamericanos, acusándoles de tratar de inducir al error a los obreros y trabajadores de occidente. Esa posición tajante y al mismo tiempo irreductible, propia del fanático se dijo entonces, y creo que no andaban muy equivocados los que así le calificaban, le alejó de todos los líderes nacionales del Partido que veían con sumo interés la alianza con los comunistas norteamericanos. Finalmente, dicha posición de entendimiento se debilitó cuando el tratadista francés Jacques Duclós denunció a Browder y al browderismo como un «peligroso desviacionismo» y terminó definitivamente en 1950 en los Estados Unidos debido a la política persecutoria ejercida por el senador del Estado de Wisconsin, Joseph Mac Carty, contra los comunistas y en general contra todos los izquierdistas de ese país, incluyendo entre los primeros y más peligrosos de la lista a Earl Browder que terminó viviendo oscuramente en un pueblecito sin importancia mientras el browderismo pasaba por el panorama político latinoamericano como algo que pudo ser y nunca fue

En Guayaquil, en cambio, se continuó considerando a Joaquín un ser intratable por su inconmovible ortodoxia, obsecado y difícil, poco maleable,

I así empezó también su aislamiento, al que le sometieron inmisericordes sus camaradas, quienes dejaron de visitarle. Para colmos, coincidió esta etapa de su vida con el inicio de una fétida infección en los genitales, posiblemente originada por la escara o fístula rebelde en el recto que tenía desde hacía mucho tiempo y que jamás se le había curado del todo a pesar de los cuidados y tratamientos de su madre.

Su tío Julián le recetó lavados de las zonas infectadas con la solución Carrol and Decker a base de hipoclorito de sodio que le aplicaba diariamente su amigo el estudiante de medicina Fortunato Safadi Emén y que no surtió efecto pues el asunto tomó un cariz canceroso y comprendiendo Joaquín la gravedad de su situación decidió aprovechar el poco tiempo que le quedaba, terminando varios trabajos que mantenía pendientes, y comenzó en Abril del 46 por el que creía más fácil, un libro de cuentos que tituló «La Ultima Erranza» por el nombre de uno de ellos (3) que alcanzó a imprimir en México en 1.947, obra que la crítica ha considerado como la de mayor construcción de todo lo suyo.

También quiso tentar una biografía de Rumiñahui dedicada a la memoria de varios ilustres dominicanos por el recuerdo al padre Bartolomé de las Casas. Los originales acaban de aparecer después de permanecer por muchos años en poder de Jorge Enrique Adoum, quien los recibió de manos de la madre de Joaquín en 1.948; se trata de un cuaderno con tres páginas borroneadas a lápiz que Adoum entregó años más tarde a su amigo el poeta Fernando Cazón Vera con destino al escritor Alejandro Guerra Cáceres, quien los posee en la actualidad. En otras palabras, la célebre biografía de Rumiñahuy quedó en simple proyecto pues tres páginas a lápiz, no constituye ni siquiera un artículo corto.

En esta etapa de su vida Joaquín escribía por las mañanas desde las siete y media haciéndose llevar la máquina sobre una mesita rodante y sentándose trabajosamente al filo de la cama con el mal olor de su enfermedad, que al final era casi intolerable. También lo hacía con lápiz sobre papel blanco sin rayas, tomando hasta cinco y seis tazas de café puro sin azúcar al día. A las doce almorzaba, hacía siesta y si la fiebre se lo permitía volvía a escribir. A veces recibía a algún amigo por las noches, pero no siempre. Así fue como avanzaron sus cuentos, que sacaba en limpio Olga Herrería Herrería, que hacía de secretaria ad – honorem suya en esta última época.