407. La Interioridades Del Protocolo De Río

Tras la invasión armada en Julio de 1.941 y con varias secciones de nuestro territorio ocupadas por el enemigo, el canciller ecuatoriano Dr. Julio Tobar Donoso, viajó en enero del 42 a Río de Janeiro, a fin de encontrar una solución pacífica al diferendo limítrofe con Perú. Como la ruta aérea pasaba por Lima, se sustrajeron el equipaje con los planos, mapas, informes, pruebas, etc. 

Las conversaciones diplomáticas se iniciaron al presentar el Canciller brasilero Sr. Aranha unos estudios de posibilidades hechos con él y por la delegación ecuatoriana, que sin embargo fueron rechazados por la delegación peruana, que a su vez trazó su línea demarcatoria en un mapa reciente en que figuraban ya como suyos los territorios invadidos. 

Tobar Donoso pidió entonces que se suscriba un Protocolo formulado de conformidad con su anteproyecto para que tenga el carácter de instrumento preliminar de arreglo y proceder a establecer no una línea fronteriza si no dos, la del Perú y la del Ecuador, como base de futuras negociaciones. Esto lo hizo a fin de ganar tiempo, pues las conversaciones se hubieran extendido a la siguiente Conferencia a realizarse en Buenos Aires. 

Mas, los peruanos rechazaron esta fórmula a pesar que los delegados de los países mediadores la acogieron con satisfacción, de manera que a fin de resolver esta dificultad Tobar Donoso, lanzó una tercera posibilidad, que la línea de fronteras se defina en diversas secciones del oriente y deje la determinación del resto para la siguiente Conferencia. Lo cual tampoco fue aceptado. Así terminó el primer día de conversaciones.

Al siguiente día Tobar Donoso lanzó una cuarta propuesta, renunciando a la navegación por el Marañón a través de  los ríos Consangas (que apenas es navegable en la estación  invernal y eso solamente por canoas y Santiago que ve interrumpido su curso por varias cataratas peligrosísimas  llamadas desde el siglo XVI con el nombre de pongo de Manseriche) pero esto – claro está – no lo dijo y   a cambio de esta renuncia  una compensación territorial en el norte, es decir, en los territorios que habíamos entregado en 1.916 a Colombia por el Tratado Ponce – Castro Oyanguren y ésta  nación – a su vez –  cedido al Perú por el Tratado Salomón – Lozano en 1.922,  para tener una salida a través del río Putumayo  directamente con el Amazonas.

Esta cuarta propuesta resultó la definitiva, siendo acogida por la delegación peruana y el 29 de enero de 1.942 se firmó el Protocolo de Río de Janeiro, que Tobar Donoso de acuerdo al Derecho Internacional le dio el carácter de instrumento previo, lo cual jamás aceptaría el Perú que siempre le ha concedido la categoría de Tratado Internacional. (Los protocolos solo fijan líneas limítrofes provisionales y los Tratados fronteras con carácter definitivo) 

En Río de Janeiro aceptó Ecuador la pérdida por ocupación de gran parte de sus territorios orientales, quedaba dividida la región amazónica ecuatoriana en dos partes, la norte (plana) que seguía siendo nuestra hasta donde los peruanos tenían sus destacamentos y la del sur (Montañosa) que pasó a poder peruano. 

Se ha mencionado que la trasnacional ingresa Anglo Saxon Petroleum Co. subsidiaria de la Royal Deutch Shell mantenía un contrato de concesiones para la exploración y explotación petrolera en la zona norte ecuatoriana sobre 8.345.610 hectáreas suscrito con la dictadura del Ingeniero Federico Páez el 17 de agosto de 1.937 y en cambio las concesiones peruanas con la misma empresa Shell estaban ubicadas y ya en pleno funcionamiento en el puerto de Talara, en su costa norte. De manera que esta relación comercial pudo servirnos para que el Perú acepte la línea fronteriza final, que les otorgaba título de propiedad sobre la región de Tumbes vecina a Talara, por considerarla propicia para asegurar su dominio los pozos petroleros de la Shell en funcionamiento, supongo, pues no hay como probarlo. 

En Río de Janeiro Tobar Donoso fue prácticamente un prisionero de las circunstancias pues un falso sentido de panamericanismo nos empujó a firmar la paz a como diera lugar pues la situación internacional así lo exigía. Tampoco existía ejército ecuatoriano, lo poco que había quedado tras la invasión estaba concentrado en Quito, fiel a la política de defender únicamente la región interandina desde Huigra para arriba como lo había recomendado en 1.937 la Misión Militar Italiana; la costa y el oriente eran indefendibles por ser tierras llanas y fáciles de atacar. Para colmos existía otro antecedente perjudicial para nuestros derechos porque en 1.936 habíase suscrito un Acta de Status Quo con la Cancillería peruana, reconociendo expresamente la existencia de una serie de guarniciones en la cuenca baja del río Amazonas. Abría que agregar también la mala voluntad que nos tenía  el Canciller norteamericano Sr. Welles quien llegó al extremo de rehuir la conducción directa de la cuestión surgida entre el Ecuador y el Perú; pues, para su cancillería, el Ecuador era considerada una nación neutral en el conflicto mundial, por no haber facilitado a los Estados Unidos las bases estratégicas de las Islas Galápagos y Salinas, necesarias para la defensa del canal de Panamá, lo que solo ocurrió al siguiente día del ataque de la aviación japonesa a Pearl Harbor cuando los Estados Unidos las ocupó manu militari y solo nos informó  de ese hecho, cuando ya se había realizado.

Con el Protocolo se ganó la paz y pudimos seguir siendo nación y sobre todo se logró  la devolución de Machala y otras poblaciones menores como Santa Rosa, El Pasaje, El Guabo, etc., ocupadas desde Julio del 41 y la riquísima provincia de El Oro ( unas de las más fértiles del país) y mantuvo la soberanía plena sobre las aguas del golfo de Guayaquil, asegurando la posesión de la extensa isla Puná y demás islotes, así como la ciudad y puerto de Guayaquil, que desde siempre ha sido la capital económica de la República. 

Craso error de los peruanos, fue contentarse con Túmbes y su árido y paupérrimo desierto amarillo, que también mantenían ocupado desde principios del siglo XIX.

En cuanto a la región oriental, los peruanos ya ocupaban muchos años los terrenos que según el Protocolo le fueron concedidos, de suerte que solo los legitimaron con título de propiedad La navegación por el Amazonas también era mantenida por el Perú desde la fundación de la población de Iquitos en 1.859, prueba de ello es que gozaron de la navegación por el gran río y pudieron participar de la prosperidad surgida de la explotación y exportación del caucho. 

En lo militar el puerto de Guayaquil estaba a merced de la flota y aviación peruanas que la podían incendiar en cosa de una hora pues casi todos sus edificios eran altamente combustibles tampoco el Ecuador tenía marina ni aviación para defenderla.  

El Ecuador alegó desde 1.961 que el Protocolo es nulo, de nulidad absoluta, por falta de consentimiento. Los garantes, en cambio, proclamaron su plena validez sin atreverse a expresar que las fronteras allí designadas sean y tengan el carácter de definitivas. Todo un intríngulis de intereses….

Gonzalo Escudero, quien formó parte de la Delegación, en su obra «Justicia para el Ecuador», publicada con ocasión del inicio del tercer velasquismo, ha opinado en frio que Tobar debió presentar una altiva y enardecida protesta que hiciera vibrar la indignación de América, lo que no hizo quizá por su carácter tímido o para salvar a como diera lugar la supervivencia del país, sabiendo que sacrificaba su futuro político a perpetuidad. La delegación de asesores que le acompañaba estuvo compuesta por Humberto Albornoz, Alejandro Ponce Borja, Eduardo Salazar Gómez, Enrique Arroyo Delgado, Luís Bossano Paredes, Gonzalo Escudero Moscoso, Juan X. Marcos Aguirre, y Carlos Tobar Zaldumbide.

Al regresar a Quito Francisco Chiriboga Bustamante le dijo «Que pena que Ud. haya firmado. Nosotros lo queríamos llevar a la presidencia» Tobar le replicó «Me he sacrificado para que la Patria exista» y tenía razón pues la realidad era muy dura, no habían armas para la defensa de las fronteras, dos provincias estaban militarmente ocupadas por el enemigo que amenazaba nuevas movilizaciones y hasta tomar Guayaquil y lo peor de todo es que nuestro pequeño ejército se encontraba desorganizado, en derrota y recluidos sus mandos en Quito. En lo internacional la II Guerra Mundial mantenía la atención de los países de América alejada del problema. En lo diplomático, por el Tratado Herrera-García de 1.890, el Ecuador había reconocido al Perú el dominio de lo que ya poseía en la margen izquierda del Amazonas, de manera que el Canciller Tobar consiguió una nueva línea de frontera sobre los nuevos terrenos ocupados por los peruanos, lo que permitió la supervivencia nacional.

Pero tal fue el rechazo que encontró en el país que poco después renunció la Cancillería y fue reemplazado por Francisco Guarderas Pérez. Ese año salió «Dictámenes Jurídicos acerca del problema ecuatoriano – peruano, dados por ilustres internacionalistas americanos» en dos tomos de 165 y 135 págs. y «Cooperativas y Mutualidades» en 79 págs. donde explicó la conveniencia de estos sistemas para el desarrollo de las clases menos favorecidas.

En 1.943 fue electo miembro fundador del «Instituto Cultural Ecuatoriano» colaborando activamente con el padre Aurelio Espinosa Pólit, S.J. en la publicación de varias obras.

Al ocurrir la revolución del 28 de mayo de 1.944 fue arrestado y llevado al batallón Yaguachi donde permaneció cuatro días en unión del Ministro de Defensa Vicente de Santistevan Elizalde, saliendo ambos bajo fianza que prestó Neptalí Bonifaz. «De allí en adelante soportó con resignación los desplantes de malquerientes y demagogos que lo acusaban de haber mostrado debilidad al firmar el Protocolo, sin reparar que la única y verdadera debilidad estaba en la República y en su ejército derrotado». Cada 29 de enero lo vejaban con gritos y manifestaciones hostiles en los bajos de su casa, sobre todo durante los regimenes velasquistas. «Fueron días crueles y oscuros, meses y años de soportar inculpaciones, de vivir recogido, de hablar poco…»

En 1.945 publicó “La invasión peruana y el Protocolo de Río de Janeiro» en 559 págs. y 4 mapas, existe una segunda edición del Banco Central del Ecuador, narrando las dramáticas circunstancias que le impusieron en Río de Janeiro la firma del protocolo ante un panamericanismo sordo e indiferente a la voz de la justicia, pero la obra critica en algunos párrafos a los mediadores en el conflicto y otros los alaba, igual con las fuerzas armadas ecuatorianas.

En 1.946 formó parte del «Comité de caballeros Pro Libertad de la enseñanza» y recibió del Estado Vaticano la Gran Cruz de la Orden de San Gregorio Magno. Ese año formó parte del Comité promotor de la Universidad Católica de Quito y con su amigo el Padre Espinosa Pólit viajó a Bogotá a estudiar la organización de la Universidad Javeriana. Luego elaboraron un Plan de Estudios Generales y en especial de la Facultad de Jurisprudencia cuyo decanato ocupó el 4 de noviembre, así como la cátedra de Derecho Político hasta su renuncia en 1.972 veinte y seis años más tarde y para ayudarse recopiló en 1.951 los Apuntes de esa materia editándolos bajo el título de «Elementos de Ciencias Políticas» en 318 págs. texto que ha visto cuatro ediciones.

En 1.947 volvió sobre el tema territorial con «Estudio sobre límites ecuatoriano – peruano» en 265 págs. El 48 escribió «Apuntes para la Historia de la Educación Laica en el Ecuador» con la trayectoria educativa nacional desde la revolución liberal de 1.895, la contribución del Normal Juan Montalvo a la cultura y los caracteres de la educación laica y confesional en el Ecuador.

En 1.951 fue electo Presidente del Instituto de Cultura Hispánica de Quito y trató de probarle a su amigo el historiador Luís Robalino Dávila, que los amores de García Moreno con Virginia Klinger de Aguirre y la secuela de celos contra el Secretario de la Legación de Colombia Arcesio Escobar, origen de las dos desgraciadas guerras ecuatorianas contra esa nación, era sólo una fábula y así apareció «El Fin de una fábula» en 60 págs. Ahora se conoce que existió hasta una hija de esos amores llamada Rosita García Klinger y que fue la primera criatura en inaugurar el Orfanato fundado en Quito por García Moreno.

Entre 1.952 y el 55 tuvo en arrendamiento la hacienda «La Quitumbe» en Atuntaqui, propiedad de la Curia de Ibarra. El 53 publicó su hermoso libro titulado «La Iglesia, modeladora de la nacionalidad» en 398 págs. que mereció el Premio Tobar de la Municipalidad de Quito, también salió «Derechos y Deberes de los patronos y trabajadores del campo» en 33 págs.

En 1.954 dio a la luz «Evolución de las ideas pedagógicas en el Ecuador» con datos de la pedagogía colonial hasta la época republicana cortados en 1.953.

En 1.955 se alegró con la consagración de su hijo Julio en la Compañía de Jesús, existe una interesante correspondencia seguida entre ambos, pero dado el carácter tímido de Julito, éste resultó más bien una figura descolorida. El 56 editó «El Pensamiento Jurídico de Pío XII» en 81 págs. El 58 salió a la luz «El Ilmo. P. F. José María Yerovi, O. F. M. Arzobispo de Quito» en 360 págs. Entre el 59 y el 70 laboró como Ministro Juez de la Primera Sala de la Corte Suprema de Justicia, dejando doce tomos de alegatos en forma de sentencias.

En 1.960 colaboró en varios prólogos y Notas que aparecieron en la Biblioteca Ecuatoriana Mínima publicada con motivo de la Conferencia Panamericana a celebrarse en Quito. El 61 editó «Lenguaje rural en la región interandina del Ecuador». El 62 la biografía de Pedro Pedro Gual que reeditó al año siguiente.

En 1.965, desempeñábase como Ministro Juez de la Corte Suprema de Justicia y fue electo Presidente de tan alto organismo, pero la dictadura de la Junta Militar de Gobierno se opuso públicamente y declaró nula la elección por haber sido Tobar quien firmara el Protocolo. Entonces se vio obligado a renunciar y recibió numerosas muestras de respaldo a nivel nacional, entre ellas la designación de Director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, presidiendo el 68 de V Congreso de Academias de la Lengua.

En 1.972 fue declarado Profesor Emérito de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Católica. El 74 editó «Las Instituciones del período hispánico, especialmente en la Presidencia de Quito» en 479 págs. El 76 elaboró una serie de biografías sobre «Los Miembros de Número de la Academia Ecuatoriana muertos en el primer siglo de su existencia» en 500 págs. y comenzó a pasar más tiempo en su hacienda «Mercedes». Tenía un gran número de fichas que le eran de utilidad en sus trabajos.

Metódico y esforzado, escribió mucho, con versación y doctrina. Poseía una prosa elegante y fácil que convencía y encantaba, pero tuvo sus limitaciones y fallas pues jamás aceptó la supremacía del estado moderno. También fue hombre de su época. «Su postura cristiana se concretó en formas de un período que pasó, defendiendo a ultranza y sin jamás dar su brazo a torcer, situaciones y personajes sobre los cuales la historia ha juzgado, pronunciando su severo veredicto. Creía en la supremacía del papa y de la iglesia sobre los Estados, teoría inaplicable en el siglo XX. Admirador de la dictadura perpetua de García Moreno, trató que se aceptara hasta sus más graves errores» siguió en la década de los años veinte al treinta la carrera ascendente del Duce Mussolini en Italia y a través de autores fascistas trató de resolver la problemática política ecuatoriana sin obtenerlo.

Su hijo Francisco ha escrito lo siguiente: Mi padre, pese a todos los desengaños que sufriera, manifestaba siempre confianza, amaba de modo auténtico al prójimo, se dolía de los demás. Bondadoso y poco mudable, cometía pecados de ingenuidad y excesos de confianza, por lo cual jamás fue un político con dobleces si no alma entregada al culto de la amistad. Nunca se dejó llevar por impulsos sino por el juicio sereno y lleno de raciocinio».

Su conducta personal se motivaba en la fe. Dios y Patria eran sus metas. Gozó de la irrestricta confianza y amistad de los Arzobispos Pólit y de la Torre, así como de la Curia capitalina que lo auspiciaba. Sincero en sus manifestaciones religiosas, diariamente oía misa y comulgaba en la Merced o en el Sagrario. En 1.974 aceptó una invitación del Comité pro conmemoración del sesquicentenario del fallecimiento del sabio Dr. Teodoro Wolf que yo presidí y viajó a Guayaquil a dictar una conferencia sobre su obra. Llegó al hotel Palace con su esposa Angelita García Gómerz, se le veía alegre y jovial. Su intervención fue del todo exitosa. Un año antes de su muerte empezó a sentirse sin fuerzas, aunque por puro animoso quiso viajar a Miami llevando a su esposa a curar de una fractura en la cadera. Una inveterada bronquitis le afectaba desde mucho tiempo atrás.

A fines de febrero de 1.981 ya no se pudo levantar y falleció sin enfermedad alguna el día 10 de marzo, de ochenta y siete años de edad. A su sepelio y honras concurrieron la Universidad Católica, las Academias y la Compañía de Jesús. La prensa tímidamente alabó sus dotes que las tuvo en grado superlativo.

Fue historiador, jurista y ensayista. Otros trabajos suyos son: “Cabe relación de trabajo entre un religioso y su comunidad?” y “Doctrina sobre Derecho Sucesorio”.

De baja estatura, pelo y ojos castaños, miope, usaba lentes. Fácil para reír, oportuno conversador, erudito escritor aunque demasiado sumiso frente a la Iglesia conviniendo en todo lo que viniere de ella sin discutir ni chistar. Vivía inmerso en la religión rezando diariamente el rosario y llegó hasta aceptar su sacrificio político en los últimos tiempos hasta con alegría, creyendo que era una expiación necesaria que le había enviado Dios. Paternal con su alumnado y en el trato con sus semejantes. No amó la libertad ni creyó ni luchó por ella, aunque tuvo oficio y fuerza de escritor. Por eso su vida se deslizó en una constante religiosidad interior alentada por ideales decimonónicos: La supremacía de la Iglesia y la apología de la dictadura garciana entre otros.

La iglesia quiteña acogiendo una iniciativa de la Compañía de Jesús ha iniciado el Proceso de Beatificación previo a la declaratoria de Santidad, bajo la manifestación de que sufrió mucho con gran humildad, por darnos Patria a los ecuatorianos.