404. El Joven Castro Benítes En Misión Secreta

El 22 Julio de 1.941 la Colonia orense en Guayaquil formó un Comité Cívico de Defensa Patriótica de la Provincia presidido por Colón Serrano Murillo, a fin de socorrer a sus coterráneos, que en interminable caravana escapaban de los terribles estragos ocasionados por los combates, bombardeos y ocupaciones causados por el invasor peruano.

La mañana del siguiente día – 23 de Julio –  en el local de la Asociación de Empleados realizaron una Asamblea a puertas cerradas con oficiales de la II Zona Militar y se resolvió la conformación de una comisión de tres jóvenes universitarios orenses, para que verifique hasta donde llegaban las pretensiones de los peruanos, QUE YA OCUPABAN LA LINEA  MAS AVANZADA EN SU PROYECTO DE INVASION, CUYO HITO LIMITROFE ERA LAS ORILLAS DEL RIO JUBONES, pero continuaban adentrándose en el país por otras direcciones, ante el desbande incontrolable de nuestras tropas. Los peruanos no continuaron su avance por la costa debido a la espesa vegetación, que les hacía proclives a sufrir sorpresivos ataques de guerrilla.

Eran las 12 cuando Serrano Murillo salió a preguntar a los universitarios que esperaban fuera, quienes querían viajar a Machala. Los jóvenes Nicolás Castro Benites, Diego Minuche Garrido y Víctor Hugo Mora Barrezueta se ofrecieron y quedaron desde ese momento incomunicados, pues la misión tenía el carácter de secreta y reservada, por urgente y peligrosa, ya que iban a infiltrarse en las filas enemigas con gravísimo peligro.

A las 2 de la tarde les llevaron donde los Dres. Jorge T. Larrea Alba, Miembro de las Fuerzas Armadas, quien les solicitó que localicen a su señora madre y la traigan a Guayaquil y a la dirección Nacional de Higiene, pues el Dr. Leopoldo Izquieta Pérez prestaba ayudaba a la II Zona Militar. Este último les dio de su bolsillo un billete de cien sucres para gastos de viaje.

A las 8 de la noche con gran secretismo fueron ubicados en un remolcador, previamente el ejército había despejado el malecón para que nadie les observe y pueda noticiar al enemigo. La Cruz Roja del Guayas les entregó una bolsa de harina de cebada (vulgar máchica marca Pinol) y una banderita de la Cruz Roja y la Zona Militar un salvoconducto para ser presentado ante nuestras tropas con la consigna de que debía ser destruido enseguida pues si caía en mano de los peruanos sus portadores serían considerados espías.  El viaje se realizó a oscuras para evitar posibles naves enemigas.

Pasaron la isla Santay, enfilaron al Golfo, cambiaron de embarcación y por el Rio Siete llegaron al sitio Las Cruces, donde vieron el primer cuadro de tristeza del descalabro nacional. Eran cien hombres del Cuerpo de Carabineros que en sus cabalgaduras trataban de salir de El Oro. Detrás de ellos iban numerosas familias, unas en acémilas, otras a pié, eran los Ricaurte, Coello, Franco, Castro, García, Matamoros, Mora, Minuche, etc. cansados, mal dormidos, deprimidos, psicológicamente derrotados. A las 5 de la mañana arribaron al fuerte Isla Jambelí y en canoa siguieron por el rio Tendales encontrando a Carlos Manrique Izquieta que había salido a prestarles ayuda. A las 8 arribaron a esa población donde una marea de personas desesperadas, eran como trescientos refugiados, huían en completo desorden. A pie llegaron a un potrero extenso donde el Cap. Sabino Fernández, que les había acompañado, tomó un avioncito que hallaron casualmente y volvió a Guayaquil, abandonando la misión. Enseguida pasaron a unas huertas de cacao y a la casa de techo de paja de la familia Serrano. La señora lloraba desconsolada pues se había regado la noticia de que los peruanos se acercaban por El Guabo y ya se divisaba a lo lejos a sus habitantes, formando grupos de familias aterrorizadas con niños de toda clase, algunos de pecho, maletas de madera amarradas con soga pavos, gallinas y numerosos enseres a pie y en carretas, que buscaban en Tendales la evacuación. Todo era desorden, conmoción, gritos y llantos. Al ver este triste espectáculo los jóvenes Castro y Mora comprendieron que era necesario esconder el salvoconducto y lo pusieron entre unas cañas del techo de la casa de los Serrano y siguieron a pie.

A las 5 de la tarde arribaron a El Guabo que encontraron intacta, pues la caballería peruana, al hallarla abandonada y dada su pequeñez y pobreza, solo había pasado por ella. Esa noche durmieron en casa de Francisco Rizzo y a la 5 de la mañana del día 24 de Julio salieron por campo travieso debido a que el carretero se lo había llevado el invierno de ese año 41 que fue muy fuerte. A las 11 y ½ avistaron las orillas del río Jubones y la casa donde estaba asilada la señora Aurora Alba Campi vda. de Larrea a quien le comunicaron noticias de su hijo. A las 12 y ½  estuvieron en El Cambio, a las 2 de la tarde avistaron las rieles del ferrocarril y a las 3 llegaron a la estación en Machala, ciudad que encontraron muerta, sin un alma, con las puertas y ventanas de las  casas abiertas de par en par pues la oficialidad peruana había permitido el saqueo y los soldados se robaron todo y llevaron a Tumbes donde ocurrió el reparto; en cambio, lo muy pesado lo destruyeron a punta de hachazos, como sucedió con los pianos y otros muebles  finos de gran tamaño. La cosecha de cacao se perdió en su totalidad pues como no conocían el método de la fermentaciónlas pepas se pudrieron.

Apenados de tanto desastre caminaron hacia la Municipalidad. Al llegar al parque hallaron algunas casas semi destruidas y bombardeadas, los libros de Cabildo (los históricos y los meramente administrativos) yacían tirados en mitad de la calle, las tiendas y pulperías destruidas y saqueadas pues la codicia del invasor nada respetó. I en eso, siendo las 4 de la tarde y en la más absoluta soledad apareció a lo lejos un civil, que les dio la voz de alto. Estaba bien armado, se identificó como miembro de la Policía Secreta y preguntó qué hacían.

—- Venimos a buscar a nuestra tía Bolivia Benítes, profesora de la escuela Isabel La Católica, que está muy viejecita. El peruano – viéndoles tan jóvenes – les creyó y dando una vuelta por el parque les hizo otorgar un Salvo Conducto, esta vez peruano, pero hasta las 6 de la tarde, pues pasada esa hora existía el toque de queda y cualquiera que permaneciera en Machala era espía. Enseguida le acompañó al hospital Teófilo Dávila, de las madres de la Caridad, donde estaba asilada la tía. Allí fueron recibidos por la Directora de nacionalidad francesa, quien les condujo por una amplia escalera a la Capilla, en la que habían colocado colchones sobre el suelo y mientras subían le dijo en voz baja: Joven Castro, salve su vida, huya tirándose por esa ventana, pero felizmente nada pasó. Eran las 3 y ½ de la tarde cuando encontró a la tía, estaba muy débil, anciana y al poco tiempo el enemigo la sacó a Catacao donde permaneció tres meses prisionera e incomunicada y tras despedirse del oficial peruano el joven Mora Barrezueta se dirigió a El Pasaje y Santa Rosa antes de viajar a Guayaquil y Castro Benítes   regresó por El Cambio y finalmente a los cuatro días de iniciar esta peligrosa aventura pudo volver al hogar de su tía América Benites vda. de Bayona en Aguirre y Pedro Carbo esquina, donde se bañó, cambió de indumentaria, peinó sus cabellos, lavó los dientes, comió y redactó un detallado informe de la situación; mas, al concurrir a la Zona Militar encontró que en los cuatro días que habían transcurrido, se había enseñoreado tal desorden entre lis militares, que ninguno se entendía y no hubo oficial que quisiera recibir el documento, de manera que no lo pudo entregar. Tal la situación