399. Dos Migrantes Judíos En Guayaquil

TURISMO. El gringo Herman Mayer Blum había pertenecido a una adinerada familia judía en Hamburgo, pero prefirió truncar una promisoria carrera universitaria antes de vivir en la Alemania que comenzaba a hacersae peligrosa a causa de los nazis, Se radicó en los Estados Unidos, casó y divorció posiblemente a causa de su mal carácter. Vino a Guayaquil hacia 1.938 y notó que en los restaurantes servían la comida directamente en platos cuando en los de Europa era usual llevar las bandejas tapadas y en un carrito, momento en que con toda solemnidad los mozos deositaban los alimentos en platos individuale y, en presencia de la clientela. Con estos antecedentes y otros detalles más que denotaban sus exquisitas normas sociales, convenció a Alejandro Teodoro Ponce luque y a Víctor Miraglia copropietarios del salón El Roxi de baile, comidas y bebidas, ubicado en la esquina del boulevard y Boyacá, para que lo contraten de Administrador. Bajo su atenta dirección e innegables dotes de mando el negocio se puso de moda y fue un éxito económico.

En los años 1.950 con la construcción del hotel Humboldt y la ciudadela Victoria el balneario de Playas comenzó a transformarse y Mayer renunció en el Roxi para instalar allí la pensión Mayer. Alquiló una villa en la playa frente al mar y con el apoyo inicial de su amigo Alfredo Czarninsky que le proporcionó los comestibles a crédito la pensión fue un éxito desde que abrió sus puertas.

Fue el primer local en ofrecer desayunos continentales con variedad de carnes, jamones, quesos, huevos jugos, panes, leche y café, lo que el cliente pidiera. I como era hombre práctico se compadreó con los cholos pescadores. Muy de mañana salía a esperar las pangas que arribaban con pescados y mariscos frecos, de manera que amplió el negocio y tomó a cargo las dos propiedades vecinas, una de Josefina Valdés de Brennan y otra de Julia Niyaim de Saad. Cabe indicar que al hablar lo hacía desformando las palabras y con un fuerte acento alemán, por eso la clientela se divertía escuchando cómo trasmitía a gritos las órdenes al bar. “Una vaso de visky, on saviche de camagones” y así por el estilo.

Tenía una hija casada en New York a la que fue a visitar por una sola ocasión, pero se quedó tres meses. De regreso le trajo de obsequio un valioso anillo solitario de brillante a su esposa ecuatoriana en quien no tuvo hijos y a la que conoció casualmente una mañana cuando tranquilamente transitaba por una vereda de la calle Víctor Manuel Rendón casi al llegar a Santa Elena. El asunto merece una explicación.

En los años 1.940 había que guardar estricto luto cuando fallecía un progenitos. Las hijas vestían de negro cerrado y se cubrían con un velo del mismo color. Enriquetita Guerrero Yépes, a) la Ñata, de niña casi se había muerto con fiebre amarilla y quedó con la visión muy disminuída, de suerte que a la primera salida de su casa con el tal velo negro no distinguió un desnivel en la vereda y se fue de bruces contra un caballero que venía en sentido contrario, quien la sotuvo en sus fuertes brazos como ella solía referir con orgullo, quedando románticamente abrazaditos. Muy caballero él se ofreció a acompañarla de vuelta a su casa porque ella estaba con el tobillo hinchado y adolorido. Al día siguiente le envió flores. No le fue difícil comenzar a visitarla y terminaron casados. Ella lo ayudaría en sus trabajos con una dedicación y un amor a toda prueba, dándole gusto hasta en insignificantes detalles, preparándole a diario sus sopitsa alemanas (siendo la preferida una de lentejes y grandes trozos de mortadela) Que el gringo tenía su carácter y de vez en cuando se hacía el loco y portaba neura, es verdad, pero ella sabía cariñosamente conducirlo a la tranquilidad.

En los años 1.940 al 50 el consultorio del Dr. Julián Hirsh funcionaba en el primer piso de un edificio de cemento frente a la iglesia de san Francisco. Todo era blanco en su interior, las paredes ostentaban retratos suyos en los mejores hospitales de Berlín, de mandil blanco y al lado de importantes médicos y profesores que tenían que ver con oídos, nariz y garganta, y como la gente no estaba acostumbrada a la palabra otorrinolaringólogo le decían doctorgólogo. Se había especializado en sacar amígdalas en su consultorio, aplicando anestesia de novocaína localmente y zas, sin ayuda alguna, las cortaba de cuajo con un afilado bisturí, cosiendo la herida enseguida para evitar hemorragias. Algo que ahora nadie se atrevería a realizar sin ayuda. Los antibióticos no llegaban al país y todo se hacía a base de sulfas. La abundante clientela se confiaba en la rapidez de sus manos, con decir que algunos hasta llegaron a opinar que en cuestión de amígdalas era infalible, algo así como Su Sacra Real Majestad.

En alguna ocasión que tuve sinusitis me enviaron solito a su consultorio. Habré tenido nomás de doce años pero mi abuela Angelina – siempre tan inteligente y creo que solo para probarme – me informó en detalle sobre todo lo que me iban a hacer terminando la explicación con un no te preocupes mijito, ya lo llamé al doctorgólogo y te está esperando, no te va a doler, le entregas este sobre con el dinero de la consulta, allí está anotada su dirección, que es cerquita, solo a tres o cuatro cuadras de aquí en línea recta y de regreso te recibo con un pedazo de la torta de maduro con pasas que tanto te gusta.

Confiado en la información de que no me iba a doler y esperanzado en mi sabroso premio llegué sin tropiezos y el doctorgólogo me zumbó por el interior de la nariz una pinza de acero larguísima, envuelta en la punta con un algodón mojado en novocaína que restregó al interior y a la altura de la frente.  Entonces, con voz de mando me dijo: Coloque este recipiente (riñón les llamaban y era de hierro enlozado) cerca del rostro para cuando salga el agua por la nariz, mientras tanto abra la boca y respire por ella. Al ratito se presentó con un punzón de mango grueso – todavía me parece estarlo viendo – previamente desinfectado porque estaba tibio en la punta roma. Y sin darme tiempo a protestar empezó a empujarlo con una fuerza asombrosa tratándose de un personaje bajo y flaquito. Yo no atinaba a defenderme porque tenía la nariz intervenida, la boca abierta para no asfixiarme y las manos ocupadas. En eso escuché un terrorífico crac al interior de mi frente y con gran destreza el doctorgólogo sacó el punzón y metió una manguerita de la que empezó a salir un líquido tibio a base de fenol, que así como entraba daba la vuelta y salía.  El asunto fue rápido, sin consideraciones y en menos que canta un gallo me despachó de vuelta a mi domicilio donde recibí mi premio y jamás me volvió la sinusitis. Mi abuela quedó contentísima, pero viéndolo bien el método fue rudo en extremo pues me perforaron el tabique para practicarme un lavado desinfectante nasal, bien es verdad que aún no llegaban los antibióticos al Ecuador.