389. Pordioseros De Antaño

¿Quién no recuerda a la Pancha Loca, a la simpar María sin Tripas, a Juanita Canuto, al chileno, a Jesús y la Virgen María, al peligroso Hay Botellas? En fin, a todos aquellos pordioseros medio cuerdos y orates que caminaban sin cesar por el Guayaquil de los años 40 al 50, que comenzando en el cerro terminaba en el barrio del Centenario y del otro lado sólo iba de la ría al estero Salado.

Entonces éramos una ciudad pequeña, hermosa y aristocrática por sus casitas de madera, iguales, ya no tan nuevas y acogedoras, que brindaban amplios espacios a las hamacas, sus tragaluces al sol y las chazas de las ventanas al fresco de la tarde.

Todos sus pordioseros eran conocidos, algunos temidos, otros burlados y la mayor parte molestados. Recordaremos unos cuantos solamente.

MARIA SIN TRIPAS. Estaba permanentemente embarazada y parecía rechonchona. Había sido bautizada con apodo que se hizo muy popular y que ella aceptaba sin gustarle, con serena dignidad. Su especialidad era tocar la marimba esmeraldeña, pero no era de raza negra sino mestiza. Donde María sin Tripas se sentaba a tocar, había fiesta, se arremolinaban los transeúntes y el jolgorio se prolongaba hasta media hora. 

LA PANCHA LOCA. – Gorda, fea y mugrienta, caminaba sin zapatos por esas calles de Dios riendo a carcajadas. Los muchachos le pedían que bese, cosa que mucho le agradaba y no se la hacía repetir y cualquier serio caballero recibía el beso y un abrazo de yapa. Muchos protestaban y hasta algunos se horrorizaban con estas demostraciones de cariño desdentado ¿Qué hacerle a tan horripilante gorda, toda sonrisa y música? En otros momentos podía cantar y lo hacía con la más destemplada voz del mundo, pero ella no lo consideraba así y como era bien mandada entraba a las tiendas y almacenes a dedicar serenatas y recibía dos reales para que se vaya a cantar a otra parte.

JUANITA CANUTO. Negra esmeraldeña, fea aunque no sucia. Su especialidad consistía en morir de risa, con carcajadas que a veces la hacían llorar. Decían que se quedó así, loquita perdida, a la muerte de su hijito, ocurrida durante una de las últimas epidemias de bubónica que azotaba la ciudad. Otros aseguraban que aparte de la muerte del hijito había sufrido el abandono de su marido, el negro Canuto, de los conchistas de la revolución, que se metió con una serrana placera y no se supo más de él. Lo cierto es que esta Juanita a veces “daba piedras” y entonces todos corrían y la dejaban sola con su risa – llanto, con su llanto – risa, trágicamente sola, como quedó cuando el negro Canuto se le fue. 

EL CHILENO. Era un grandulón, colorado y hasta buen mozo cuando había sido de joven. Un día se quedó en Guayaquil sin pasaporte porque su barco zarpó. Parece que estuvo más tiempo del debido en un cabaret del puerto y se enredó con alguna mujerzuela. Lo cierto es que el chileno andaba sin zapatos, mendigaba, comía cuando podía, cargaba muebles, limpiaba patios y nunca hablaba. Era silencioso como él solo. Dormía por allí, en cualquier escalera, donde lo tumbaba la juma y hasta se hacía sus necesidades detrás de las puertas como era costumbre antaño. Felizmente esta costumbre se ha perdido con el tiempo. ¿Qué se hizo el chileno? Parece que un buen día le dio un infarto y se quedó muerto -dormido en el mismo banco de cemento donde pasaba la mayor parte de su tiempo, ubicado en la esquina de Nueve de Octubre y Boyacá, frente al salón el Roxi, donde el gringo Mayer a veces lo ocupaba en algo, más para ayudarlo que por otra cosa. 

JESÚS Y LA VIRGEN MARÍA. A este par no llegué a conocer ni tratar, pero me contaban que a principios del siglo XX vagaban por las calles céntricas. Era una Madre y su hijo medio loco, que andaban juntos, tomados del hombro, silenciosos, vestidos a la antigua, ella con manta y él con un terno muy usado. Que se acercaban y pedían caridad con los ojos y las manos, sin proferir palabras. Eran de las buenas familias y hasta habían sido ricos en otros tiempos, pero el gobierno de Caamaño les había confiscado una goleta que tenían en la ría, por retaliaciones políticas contra un hermano de «La Virgen» famoso guerrillero chapulo del grupo del Comandante Ruiz Sandoval. Este guerrillero era conocido como Pepe Monteverdi Bonino, a) Gato de Monte, por tener los ojos verdes y profundos, sin embargo, no murió en la montaña, casó, tuvo hijos, se estableció en Quito y fue abuelo de Maruja Monteverde la primera esposa del pintor Oswaldo Guayasamín. 

Jesús y la virgen murieron por los años 1930, ella muy anciana y el hijo encorvado por el peso de su desgracia mental. Dicen que cuando ella murió, él se encerró y también murió de inanición. Todos les tenían pena.

¿HAY BOTELLAS? Este loquito era flaco y no muy viejo aunque bastante sucio. Su gracia consistía en acercarse a los grupos y personas, saludar y preguntar siempre lo mismo ¿Hay Botellas? Porque se suponía qe las recogía para venderlas. Muchos le daban botellas vacías y él las tomaba con educación, poniéndolas en el saquillo que siempre cargaba a las espaldas; en otras ocasiones le decían que no había y se alejaba. Las botellas las vendía a cuatro reales y se bebía la plata en la primera cantina que encontraba abierta. Por eso, algunos que lo conocían, no le querían regalar botellas, era hacerle un mal. ¿Hay Botellas? era muy tranquilo y educado, pero cuando se ajumaba era de oírlo, era de verlo y sentirlo, porque lanzaba trompadas sin aviso y sin motivo y a muchos ñoqueó, tirándolos al suelo de un soberano sopapo. Por eso mejor era no acercársele sin tomar las debidas distancias y precauciones.

La señorita Columbus era muy arreglada, muchísimo diría yo, pues se espolvoreaba la cara y pintaba en demasía. Los que la conocían, como en mi casa, la respetaban y querían porque era una señorita educadísima e inofensiva, que se ganaba la vida vendiendo joyas a domicilio. Todos conocían su oficio y jamás fue asaltada. Vestía a la antigua, con largas batonas blancas y hablaba muy despacio y bajito. Sus apodos más conocidos, que jamás se los gritaron, pero todos lo sabíamos de memoria eran: Carroza de Primera y Carnaval de Venecia. Sin tantas exageraciones hubiera pasado por bella, porque tenía un cutis blanquísimo, un pelo arreglado y sobretodo sus ojos, verdes, grandes y muy hermosos, pero casi no se le veían por la cantidad de rimel en las pestañas y sombras en sus ojos.