386. La Villa María Luisa

Su propietario José Rodríguez Bonín nació en Guayaquil el 14 de Julio de 1.887 y fue inscrito como ciudadano español por su padre Manuel Rodríguez y Rodríguez, oriundo de la villa de Porriño vecina al puerto de Vigo en Galicia, norte de España era de profesión marino mercante, y de la guayaquileña Angela Bonín Cuadrado.  En 1.921, el joven Rodríguez Bonín había regresado a nuestra ciudad y sabedor que su madre pensaba visitarlo, inició la construcción de una villa tipo chalet francés con frente a la calle Vivero No. 305, de dos pisos y una torre mirador, los extensos jardines empedrados tenían 3.750 mtrs. 2 con puentecitos y linternas japonesas, poseía el embarcadero con parrillas para lanchas en la parte del río y su frente daba a la calle principal. Una artística reja rodeaba esa extensión, las puertas siempre estuvieron abiertas al público y a los turistas que llegaban a Guayaquil a bordo de los vapores de La Grace. Las paredes exteriores eran de zinc repujado con hermosos dibujos similares a los papeles tapices de la actualidad. Las interiores, de finas maderas charoladas. Un jardín zoológico con variados animales y otro botánico de plantas exóticas complementaban el lugar.

Pronto la Villa se convirtió en el sitio de mayor atracción de la ciudad, los padres llevaban a sus hijos, las monjas de la Inmaculada a sus alumnas internas y hasta la Municipalidad pidió en varias ocasiones a su propietario que permita enseñarla a los visitantes ilustres, para lo cual se abrió un libro de Honor.

El gran Hall decorado con mosaicos españoles y un gigantesco tapiz europeo firmado cubría la totalidad de la pared del fondo.  El comedor con mesa para veinte personas, Chipendale, lucía en sus paredes platería europea martillada y en las vitrinas juego de copas de cristal y vajilla de porcelana. Una gran lámpara de plata en el centro y cuatro lámparas más pequeñas de cristal de bohemia art nouveau en los costados. La cocina grande con perchas y anaqueles de caoba, daba hacia la parte posterior con los patios y jardines y se comunicaba con el comedor por una ventanita.  Los cuartos de servicios tenían sus propios baños.

La bodega destinada a conservas. En el piso se abría una escalera que conducía hacía la cava con vinos y licores y en el centro un gran barril de cerveza importada de Alemania, pero la mayor atracción de la planta baja eran sus tres Salones, el Escritorio y la Pinacoteca de óleos nacionales de Pinto, Manosalvas y Mideros.

El Salón Principal para un centenar de personas, situado a la izquierda del hall. El mobiliario de estilo francés y se componía de un juego de muebles Luis XVI en pan de plata y tapiz celeste a rayas, de veinticuatro piezas entre sillas y sillones, aparte de cuatro consolas de mármol y espejos bicelados belgas, dos enormes bull y se alumbraba con una lámpara central gigante de bronce y cuatro esquineras de cristal de Bohemia. Una alfombra celeste y plateada Aubusson y grandes cortinajes celestes completaba el decorado.

Seguía hacia un lado el segundo salón llamaba de Música, con un pequeño piano de cola de fabricación norteamericana, que en realidad era un radio tocadiscos, rara atracción de esa época. También existía una pianola y una extensa variedad de discos y de rollos musicales. En las paredes existían colgados numerosos instrumentos de viento. El mobiliario Art Decó se completaba con finos adornos de porcelana y opalinas art nouveau. La lámpara Tiffany y la alfombra Aubusson.

El tercero era El Salón Chino. Los muebles tallados en maderas negras, con motivos florales, pequeños ratoncitos y racimos de vid. Se componía de doce grandes piezas construidas en la colonia portuguesa de Macao. Dos gigantescos jarrones Ming, azules y blancos, flanqueaban la entrada. El segundo juego de muebles también chino y tallado, lo era en madera de sándalo y tenía otros motivos. Tanto los salones como el comedor se abrían con puertas de madera que se deslizaban hacia los lados. Las aldabas eran de bronce y proporciones grandes. Seguía hacia atrás el escritorio inglés, con muebles muy cómodos, forrados en cuero café, traídos de Londres.

En el segundo piso un espacioso Hall y seis dormitorios con sus baños (tinas de patas de león, boudours de espejos biselados belgas, duchas francesas redondas que lanzaban chorros de agua por los costados)

Dos balcones gigantescos, uno para la calle Vivero y otro para la Ría, conectados entre sí por un largo y acogedor corredor, invitaban al descanso, a la sombra de grandes plantas trepadoras. El balcón principal daba sobre la entrada que era de grandes proporciones ya que la puerta principal medía más de tres metros de altura.

El muelle permitía embarcar a los invitados en la lancha automóvil con la cual se realizaban frecuentes viajes por el rio. La torrecilla mirador o alto sano cubierto con techo de tejas y muebles de madera, con un telescopio sobre un trípode para admirar el paisaje en sus lejanías. El conjunto era armónico y bellísimo. Nadie jamás antes ni después ha tenido en Guayaquil una mansión semejante, ni nadie ha vivido con tal boato y fasto.

La noche de la inauguración se celebró una recepción y baile. La empresa «Ambos Mundos» filmó los interiores y exteriores en un rollo de 16 milímetros que tituló «La Villa de don José Rodríguez Bonín» y pasó esa «vista» en diversas funciones del Edén causando asombro en la concurrencia. I cuando su propietario contrajo matrimonio con María Luisa Game Castro, cambió de nombre a la villa, que conoció épocas de notable esplendor pues sus propietarios no se cansaban de recibir invitados a los que se atendía con la distinción y boato de la vieja Europa. Mas, la Villa fue demolida en 1.961 tras cuarenta años de vida útil a su propietario,