381. La Sociedad de Instrucción Mutua

Hacia 1.872 se fundó en Guayaquil, entre jóvenes con ansias de superación científica y literaria, una Sociedad que funcionaba después de las cinco de la tarde de lunes a viernes en un local cedido por el padre de uno de ellos, bajos de Pichincha entre Elizalde e Illingworh.

Los jovencitos, pues sus edades oscilaban entre los 18 y 25 años, aunque había otros más viejos, leían libros y periódicos de actualidades, se los prestaban entre ellos, comentaban las últimas novedades del país y del mundo, llegaron a escribir una revista manuscrita y hacían una activa vida social. Tampoco faltaban los masones ni los espiritistas. La Sociedad debió durar algo así como cinco años y siendo la ciudad pequeñita pronto se hicieron conocidos y hasta famosos por sus bromas pesadas. Su presidente Miguel Valverde Letamendi tenía veinte de edad y el carácter violento, iracundo y agresivo, había sido expulsado el 1.868 del San Vicente del Guayas por fundar un club liberal en apoyo a la candidatura presidencial del Dr. Aguirre Abad, pero los socios no se quedaban atrás pues también gozaban de fama de alocados y como se decían liberales eran contestatarios y garibaldinos, enemigos del orden establecido (aquí entraban los jesuitas del San Vicente del Guayas) y de la dictadura garciana, las chicas de la ciudad se morían por  ellos mientras los padres de familia los detestaban.

Fueron los primeros en abrir las puertas de la Sociedad a las mujeres, a quienes invitaban a dictar charlas y a recitar sus poemas. A mi tía Carmen Pérez de Rodríguez – Coello, autora de algunas obras de teatro estrenadas en el Olmedo, la llevó el secretario Emilio Gómez, propietario del almacén “La Maravilla,” pero su charla terminó a capazos cuando la “Tita” se dio cuenta de las burlas y mofas conque eran recibidas sus palabras y sacando de una carterita donde llevaba exprofeso una botella de agua bendita, les comenzó a esperjear al grito de “Tomen a ver si con esto se componen. Muchachos maleducados.” Y todo terminó en chacota pues la literata era de humor dulce y también le gustaba chancearse con la juventud.

Este Emilio Gómez era un colombiano poeta barato por decimero y zumbón que en una noche de burlas escribió su famoso verso urtipicante titulado “La Ensaladilla.” Leído ante un grupo de socios del Club de la Unión. Alguien tuvo la ocurrencia de amarrrarlo con una piolita y lanzarlo a la calle. Quien lo encontró, lo leyó, le gustó y al día siguiente eran numerosas las copias que circulaban para deleite y/o escarnio del vecindario, pero Gómez Maravilla tuvo que huir de Guayaquil para evitar la acción de los bapurreados, Desde entonces se pusieron de moda las Ensaladillas. Enrique Guzmán Sánchez solía coleccionarlas ¿Dónde estarán ahora?

En 1.873 arribó a Guayaquil el padre Domingo Bovo, miembro de la nobleza italiana porque ese apellido es muy antiguo y de gran abolengo. Mas, cuando se presentaba a la gente, ésta se reía en su cara, aunque el buen padre ni se inmutaba ya que estaba orgullosísimo de llamarse Bovo, pero el asunto llegó hasta García Moreno y cuando vino al puerto le mandó a llamar y poniéndole la mano paternalmente en el hombro con palabras suaves le dijo: Padre. Debe Ud. cambiar su apellido ¡

El buen sacerdote apremiado por esta orden tragó grueso y más por salir del paso solicitó una semana para pensar. Llegada la siguiente reunión, muy seriamente le confesó al Presidente que habiendo notado que todos le tenían respeto y temor, había decidido llamarse Bovo – García en su honor, dejándole mudo de asombro pues jamás imaginó Su Excelencia tal respuesta y desde entonces se llamó así, concitando nuevas burlas y en esta ocasión más insidiosas. A poco su Superior le ordenó que cantara la primera misa. Pronto se conoció la noticia  y  el día elegido la iglesia se llenó al tope  pero las primeras filas de la izquierda habían sido ocupadas por los miembros de la Sociedad de Instrucción  Mutua, que habían madrugado con tal fin, de manera que  cuando  empezaron a llegar  las solemnes señoras, elegantísimas y perfumadísimas por ser una misa de postín, tuvieron que contentarse con ocupar las bancas de la derecha que encontraron vacías, no sin extrañarse de ver  reunidos como en choclón a los de la Sociedad Literaria, pero como también estaban elegantísimos y muy compuestos, las beatas no pensaron nada malo. Así las cosas salió el padre Bovo – García al altar, dio comienzo a la Misa y alzando la voz gritó “Dominum Obispo” y a coro fue respondido “El culo te peñizco” horrorizándose las buenas señoras y cuando dijo “Sécula Seculorum” le gritaron “El culo te peñiscorum” y las beatas siguieron quietitas porque se contenían. Al final vino el “Amén” y fue respondido “Nosotros nos vamos también,” entonces comenzó un descomunal zafarrancho porque las buenas damas se lanzaron al combate, dando de sombrillazos y carterazos al grito de “Mataperros irrespetuosos, profanadores del templo, impíos condenados en vida, etc.” pero esto solo colocaban sus manos sobre las cabezas riendo a carcajadas de tan singular combate, mientras el padre Bovo – García no entendía qué era lo que sucedía en su iglesia. Las beatas desalojaron a los impertinentes, se consideraron triunfadoras y bien servidas. La noticia se regó como pólvora y los miembros de la Sociedad, al llegar a sus hogares fueron reprimidos por sus avergonzadas madres, que habían sido avisadas del desaguisado. I cuando el padre Bovo – García se enteró del asunto decidió quedar únicamente como padre García y hasta llegó a ser confesor de sor Mercedes de Jesús Molina y Ayala.

En 1.879 Valverde acaudilló en Guayaquil, porque si, pues no había causa de por medio, el motín de los caramancheleros que es como si hoy dijéramos los comerciantes de las Bahías. Una tarde reunió en la plaza San Francisco a numerosos propietarios de baúles que se abrían y cerraban en las veredas y contenían numerosas chucherías para la venta y con el cuento que  iban a ser desalojados de sus comercios por disposición de los padres jesuitas, encabezó una marcha sobre el Cuartel de Artillería, sorprendiendo al buenazo del Gobernador José Sánchez Rubio – que tranquilamente dormitaba en su silla pues ya era hora de cerrar oficina – y al grito de mueran los jesuitas, arrastremos a Sánchez Bruto, abajo el gobierno, entraron al despacho donde el pobre señor solo tenía un espadón anticuado para defenderse. En un instante se vieron cara a cara Valverde y el Gobernador, pero éste reaccionó rápido, le dio la mano e hizo un gesto secreto masónico que fue inmediatamente entendido y logró salvar el pellejo porque Valverde, volteándose hacia los enfurecidos caramancheleros, les gritó: Vámonos rápido, los jesuitas no han estado aquí y seguido de la turba terminó en el templo de San Agustín que hallaron con sus puertas coloniales cerradas. El asunto fue comentado al día siguiente en todos los periódicos.