364. Las Salas de Baile Antiguas

Casi siempre la prostitución estuvo unida a la pobreza y se practicaba por simple necesidad, nunca hubo vicio de por medio, las mujeres sólo eran víctimas de las circunstancias. Fue con el siglo XX que se establecieron sitios de distracción o tolrancia en la periferia de la urbe, casi siempre cercanos a la Plaza de la Victoria. Para 1939 eso era un hervidero de casas de citas y lupanares que poco a poco ha ido desapareciendo para mejor suerte del barrio.

Entonces fueron apareciendo las salas de baile a la usanza del canal de Panamá donde los gringos las habían establecido cuando lo construían y hasta hubo algunas muy rumbosas como la del español Generoso Martínez, situada en las cercanías de la piscina Olímpica, sujeto que hacía honor a su nombre cobrando lo debido, sin estafar a nadie. concediendo ciertos créditos cuando la ocasión era propicia. También existían otros sitios de diversión, pero solo para tomar nada más. La Mamita, propietaria gorda y bondadosa que ayudaba a la clientela, pues cuando se ajumaban y ya no podían caminar, los hacía subir a un altillo para que duerman la mona, evitándole que sufrieran robos o accidentes En esas cantinas populacheras se vendían las llamadas botellas de aguacate, por su forma y coloración verdosa, conteniendo alcohol purísimo y de fama entre los butinos del puerto.

Demetrio Aguilera Malta me refirió que cuando a principios de 1.930 se fue de Guayaquil en plan aventurero y caleteó hasta Panamá en el motovelero Cinco de Junio, con varios amigos se ganó la vida en los primeros momentos como dibujante de letreros comerciales, con una serie de catorce aguafuertes sobre las ruinas de Panamá antigua que vendió al Panamá Herald y decorando las paredes de un nigh club ambientado en motivos caribeños pues en dicha ciudad había muchos salones nocturnos.

En cuanto a la prostitución clandestina, la más peligrosa, por cierto, no cabe duda que siempre se la practicó y a veces hasta sin mayores recatos. Esas «niñas malas» como el vulgo les decía, vivían casi siempre en departamentos bajos cuyas ventanas de ordinario permanecían cerradas y solamente entraba luz y aire por el patio posterior. Tenían sus empleados de confianza que iban por calles y oficinas proponiendo reuniones y era de ver la cantidad de clientela que obtenían.

Unas se daban el lujo de escoger a la clientela y otras circunscribían su radio de acción entre ciertos profesionales y propietarios, pero esto es cosa del pasado porque las mujeres actuales se han liberado y en uso y abuso de la igualdad tan cacareada, ahora hacen lo que les viene en gana y no necesitan andar de picos pardos y a escondidas, a la chita callando, como las antiguas niñas malas que dieron tanta candela; por eso el folklore hizo que en cierto juego de cartas, se colocara una, adornada con una calavera, y cuando salía destapada había que cantarle la siguiente coplilla picaresca, no exenta de sabiduría: «La Calavera de tu abuela, que en su tiempo dio candela».

Las enfermedades venéreas o males de Venus fueron desde los comienzos de la conquista un azote en La América, no porque tuviesen la intensidad que cobraron en la Europa renacentista sino porque prácticamente eran incurable. Los Cronistas de Indias la confundieron con otras dolencias por sus parecidas características y decían sifilíticos a cualquier leproso, elefanciaco, buboso o enfermo de dermatitis en la piel.

Guayaquil gozó en este sentido de gran fama como sitio de reposo y curaciones, pues en las peñas de su río crecía en forma silvestre la zarzaparrilla, que cocida en agua producía un líquido rojo y amargo, excelente como depurativo de la sangre. Tomar zarzaparrilla era bueno antes y ahora para los granos y el acné, para tonificar el organismo y limpiar sus impurezas, pero nada más, sin embargo entonces se creía que curaba todo. En la antigua Villa del Villar don Pardo (Riobamba) ocurrió que un holandés (luterano) a quien le achacaban estar sifilítico, se vino a Guayaquil y curó de sus dolencias, vuelto a la sierra vivió en paz por muchos años.

En las Cartas de García Moreno se leen pedidos de zarzaparrilla que le hacían parientes y amigas de Quito para mejorar la piel y se nota que su comercio era intenso dada la gran demanda que tenía el producto en el país.