317. Los Menú Antiguos

“Enantes”, como decían nuestras abuelas, se comía mejor que ahora. La gente no cuidaba sus figuras y cuando las niñas de las casas parecían que iban a explotar de gordas, entonces les decían ¡Qué hermosuras! Están rozagantes y llenas de vida! y otras lindezas. Ahora las mirarían con horror, acusándolas de sufrir de obesidad mórbida. Al revés, también había pobres que un día comían y otros no, pero eran menos que hoy; por lo general se comía sano y bueno, comenzando por el desayuno con un sabroso bolón recién hechito, tazón de leche caliente – como de parturienta – el buen roscón, briollo o gollete untado con mantequilla amarillo cremosa y su pedazo grande de quesillo o “cuajá” ¿Qué tenía mucho colesterol? Pues claro, pero entonces nadie conocía la existencia de esta molestia.

Se almorzaba a las once y a la usanza americana, a esto se denominaba “la refacción”, alternando platos calientes con almíbares dulces. Podía ser un encebollado o un cebiche con mucho ají, luego la sopita clara o el caldo si era espeso.

Los caldos eran muy variados. El sancocho, el de bolas de verde, el consomé, el de tucos de verde, el de pata y mote, el de morcilla, el polvo de arvejas y chorizo serrano, el locro y el de queso. El tercer plato era una empanadilla de harina de trigo, también conocida como empanada de aire por su delicada consistencia rellena e cebollita blanca picada con queso criollo para quitar el sabor de la sopa, pero también podría ser una crujiente empanada de morocho, de verde, una torreja de choclo, una tortilla de huevo, etc. Algo suave. Al final o cuarto plato venía el llamado plato de fondo consistente en la cazuela, el puchero, el sango y siempre en compañía de arroz blanco. Por último los almíbares de frutas (de higo, de mamey  Cartagena también llamado mata serrano, de cáscara de naranja, de toronja, de sandía, de melón) sin pasar por alto los quesos o flanes (de leche, de coco, de naranja, de naranjilla)  También los dulces, la cocada, el de babaco, la délfica de guayaba o de manzana, la conserva de pechiche y el manjar blanco que siempre se tenía en las casas dentro del “guarda frío” así como abundaban las frutas silvestres de los patios tales como el mango, el mamey, el níspero, el coco, el caimito, la poma rosa, el cauje e infinidad de otras  más que ya han desaparecido.

Aquí me quedo dirá uno de mis lectores, saciado de tanto manjar, pero no es así, porque aún falta la merienda de las cinco, que comenzaba con ensaladita de legumbres verdes, luego el platito intermedio que podía ser una torta cualquiera, de zapallo, de mote, de choclo, de papa o de yuca y al final el consabido arroz con menestra y carne asada, llamado “sota, caballo y rey” por las barajas españolas. Una maicenita, el vaso de chicha de jora, de avena Quaker, de morocho o de arroz de cebada y el café, ponían el punto final y cerraban el día.

Se comía más variado, aunque en menor cantidad, los platos eran servidos con exquisitez, siempre en pequeñas cantidades.

En mi casa mi abuelita allá por los años cuarenta, apenas mi abuelityo se iba al trabajo a las dos de la tarde, ella entraba presurosa a “su cocina” para tener un dulce diferente y frío a su marido cuando éste regresaba del trabajo. Llegaba el amo y señor de la casa, mi abuelito, y sentado a la mesa decía: ¡Alpiste para el canarito! porque era rubio. Célebre frase propia de él, pues a nadie más se le ha escuchado en la mesa y así comenzaba su merienda.