411. Las Niñas Malas

Esto de la prostitución dicen que es el oficio más antiguo del mundo y hasta podría ser tratado en una crónica extensa, pero como la ética periodística vela ciertos detalles, solo daremos una idea, como quien dice a vuelo de pájaro, bien entendido que el tema forma parte de nuestra historia lugareña y no debe ser pasado por alto.

Miguel Valverde en sus «Anécdotas de mi vida» refiere cuando él era joven (hacia 1875) había señoritas del bajo pueblo, conocidas como las Niñas Malas, que se dedicaban a ese oficio. Una de ellas fue contagiada con el “treponema – pálido” y a su vez lo pasó a numerosos caballeros de la localidad, que por eso fueron conocidos con el remoquete de «Los Caballeros Cruzados». Todos tuvieron mal fin, unos antes y otros después, locos o paralíticos. Triste historia ésta, pero verdadera.

Entonces no se acostumbraban las casas de citas como hubo después que las Niñas Malas ejercían su oficio como podían, tampoco barrios de tolerancia. Esta costumbre recién llegó en la década de 1.930 cuando un Intendente dispuso que las «niñas malas» “trabajen” en unas casuchas de caña y madera con techos de zinc, que se edificaron partiendo desde el boulevard a lo largo de la calle Machala hasta casi llegar a Alcedo, allí estuvieron por muchos años, creo que hasta los sesenta, cuando las trasladaron a la calle Salinas, más conocida como la Dieciocho, donde aún continúan

Dicho Intendente solía dar pases por mitad de la calle montado en su caballo blanco para que todo funcione en orden. Los proxenetas dueños de los cuchitriles, cierta mañana se le acercaron a ofrecerle una manabita recién llegada y sin estrenar. Aquí la tiene le dijeron ¿Qué le parece? Solo para evitar el desaire a tan hermosa damita, el Intendente terminó por aceptar el fino y delicado obsequio, pero como a los quince días le empezaron los primeros síntomas de una blenorragia.  I no dizque era para estrenar, le preguntó el médico que le atendió. Así es la vida, ya cogí experiencia, respondió el sufrido Intendente.

Hacia los cuarenta otro Intendente formó una pira en mitad de la calle Machala con los colchones de lana de ceibo (no habían de otra clase) pues había comprobado personalmente que estaban infectados de chinches, pulgas y ladillas y ordenó que les prendieron fuego. Todo un año viejo anticipado. La sanidad aún andaba en soletas y no realizaba el control periódico rutinario.

La medicina también estaba comenzando, los antibióticos no se conocían, solo había las sulfas, las enfermedades venéreas seguían siendo consideradas vergonzosas y secretas, numerosos pacientes se aguantaban sin ir al médico y otros solamente concurrían a tratarse en horas convenientes (el atardecer o la noche) para que nadie los viera entrar o salir de tal o cual consultorio. Desde 1,911 el Dr. José Payese y Gault trajo de Francia el Salvarsan (Dioxis diamonio arseno benzol) elaborado por la casa alemana Meister Lucios Brunning, la primera medicina efectiva contra la sífilis. Se aplicaba mediante inyecciones gruesas y grandes. Las curaciones eran quincenales, caras, dolorosas, peligrosas, eran armas de doble filo, pésimas para los riñones, el exceso podía taponar los riñones y provocar ataques de uremia; se aconsejaba viajar a la costa y tras recibir cada dosis, trotar por calles y plazas para eliminar el exceso a través del ejercicio y calor ambiental que provoca una abundante sudoración por los poros. Estas inyecciones también fueron conocidas como Experimento 606, número que le correspondió en las investigaciones a base de arsénico.

Otros tratamientos eran casi diabólicos. Las blenorragias se mejoraban y con suerte hasta se extinguían después de un mes de lavados uretrales con sustancias ácidas que producían ardores y hasta quemaduras y a veces daño permanente en la vejiga pues se realizaban a base de agua de permanganato.

Las enfermedades prostáticas tuvieron tres etapas de curaciones. A fines XIX se quemaba la próstata a través de la uretra usando sustancias ácidas hasta reducirla o desaparecerla. Hacía 1920 se las empezó a extirpar mediante complicadas operaciones en la entrepierna (Técnica Fuller Freyer) después advino la prostatectomía perineal que no dejaba cicatrices mayores, ahora todo se ha simplificado con ganchos quirúrgicos a través de la uretra, aunque a veces ocurre que la poca destreza del cirujano termina por dañarla y después es difícil recomponerla.