361. Cronistas Vitalicios De Guayaquil

Cuando en 1.925 renunció la dirección de la Biblioteca y Museo Municipales don Camilo Destruge tenía solamente sesenta y dos años de edad, pero se sentía cansado y no sabía a ciencia cierta el porqué. Entonces solicitó su jubilación por límite de edad.

Vivía en un departamento alto alquilado en 9 de octubre y Boyacá, casa de madera de dos pisos, donde después funcionó el Hotel Astoria y el salón el Roxi. Para su época la casa era de las más rumbosas del puerto, sin ser nada del otro mundo, tenía amplias ventanas de chazas y balcones. Don Camilo acostumbraba pasar la mayor parte del tiempo en su dormitorio, sentado en una hamaca, leyendo y tomando apuntes. A los lados existían varios estantes repletos de libros, la cama matrimonial y un arcón verde donde guardaba en perfecto orden sus originales y documentos. Por su incansable manía de estudiar no acostumbraba salir de noche ni aceptaba de buen grado fiestas ni convites. Era más bien uraño e introvertido y corría peligro de padecer como el Quijote, por el mucho leer, de aquella dolencia que sólo aqueja a los espíritus más sensibles que gustan de apartarse de la realidad para vivir sueños y evocaciones. ¡Nada más!

Compaginaba documentos, tomaba notas a lápiz y finalmente escribía con buena letra usando canutero. A veces sus hijas le servían de secretarias,en otras eran los estudiantes quienes lo ayudaban e importunaban en visitas de consulta, pero él era un excelente conversador y tenían para largo.

Tanto trabajar preocupaba a su esposa que en ocasiones le preguntaba ¿No estás cansado? en otras era más directa y le decía ¡Viejo! No trabajes tanto; pero él no le hacia caso y lo seguía haciendo hasta altas horas de la noche, por eso admira la abundancia de sus libros pues escribió suficiente material como para varias vidas.

La Municipalidad lo jubiló con cuatrocientos sucres mensuales y designó «Cronista Emérito de Guayaquil» expidiendo un honrosísimo acuerdo que él prefirió recibir en privado.

En 1926 ya no fue a trabajar, pero editó «Orígenes del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil» e «Incursiones Piráticas». En 1927 empezó a ordenar los papeles para conmemorar el I Centenario de la Batalla de Tarqui. En 1928 dio a luz «Ecuador Perú, Dos centenarios, Combate de Malpelo. Agresión a Guayaquil. La Defensa de la Ciudad, Relaciones Históricas» y aunque no se seguía sintiendo bien se dio mayor tiempo y empeño para terminar «Tarqui» como si supiera que iba a morir rápidamente. Por fin el 21 de febrero de 1929 culminó su obra. Hacía mucho calor, sudaba y se había agotado. Cuatro días después, el 25, a eso de las 6 de la tarde sintió sed y pidió un vaso de agua, cuando su señora se lo trajo, estaba acostado en la hamaca y no podía hablar ni moverse. Le había comenzado el derrame cerebral. Llamaron al Dr. Herman Parker que estaba a solo dos cuadras, pero todo fue en vano. No volvió a recuperar el conocimiento y falleció a las 3 de la tarde del 26. La ciudad se conmovió

Había fallecido el Cronista Emérito. La Municipalidad se hizo presente, costeó los funerales y designó al nuevo director de la Biblioteca y Museo, Dr. Modesto Chávez Franco, para que tome la palabra en las exequias. La prensa nacional dijo: «Destruge, con la ciencia, ha trocado el polvo de los archivos en las reliquias de sus obras. Ecuador ha perdido al mejor historiador del centenario», y en la confusión de esos momentos un familiar tomó los originales de «Tarqui» y por allí deben estar porque aún no aparecen.

Destruge no solo fue historiador distinguidísimo, también hizo poemas de juventud, época en que se escribe de todo, se hace poesía y otros achaques literarios. En 1912 dedicó a su sobrina Laura Sánchez Destruge de Guzmán un poema satírico titulado ¡Ay, sobrina!

Su contextura delgada, blanco de rostro, alto de porte, pulcro en el vestir, pulido en sus acciones, gestos y ademanes; pelo corto, extremadamente grandes sus bigotes mostachos, facciones finas y regulares. Hubiera podido pasar por un dandy pues nada en él era afectado o plebeyo.

Su estilo siempre fue claro; escribió crónicas, ensayos y gruesos infolios de historia. Una calle y un colegio llevan su nombre y de su matrimonio con doña Mercedes Lucero y Barboteau dejó una familia de 7 mujeres y 6 hombres pero su apellido no se ha perpetuado por varonía.

De joven se metió a guerrillero Chapulo y estuvo en varias batallas, de donde sacó una herida de bala, después morigeró sus hábitos y se formó en las letras patrias, como correspondía a un filósofo de la vida, a un sabio investigador de cosas del pasado, a un hombre superior que estaba por encima del bien y del mal de las generaciones que le habían precedido. Su participación en los asuntos de su tiempo fue mezquina pues ¿Qué se puede esperar de una ciudad donde ha imperado desde siempre un ligero mal gusto general que todo lo corrompe y confunde, mezclando lo falso con lo auténtico, en loca confusión?

II. MODESTO CHAVEZ FRANCO

Cuando falleció don Camilo Destruge en febrero de 1926 Modesto Chávez Franco ya lo había reemplazado en la Dirección de la Biblioteca y Museo y también tenía a su cargo la Revista Municipal, entonces órgano de gran importancia cultural para la ciudad y hoy lamentablemente desaparecida. Don Modesto tomó la palabra a nombre del Cabildo en los funerales y ocupó su presencia espiritual en las letras citadinas, pues ya para entonces tenía publicadas numerosas Crónicas del Guayaquil Antiguo en periódicos y revistas y su categoría de hombre de letras más que de historiador propiamente dicho, era aceptada por la generalidad.

En Chávez se da más la condición de literato que de historiador, al revés de Camilo Destruge donde el brillo de la literatura se encuentra opacada por la riqueza de datos, por el peso de la disciplina de áridos esfuerzo para entregar veneros de información perdida, Chávez fue más fluido, más barroco.

Ese año publicó su novela «Expiación de su estatua o el secreto de mi triunfo» y cuando llegó el año 30 del Centenario de la República, intervino en el Concurso abierto por la Municipalidad y presentó un tomo de «Crónicas del Guayaquil Antiguo» que fue premiado con Medalla y Diploma y mereció el honor de salir en la Imprenta Municipal. Entonces don José Gabriel Pino, que estaba muy enfermo, también recopiló sus «Leyendas y tradiciones de Guayaquil» y más por compromiso con sus numerosos amigos que le rogaban su publicación que por deseos de hacerlo, las dio para la imprenta y compartió los honores del centenario con Chávez Franco en homérica disputa. Ambos fueron los cronistas de esa loable fecha, pero aquí viene lo curioso y fue que la muerte abatió a Pino a los pocos meses llevándolo al sepulcro y la vida hizo lo propio con Chávez Franco, que salió despedido de la Biblioteca en 1932, cuando una administración de estultos lo reemplazó con Carlos Matamoros Jara, dignísimo maestro dauleño, cronista igualmente de la ciudad por haber escrito esa obra tan valiosa que es «Las calles de Guayaquil» pero que sin lugar a dudas estaba muy por debajo del mérito de Chávez en cuanto a literato y a historiador.

Si se quería premiar a Matamoros hubiera sido conveniente crear alguna función honorífica y por supuesto bien estipendiada, pero eso de que por premiar al uno castigar al otro no tenía sentido y así debieron pensar los siguientes concejales que repusieron a Chávez en la Dirección en 1934 y aquí no pasó nada.

Poco después y con el dibujante José Antonio Hidalgo Checa popularizó los motivos punáes e inició la publicación de la Biblioteca Guayaquil con «Selección de Obras de autores ecuatorianos», loable esfuerzo que continúo por espacio de algunos años más, pero frente a la desidia del medio, al final de sus días tuvo el dolor de presenciar cómo estas publicaciones decrecían y dejaban de salir.

En 1939 se editaron «Átomos Negros» o herejías contra el sentido común, con sus artículos publicados en el Guante bajo el título de «Síntesis sin tesis» y que trataban sobre fenómenos ocultistas y magnéticos, prácticas espiritistas y otras manifestaciones de la parapsicología a la cual Chavez Franco era muy dado y tanto, que de él se cuentan anécdotas verdaderamente regocijantes, como aquella que habiendo consultado a una afamada médium sobre la ubicación de las tumbas de los conquistadores, dicha señora lo mandó a que suba el cerro del Carmen y hasta le dio ciertas señas o derroteros que por más esfuerzos que hizo el Cronista no pudo encontrar.

Por esos tiempos era una manía en nuestros historiadores subir al cerro, Pino Roca en una de sus tradiciones habla de la cueva encantada que se abre y se cierra cada cien años y del pozo que se traga a las personas; es decir, toda una serie de leyendas que se repetían sobre nuestro cerro desde la colonia y que para 1930 todavía existían vecinos que las conocían y contaban pues el cerro era algo misterioso por estar despoblado y cubierto casi enteramente de obos o ciruelos. Yo alcancé en mis años primeros a expedicionar para robarme algunas, que eso de robar ciruelas era un deporte practicado por la muchachada guayaquileña porque los cerros eran tierra de nadie y al mismo tiempo del pueblo, es decir, propiedad municipal.

En 1936 editó «Reflexiones para los encarcelados» y comenzó a escribir sobre el Cuerpo de Bomberos al que se sentía muy unido por el recuerdo afectuoso de su padre, famoso legionario de otros tiempos que hasta llegó a comandarlo. Sinembargo ya avizoraba su cercano fin y puso en orden varias necrologías que permanecieron muchos años inéditas con el título de «Desde el andén o mis hasta luego a quienes tomaron trenes anteriores al mío». Igual hizo con su «Misceláneas» con producción teatral y literaria que después quedó en poder de su hijo Raúl. En 1938 la Asamblea Nacional Constituyente lo declaró «Ciudadano Ilustre de la Nación», honor nunca visto en la República y muy merecido; el viejito no cambió por ello sus costumbres y seguía saliendo a pie de su casa para su trabajo, saludado por todos, querido por muchos y no odiado ni envidiado por ninguno, que cuando se llega a la categoría de maestro venerable se está por sobre las nimiedades y puerilidades del diario convivir. En lo personal era migrañoso crónico, pero al sentir las primeras molestias se encerraba en su cuarto para no molestar a nadie. Así de delicado.

En 1940 dio a luz «Biografías Olvidadas» y para el 44, después del 28 de mayo que hubo una renovación en el ambiente con la subida del Dr. Rafael Mendoza Avilés a la presidencia del Concejo Cantonal, se expidió una Resolución ordenando la publicación de las Crónicas, que aparecieron tres años después, en 1947, en dos gruesos volúmenes, recopilando en el segundo tomo sus escritos histórico literarios de la época en que entró a dirigir la Biblioteca Municipal.

En 1948 perdió a su esposa ed quien estaba amigablemente separado. Ella residía tranquila, feliz y contenta en el Bien Público y desde entonces él comenzó a sufrir del corazón. Entonces dijo: «Moriré con el auxilio de mi propia conciencia», pues sinceramente creía que el espíritu era una derivación de la materia. En 1951 recibió achacoso la «Estrella de Octubre de Primera Clase» que le otorgó el Cuerpo de Bomberos en agradecimiento a su Historia y habiéndose agravado su condición, falleció tranquilamente, como había sido la mayor parte de su vida y casi de ochenta años, el 14 de mayo de 1952, siendo su sepelio concurridísimo pues se realizó con Capilla Ardiente y en el salón de la ciudad. El Concejo pagó los gastos pues ésa ha sido la costumbre de nuestra Municipalidad cuando mueren sus cronistas. Pocos meses después salió su obra sobre el Cuerpo de Bomberos.

De joven había escrito versos decadentes de tinte social y por ello se le considera uno de los precursores del modernismo en el Ecuador, antes se había metido en líos políticos contra el progresismo sufriendo una corta deportación al Perú. Gracioso, alto, larguísimo y flaquísimo, ojos hundidos, amplia frente, gran inteligencia, estilo hermoso y nunca repetido, también dejó una «Gramática sin Maestros», texto» de enseñanza que no se ha publicado.

III.- PEDRO JOSE HUERTA

Al morir en 1952 el Dr. Modesto Chávez Franco se produjo nuevamente un vacío en la ciudad que se había quedado sin Cronista. Muchos nombres se dieron entonces. Aún vivían personas ilustradas y de méritos para ocupar esa plaza que por ser honorífica a nadie le interesa.

Poco después fue designado otra vez Alcalde el Dr. Rafael Mendoza Avilés quien llamó a los dos hijos más versados en Historia de don Modesto: Rodrigo y Raúl Chávez González y les consultó si no se opondrían a la elección de un nuevo Cronista y como es de suponer, no solamente que no se opusieron, sino que hasta se prestaron para solicitar su aceptación al Dr. Pedro José Huerta y Gómez de Urrea, a quien las consultas habían favorecido amplísimamente. Por eso el Alcalde les pidió de favor que lo visitaran y propusieran en su nombre tal designación, haciendo que los acompañe un antiguo funcionario municipal y escogió a don Alberto Gómez Granja, que siempre fue lo más representativo que ha podido lucir nuestra burocracia en la comuna. Así es que los tres se encaminaron al pequeño departamento bajo de la calle Chimborazo entre 9 de octubre y P. Ycaza, donde por décadas habitaba el ilustre maestro vicentino, que estaba tan avejentado y enfermo de insuficiencia pulmonar (enfisema se dice ahora) que casi no podía moverse ni hablar.

Con todo, los recibió con aquella cortesanía tan propia de los hombres del siglo XIX y que se ha ido perdiendo en homenaje a la velocidad de las transacciones modernas. Ceremonioso, culto, paternal, escuchó el discurso inicial y se les nublaron los ojos, era un espíritu selecto y elevado, más de cuarenta años profesor secundario y había visto envejecer a sus alumnos, pero al final, mirando a sus interlocutores, sólo pudo decirles tan bajito que casi no se percibieron sus frases: «Ilustres amigos míos. Vienen tarde, ya no soy lo que antes fui cuando podía caminar, leer y estudiar, escribir hasta altas horas de la noche y pensar. Ahora ya ni fumo mis cigarrillos de tabaco negro ni los rubios de envolver. Eso parece que ha afectado mi condición. Estoy anciano, solo y solterón; mi vista se nubla y mi voluntad no responde. ¿Cómo podría trasladarme al Concejo a recibir el diploma? Tampoco aceptaría que la ilustre Corporación me venga a ver en esta ruina, en tanta pobreza, desorden y quizá hasta en suciedad por el polvo de mis libros; solo atino a salir a mi balcón y saludar a la gente que bondadosamente me pasa saludando. No señores, ya no soy de este mundo».

Y la comisión no insistió porque el viejecito estaba tan cansado que amenazaba desplomarse. Por ello la Municipalidad mandó a guardar su diploma de Cronista Vitalicio, pero yo, que no soy olvidadizo, doy esta anécdota para conocimiento de los lectores y estando vivo aún el tercero de la Comisión, creo que lo hago a tiempo para que nadie piense que he podido inventarla. Nota: Don Alberto Gómez Granja fallecería años más tarde.

El Dr. Pedro José Huerta, fue autor de una historia del Hospital, de una crónica pormenorizada y anecdótico de Preceptores de la Provincia del Guayas y de dos libros de textos sobre Historia Antigua, Media y Moderna para uso de sus alumnos en el Vicente Rocafuerte; en 1942 salió su «Rocafuerte y la fiebre amarilla en Guayaquil» y es fama que casi diariamente consultaba las Actas del Cabildo y se las sabía al dedillo. Sus más importantes producciones aparecían en los Boletines del Centro de Investigaciones Históricas y en los Cuadernos de Historia y Arqueología de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas y dejaron de salir a su muerte, cuando los papeles y demás pertenencias fueron a manos de su ilustre sobrino el también Prof. Francisco Huerta Renden, quien no tuvo la oportunidad de publicarlas y hoy deben estar en poder de sus herederos.             

Era alto, blanco, quemado por el sol, de mostachos, muy delgados y tanto que su figura era proverbial en el Vicente y entre sus alumnos y conocidos por lo elegantemente señorial. Afectadísimo en el vestir, usaba invariablemente chaqueta, chaleco y leontina. La chaqueta de casimir cambiaba en su casa por un saco de fino dril blanco con el que se asomaba al balcón. Sus cuellos y puños invariablemente duros y almidonados.

Yo tuve la oportunidad de conocerlo y tratarlo bastante. Chicuelo aún y de no más de trece años mi papá me llevó un día a visitarlo; en su departamento se reunían algunos de sus antiguos alumnos los sábados por las tardes, a conversar, aprender y a hacerle compañía. Eran sus más habituales visitantes mi padre, Pancho Huerta, y Carlos Estarellas Aviles, quien tuvo la deferencia de llevarlo a distraer a su colegio, donde don Pedro pasaba ya jubilado, algunas mañanas con los pequeñuelos, en útiles y prácticas conversaciones.

El maestro era misántropo por estudioso y solterón debido a un gran amor políticamente imposible pues su novia había terminado casando con otro por aquello que era hija del general vencido en Gatazo y él era cercanísimo pariente político del Viejo Luchador.  Como el Quijote vivía recluido entre libros, cacharros arqueológicos, monedas antiguas y viejos infolios. A mi me obsequió una rara y antigua moneda árabe, muy pequeñita y de oro, con un hueco en el centro y allí su detalle diferencial. Esto sucedió en una de mis visitas con mi papá, pero diariamente nos veíamos cuando iba a las siete de la mañana al Colegio San José y pasaba regla en mano saludándolo. Entonces me contestaba sonreído y muy deferente, como solían ser los antiguos con los muchachos y hasta me hacia conversaciones de no más de cinco minutos para que pudiera llegar a tiempo a mis clases. Era un viejecito enjuto, debió haber sido rectísimo y hasta algo duro en sus mejores tiempos, porque en los míos era de notable adustez, aunque decían los que le habían tratado que por fuera era seco, cortés y educado y por dentro la bondad personificada.

Me olvidaba contar lo más importante. Un día que pasé por su balcón me llamó y entregándome un ejemplar original de la Descripción del Partido de Guayaquil de Alcedo y Herrera, que lo había firmado, me dijo: «Te regalo este libro por valioso y raro. Cuídalo, no lo pierdas, tiene el mapa y es del siglo XVIII. Algún día lo leerás y creo que tu destino es ser historiador porque tu tío Jorge lo es y tu padre sabe mucho.» Aún conservo su libro y el Mapa y lo que es más, el recuerdo de su feliz memoria.

NUEVOS CRONISTAS

A la muerte de don Pedro José Huerta solo quedaba con conocimientos de cronista Pepe Pino, autor de «Rostros Antiguos y Papeles Viejos» y Carlos Saona Acebo, Presidente de la Sociedad Filantrópica del Guayas, quien en 1.956 había publicado «Rielando en un mar de recuerdos» y en 1.961 su hermosísimo libro «Recogiendo mis pasos» del que existían dos ediciones, siendo la segunda la más importante pues fue corregida y notoriamente aumentada por su autor. En este par de obras del viejo Saona, como le decían sus amigos y conocidos en la Filantrópica, abrió su corazón de misántropo solterón y se explayó sobre sus años de infancia y juventud, anteriores al Incendio Grande y llenos de anécdotas del Guayaquil del siglo XIX. Su padre había sido militar de carrera y murió abaleado durante la toma de Guayaquil el 9 de Julio de 1.883 defendiendo la dictadura e Veintemilla, lo que parece que avergonzó durante mucho tiempo a sus deudos, quizá por eso Saona no lo menciona jamás en sus obras.

Otro Cronista de entonces era el sordo Rubén Rites Mariscal, que aún vivía muy afectado de arterioesclerosis. Rubén era excelentísima persona, de trato sencillo, campechano, muy educado y escribía biografías en la revista de la Universidad. Como funcionario de nuestra Alma Mater había permanecido casi cincuenta años en la Vieja Casona y era testigo presencial del paso de numerosas generaciones. En tiempo de servicio creo que solamente le ganaba Pepito Venegas (José de Venegas Ramos) bibliotecario de la Facultad de Medicina y el hombre que más sabía del pasado de la gente de Guayaquil en su tiempo, lástima grande que no le gustaba escribir y que se fue al otro mundo como Genaro Cucalón Jiménez, sabiendo maravillas que se perdieron con ellos.

También vivía, aunque también afectadísimo por la arterio esclerosis el Dr. Carlos A. Rolando Lobatón, príncipe de los bibliógrafos ecuatorianos como bien le designó el profesor americano Richard Pattee cuando nos visitara en la década de los años cuarenta. Rolando había logrado reunir la mayor parte de las publicaciones guayaquileñas del siglo XIX en su Bibliografía Nacional, que puso al servicio del público por los años veinte y luego cedió en donación a la municipalidad para que se formara la actual Biblioteca de Autores Nacionales que lleva su nombre. También había fundado el Centro de Investigación Histórica en 1.930 y era una enciclopedia viviente; pero sus muchos años le tenían con el oído perdido y desvariaba. Esto lo pudimos constatar en 1.962 con motivo de la Sesión Solemne que le dedicó el Cabildo presidido por el Alcalde Otto Quintero Rumbea. Allí habló el Dr. José Hanna Musse y contestó Rolando, pero casi no se daba cuenta de lo que estaba pasando, a ese estado había quedado reducido.

Así es que, más por descuido de nuestro Cabildo que por falta de candidatos, Guayaquil permanecía sin Cronista desde la década de los años cincuenta, cuando en 1.978 el Dr. Guillermo Molina Defranc, Alcalde de entonces, mandó a llamar a Enrique Boloña Rodríguez con el propósito de ofrecerle el puesto, pero Enrique se excusó por la modestia natural en su persona, indicando que solamente era periodista dedicado a asuntos citadinos y no historiador, aunque acababa de publicar una breve historia de la Cámara de Comercio de Guayaquil.

Entonces el primer personero municipal nos pidió nombres. A Enrique y a mi, de primera mano, se nos ocurrió recomendar los siguientes: Julio Estrada Ycaza por ser el único historiador activo a esa fecha, Jorge Pérez Concha autor de una obra clásica para el país sobre relaciones limítrofes, Miguel Aspiazu Carbo autor de «Las Fundaciones de Guayaquil» donde se establece definitivamente como fecha de fundación de la ciudad de Santiago el 15 de agosto de 1.534, Abel Romeo Castillo autor de su tesis doctoral «Los Gobernadores de Guayaquil» y Luis Noboa Ycaza que había escrito folletos relacionados con su familia. Capítulo aparte mereció Pedro Robles y Chambers por sus estudios genealógicos y amplios conocimientos documentales de la colonia al punto que se le mencionaba como el sabio de la ciudad.

Cabe señalar que también se dio el nombre del Dr. Rafael Euclides Silva autor de «Biogénesis de Guayaquil» y de la revisión de la labor de José Gabriel Pino y Roca sobre las actas del Cabildo de nuestra ciudad, pero por no ser guayaquileño de nacimiento no se lo consideró, haciéndole una flagrante injusticia, pues mayor mérito es que un afuereño se dedique a lo nuestro que nosotros mismos lo hagamos.

Días después Robles y Chambers contestó que no aceptaba por modestia. Estrada Icaza y Pérez Concha renunciaron el honor por no sentirse cronistas sino historiadores. En cambio Aspiazu, Castillo y Noboa aceptaron y el Alcalde dijo entonces lo siguiente: «Ya está representado el pasado y el presente ahora también te nombraré a ti que eres el futuro,» mi nombre se agregó al de los tres anteriores y fuimos invitados a recibir el correspondiente diploma en el Salón de Honor; mas, esa tarde, la edición de «La Hora» trajo un artículo urti picante en mi contra, donde se me acusaba de ser «hombre gris y sombra chinesca de nuestra Municipalidad» y no sé que otras  puerilidades. El asunto no tuvo mayor importancia, pero me aguó la fiesta, no por lo que allí se decía, que en concreto no se me acusaba de nada, sino por venir de quien venía, un amigo de siempre, muy querido y respetado, pero así son las cosas y mal hago en recordarlas sobre todo ahora cuando ya están enterradas en el baúl de los recuerdos que no se volverá a abrir y cuando ya he hecho las pases con mi amigo.

Olvidaba contar que Luis Noboa no pudo asistir a la ceremonia porque se encontraba recién operado de catararas y por ello fue visitado en su domicilio por monseñor Hugolino Cerasuolo y por mí, quienle entregó el Diploma a nombre del Alcalde.

Y ahora que ya he referido la historia cabe preguntar ¿Qué es ser Cronista Vitalicio de Guayaquil? y contestaré que, si se ejerce el cargo a conciencia, dedicándole buena parte de nuestro tiempo a la investigación, , ser cronista es un honor pesado y atiborrante, que nos obliga a gastar diariamente las horas de nuestro descanso en el estudio del pasado guayaquileño para darle a conocer a las actuales y futuras generaciones y todo esto a costa de nuestra economía, porque la función es Ad honorem. El Diploma dice que nos darán los mejores puestos en las ceremonias públicas municipales conforme a nuestro rango y posición, mera declaración utópica heredada de épocas pasadas cuando a los cronistas se los sentaba muy cerca para que pudieran tomar nota de todo cuanto se decía por aquello de que no había micrófono y nada más. Así es que ser Cronista Vitalicio solamente es un honor que entraña obligaciones y cuando uno no pertenece al partido político dominante en el Concejo, le creen enemigo, pues la tontería humana es infinita y cuando está acompañada de cierto poder se vuelve hasta absurda y peligrosamente dañina.