251. Las Playas De Nuestros Abuelos

Borja Lavayen en «Flores Tardías y Joyas ajenas» describió un partido de rudby que presenció en las playas de Santa Elena, posiblemente en Salinas, en 1.906, de la siguiente forma: Football. // Casi a la orilla del mar, / allí cerca, en la llanura / de ya agostada verdura / al aura canicular // en la tarde, cuando el sol, / vívido y rojo, desciende, / pinta celajes y enciende / las nubes, en arrebol; // Del esbelto pabellón / del Cable, salen desnudos, / doce garzones forzudos, / imberbes, nietos de Albión. // Van desnudos! grueso tul / les envuelve las caderas, / apretadas y ligeras, / en rojo vivo o azul. // resuena la voz marcial; / muévese uno y se adelanta / y a golpe de pié levanta / la bola; y es la señal. // A ella se lanza. ¡Oh cual!! / es, en cogerla, el primero? / (Allí se forma un rimero / de hombres, en lucha feral)

Creo que ésta es la más antigua descripción de un partido de rudby, entonces cosa de ingleses y norteamericanos, jugado en nuestra república. Actuación tan rara y peregrina que merecía ser perennizada en una poesía. Aún no se jugaba en las ciudades donde no había canchas, quedando únicamente para las playas de arena o las llanuras cercanas.

Los viajes a las playas eran por balandras ya que solo existía una trocha o camino peatonal únicamente para acémilas, que en invierno se tornaba lodazal intransitable y por los años veinte fue ampliado para dar paso a los vehículos motorizados que empezaban a llegar y los viajeros demoraban hasta ocho horas a Playas. Un ayudante iba montado en la parte delantera del vehículo abriendo con un palo largo las trancas o puertas que los dueños de las haciendas mantenían cerradas para que no se les pierda el ganado. Así las cosas, hubo carreteros como el de Vinces, llamado el de las cien trancas y ya imaginará el lector porqué. Por eso la mayor parte de los viajeros preferían la vía marítima y los sábados era de ver como a eso de las doce, que cerraban los bancos y el comercio, corrían al muelle y tomaban las balandras que salieran primero. El viaje se hacía por Punta de Piedra y de allí a los bajos del Morro, también llamados «Las Correderas». Enseguida se torcía a la izquierda si se iba a Posorja, a la derecha se seguía a Puná. Aún no se acostumbraba viajar a Salinas o a Playas del Morro.

Casi siempre arribaban a las cinco de la tarde. La población se volcaba a recibir las balandras repletitas de comestibles y pasajeros y por la noche había fiesta, apagándose los quinqués bien tarde, como a las once, cuando las voces de las pianolas y victrolas dejaban de escucharse en las casas vecinas.

El domingo era baño general de toda la familia a las nueve y el almuerzo a las once cuando muy tarde y a base de pescados y mariscos. A la una había que regresar a Guayaquil para que no cogiera la noche en el río y volvían a quedar solas las familias, gozando del sol, la sal y el yodo, los mejores remedios naturales para conservar una buena salud.

Después llegó la moda del ferrocarril a la costa que salía desde 1.922 de su estación ubicada detrás del puente cinco de junio, justamente donde hoy se levanta la Ciudadela Ferroviaria y arribaba a Salinas después de atravesar varias estaciones, de las que recuerdo a Billingota, que aún se observa casi dormida y no muy distante al carretero. El viaje era bellísimo y por parajes agrestes y desolados, se bordeaban los esteros de Chongón y Daular, muy sugestivos, para que nuestros poetas modernistas cantaran sus encantos. Aún deben quedar muchos guayaquileños que recordarán este trencito y que al leer estas cuartillas lo añoren.

La llegada a Salinas era otro acontecimiento, los viajeros podían hospedarse en el Tívoli o en el Majestic, ambos con cuartos de baño en las piezas, a la usanza americana. Por esos días en Salinas todos se conocían y eran amigos. Las villas de Luís Orrantia y de Alfonso Roggiero eran las mejores de la Ensenada de Chipipe. En la punta descollaba la gran casa de madera de Eleodora Peña, gorda dama que tenía pozos de sal, panadería y tienda de comercio y siempre se hacía acompañar de seis grandes perrazos que dormitaban a sus pies. Con frente al esterito que daba la vuelta hacia el barrio de los Bazán se levantaba el Hotel Yu Lee, donde atendía la hija del cónsul de China. Hacia la playa de Salinas estaba la fábrica de hielo «La Polar» que había sido fundada por el español Cereceda y terminó vendida a su socio Primo Díaz Quiroz, las villas de madera de don melón García Morales y de Carlos Carbo Viteri. Hacia la entrada levantábase airoso el gran edificio de la Capitanía del Puerto y su muelle para embarcaciones.  Después comenzaba el barrio de San Lorenzo con la loma y chalet de José Rodríguez Bonín, quien tenía la costumbre de reventar cohetes cada vez que se acercaba en carro a Salinas y se hizo popularísimo con tan escandaloso procedimiento; mas, una mañana, por enganchársele un cohete en la mano, le explotó, haciéndole perder parte del dedo y un valioso anillo de brillante que jamás fue encontrado en el suelo. Y que con la explosión debió salir despedido por los aires.

Los actuales cholos de Santa Rosa vivieron hasta inicios de 1.942 en la punta de la ensenada de Chipipe sin ser molestados por nadie, pero ese año el gobierno destinó cuatrocientos mil sucres para expropiarles sus hogares y sacarlos de allí con el objeto de entregar dichos terrenos a los gringos para una Base Militar. Después de la «Gloriosa» hubo lío porque alguien denunció en la Asamblea Nacional Constituyente que de esos fondos solo se había invertido la mitad y que el encargado de las expropiaciones, a motu proprio, había pensado que la suma asignada era muy elevada y resolvió ahorrar la mitad ¡Pobres cholos santaroseños¡ salieron doblemente perjudicados porque los arrearon del bellísimo sitio donde mhabían vivido inmemorialmente y luego se les habían quedado con la mitad del dinero destinado para las expropiaciones. Esclarecido el asunto se concluyó que todo era cierto y el remanente de los fondos fue devuelto y en lugar de entregárselo a los perjudicados, pasó a engrosar las arcas del estado. I aquí no ha pasado nada.