354. La Saga Del Conde Mendoza

Era don Felipe Mendoza Coello uno de los más rumbosos caballeros del gran cacao guayaquileño de los años veinte del siglo pasado. Alto, gordo, trigueño, de mediana edad, paseaba por las mejores playas y balnearios de Europa gastando dinero y asombrando con su generosidad. Una noche en el Hotel Negresco de Niza, hubo un fastuoso baile de disfraces en celebración del Carnaval y de premio dieron al ganador el título de Conde por un día con gastos pagados y todo lo demás. ¿Quién creen Uds. que sacó el premio? Don Felipe, por supuesto, que se disfrazó de Luis XVI y hasta se echó unas cuantas joyas encima para hacer más magnificente su atuendo. Al día siguiente disfrutó muchísimo del título y como era propinador, los empleados del Hotel, mas por servilismo y adulo que por otras razones, le siguieron llamando «Señor Conde» y se quedó con ese apodo, que le venía de perillas para alargar su vanidacita, que no era poca.

De regreso a sus haciendas en Vinces, sobre todo en “Las Ramas” y en “San José” que eran imperios de grandeza por su extensión, don Felipe siguió siendo “el patrón” o el “señor Conde” y cuando venía a Guayaquil muchas gentes se lo decían, hasta que el apodo se hizo parte de su personalidad y después nadie se lo quitó. Aún hoy, hay personas que aseguran que efectivamente era Conde. ¡La magia se ha hecho realidad!

Don Felipe tenía costumbres principescas. En Vinces se presentaba vistiendo largos y elegantes abrigos traídos de Francia. Cuando salía al boulevard de Guayaquil, una limousine café, grande y brillante – elegantísima – lo seguía despacito cuando paseaba a pie a eso de las cinco de la tarde, para que todo el mundo lo viera. Un chofer de raza morena manejaba la limousine uniformado de verde, con botas de cuero negro y gorra de capitán. también era guardaespaldas porque el Conde tenía pleito con algunos vecinos. Todo un espectáculo.

Don Felipe había formado una familia con una dama vinceña y cuando nació el tercero y primer varón, la doña le dijo que ya le había dado lo que quería y se lo entregó. El pequeño René fue enviado a estudiar a Francia, pasó después a una Academia Militar en los Estados Unidos, casó con la hija del director y tuvo dos hijos, pero ella vino al país, conoció el agro, no se acostumbró por supuesto y volvió a su tierra.

Cuando el joven René comenzó su vida como hacendado ordenando vender una parte del ganado y al retornar los vaqueros con el dinero les ordenó repartirlo entre los peones en partes iguales. Uno de los mayordomos advirtió lo sucedido al señor Conde, quien ni siquiera se inmutó, pero el episodio se repitió según ha relatado su pariente lejano Lenín Chagerben Mendoza, y René recibió una reprimenda, prometiendo enmienda. Desde entonces trabajó en las tierras con criterio comercial, llegando a ser un excelente administrador.

De Francia había llegado el Conde allá por 1.920 casado, si señores, casado, con la bella y jovencita para él Rachel Jeantet Guillemont, francesa, hija de una familia de clase media, rubia y olorosa a esencias de Balmain, que lo acompañaba a todas partes.  El Conde y la Condesa brindaban hermosas fiestas en sus haciendas y la maldad de los envidiosos sacó la conseja que después de esas veladas, la Condesa arrojaba a alguno que otro invitado a la lagartera que se había hecho construir por allí cerca, donde los numerosos saurios daban buena cuenta de ese amante. Todo esto era pura imaginación, mentira cerdosa que los tontos se la creían y aún se repite este cuentón a pesar de los años transcurridos.

Semanalmente le llegaba al Conde  un enorme lanchón cargadito de sacos de cacao, que él vendía en Aspiazu State Limited, en L. Guzmán e hijos, o en cualquier otra casa de productos agrícolas y así, su cuenta corriente nunca decaía en los bancos y había dinero para todo, hasta para pagar el mejor palco en el antiguo teatro Olmedo cuando llegaban las compañías de operetas y zarzuelas, o cuando se quitaban las bancas de la platea y quedaba convertida en pista de baile durante la noche del domingo de Carnaval. Entonces el Conde y la Condesa concurrían acompañados de Germán Lince Sotomayor (su grande y afectuoso amigo, tan simpático como ocurrido) y su hermana Alicia Mendoza Coello, que estaba soltera. En uno de esos bailes Germán le presentó a su primo Carlitos de Sucre y Sotomayor, surgió el romance y el matrimonio.

La pareja Sucre Mendoza se fue a París cuando éste fue designado Cónsul General del Ecuador y allí estuvieron muchos años, sin tener hijos, hasta que el cónsul murió y Alicia regresó al Ecuador.

Germán era reputado el mejor bailarín de tangos en la ciudad y con permiso del Conde sacaba a la Condesa y daba verdaderas demostraciones en el arte de Tepsícore, ganándose los aplausos de la concurrencia, que no sabía qué admirar más, si la belleza de la Condesa o su agilidad de experimentada bailarina, de allí también salió la conseja de que lo había sido en Paris, cuando en realidad solo era una chiquilla hermosa que sabía bailar bien como hobby.

I cuando tanta felicidad tocó a su fin, el Conde se vio envuelto en el asesinato de su sobrino carnal Enrique Mendoza Lassavaujeaux, hijo de su hermano  y de su prima  hermana Leontina Lassavaujeaux Mendoza natural de Burdeos en Francia, con quién mantenía viejas inquinas de fronteras familiares, muerto de una puñalada que le comprometió el hígado  a la salida de una función especial del Teatro Olmedo por un peón de apellido Carriel Pincay, a quien la policía apresó enseguida pues le habían puesto zapatos por primera ocasión en su vida y no pudo correr bien, aparte que se equivocó de dirección y en lugar de ir hacia el malecón de la ría donde le estaban esperando para embarcarlo en una lancha, lo hizo en sentido contrario. La víctima falleció a las seis de la mañana en la Clínica Parker, no sin antes declarar inocente a su tío, pero no pudo firmar dada su gravedad y el escándalo social fue mayúsculo.

De este episodio con ribetes policiales fue acusado por la viuda como autor intelectual del crimen, fue a dar a la cárcel, de donde salió muy maltratado y ya no fue lo que había sido antes. Sus últimos años pasó entre Brasil y Argentina viviendo como siempre lo había hecho, es decir, a cuerpo de rey. Su fallecimiento ocurrió en Guayaquil el 14 de marzo de 1.954 y está enterrado en el Mausoleo Mendoza, situado a escasos veinte metros de la puerta número tres, la principal del Cementerio. Como dato curioso se menciona que el Conde hizo esculpir en el mausoleo a una mujer orante, tomando como modelo a su esposa por su cuerpo hermoso, perfecto, según se desprende de la susodicha estatua.

Ya comenzaban a declinar sus haciendas, que quedaron en poder de doña Rachelita, quien por bella nunca fue enhacendada y concedió su poder general a Rodrigo Icaza Cornejo, Gerente General de La Previsora Banco Nacional de Comercio, quien tampoco lo era, y justamente por eso contrató de administrador a un mayordomo de confianza llamado Anacleto Macías.

Doña Rachel siguió viviendo en Guayaquil unos pocos años más Una niña, pariente de los Mendoza, la conoció cierta mañana a finales de los años cincuenta cuando la señora Condesa, ya de más que de mediana edad, ingresaba al aristocrático salón de belleza Broadway, propiedad de las hermanas Benítes Noboa en los bajos del nuevo edificio del Banco de Descuento en Aguirre y Pichincha y la ha descrito así.

Su presencia no podía pasar inadvertida pues iba acompañada de su chofer en un carro parecido al de la pantera rosa. Alta, delgada, con un pelo como de escoba, color beige, que le llegaba hasta los hombros, guantes fucsias, un bolso gigante y transparente – posiblemente adquirido en alguna tienda de postín en la Quinta Avenida de New York – que eran muy chics por raros y porque solo servían para llevar cepillos y sprays, de suerte que no se tocaban los de las peluquerías. Un fino vestido de calle, aunque algo sport por mañanero, complementaban tan sofisticada como condal figura.

En el interior del “Broadway” se hizo batir el pelo solamente para que tome volumen y permaneció inmutable en su extremada blancura. Dos horas más tarde salió impecable e imperturbable, pues sabía que el misterio mantenía intacto el mito de poder y riqueza de otras épocas.

Ahora nada queda de todo ello porque el Instituto Ecuatoriano de la Reforma Agraria IERAC en 1.964 permitió la invasión de las tierras condales de manera que sólo existe el recuerdo de don Felipe en su peculiar grandeza, que todo tiempo pasado fue mejor.

El 2.008, otro pariente Mendoza, tras leer “El Ecuador Profundo” y sin que yo se lo hubiera solicitado, me sorprendió con un mail, conteniendo la siguiente carta autenticada ante un Notario en New York en 1.971 y que habla de los últimos tiempos de la Condesa.

“New York. 25 de junio de l.971.- El que suscribe, Jorge Mendoza, después de haber investigado minuciosamente el caso de la señora Rachel Jeantet de Mendoza, paso a ponerle en conocimiento el resultado de dichas gestiones. Al comienzo del año pasado la señora Rachel Jeantet de Mendoza vivía en el 101 West 57 Street, en esta ciudad, en el hotel Buckingham. Allí recibió la noticia por carta de que no podían seguirle enviando la mensualidad porque en Guayaquil no era posible conseguir dólares y además que las haciendas ya no producían nada. Al recibir esta noticia la señora perdió la razón. El encargado del hotel y los porteros me dieron la información de que ella estaba demente, dieron parte a la policía y la llevaron al Hospital Roosevelt. Como este Hospital es solo de emergencia y para consulta, la trasladaron en octubre de 1.970 a un Hospital de enfermos mentales y al constatar que ella no tenía curación la trasladaron al Rockland State Hospital, Departamento de Higiene Mental, Edificio No. 60, 5to. Piso, en Orangeburg, New York, 19.962, donde están los enfermos incurables. En la administración de dicho Hospital me informaron que si bien ya se había mejorado de esa angustia y desesperación que la aquejaba, ahora era una loca tranquila, pero que nunca curaría. Fue admitida en octubre 14 de 1.970 y el número de identificación de ella en el Hospital es 113970. En las tarjetas de visita efectuadas a ella, constan solamente dos personas, la señora Elisa de Icaza en noviembre 22 de 1.970 y Josefina Villafuerte en marzo 17 de l.971. Nadie más la ha visitado ni las personas antes dichas han regresado. Pregunté si el señor Rodrigo Icaza Cornejo su apoderado o el Doctor Jaime Roldós Garcés su abogado, la habían visitado, pedido noticias de ella o atendido en alguna forma y me contestaron que no, que no los conocían. La señora Rachel Jeantet de Mendoza en el año 1.954 pidió la naturalización americana, por lo tanto, ahora el Estado la mantiene. También en el mismo año dejó arreglado su entierro y pagado en la sección privada del City Hall de New York. Le doy estos informes para que Ud. les dé el trámite legal que sea necesario. f) Jorge Mendoza, Cédula de Identidad No. 987010. Suscrito y jurado ante mí, hoy día 25 de junio de 1.971 f) Martín Elizondo. Notario Público del Estado de New York.

La Condesa falleció internada en New York el 9 de noviembre de 1.976 y fue enterrada en dicha ciudad, hoy reposa en el suntuoso Mausoleo Mendoza en el Cementerio General de Guayaquil.