352. Don Pancho Urbina

Joven aún ingresó de cajero al diario La Nación cuyo propietario Juan Bautista Elizalde Pareja le conocía y había sido como todos en Guayaquil, amigo de su padre el General José María Urbina. De allí pasó al Banco Internacional y luego al Comercial y Agrícola, donde realizó brillantísima carrera ocupando la gerencia general en 1904.

Perspicaz para los negocios, conocedor de las gentes, activo y cuidadoso, fomentó el crédito agrícola y aumentó la exportación de los productos tradicionales de la Costa que alcanzaron crecidos precios durante la Primera Guerra Mundial. En 1910 llegó a senador por el Guayas y de allí nació su vocación por la política.

Como gerente del banco más importante del país desde 1912 acostumbraba insinuar nombres para ministros, ponía autoridades o daba el visto bueno a los candidatos del gobierno. Desde entonces los presidentes de la República fueron sus allegados y amigos de confianza. Leonidas Plaza fue su principal protegido. Baquerizo Moreno su amigo, José Luis Tamayo su abogado. Muchos le guardaban respeto y otros le temían, no faltando quienes hubieran querido desaparecerlo del mapa; pero todos concordaban en afirmar que era un perfecto caballero, aseado y hasta aprensivo, porque «se resistía al tradicional apretón de manos, sosteniendo que esparcía las enfermedades» y era de verlo caminar con las manos atrás.

Parco para reír, algunos colaboradores no recordaban haberlo visto jovial y esto – claro está – le proporcionaban un halo de misterio. También se referían truculentas anécdotas sobre su persona. Si concurría a un teatro lo hacía cuando las luces estaban apagadas y se sentaba detrás de las cortinas de un palco. Nunca permitió que saliera su nombre en los periódicos, rechazaba toda invitación a convites o festejos y hasta le disgustaban los chismes de sociedad.

Su Banco era emisor, ponía en circulación billetes propios que se imprimían en Londres y llegaban a Guayaquil en cajones sellados. Un secretario los abría, sacaba los fajos nuevecitos, se los presentaba en forma de abanico para que los firme con su canutero y entraban a circulación. El país vivía con la confianza puesta en el banquero Urbina, a quien nadie se atrevía a tomarle cuentas porque eso hubiera ocasionado un pánico de incalculables magnitudes. Los gobiernos desde 1912 hasta el 25 le solicitaban préstamos de dinero y por supuesto no pagaban o lo hacían a medias, o tarde. El general Leonidas Plaza logró apresar a Carlos Concha merced a la traición de varios de los que lo rodeaban que se vendieron a los billetes de Urbina y así por el estilo.

Para 1924 la situación política era candente y el sistema se desmoronaba, Plaza estaba viejo y pletórico pues había engrosado, ya no ejercía mayor control en el Ejército, El presidente Gonzalo S. Córdova era cardiaco, tenía descuidado al gobierno y vivía la mayor parte del tiempo en la Costa, en la Sierra le faltaba el aire y se asfixiaba. Quien gobernaba en su nombre era Alberto Guerrero Martínez en calidad de encargado del poder por ausencia del titular. 

El pueblo pedía cambios sociales y económicos tras la matanza de pueblo y obreros ocurrida el 15 de noviembre tres años antes y la crisis económica se enseñoreaba en todos los sectores a causa de la caída de los precios internacionales de nuestros productos de exportación y la disminución de las cosechas de cacao a causa de las pestes, de manera que en octubre de 1924 se formó en Quito una agrupación secreta denominada la «Liga de militares jóvenes, formada por miembros del Ejército altamente politizados, iniciándose un proceso conspirativo que buscaba la reconstrucción política, militar, social y económica del país, concebida con ideales nacionalistas e inspirada en el socialismo que se expandía por el mundo tras la Primera Guerra Mundial.La conspiración, empero, tardó varios meses en madurar.

La tarde del 9 de julio de 1925 subió don Pancho a su casa de cemento situada en Ballén y Chimborazo y a los pocos minutos sonó el timbre de la puerta. Varios oficiales jóvenes se abrieron paso a través de la servidumbre y de los niños que jugaban en el salón central y lo arrestaron, haciéndole caminar hasta su prisión. Allí don Pancho se acomodó en una silla que puso en medio del cuarto y pasó la noche pensando y sufriendo con su cólico al riñón. La nefritis lo tenía mal desde 1919.

El mayor Ildefonso Mendoza Vera se había hecho cargo de la ciudad y comenzó a apresar a más de ochocientos ciudadanos, muchos de ellos inocentes. Meses después sus compañeros de Ejército lo consideraron sujeto peligroso y cambiaron al batallón Marañón que le era enteramente fiel hacia Ambato, dejándole prácticamente sin mando y en menos que canta un gallo le dieron la baja. Años después fue candidato a la presidencia por el socialismo y perdió, muriendo olvidado quien pudo haber sido el dictador del país, si hubiera sabido aprovechar su cuarto de hora.

Esa noche otro grupo de militares comandados por el general Francisco Gómez de la Torre obligaba a renunciar al presidente Córdova en Quito, quien tuvo que asilarle en una embajada, conformándose una Junta Suprema Militar como paso previo a un gobierno provisional. 

Don Pancho – como todos le conocían – al día siguiente 10 de julio fue llevado al «Cotopaxi» donde algunos cándidos iban por las noches en canoas a brindarle simpáticos serenos como muestras de criolla amistad y luego sus verdugos, acuciados por las circunstancias que se iban poniendo adversas a la revolución, lo pusieron a bordo del yate «Venderbilt». Finalmente, sus íntimos consiguieron una orden de deportación y un vapor italiano lo trasladó a Lima.

Solo una fotografía se tomó en vida y lo hizo perurgido por la estricta necesidad para sacar su pasaporte ecuatoriano en la capital del Perú y continuar el destierro a Valparaíso. Tenía sesenta y seis años de edad y sufría de cólicos. Al tener la foto en sus manos pidió el negativo y lo destruyó. Sin embargo, su efigie se salvó, en ella aparece con un abrigo de casimir que usaba por el frío de la capital peruana. Rostro blanco e imponente, pelo, bigote y ojos castaños. En Valparaíso alquiló una suite en el hotel Royal y recibió a su esposa e hijos.

Meses después invitó a almorzar al cónsul ecuatoriano Jorge Concha Enríquez, a quien dijo de improviso: «Si yo hubiera adivinado en qué iba a terminar toda esa bandurria iniciada por su tío Concha – refiriéndose a la guerra de Esmeraldas – no hubiera sostenido a Plaza y su tío hubiera sido presidente.