35. Los Puneños se comieron a un Obispo

Los puneños llegaron muy orondos al muelle y desfilaron con macabras osamentas de ganado, en protesta por la falta de apoyo gubernamental, ya que, de seguir negando San Pedro sus famosas lágrimas, la Isla se volverá cada vez más desértica, perderá la poca vegetación que aún le queda y los Santos y los Pérez tendrán que buscar mejores oportunidades de vida en otros parajes (1)

Yo presencié el desfile cuando se encaminaba a la gobernación y confieso que por un momento pensé que repetirían con el primer mandatario lo que hicieron los nativos en 1541 por los abusos cometidos meses antes y por destruir la estatua de piedra que simbolizaba al Dios Tumbal, supremo hacedor espiritual de la antigua cultura Puná; aunque parece que en esta ocasión no tuvieron tan malas intenciones y sólo se contentaron con solicitar ayuda para superar la crisis.

En esos tiempos lo que se conoció después como Puná vieja era un caserío llamado BOU que se levantaba en la parte oriental de la isla con frente a la actual Balao, entre el Estero de Chunches y un alto cerro. Este villorio fue abandonado y hoy solo está formado por unas cuantas casas de pescadores. La Puná nueva está ubicada en forma más estratégica, en la parte norte de la isla con frente a Posorja, entre el cerro del Placer y el estero de Río Hondo. No muy lejos están las haciendas Punta Española que fue del Cónsul norteamericano Mattew Palmer Game y El Carmelo del italiano Carmelo Parodi. Ambas, en sus viejas épocas habían sido fértiles cocales y contaban con suficiente agua de poza como para mantener siquiera a cuatrocientas cabezas de ganado.  Hacia el lado occidental, estaban las haciendas El Limbo y Agua Piedra de la familia Morla y hacia el sur las planicies de Campo Alegre, llenas de restos arqueológicos, especialmente de tolas y cuevas.

FRAY VICENTE VALVERDE POR DENTRO

Español de nacimiento y nativo de la Villa de Oropesa en Toledo, fue un niño modelo en el hogar de sus padres, un par de honestos campesinos llamados Francisco de Valverde y María Alvarez Vallejeda y Toledo y por buenito entró de escasos años a seguir estudios religiosos en el convento dominicano de San Esteban, cerca de Salamanca, donde profesó el 23 de abril de 1524. Poco tiempo después vino a Panamá acompañando a Francisco Pizarro, con el encargo de predicar la fe entre los indígenas de las regiones que se pensaba descubrir pero  el  genio vivo  de  Valverde  le apartarían de la senda pacífica del misionero, acercándolo irremediablemente a la vorágine militar de la época.

José Gabriel Pino Roca dice de él lo siguiente: Valverde, poseído de un falso celo, menos discreto que sus compañeros, desde que puso pie en tierra americana se echó a la innoble tarea de derribar ídolos, destruir oratorios, quemar quipos, aconsejando el exterminio de los contumaces idólatras. En cada indígena veía un servidor del demonio y un condenado a las calderas de Pepe Botero.

Con estas miras acompañó a Pizarro en su viaje a Puna donde abusó sin límites, y luego a Tumbes y a Cajamarca. Allí se acercó al Inca con un ejemplar de la Biblia que le ofreció en obsequio. El Inca tomó el libro, lo olió, probó y puso al oído, sin mayores resultados y lo arrojó al suelo desconcertado, pensando que se trataba de un regalo vulgar y nada valioso, por cierto. Gesto que fue aprovechado por el dominico para lanzar a los soldados españoles sobre la indiada, rugiendo al mismo tiempo los cañones y soltando numerosos mastines para que clavaran sus afilados colmillos en las posaderas incásicas que corrían a más y mejor. Un cronista de Indias ha escrito que en esos momentos. fray Vicente, lleno de ardor militar, azuzaba a los españoles gritando que no dieran planazos, sino que hiriesen con las puntas de sus espadas.

Después de este episodio se hizo poderoso señor, concurriendo a todos los actos del Perú; lo vemos actuando decididamente en el juicio contra Atahualpa seguido por supuesta rebelión, que terminó con su muerte, no sin antes haberle bautizado, bautismo sin fe como lo dice el ilustre Cronista de Indias López de Gómara – fue una humillación más, de las tantas que tuvo que sufrir el Inca en su cautiverio.

FRAY VICENTE POR FUERA

Pizarro lo designó Obispo de San Miguel de Piura y con tal motivo ocurrió la consagración de óleos en Lima, la mañana del lunes 29 de marzo de 1540, segundo día de Pascua de Resurrección, celebrándose esa tarde la primera corrida de toros que registra la historia de Sudamérica.

Mas, los conquistadores no pudieron gozar por mucho tiempo de sus crímenes y comenzó la guerra civil entre ellos. Primero Pizarro venció y condenó a la pena de muerte por garrote vil a su rival el Mariscal Diego de Almagro; luego fueron los amigos del hijo del anterior los que vengaron la muerte de su antiguo jefe, asaltando la tarde del domingo 26 de junio de 1541 la casa donde habitaba Pizarro que a esa hora se encontraba alegremente departiendo alrededor de una bien servida mesa con el Obispo de Quito, el Alcalde Juan de Velásquez y cosa de quince amigos más, cuando entró a toda carrera un joven paje gritando «Los de Chile vienen a matar al Marqués mi señor» – refiriéndose a Pizarro – que se titulaba Marqués de los Atabillos. Todo fue confusión. Los amigos del viejo conquistador empezaron a arrojarse por los corredores al jardín, otros se descolgaban por los ventanales a la calle, contándose entre estos al Alcalde Primero de Cabildo Juan de Velásquez, nada menos que cuñado de fray Vicente Valverde, no faltando individuos que sin hacer nada gritaban aumentando la confusión.

El único que no perdió ánimos y decidió enfrentar al peligro fue el propio Pizarro que, terciada la capa a guisa de escudo, sujetando su gloriosa espada en la derecha y mal ajustada su coraza al pecho, se opuso a los doce caballeros armados hasta los dientes que pugnaban por entrar a la pieza. Junto a él sólo tenia a su medio hermano Martín de Alcántara, a Juan Ortiz de Zarate y a dos pajes inexpertos pero valientes; Juan de Rada comandaba a los almagristas y viendo que el tiempo apremiaba en su contra, arrojó a uno de los suyos empujándole contra Pizarro, éste trato de contenerle logrando herirle el vientre, pero descuidó su flanco izquierdo y fue alcanzado en el cuello por Martín de Bilbao de una certera estocada.

¡Jesús!, clamó la víctima que con sesenta y cuatro años encima ya no estaba para hacer el papel de héroe y cayó al suelo, donde recibió varias heridas de arma blanca y en ese trance aún tuvo fuerzas y pudo hacer una cruz de sangre con su dedo índice y la besó. Juan Rodríguez Barragán le rompió en la cabeza una enorme tinaja de barro hecha en Guadalajara y lo mató de contado. Alcántara y los dos pajes también murieron, salvándose Ortiz de Zárate muy malherido.

Esa tarde apresaron a Juan de Velásquez por ser pizarrista y lo trasladaron a la cárcel de Lima, de allí fugó ayudado por su cuñado el Obispo Valverde y con una veintena de partidarios de Pizarro lograron escapar a Tumbes, donde esperaban ser recibidos por personas leales a su bando, lo que no ocurrió. Y como la situación empeoraba, Valverde decidió viajar con su séquito a Puná, que por su condición de isla creía inaccesible.

COMIDO VIVO POR LOS NATURALES

En Puná continuaba reinando el desgraciado Cacique Tomalá, jefe poderosísimo de la isla, que había visto en sus últimos años cómo los españoles de Pizarro y Valverde pisoteaban las tradiciones, llegando al extremo de derribar la estatua de piedra del dios Tumbal, sacándola del altar circundante, donde se sacrificaba a los prisioneros de guerra en su honor. Por eso guardaba feroz venganza contra los españoles y muy especialmente contra Valverde, a quien reconocía por el hábito negro y blanco de los dominicanos, que siempre portaba.

Al recibir a los españoles envió mensajes a toda la Isla para aprontar a los guerreros sobre las armas y una mañana que el Obispo estaba diciendo misa en una cabaña de troncos cerca de la playa, oyeron roncos gritos y cuatrocientos guerreros salieron de la espesura y mataron a los asistentes, con excepción de Valverde, al que condujeron desnudo a la antigua capital.

Allí le tuvieron amarrado a unas varas más de diez horas bajo el suplicio de la sed y el sol y cuando creyeron que su resistencia estaba liquidada, comenzaron a darle tormento, arrancando su piel en delgadas tiras, con filudas hojas de ocidiana, cristal de origen volcánico y muy duro al que es posible sacar filo y que utilizaban nuestros aborígenes para diferentes menesteres cortantes.

El Obispo lanzaba gritos desgarradores viendo cómo los más feroces indios mascaban su piel. La macabra ceremonia duró tres horas hasta que expiró sin calmar las iras de los feroces puneños que siguieron con el canibalesco festín, asando el cuerpo de Fray Vicente a fuego lento, para devorarlo después en una orgía. Y cuentan los entendidos que su Señoría estaba gordito y sabroso como un lechón.Bocatto di Cardinale, pensarían los caníbales.

(1) Esta crónica fue escrita en 1969.