340. Ana Darquea y El Belén Del Huérfano

El sábado 7 de mayo de 1932 moría en Guayaquil, a causa de un cáncer lento a los ovarios, la presidenta del «Belén del Huérfano», noble institución fundada por doña Ana y varias amigas que, ‘»tras la labor constante / y sin descansar un día», alzaron ese asilo / que morada ha de ser / de aquellos que ni casa, / ni amparo, ni cariño / tuvieron al nacer. //

Pues ha de saberse que habiendo nacido en cuna rica y figurado durante su juventud como una de las más perfectas bellezas de Guayaquil, tenía un corazón generosísimo para el bien, y como ninguno para los huérfanos y la niñez desvalida. Su padre, el general Secundino Darquea Iturralde, había sido comandante de Armas de Guayaquil durante la dictadura garciana. El 69 se vio comprometido en la muerte del general José de Veintemilla y después de 1876 tuvo que emigrar a Lima con los suyos. Allí fue donde su hija Anita, que tenía casi veinte años, aprendió a realizar obras sociales. Fue su madre Ana Luque Benítes.

En la capital peruana conoció al español Tito Gémino Sáenz de Tejada y Diez de Espada, con quien contrajo matrimonio de regreso a Guayaquil en 1885. Él era de profesión minero y por vocación aventurero con incierta fortuna, pues descubrió zonas auríferas en la región norte peruana, donde formó compañías que terminó cediendo a terceros cuando vino al Ecuador. Aquí se dedicó a su profesión en la zona del austro, propiamente en el área vecina a Zaruma, en cuyos alrededores trabajó sin descanso. Natural de Guernica y de familias oriundas del Solar de Valdeosera, en La Rioja castellana, de la mencionada unión nacieron, entre otros, Clementina y Leonor, casadas con Adolfo Klaere Vinner y con Manuel Baquerizo Noboa, a quienes la gracia popular tituló «Los Príncipes blanco y negro», por sus orígenes alemán y español, respectivamente, así como Secundino que figuró en la política y las letras ecuatorianas, llegando a ocupar una de las vocalías de la Junta Suprema de Gobierno tras la revolución juliana de 1925.

Doña Anita, desde 1920 más o menos, empezó a trabajar en pro de la mujer y los seres desvalidos, congregando a la sociedad en hermosas kermeses en el parque Seminario o en artísticas funciones en los teatros Edén y Olmedo, de manera que con el dinero recogido abrió un asilo y una escuelita, y todo iba viento en popa porque sus números musicales mejoraron con la llegada de numerosas familias provenientes de la Riviera o de París, quienes traían ritmos y decorados tomados de los ballet rusos de Montecarlo.

En sus funciones teatrales se dieron cita intelectuales y artistas, hubo bailes, conferencias, números de prestidigitación y magia. Cuando aún las señoritas salían a las calles acompañadas con empleadas ancianas, las hacía brillar por ellas mismas al presentarlas en números de vodevil; y cuando las señoras jóvenes solo podían caminar por el centro de la urbe de dos en dos o acompañadas de sus esposos, las hacía cantar y tocar al piano – incluso las  nuevas melodías llamadas modernas, porque recién llegaban  con las películas de Hollywood. Fue lo que se dice, una revolución blanca, femenina y feminista, no cabe duda.

En los años treinta promocionó a dos jovencitas: Rosa Borja en la prosa y María Piedad Castillo en el verso, ambas sus muchachas, por haberlas visto crecer y amarlas como a hijas. Años antes habían figurado en el cielo femenino del Guayas las poetisas Aurora Estrada y Zaida Letty Castillo, pero un espeso silencio había caído sobre ellas, pues las dos, en coincidencia trágica para las bellas letras, habían salido de la ciudad. La primera vivía en Quito y la segunda en Lima, Doña Anita cumplió su papel dentro del feminismo; fue promotora y abanderada de causas benéficas, pero no tan ciega como para no ver que era por el camino del arte y de las bellas letras donde sus chicas podrían ir abriendo surcos para alcanzar la igualdad de los sexos. Por eso, cuando se esparció la noticia de su muerte, muchas la lloraron.

El duelo bajó de su casa a las cuatro de la tarde y marchó a la iglesia de La Merced presidido por el obispo Carlos María de la Torre. Su ataúd fue colocado en   medio de la guardia de honor del colegio que mantenía el Belén del Huérfano y se dijo «que había sido como una ventana mágica por donde pasaba el sol de su ternura». Por eso María Piedad la cantó así: Fragmento.- // yo tengo en mi existencia un íntimo tesoro / que para mí más vale que toda pompa vana   / es faro en mis tinieblas con su destello de oro, / y guía de mis  pasos, la luz de su ventana //. Si por la calle cruzo, mis ojos se iluminan / y el corazón me vibra con palpitar suave; / sin darme cuenta hacia ella mis sueños se encaminan / como hacia el patrio nido, tiende su vuelo el ave…//