329. Los Poliritmos y La Motocicleta

Los versos polirítmicos no eran ninguna novedad cuando los lanzó jubilosamente al aire Juan Parra del Riego en 1.922, en Montevideo, donde vivía casado con la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum. Antes que él los había ensayado Manuel González Prada en el Perú, como poemas nuevos, de utilización ágil del verso métrico y como forma de romper la monotonía de un romanticismo trasnochado que ya no significaba nada a principios de siglo XX, Sin embargo, es con Parra del Riego que los polirítmicos alcanzan su máxima expresión en una nueva distribución »de ritmo cuaternario grave o peánico, alternándolo con el trímetro y el bímetro. Veamos como ejemplo la célebre oda que Parra escribió a Gradín, jugador de fútbol del equipo uruguayo que conquistó en 1.924 el campeonato olímpico de París. // Palpitante y jubiloso / como el grito que se lanza de repente a un aviador, / todo así, claro y nervioso, / yo te canto! Oh jugador maravilloso / que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor, / ágil, fino, alado, repentino, eléctrico, fulminante / yo te vi en la tarde olímpica jugar. //

Verso que se adhiere al jugador de fútbol como sombra y se quiebra y brinca también con él, pues todo ello tiene la poesía modernista y poli rítmica de este poeta que cantó a los deportes y también a los motores y a las motocicletas, dando a la poesía sudamericana un tono a lo Walt Whitman, abriendo nuevos horizontes al sentimiento estético y recibiendo gozosamente a los adelantos del siglo del motor y la locomoción.

En la Motocicleta en cambio apelará al verso trímetro y al anapéstico. // Zumban los pedales, palpita la llanta / en la traqueartería febril del motor / yo siento que hay algo / que es como mi ardiente garganta / como mi explosionante interior. // poco después este verso recorría América incluido en varias revistas literarias y llegó al Ecuador donde Hugo Mayo fundó en su honor la revista Literaria «Motocicleta» que circuló en una sola página y se pensó que jamás había existido pues .no existía en las bibliotecas, hasta que hace poco tiempo Rodrigo Pesántes Rodas encontró – vaya uno a saber dónde –  el único ejemplar que se conoce,

Parra del Riego era nativo de Huancayo en el Perú donde vió la primera luz en 1.894, en el hogar del Coronel Domingo Parra, entusiasta partidario de Nicolás de Piérola y por lo tanto enemigo de los militaristas, que ese año fue llevado a las Casamatas del Callao donde estuvo algunos meses preso. Su madre Mercedes Rodríguez y González del Riego le transmigró la vocación artística pues fue escritora y también madre de Mercedes que tenía aficiones literarias y casó con el poeta Percy Gibson y de Carlos, autor del célebre poemario «Sanatorio».

Estudió primeramente en Arequipa y el Cusco, luego pasó a Lima a vivir dedicado al ensueño y los versos. En 1.913 ganó el certamen de los Juegos Florales con un «Canto a Barranco», barrio marino de la capital donde colaboraba en la revista «Balnearios» y conoció a Abraham Valdelomar y a otros poetas «Colónidas». El 15 estrenó una obra teatral titulada «La Verdad de la Mentira» y pasó a Trujillo, allí publicó el 17 la Reseña «La Bohemia de Trujillo»; enseguida partió a Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Europa en plan trashumante. El 18 regresó a Montevideo y contrajo el matrimonio ya anotado, sirviendo de únicos testigos las poetisas Juana de Ibarbourou y Blanca de Medilaharsu, pero su frágil salud y la tuberculosis lo llevaron a la sepultura en 1.925, la mejor parte de su producción solo se conoció en forma póstuma.

Sus «Himnos y los ferrocarriles» y «Blanca Luz» salieron dicho año, «Los tres poliritmos» recién en 1.937 y «Poesía» con un trabajo biográfico de Manuel de Castro es de 1.943. Fue el primer poeta latinoamericano en cobijar bajo su alero al deporte y a los motores, a deportistas y mecánicos y en abrir la temática hacia los nuevos descubrimientos del mundo. Discípulo de Whitman cantó fuerte y bien, así: // Junto al mar tiro este grito de color / saludo y partida / de mi alma con tu alma! Walt Whitman. / ¡Sé nadar!  / Sé remar! ¡Sé cantar! Sé montar a caballo / Mi revólver tiene doce tiros / y mi motocicleta es alegre como el sol … // Ya la influencia de la cultura norteamericana se hacía sentir en Hispanoamérica, sobre todo en Panamá, en Cuba, en Puerto Rico y aún en países del cono sur como el Uruguay; se vivía una nueva época alejada de la Francia y el modernismo, que se transformaba en vanguardia polirítmica para terminar en versos libres, donde no se sabe si estamos frente a una prosa poética o viceversa. En este caminar de las ideas Juan Parra del Riego jugó desde Uruguay importantísimo papel innovador y por eso luce allí su estatua que aún no la tiene en su Patria, a la que sin embargo dedicó muchos poemas como el titulado «Los Vientos del Perú» que dice: // Casuijiras del monte, saltantes felinos / que arañan y trepan los árboles finos, / y jugando al juego de los remolinos / — ¡Oh azul borrachera de goces divinos!— / suenan en las ramas, cantan en los pinos, / y se van rodando tras los campesinos / que en las tardes vuelven por esos caminos / donde la carreta de bueyes cansinos / parece que llora como los molinos. //

Parra fue parte de una generación «ávida de ser fuerte y herida de flaqueza hasta el último suspiro» con ternura y arrogancia para un arte hecho de virilidad y de fuerza, distinto al suspiroso romanticismo y al modernismo renunciante y decadente del spleen. Por eso su canto fue saludable y tónico, no improvisación ni decoración, nada de extravagancia como a primera vista se podría pensar; pues cuando habla de una motocicleta, habla de una apertura a nuevas formas de vida antes desconocidas, aceptando la existencia de los cambios ocurridos después de la Gran Guerra del 14 al 18 y avizorando un porvenir lleno de elementos dinámicos construidos para la felicidad del hombre del futuro.

Su posición de poeta único, ejemplar y solitario, ha consolidado la fama de Parra del Riego, innovador de la temática en la lírica latinoamericana del siglo XX. Sus discípulos ecuatorianos entre 1.925 y el 35 siguieron empujando la motocicleta que quedara sin chofer a su muerte e incorporaron nuestro país a la vanguardia. Miguel Augusto Egas editó en una hojita su revista literaria titulada Motocicleta, que lamentablemente no tuvo reprise y se extinguió en esa sola aparición.