322. La Poetisa Del Amor Tranquilo

María Piedad Castillo de Leví no fue modernista ni cosa por el estilo, saltó gustos y corrientes y su caudal lírico voló por entre el de los poetas enervantes y malditos de la década de los años veinte, sin que sus leves y femeniles alas se vieran comprometidas o manchadas de aquellas sutilezas y evasiones; «tenía demasiada salud mental y cultura clásica y era fuerte su cordura burguesa para encerrarse en torres de marfil» al decir de Rodrigo Pesantez Rodas y sin embargo fue poeta y pulsó la lira por casi medio siglo, desde 1.907 hasta poco antes de su muerte.

Había nacido en el Guayaquil de 1.888 y al comprar su padre el diario El Telégrafo a su fundador Juan Murillo, dióle la oportunidad de crecer cercana a los talleres y junto a periodistas de la talla de Manuel J. Calle, que pudo formar su gusto poético recomendándole libros y lecturas, porque ella escribía gacetillas, sueltos y planas y más tarde fue redactora de planta, con horario de entrada y de salida y todo lo demás, frecuentando diariamente el periódico.

Para 1.910 compitió con éxito en un Concurso Internacional celebrado con motivo del centenario de la Independencia de Colombia y poco después publicaba sus poemas románticos «A Colombia», «El Abanderado» y «Las Campanas de la Catedral».

Un viaje a Francia y el descubrimiento del mundo europeo la devolvieron modernista y fue de las primeras en usar el verso aneasílabo // Fragmento. // Oh mi dulcísima mousmé / de rostro frágil y sutil / y ojos de ensueño que se fue / cual un recuerdo juvenil // en su soneto «Japonesa;» y usó octosílabos en rima ternaria en Otoñal.» Fragmento. /// Caen lentas, mustias, rojas / de los árboles las hojas / mientras; rimo mis congojas… / pero esta etapa fue corta. //

Su matrimonio con el químico alemán Roberto Leví Hoffman la llevó a otros planos, encerrándose en un ambiente de hogar junto a sus hijos y esposo «en una gallarda y deliciosa quinta que vió días de gran boato y belleza y luego – con los años – fue abandonada y así permaneció hasta el 2001 sin ser ya ni la sombra de lo que fue y se destruyó durante un invierno fuerte. Entonces, cuando la habitaba la poetisa y su familia era un edén, estaba poblada de árboles frondosos, esmaltada de flores acariciadoras del olfato y el suelo era tapizado de suave, diminuta hierba, entre la fresca y primaveral verdura. Adentro campeaban en ricos salones cuadros de pinturas, estatuas y abundantes libros y en un acogedor ambiente de cultura, elegancia y espiritualidad, subyugaba la poesía. Era un paraíso convertido en cielo por las virtudes de la Musa.

Ya no sentía el «spleen» de los años doce cuando en New York, escribiera // Tarde de lluvia y de neblina / se arremolina / sobre las casas blanco tul / siento el deseo obsesionante / de en este instante / ver un girón de cielo azul // Semeja el lívido empedrado / un deslustrado / inmenso espejo de cristal / reina un silencio de ultratumba / mi voz retumba / en este ambiente sepulcral. //

Ahora escribía a sus hijos poemas de sin igual ternura como «La Linda» y a su esposo le dijo: // Brillan como luceros sus azules pupilas / sus cabellos son finos, revueltos y castaños / su voz tiene inflexiones pausadas y tranquilas / y bajo su amplia frente, no hay dobleces ni engaños. // A la luz de la lámpara, en el salón inmenso / trazamos de la vida el vasto panorama / me dice de su amor, arrobador, intenso / y yo le cuento cómo mi corazón lo ama // aislados de la gente en comarca de ensueño, / en donde solo estamos los dos y el porvenir…//

Pero un día el arcano le tejió una tela de araña y le arrebató un hijo, fue tan intenso el dolor que solo pudo decir; // Yo tenía / y en el tiempo feliz de mi reír sonoro / un niño, que en mis brazos sonreía / de fina tez y de cabellos de oro …// y nuevos dolores, propios de toda vida, le trajeron padecimientos domésticos y tornaron su lira de sonrisas y campanas en lira de   añoranzas   y  lejanías  y así cantó las  bodas de oro de sus padres,  a los lejanos abuelos, los setenta años del Telégrafo y entonces dijo: «Los dos estamos viejos» y vinieron nuevas lejanías y viajó incansablemente a países extraños y sus pasos se hicieron más graves por una pertinaz diabetes, hasta que murió en 1.962, pero el amor filial había recogido meses antes y en hermosa edición, su antología poética, bajo el título de «Poemas de Ayer y de Hoy», que ha llegado hasta nosotros con la reminicencia propia de un libro del pasado tan guayaquileño de nuestros años mozos, cuando solíamos mirar diariamente a la quinta Piedad, regla en mano y libros en maletas, con pasos presurosos, cuando íbamos al vecino colegio «San José.»                                            

María Piedad fue guayaquileña como su quinta soleada, tan dulce como sus carmenes floridos y tan hogareña que se daba a los demás. Así fue la poetisa del amor tranquilo y sin embargo luchó por los derechos femeninos y reclamó mayor poder político para las mujeres, representando al Ecuador en numerosas Conferencias Internacionales donde lució su noble empeño por obtener la igualdad de oportunidades para los sexos, sin trepidar jamás. Porque ella había escrito // quisiera que mi vida fuese una blanca rosa / nacida en una vieja floresta misteriosa / y deshojada un día, por rápido huracán… //