320. La Plegaria Lírica De José María Egas

La noche del 9 de octubre de 1919, un joven poeta nacido en Manta y de escasos veinte y tres años, triunfó aparatosamente en los Juegos Florales promovidos por el Centro Universitario de Guayaquil, con motivo del Centenario de la Independencia, con un raro poema titulado «Plegaria Lírica», que recitó en el antiguo teatro Olmedo, arrebatando de entusiasmo a la audiencia, que lo sacó en hombros y lo paseó por el bulevar hasta la esquina del salón Fortich. Allí se iniciaron interminables brindis al grito de «viva el poeta», por eso se ha dicho que esa noche algo desconocido pasó en el viejo teatro, haciendo que sobre la alta burguesía comercial y bancaria flotara un hálito de poesía pura y transformadora.

//Plegaria Lírica. // Tu siglo se muere de un mal imprevisto. / ¡Tu siglo está loco, Señor Jesucristo! / Ya no hay alma, verso, ni luz, ni oración. / I por eso elevo mi plegaria santa / que desconsolada llegará a tu planta / ¡desde el incensario de mi corazón! // Bien sé que el arquero dispara su flecha, / que Ariel se ha dormido, Calibán acecha, / los cisnes se mueren, se agosta el rosal. / ¡Pero Tú lo puedes, rabí Nazareno! / (Lo puedes por grande, por dulce, por bueno) / ¡Ruega por el   santo país del ideal! // Ruega por la estirpe de Apolo celeste, por la lira santa y el carrizo agreste. / Ruega por el verso, ¡que es eternidad! / Por los que trajeron un don de armonía / y bordan con oros de tu fantasía / los harapos tristes de la realidad. // ¡Ruega por el alma, Señor!, a quien diste / la gracia inefable de sentirse triste / ante una mirada, un beso, una flor…/ y por los vedados de toda fortuna / que en el imposible telar de la luna / hilvanan su santa quimera de amor. //

De allí en adelante considerado el heredero de la lira de Medardo Ángel Silva, que acababa de suicidarse, le menudearon las invitaciones a fiestas y saraos, y escribió sus poemas en los abanicos de las damas galantes, «como discípulo del religioso Amado Nervo, fundido en la métrica del divino Rubén».

«Plegaria Lírica» alcanzó renombre continental y figura en casi todas las antologías de las cien mejores poesías escritas en lengua castellana por su tono de protesta y denuncia, así como por su sabor pagano bajo la invocación a Jesucristo. A Él se dirige el poeta para pedirle que salve a los cisnes moribundos y a Ariel dormitante en un momento de suprema angustia, cuando el proletariado occidental vivía la dolorosa crisis económica de la primera posguerra, con su secuela de tragedia y de miseria, y los burgueses, felices por el fin de la Gran Guerra, se encontraban listos a disfrutar de los excesos propios de los dorados y locos años veinte, divirtiéndose en medio de la peor inflación que registra la historia mundial.

¿Pero quién era este jovencito Egas, delgadito, sutil y casi esmirriado que heredaba una lira tan famosa? Nacido en Manta el 28 de noviembre de 1896, ante el etilismo de su padre, sus tías maternas lo trajeron a vivir en Guayaquil. El 9 ingresó al «Vicente Rocafuerte» y a los pocos meses concursó en un certamen de poesía con su composición «Patria» y obtuvo el primer premio por tratarse de un soneto perfecto, conforme lo acreditaron los asombrados miembros del jurado que no podían explicarse cómo un jovencito de trece años y sin estudios de preceptiva literaria, hubiera podido descubrir los misterios de la musicalidad y de la métrica.

Entonces empezó a enviar colaboraciones a la revista «Letras», de Isaac J. Barrera, en Quito y escribió en «El Telégrafo Literario», bajo el seudónimo de «Dorian Gray» Ya era amigo de los poetas de la ciudad (Wenceslao Pareja, José Antonio Falconí Villagómez, Miguel Ángel Granado y Guarnizo, Manuel Eduardo Castillo, José Joaquín Pino de Icaza).

Había amistado con Medardo Ángel Silva, escribía en el diario «El Guante» y su poesía «Marina» le dio justa fama nacional. Desde entonces inició una intensa vida intelectual. El 16 fundó con su amigo Falconí Villagómez la revista literaria «Renacimiento», a fin de revelar la poesía moderna en el Ecuador. Se bachilleró a los veinte años de edad y realizó un corto viaje a Quito, que le sirvió para conocer a los jóvenes intelectuales, especialmente a los poetas y a su ídolo Ernesto Noboa y Caamaño, con quien se carteaba de continuo desde varios meses atrás.