318. La Perversión De Los Años 15

En el Guayaquil de los años 1.915 al 20 los muebles de esterilla, tan cómodos y apropiados para nuestro caliginoso clima podían mezclarse con otros «art nouveau», de diseños florales influidos por el arte japonés, rebuscados en sus líneas curvas, repujados en los detalles, complejos y barrocos.

La gente aún se transportaba en carros urbanos tirados por mula. Los automóviles no llegaban ni a la docena y se vivía lenta y pausadamente. El poeta Medardo Ángel Silva dirigía la cultura citadina desde su escritorio de El Telégrafo y en los ratos de ocio tocaba el piano, charlaba alegremente con sus amigos y quizá hasta fumaba opio. Esto último, por supuesto, lo haría si es que lo hizo, con discresión, pero también se decía y lo repitió el Comisario Savinovich al encontrarse con su cadáver, que era morfinómano.

Había dos «casas desacreditadas» donde todos sabían que se fumaba. Las damas evitaban pasar por esas veredas malditas y un silencio cómplice de parte de las autoridades indicaba que el opio era un vicio permitido. Por coincidencia estaban muy cerca la una de la otra.

Una era de juego y al mismo tiempo fumadero. Su dueño, un reportero de El Telégrafo, la tenía funcionando en Escobedo entre Aguirre y Ballén arriba de la fonda de Fanchong, chifa algo desaseada pero muy concurrido donde la gente se amanecía charlando sin prisa, se servían los mejores chaulas (arroz chaula se decía entonces a los modernos chau-lau-fán)

En los altos de la chifa se recostaban los jóvenes literatos y no literatos en cómodos divanes, quitándose los zapatos y las polainas y enfundando sus pies en chinelas de raso bordadas en hilos de seda. Igualmente se desabrochaban las americanas y los chalecos, se aflojaban los nudos de las corbatas y hasta los tiesos y almidonados cuellos y puños postizos de la camisa. Así en confianza, como en casa adentro, se cubrían con largos kaflanes de seda finísima de la China para dar más ambiente. Entonces sí, con deleite exquisito, aquellos jóvenes decadentistas tomaban las largas pipas para fumar hasta envolverse en el humo denso y secreto que provoca delectaciones. Humo sagrado de los Dioses que podía alucinarlos hasta por seis horas. Ellos eran conocidos en la urbe, por sus pálidas y amarillentas caras, sus andares sosegados, sus miradas perdidas.

La otra casa fumadero estaba en Boyacá y Ballén casi a la vuelta de la anterior. En su planta baja vivían y trabajaban unas jovencitas más que coquetas, mientras arriba se fumaba con la complicidad de una puertecita secreta que comunicaba ambos pisos. En este ambiente decadente soñaban y morían los degenerados, aquellos de quienes el notabilísimo poeta marihuano (Porfirio Barba Jacob) dijo: // Nosotros somos los trashumantes – los trashumantes de la pasión – ved nuestras vagas huellas errantes – y en nuestras manos febricitantes – rojas piltrafas de corazón. //

A veces, pero no siempre, se sumaban otros cafilas de distinto género, los Pirófanos, que acostumbraban turbarse o enervarse bebiendo en finísimos vasitos de cristal tallado de confección francesa y de la acreditada casa Saint Louis, una mezcla de aguardiente purísimo de Loja siquiera de cuarenta grados con una pastilla de éter que incendiaban con un fósforo produciéndose una llamita azul que pronto se desvanecía al consumirse el alcohol. El residuo de esta combustión era un brebaje casi venenoso – color ámbar oscuro – que se tomaba a sorbitos.

Entonces componían sus versos y cánticos, sus himnos a las diosas, como nunca antes lo hubieran podido hacer, aunque en verdad esas producciones eran ininteligibles y es que estaban plutos, como ahora se dice. En esa casa además había un cuarto especial para los iniciados, pintado íntegramente de negro, donde la pirofanía alcanzaba los más altos índices de perdición en orgiásticas sesiones llenas de luces de colores iridiscentes producidas solo en las mentes de esas almas enfermas de splint.

Pero no se crea que todo era malo y perdido en ese Guayaquil de hace un siglo, aunque no tan lejano. Existían otros centros igualmente de gente alegre, donde se divertía sanamente la burguesía guayaquileña en cortesanas reuniones del agrado de esos tiempos victorianos. El maestro Fermín Silva de la Torre por ejemplo, violinista consumado, que tocaba en los cines para acompañar a las películas silentes o  mudas y  dirigía el Centro Musical «Sucre», ubicado en Aguirre entre Boyacá y Chanduy, donde una orquesta de músicos criollos alegraba el ambiente con alegres valses, lánguidas habaneras y llorones pasillos que la concurrencia bailaba y coreaba y entonces  era de ver a Manuel Mestanza y Alava curco y maltrecho pero músico de alma, cómo tocaba al piano y la gente lo alentaba al grito de «Viva Chinchorro Mestanza».

Por entonces se comenzaron los trabajos de la plaza del Centenario y llegó la Columna por piezas, desde España. El desembarco de los bultos fue con grúa y su traslado todo un acontecimiento y fiesta mayor que paralizó el boulevard una semana. El intendente Enrique Baquerizo Moreno hizo colocar a los caballos sujetos por hombres desnudos, que simbolizan la fuerza y el movimiento, justamente del lado de la calle Santa Elena, para “fregar la paciencia” y encolerizar a su amigo Pepe Barona, con quien tenía una pica de antaño. Don Pepe vivía frente al palacio de la actual zona militar, que entonces se estaba construyendo como casa de Rogelio Benítez Icaza, Sub Gerente del Banco Comercial y Agrícola y parece que era muy pacato y padre de varias hijas guapas y casaderas y por eso no gustaba tener hombres desnudos frente a sus ventanas, aunque estos fueran de bronce. Dicen que don Pepe se amoscó y fue a protestar, pero ya estaban colocados. Muchas señoritas dejaron de pasar por el sitio hasta que se les fue la vergüenza poquito a poco y ahora ya nadie se preocupa de los tales hombres desnudos.