164. El voto del Coronel José María Vallejo

A raíz de la revolución guayaquileña del 6 de marzo de 1.845 el General Flores abandonó la presidencia de la República y emigró a Europa en obligado destierro. Los principales políticos del Ecuador se reunieron en Cuenca el día 3 de octubre bajo la presidencia del doctor Pablo Merino y Ortega con el objeto de elegir Presidente de la República y dictar la Cuarta Constitución que tendríamos en sólo quince años de vida como nación independiente y soberana.

Pero pocas veces se había visto tanto odio como el que despertó esa magna reunión de “Padres de la Patria» porque cuando llegó el momento de decidir quién debía ocupar la silla presidencial los Convencionales no aunaron criterios. La primera votación celebrada en la tarde del día 4 de diciembre arrojó el siguiente resultado: 24 votos para Vicente Ramón Roca, que había experimentado un repunte como miembro de la Junta de Gobierno marzista superando sus antiguas actuaciones como ministro de gobierno de Flores, 12 para el doctor José Joaquín de Olmedo, 3 para Diego Noboa Arteta y 1 para José Modesto Larrea y Jijón firmado por su primo segundo el doctor José Miguel Carrión y Valdivieso, de manera que ningún candidato había obtenido los 28 votos necesarios para la elección, por ser esta cantidad las dos terceras partes que prescribía la Ley para resultar electo.                    

Los días siguientes 5, 6 y 7 de diciembre no arrojaron mayores cambios porque los grupos permanecieron compactados entre Roca y Olmedo, que sacaban sucesivamente 27 y 14 votos cada uno. Faltaba a Roca un solo voto para resulta legalmente electo, pero ese voto no venía y los ánimos se caldeaban.

El día 7 a eso de las 6 de la tarde se retiró de la sesión el Obispo Carrión, quien se había sumado desde la segunda votación al partido roquista, debido a que le sobrevino un violento acceso de asma; el número de convencionales bajó a 40, los dos tercios a 27, pero la votación a favor de Roca disminuyó a 26. Las cosas seguían iguales o quizá peores.

PROTESTÓ ROCAFUERTE

Como a las 9 de la noche José María Caamaño y Arteta, Diputado por Guayaquil, apoyado por el doctor Vicente Rocafuerte, que concurría por Pichincha (en esa época feliz los talentos eran reconocidos en cualquier sitio de la República) ambos convencionales del grupo minoritario que apoyaba a Olmedo, en gesto heroico y para evitarle un seguro triunfo a Roca que ya todos vislumbraban, pidió que se encargara definitivamente el Poder al Dr. Pablo Merino y Ortega, Diputado por Chimborazo y Presidente de la Convención. Dos roquistas los Dres. Pío Bravo Vallejo y José Joaquín Malo, solicitaron que se modificara la moción en el sentido de que el Poder se le encargaría provisionalmente al Dr. Merino, hasta tanto la Convención eligiera un sucesor de Flores, que lo reemplace constitucionalmente. El golpe era ganar tiempo mientras se realizaba un nuevo tanteo en el grupo de diputados Olmedistas, para ver si se conseguía el voto que faltaba, lo que efectivamente ocurrió en la siguiente votación y Roca alcanzó los dos tercios reglamentarios con 27 votos contra 13 de Olmedo ¡La suerte estaba echada!

Las barras prorrumpieron en grandes voces de júbilo cuando se leyó el voto 27 y todo fue una algarabía infernal, el Presidente de la Asamblea quebró su martillo de tanto pedir silencio y cuando ya se hubo acallado el alboroto, se vio que una figura alta y delgada, admonitiva podríamos decir, se alzaba de su curul y con acento grave increpó “Protesto por el triunfo del señor Roca, sigo pensando que el Dr. Olmedo, gloria de la Patria y de América, es el llamado al gobierno».

Este Rocafuerte, tan sereno y afrancesado, tan poco popular entre las barras, que años antes había pactado con el causante de todos los problemas (Flores) causó una escasa impresión en el auditorio, pero como el voto «virado» de Olmedo a Roca, era del Diputado por Guayaquil, Coronel José María Vallejo Mendoza, bravo entre los bravos y hombre de mucho temple, puesto de pie y mirando fijamente a Rocafuerte, que permanecía impávido, le dijo:

«Uso la libertad que gozo para expresarle mi opinión con la sinceridad propia de mi carácter. Nada temo ni nada espero. Nadie puede enrostrarme nada (alusión a Rocafuerte y su pacto con Flores) solo atiendo al grito de mi país que clama por el bien. No he realizado sacrificios para sostener caprichos ni anarquizar mi patria. Más de ochenta veces hemos votado sin conseguir ningún resultado. No puedo seguir coadyuvando al desorden. Por último, quien supo en los campos del honor y la guerra libertar a la República (se refería a sus actuaciones como militar y prócer de la Independencia ecuatoriana) sabe ahora defender su honor contra cualquiera. Aquí está, pues, mi vida, lo único que me queda sacrificar por la libertad»        

Frase profética ya que en 1.865 moría fusilado sin fórmula de juicio por orden del presidente y tirano Gabriel García Moreno en aguas del   Golfo de Guayaquil. Hijo legítimo de Antonio Vallejo, de Popayán y de Mercedes Mendoza de la Isla Puná, había nacido en Babahoyo el 6 de enero de 1.793. Prócer, su nombre figura en el fuste de la Columna del centenario de la revolución del Nueve de Octubre, Participó en la expedición a Cartagena y en la campaña del Perú. Cayó prisionero de los españoles en el bergantín Elena. Desde 1.825 fue miembro de la recién creada Infantería de Marina, donde laboró hasta el 33 que se conformó el Cuerpo de Artillería de Marina. En 1.826 el Libertador le elevó a la categoría e Teniente graduado de Infantería de Navío. Para la revolución del 6 de marzo de 1.845 era Capitán de Fragata y fue designado Capitán del Puerto de Guayaquil. En el primer combate de La Elvira, sirviendo a las fuerzas guayaquileñas del General Antonio Elizalde, fue gravemente herido en una pierna y la perdió. estuvo varias semanas entre la vida y la muerte, pero logró recuperarse. Illingworth le mandó a fabricar con Rodríguez Labandera una pierna de madera con goznes, ortopédica, que obtuvo el reconocimiento del Cirujano Mayor Juan Bautista Destruge. Así concurrió como diputado a la Convención Nacional de Cuenca, formando parte del grupo olmedista hasta que cansado tras ochenta votaciones cambió su voto por Roca.  A finales de mayo del 46 ya había retomado el cargo de Capitán del Puerto. Para la invasión floreana de 1.852 fue Jefe de la batería de la Planchada, luego fue Comandante del nuevo Bergantín Goleta Diez y Siete de Julio. El 31 de octubre de 1.858 los peruanos iniciaron el bloqueo del golfo de Guayaquil y fue destinado como Jefe de Operaciones de la costa Meridional a Machala. El 6 de Julio de 1.859 el Presidente Robles le designó Ministro de Guerra y Marina. Durante la Jefatura Suprema del General Guillermo Franco dirigió la escuadrilla naval conformada por las goletas Salado, General Sucre y Cuatro de Abril y al ser tomada la plaza entregó el mando al Capitán de Navío Juan Manuel Uraga. El 15 de mayo del 63 fue conminado a salir desterrado del Ecuador, por el Presidente García Moreno. Estaba casado con Clara Irazabal Araújo matrimonio estable y con descendencia. El 31 de mayo del 65 se unió a la invasión armada del General José María Urbina, se tomaron el vapor Washington y frente a la ciudad abordaron el vapor de guerra Guayas propiedad del gobierno. Con estos buques y el Bernardino, comandado por Vallejo, se retiraron al canal de Jambelí. García Moreno había venido de Quito y usando la estratagema de flamear la bandera inglesa, logró aproximarse a la desprevenida marinería del Bernardino, la abordó y la tomó prisionera en la mañana del 26 de junio. De los 45 marineros, fusiló sin fórmula de juicio en diferentes playones ubicados entre Jambelí y Guayaquil a veinte y siete de ellos. En el caso de Vallejo llevó su sadismo al punto de fusilar al joven Buenaventura Vallejo, de solamente quince años de edad, quien ayudaba a caminar a su anciano padre de setenta y dos, en la playa del Fuerte de Punta de Piedra cerca de la ciudad. El pobre padre fue obligado a presenciar el crimen y casi enloqueció gritando “Maldito tirano, te emplazo para los quintos infiernos” Diez minutos más tarde le fusilaron mientras el tirano oraba con la cabeza entre las manos, como implorando perdón por los crímenes que acababa de cometer, pero todo era puro teatro pues al arribar a Guayaquil hizo fusilar, igualmente sin  fórmula de juicio, al Abogado argentino Dr. Santiago Navarro Viola, culminando “una de las jornadas más bárbaras de nuestra historia.”

El tono con que afirmó Vallejo las últimas frases y la forma como empezó a avanzar resueltamente hacia el sitio donde se hallaba Rocafuerte, hizo que éste, achacoso y enfermo (falleció dos años después, en 1.847, en Lima) se quedará mudo y pálido, sin saber qué responder ante la altiva posición de Vallejo a quien, sin embargo, acusaría luego, de vendido,

Roca resultó electo y todos se fueron a sus casas no sin antes haber aprobado la IV Constitución de la República, al siguiente día de la elección presidencial, es decir, el 8 de diciembre del año 45.

 LOS AMARGADOS SE LANZARON CONTRA ROCA

Entre los Olmedistas que podríamos calificar de intelectuales y liberales, en contraposición a los Roquistas, que eran más bien comerciantes, frailes y conservadores, hubo muchos amargados que no cesaron en su empeño de desprestigiar a Vicente Ramón Roca.

Pedro Moncayo, Diputado de Imbabura, dijo que Roca había conseguido numerosos votos con ofertas de ministerios, lo que no es verdad porque el único convencional que llegó a Ministro fue Manuel Bustamante en la cartera de Hacienda. Los Ministros del Interior y Guerra y Marina, Dr. José Fernández – Salvador y Manuel Gómez de la Torre, simplemente eran amigos de Roca y no concurrieron a la Convención. Otro antirroquista furibundo fue el joven  Gabriel García Moreno, por esa época pasante en el estudio profesional del Dr. Ramón Borja Escorza (profesional de modesta condición social pero encumbrado por su saber y virtud, liberal de convicciones y Diputado por Pichincha del grupo de Olmedo) que inspiró en el joven García Moreno una fuerte emoción cívica por el Cantor de Junín, cristalizada en Abril de 1.846 en su pasquín «El Zurriago», de minúsculo formato y pésima impresión, que se repartió gratuitamente y en total salió cinco veces, no dejando títere con cabeza ni honra sin mengua, al punto que del Obispo de Botrén, Monseñor José Miguel Carrión y Valdivieso dijo: «El juramento en su boca es como la protesta de una coqueta»; del Presbítero Andrés Villamagán y Benavides, también roquista: «Clérigo sabio para los idiotas e idiota para los sabios, grasiento, andrajoso y gangoso»; del Presbítero José María Riofrío, luego Arzobispo de Quito: «Para él la Patria es un empleo, la felicidad una bolsa llena y la libertad una renta».

Con tal oposición, el Presidente Roca se vio precisado a sofocar revueltas sin fin. Un total de cuarenta y dos durante los cuatro años de su presidencia, con el país pobre, peligrando en lo internacional, con intentos de invasión y sin embargo ¡Cuánto bien hizo! Cómo dejó a Ecuador en 1.849 cuando pobre, más pobre que nunca y vilipendiado por todos, bajó del solio presidencia bastante enfermo y regresó a su casa a seguir trabajando como un comerciante cualquiera y murió en 1.856 en Guayaquil.

EL POR QUE DE LA OPOSICION A ROCA

Si bien es cierto que Olmedo era de faz trigueña por hijo de un andaluz llegado a Guayaquil en plena colonia y casado con dama linajuda, su carácter benévolo le hacía simpático; no así Roca, que, igualmente trigueño, tenía el cabello ensortijado y fue bautizado con el entonces afrentoso apodo de: «El zambo Roca», que hoy no tendría importancia y hasta le haría simpático, por ser un trato familiar que en muchas casas nobles y plebeyas se adjudica con cariño a algún pariente; mas, para los de la época, Olmedo era un semidiós por su estro poético y por eso se decía que era un «Águila que respira el éter de las alturas y se infecta en los pantanos». «Alma grande que no se aviene con las imperfecciones del género humano», «Ilustre, ilustre, ilustre”, y así por el estilo, no se cansaban de repetir a boca llena los convencionales de 1.845 cuando perdió Olmedo frente a Roca, acto que clamaba la venganza de los dioses poéticos del Olimpo y sobre Roca debía caer todo el peso de la fuerza del dios Júpiter tonante y así fue.

LA LUCHA DE LOS MARQUESES

Las hostilidades fueron rotas en enero de 1.846 cuando el Presidente Roca en un banquete al que asistió «todo Quito», fue maliciosamente preguntado por una de las señoras Carcelén, hijas del Marqués de Solanda (ya difunto) de la siguiente manera y en alta voz para que todos oigan: «Dígame, Presidente: Si a un vaso de cristal de roca tallado lo hicieran santo. ¿Cómo le dirían? La respuesta era obvia «zambaso de Roca” y el pobre Presidente tragó grueso y se hizo el sueco. Pero como en todo partido hay dos bandos, los Larrea y Carrión, hijos del también difunto Marqués de San José eran roquistas y decidieron darles duro a sus primas las Solanda ¿Qué se habían imaginado esas primas? ¿Tratar así a nuestro candidato? y se armó la bronca: los descendientes de los titulados se peleaban por Roca o contra Roca.

Roberto Ascázubi y sus hermanos, como seguidores de su cuñado García Moreno, se hicieron antirroquistas, a pesar que Robertito estuvo sus buenos tres meses encargado del Ministerio de Hacienda, colaborando con Roca. Ellos representaban a los antiguos titulados Marqueses de Maenza. Los descendientes de los Marqueses de Miraflores y los de los Condes de Selva Florida, en cambio, por los entronques del General Juan José Guerrero, eran más roquistas que nadie y así por el estilo. Sólo los cognados del titulado Conde de Casa Jijón, reconociéndose parientes del depuesto Flores, se conservaron independientes, pero enemigos del presidente por esa misma calidad y aún años después, hubo espíritus como el del padre redentorista Alfonso Berthe, que al calificar a Roca lo hizo con tal saña, que mejor sería no publicar el concepto, lo cual sólo a modo ilustrativo lo haremos: «Roca; Comerciante distinguido en los últimos tiempos (1.844) por su odiosidad a  Flores, por haberle impedido aspirar a la Vice – Presidencia de la República, como ambicionaba; aunque de origen plebeyo y de sangre (TRE MELANGE) deseaba abiertamente el mando y buen número de conservadores que le conocían su habilidad para los negocios, su espíritu práctico y su energía, que a veces llegaba a la dureza, le entregaron sus votos, para oponerle como baluarte contra los jóvenes revolucionarios liberales que preconizaban al impío y afrancesado Olmedo». De paso, el Redentorista Berthe también le dio su cuchufleta a Olmedo, por aquello de que pasaba por agnóstico y no por católico practicante.

Los liberales a su vez recordaban con odio que Roca siempre había sido floreano hasta el 44, renegando después de su postergación a la Vice Presidencia, que también había programado los asesinatos de los miembros del «Quiteño Libre» en 1.833 y que era el autor del pacto entre Rocafuerte y Flores el 35 ¿Se quiere más?

Pedro Fermín Cevallos, en cambio, dijo de Roca: «Fue popular, creó un fuerte partido personal formado por gentes de gran viso y prestancia social e intelectual, nunca se le supo disipador sino austero, honestísimo como pocos, pudo haber sido caudillo y no lo quiso, salió modestamente del Palacio Presidencial y sin cortejo, regresando a Guayaquil donde siguió trabajando como de costumbre. Entró pobre y salió pobrísimo ¡Era todo un repúblico!» y nosotros agregaremos que también salió enfermo, dejando a su viuda Juana Andrade y Fuente Fría y a sus hijos, en honorable pobreza.

Al poco tiempo y movidos por apuros económicos los hermanos Roca Andrade vendieron el único bien heredado, al Capitán español Juan Puig Mir, consistente en un trapiche situado en la hacienda Cacharí, cerca del río Changuil, en terrenos aledaños al Camino Real o Vía Flores, actual vía Babahoyo – Montalvo. Esta venta se hizo con los esclavos incluidos y dio origen al ingenio azucarero San Pablo, con maquinarias adquiridas en 1.872 en Londres y con caña sembrada en las haciendas la Guadalupe, Ventura y San Pablo que Puig Mir fue adquiriendo con tal finalidad.