307. Los Incidentes Electorales De 1912

Después del asesinato de Alfaro y sus tenientes, el Presidente del Senado y Encargado del Poder Ejecutivo Carlos Freile Zaldumbide convocó el 16 de Febrero de 1.912 a elecciones presidenciales para los días 28 al 31 de Marzo, apareciendo tres candidatos, los Generales Julio Andrade Rodríguez y Leonidas Plaza Gutiérrez, recién llegados desde Guayaquil con la aureola de la victoria obtenida contra Alfaro y Montero, pero distanciados porque ambos aspiraban a ocupar el solio presidencial y el tercero era el Dr. Carlos Rodolfo Tobar promovido por  haber realizado un brillante rectorado en la Universidad Central.

Plaza trató de insurreccionar los cuarteles para tumbar al régimen ayudado por su amigo el Ministro de Guerra y Marina. Andrade ocupaba el ministerio de Obras Publicas, era muy sereno y no se precipitó para conseguir la presidencia. Sabía que en elecciones libres ganaría por su simpatía y esperaba con paciencia. El Encargado del Poder Ejecutivo y sus ministros: Octavio Díaz en Interior; J. Federico Intriago en Hacienda y Carlos R. Tobar en Relaciones Exteriores, no le preocupaban.

El Diario «La Paz» hizo un llamado a la ciudadanía liberal y a los candidatos para evitar la división. Algunos combatientes del 95 veían en Tobar a un lobo disfrazado de oveja por ser de los liberales de nuevo cuño y oler más a conservador que a otra cosa, y éste, lejos de amilanarse y con mucho talento diplomático hacía votos por la prosperidad del ideal liberal, aceptaba al igual que Andrade, que fuera la Magna Asamblea del partido la que escogiera al candidato único y solamente faltaba que Plaza diera su consentimiento. El 27 de Febrero se reunían en casa de  Julio M. Páez los siguientes señores: José Luis Román,  Abelardo Moncayo Jijón, Carlos Morales, José Julián Andrade, Manuel María Guerra, Abelardo Moncayo Andrade, Manuel de Calisto, Ricardo Félix, Juan Francisco Game Balarezo, Daniel Román, Luis Eduardo Bueno, Celiano Monge y Alejandro Ceballos y comisionaron a Game y a Román para que al día siguiente concurrieran al domicilio de Plaza a solicitarle el retiro de su candidatura en bien de la unidad pero los tales comisionados recibieron un enérgico y terminante «No». En la calle se gritaba: «Plaza o bala. Plaza o nadie».

Tobar había sido maestro del General Andrade en el Colegio y lo conocía de sobra y ante el desplante de Plaza se citaron en casa del doctor Miguel Páez y hablaron francamente sobre la situación.

Andrade renunció a sus pretensiones y aceptó que fuere Tobar el que se enfrente, por su calidad de civil, para frenar el abuso del militarismo, que tantos perjuicios causaba. Andrade era General en servicio activo, pero con su proverbial franqueza reconoció que no era el momento para que un hombre de cuartel subiera al solio presidencial. Así las cosas, transcurrieron los últimos días de febrero y llegó el fatídico marzo, mes de los famosos «idus» de Julio César, que en esta ocasión se repitieron con iguales trágicos resultados.

El lunes 4 con gran insistencia se rumoró en Quito que Plaza había conseguido el apoyo de tres cuarteles y daría la asonada por la noche. Freile Zaldumbide ordenó el cambio de los tres jefes, pero su Ministro de Guerra y Marina, en lugar de acatar la orden, la comunicó a Plaza, que de noche concurrió a la casa del Encargado del Poder Ejecutivo, lo increpó y casi hasta le pega.

– Pero, General Plaza, si solo me he propuesto retirar del ejército a tres superiores politiqueros que introducen la indisciplina en las filas militares (musitó Freile) – Pues bien, si persiste en este cambio de jefes, los cuerpos se pronunciarán y no respondo si usted y su gabinete son arrastrados por las mismas calles que lo fueron los Alfaro. ¡Ay de mí!, piensa para sus adentros Freile. ¿A quién recurrir? El panorama se presentaba nublado y el débil mandatario hizo llamar al General Andrade, que de inmediato llegó con su ayudante y amigo Comandante Luis Alberto Arenas, de nacionalidad chilena y a quien desterrará Plaza a los pocos días por haber sido fiel testigo de esos incidentes, que el chileno narrará después, salvándolos para la historia.

Ni bien se vieron Freile Zaldumbide díjole a Andrade: Vea mi General: Hágase cargo de esta cosa, estoy rodeado de terribles presagios. Ustedes entre Generales se entienden …- Si usted no me explica, no le entenderé. Dígame: ¿Qué ocurre? – Algo grave, algo grave; acaba de estar aquí el General Plaza y me ha amenazado con hacer arrastrar mi cadáver y los de los ministros por las mismas calles por las que trajinaron hace poco a los Alfaro. ¿Qué me dice? Lo que oye. General. – Ah, don Carlos, no tenga cuidado, yo me encargo de él … – Muchas gracias. Dios lo bendiga. Y volviéndose a Arenas, dijo. ¡Qué bueno es el General Andrade! Siempre lo he dicho, por eso lo tengo de Ministro de Instrucción Pública. Era la una de la madrugada del martes 5 de marzo.

Esa tarde como a la una, el doctor Freile Zaldumbide, en sesión de Gabinete, reiteró la orden del cambio de jefes militares a su ministro Navarro, quien lejos de cumplirla concurrió nuevamente donde Plaza. El gobierno fue avisado y Freile llamó a Andrade para que pusiera orden.

A las dos llegó Andrade, que acababa de almorzar con su esposa Elisa Thomas y el sobrino de ésta Jorge Goetschel, hizo llamar a Navarro y a Plaza que se hallaban juntos en el domicilio de este último.

En Palacio los esperaba Freile con sus ministros Intriago, Tobar y Díaz. Plaza se retrasó ex profeso ‘y llegó cuando Freile y Navarro discutían sobre la trillada orden de separación de los tres jefes militares. Son jefes dignos! no hay que desautorizarlos, gritó el recién llegado al Encargado Freile, tratando de impresionar a los asistentes. Freile: No quiero que se les desaire, sólo que se los coloque por poco tiempo en otros destinos. Plaza: Yo soy el Comandante en Jefe. Freile: Yo el presidente y debo guardar la seguridad de República y la nuestra. Andrade: de pie (mide casi dos metros), dirigiéndose Plaza que está sentado: Ese no es el modo de hablar al Presidente de la República. Fíjese que usted viene creando esta situación Si usted fuera digno (como yo, se entiende, porque Andrade al aceptar la candidatura presidencial había renunciado la Comandancia General del Ejército que venía ejerciendo conjuntamente con Plaza) habría renunciado como yo para no presionar a los subalternos aprovechándose del cargo. Plaza parándose (mide lo mismo que Andrade) No es usted quien, para darme lecciones de dignidad. Ya sabré cuando renuncio. Andrade le replicó: ¿Quiere usted más sangre que la últimamente derramada? Aquí está la mía, usted es el que hace la revolución. Usted va a ser causa de otra matanza (frase profética, porque moriría horas después). Usted, mientras yo viva, jamás será presidente ¿Que ha hecho usted por el país? ¿Qué derechos tiene o alega para pretender imponernos su nombre? Si se ha triunfado en Huigra y en Yaguachi se debe al gobierno, se debe al ejército, se debe a mí … y si entre los militares alguien tiene derecho a la presidencia, soy yo (aludiendo a su valor en ambas acciones militares en que Plaza no intervino por ser Jefe del Estado Mayor, quedándose a buen recaudo detrás de las líneas de fuego)

Plaza: Me falta usted ante el Jefe del Poder Ejecutivo (recién ahora se acuerda del doctor Freile, al que vive gritando) Freile: Les suplico respeto y consideración ¡Por favor! Insisto en que se de la baja a los Comandantes Oliva y Navas, ya sabe a qué atenerse, dirigiéndose a Navarro y éste le respondió: Mejor renuncio.

Pero Freile Zaldumbide siguió indeciso y en lugar de destituir a Navarro le mandó a solicitar su renuncia. Navarro respondió: «No renuncio, que me destituya». Y Freile tuvo que hacerlo, designando en su reemplazo a Andrade, que aceptó; pero a tiempo de firmar el Decreto aceptando, dejó a un lado la pluma y dijo: «No, la falta cometida por el General Navarro no es tan grave, pido diez minutos para hablar con él». Abandonó el despacho y fue al Ministerio de Guerra y Marina donde lo halló rodeado de oficiales.

– Tengo que hablarle en reserva, de un asunto importante.

– Habla no más, que todos aquí son de confianza (con sorna)

– Esta usted destituido y he sido nombrado para esta cartera.

¡Ejem! venga, hablemos en secreto (tomándolo del brazo, llevó a Andrade al Gabinete presidencial, donde ya solos, conversaron).

– Bueno General, acepto destituir a Oliva y Navas.

– Así me gusta. General; si es así, siga Usted de Ministro, que yo no ambiciono su portafolio.

Andrade era un caballero o un tonto, porque teniendo la sartén por el mango la volvió a aflojar y dio la oportunidad a sus enemigos para que le ganaran la partida. En esos momentos las portaleras de la plaza de la Independencia, con mayor sensibilidad política atisbaron un peligro inminente y sacando a toda prisa sus caramancheles, guardaban sus barajitas y corrieron a guarecerse en sus casas, lejos del centro de la urbe, porque percibían sangre en el ambiente.

Plaza ha salido echando chispas del palacio y está en su casa, donde recibió a Navarro, quien le contó la candidez que acababa de cometer el General Andrade.

Los Ministros y el Encargado Freile Zaldumbide, por su parte, creyendo en las promesas de Navarro, celebraron jubilosos la victoria obtenida y felicitaron nuevamente a Andrade.

En eso llegó el Intendente de Policía Leopoldo Narváez y comunicó que Plaza estaba visitando los cuarteles. Andrade dijo: Síganme, mejor que mejor, yo también lo haré. Primero iremos al de la Policía. Los Ministros le acompañaron embarcados en cuatro coches y se inició el contaje final que preludió el drama.