302. Tres Historias De Guerrilleros

En 1.882 Alfaro abandonó Panamá y caleteando arribó a Esmeraldas en un barquichuelo sin brújula. Venía a preparar la Revolución contra Veintemilla, quien acababa de proclamar su dictadura.

Desde Francia y con propósitos diversos llegaron a Guayaquil tres jóvenes estudiantes. Clemente, Jorge y Carlos Concha Torres. Venían por diversas rutas dispuestos a fomentar la fortuna familiar, laborando la tierra y exportando sus frutos, como la tagua, la orchilla, el cacao, etc. Acababan de perder al padre en 1.877 y era necesario trabajar para mantener a los hermanos menores. En Guayaquil se quedaron Jorge y Carlos residiendo en la casa familiar. Clemente, el mayor, pasó a las haciendas de Esmeraldas y llegó cuando todo estaba convulsionado.

Alfaro había establecido en esa Provincia un gobierno provisorio y a pesar de encontrarse enfermo y en cama con fiebre palúdica, se daba tiempo para todo. El 20 de Julio de 1.882 lanzó un manifiesto a la Nación desenmascarando al gobierno y evitando la población Esmeraldas prosiguió su marcha hasta Portoviejo, tomó la ciudad sin resistencia, dejó una guarnición militar y volvió a Esmeraldas por la vía de San Mateo.

A las ocho de la mañana del 6 de Agosto realizó el asalto a San Mateo. Clemente Concha, que hablaba tan bien el francés como el español y conocía París como sus haciendas, estaba con él. Se combatió con violencia y crueldad, hubo bajas en ambos bandos. Las fuerzas del gobierno estaban atrincheradas y eran muy difíciles de derrotar. A las diez se decidió la acción contra los revolucionarios que retrocedieron para escapar. Alfaro sufrió enormes penalidades pero llegó a Colombia por las selvas de Barbacoas; su secretario Miguel Valverde sucumbió por las enfermedades y fue tomado prisionero en la huida. Lo trasladaron a los calabozos del Cuartel de Artillería en Guayaquil y allí permaneció hasta que una madrugada, la del 8 de Noviembre de 1.882, sufrió la visita del dictador ebrio, quien le ordenó retractarse en público de todos sus escritos. Como la respuesta fue negativa, le cacheteó y escupió ordenando ochocientos palos y se los administraron sin perdonar uno sólo. ¡Demás está que el lector imagine cómo quedó el pobre periodista después de tamaña golpiza!

Pero veamos qué había ocurrido con el guerrillero de diecinueve años de edad que había colaborado en el ataque alfarista.

En la primera carga que fue de caballería, el valiente Clemente Concha atacó de frente al enemigo montando un rápido caballo con el que pensaba “volar” sobre las trincheras; pero quiso el destino que al acercarse a ellas las esquirlas metálicas de una bala de cañón le atravesara ambas piernas, tumbándolo dentro de la trinchera enemiga donde lo recogió un peón de raza negra llamado Pío Quinto, que armado de un machete hizo tres violentas entradas y logró ahuyentar a los soldados gobiernistas.

Conducido a la hacienda La Propicia porque la ciudad de Esmeraldas continuaba ocupada por el gobierno, no pudo atenderlo ningún facultativo a pesar de los intensos dolores que sufría y pasaron dos largos días hasta que el 9 de Agosto finalmente fue llevado a Esmeraldas, donde residía provisionalmente el doctor César Borja Lavayen, médico pero no cirujano, que ordenó la amputación de ambos miembros inferiores pues había comenzado la gangrena.

No se contaba con instrumentos especiales de cirugía sino únicamente con un vulgar serrucho de carpintero de los que todos conocemos. Concha fue acostado en una camilla de campaña y solicitó un cigarrillo para fumarlo despacio, en grandes bocanadas, mientras impávido observaba cómo el galeno sudando la gota gorda le serruchaba ambas piernas a la altura de las rodillas. Dos horas duró la carnicería pero no se escuchó un solo lamento, ni un quejido siquiera. Los presentes estaban asombrados de tal despliegue de valor. Luego de suturar los muñones el herido sufrió un síncope cardíaco provocado por la pérdida de sangre durante la intervención y expiró. Borja Lavayen describió este episodio en su libro «Flores tardías y Joyas ajenas» publicado en Quito en 1.909.

DESQUITE NO ES VENGANZA

Ocurrido estos lamentables sucesos con los que la Patria lloró, su hermano Luis Vargas Torres, comerciante esmeraldeño residente en Guayaquil y copropietario de la acreditada casa comercial «Avellaneda y Vargas Torres», abandonó el suelo ecuatoriano y enfiló la nave de su destino hacia Panamá, donde residía temporalmente Alfaro, reponiendo fuerzas para volver al ataque. Dejemos que él nos cuente el suceso:

«Durante la segunda quincena de Noviembre (1882) se presentó el joven Luis Vargas Torres procedente de Guayaquil y me ofreció sus servicios personales y ALGUNOS MILES DE PESOS que había traído para comprar armamento y abrir operaciones sobre Esmeraldas. Traté de inclinar su ánimo en el sentido de que uniera sus recursos a los que debían venir de Quito, pero no logré mi objetivo. Convencido entonces, que mi apoyo era indispensable para que la empresa del patriota Vargas Torres no fracasara en su origen, tuve que tomar parte en la combinación. Vargas Torres salió de aquí el 27 de Noviembre de 1.882 con el Coronel Pallares, que acababa de llegar del Carchi y el armamento que constaba de unos doscientos rifles con sus respectivas municiones fue conducido en un buque de vela por mi hermano Medardo y los señores José Gabriel Moncayo, Manuel Ramírez, José Soto y el Cap. Suárez, que desempeñaba las funciones de piloto».

El 6 de Enero de 1.883 entraba triunfante Vargas Torres en Esmeraldas y se abrían nuevos horizontes al país. La campaña definitiva contra la dictadura de Veintemilla había comenzado. Alfaro fue invitado a venir al Ecuador y a su llegada a Esmeraldas organizó el gabinete con las siguientes personas: En Gobierno Manuel Semblantes; en Hacienda Federico Proaño y en Guerra Víctor Proaño.

Ese invierno una oleada alfarista avanzó poco a poco hacia el sur pues Guayaquil era su destino final. Febrero y Marzo lo ocuparon en tomar Manabí, ciudad por ciudad, cerro por cerro, siempre adelante. El 15 de abril entraron en Daule, el 28 pasaron por Pascuales y el 29 sentaron sus reales en las zonas bajas de la hacienda Mapasingue. Eran mil doscientos hombres armados de fusiles Manglicher, carabinas de repetición y machete al cinto. Un airoso «jipijapa» les cubre y protege del inclemente Sol tropical y la cotona pasea donosa hablando de machismo criollo, en tanto que los gobiernistas ocupan las alturas del Santa Ana y el Carmen protegiendo a la ciudad por el norte, pero muertos de miedo.

El 9 de Julio se realizó el ataque por dos puntos: 1) El puente sobre el Estero Salado y 2) La llanura de Mapasingue por el lado del Manicomio. Horas después la vanguardia liberal tomó los cerros y las trincheras del Salado se rindieron. Entonces entraron las fuerzas combinadas de los Generales Alfaro y Sarasti, que acababa de llegar proveniente de Quito. Veintemilla había huido despavorido, salvándose ed caer prisionero, de milagro.

FUSILAMIENTO DE VARGAS TORRES

Luis Vargas Torres era hermano de madre de los Concha Torres, pudiendo afirmarse sin temor a equivocaciones que fue la trágica muerte de Clemente que lo impulsó a la acción; mas, en el Congreso del 84, los liberales fueron derrotados por la mayoría de diputados conservadores y subió al poder Plácido Caamaño. Su período presidencial se vio agitado por la revolución de los Chapules en 1.885 que sofocó a bala. Cuatro años detentó el poder, desde 1.884 a 1.888, habiéndole correspondido enfrentar a sangre y fuego a los guerrilleros liberales. Pero eran dos polos opuestos porque Alfaro, Montalvo, Proaño, Semblantes,  Valverde y tantos otros pensaban en Voltaire, Rousseau, Marat y Demoulin, y los conservadores como Caamaño no veían más allá de Napoleón el pequeño. La diferencia radicaba en ese punto de vista.

I Luis Vargas Torres cayó fusilado en Cuenca la mañana del 20 de Marzo de 1.887 luchando contra el régimen de Caamaño. Murió en su ley, mirando de frente al peligro y dejando muy en alto el prestigio que gozaba; pero alguien estuvo a su lado acompañándole hasta el final. Era un ser muy querido, su hermano Jorge, el joven venido de París. El no era político como sus hermanos pues prefería la vida muelle del puerto a los avatares de las selvas, el ayuno en el destierro y la rabia de matar.

TRAGEDIA DE JORGE CONCHA

Durante dos semanas planificó en Cuenca la fuga de su hermano preso y hasta había conseguido sobornar a los guardianes carceleros; mas llegado el momento, tras esca<par a media noche por la puerta del presidio y estando a media cuadra de ese lugar, al momento de tomar un caballo y huir a Guayaquil, Vargas Torres regresó a su celda al enterarse que no podía abandonar a sus compañeros de prisión.

El gobierno conoció la actuación de Jorge Concha y ordenó su prisión. De Cuenca lo trajeron a Guayaquil por vía fluvial,  una escolta lo condujo a Babahoyo. Su madre Delfina Torres de Concha, se hizo acompañar de sus hijas Teresa y Delfina hasta dicho puerto, despidiendo allí al detenido, que siguió viaje a la capital. Al pasar por el páramo de Tíopullo, a tres mil metros de altura, cerca de la población de Machachi, llovió copiosamente, llegando completamente mojado y con fuertes calenturas. La oportuna intervención del abogado de la familia doctor Antonio Gómez de la Torre pudo salvarle de una prisión prolongada y consiguió que le asignaran la ciudad, pasando a residir en casa del citado jurisconsulto, donde sintió cada día con mayor insistencia que un ardor de fuego le invadía la garganta. Tenía una infección declarada, bajó a Guayaquil y fue atendido por el doctor Fernando García Drouet, que acababa de retornar de Europa y gozaba de mucho prestigio, quien le practicó tocaciones con sustancias químicas que le provocaron llagas y a la postre, la pérdida casi total de la voz.

Desde Marzo de 1.887 hasta el 5 de Diciembre de 1.889 duró el suplicio del joven. Día á día perdiendo peso. Era un cáncer declarado el que tenía, así opinaban los médicos. Pero esa mañana, asomado tristemente a la ventana que daba al Callejón Gutiérrez en el antiguo barrio del Conchero,  vio entrar el vapor del sur y brotó en su mente una brillante idea, viajaría al Perú a ver si allí lo curaban. El barco regresaba al Callao al día siguiente y él iría allí.

Entonces llamó a su madre con algunas palmadas porque no podía hablar con facilidad y teniéndola a su lado le dice ¡Mamá, me voy a Lima a curar, que todos preparen viaje porque no quiero irme solo! La madre, madre al fin, comprendiendo que este hijo también se le moría, llamó de inmediato a Carlos (el tercero de los tres mayores) y le ordenó que comprara pasaje para toda la familia, que al día siguiente partían. I así ocurrió. El 18 de Diciembre de 1.889 se embarcaron las siguientes personas; Delfina Torres viuda de Concha, sus hijos: Jorge (el enfermo) Carlos, José María, Esther, María, Teresa y Delfina Concha Torres; José Mosquera (muchacho que hacía mandados en la casa) y Juana la doméstica cocinera. No nos debe extrañar que viajaran tantos porque era la época en que se iba a París cargando hasta los colchones. Los pasajes eran baratos y no se habían inventado los pasaportes ni las visas para la gente común, diferente el caso de los presidentes, diplomáticos, gente de gobierno que requerían de ellos.

El 23 y después de cinco días de viaje llegaron al Callao, enseguida se trasladaron a Lima y tomaron alojamiento en el Hotel Maury. Se llamó al doctor Ricardo Flores, eminente galeno que después llegó a Guayaquil desterrado por político, quien diagnosticó el caso como perdido y aconsejó que alquilaran una vivienda hasta el fallecimiento del enfermo ¡Tan grave estaba!

Se alquiló un gran caserón situado en la calle de las Animitas, tan antiguo y señorial como los castillos del medioevo europeo, lo malo es que estaba sin muebles porque sus propietarios los señores de la Riva Agüero, que lo heredaron de sus mayores los Sánchez Boquete y Román de Aulestia, marqueses de Montealegre de Aulestia, habían tomado el fino mobiliario para mejor adorno de sus moradas, dejando la casona limpia y pelada como pepa de guaba.

I pasaron catorce días y una mañana. Domingo 6 de Enero de 1.890, entrando doña Delfina a la pieza del enfermo, oyó que éste la llamaba diciendo ¡No se vaya, quédese aquí! Fueron sus últimas palabras porque falleció a poco. Al día siguiente fue el entierro en el Cementerio Presbítero Maestro y acto seguido el regreso, penoso y desesperanzado.

Querido lector, no pidas la continuación de esta historia porque como en los cuentos de las mil y una noches aquí me quedo, reservando para el futuro la historia del cuarto hermano guerrillero Carlos Concha.