273. Costumbres del Ayer

A las cuatro de la mañana las campanas alzaban el vuelo en los templos del Guayaquil de antaño llamando a «Misa de Madrugada». Media hora después las iglesias se llenaban de lavanderas, cocineras, personas pobres que solo tenían ropa ordinaria, señoras de rango con compromisos ilegítimos o madres solteras, en fin, todo cristiano que no deseaba ser visto, concurría a esta temprana hora. Con el tiempo y ya por 1.860 se generalizó la costumbre y era de postín madrugar, dando a los ladrones la oportunidad de saquear los domicilios, que quedaban a oscuras y desiertos,  porque el alba despunta a las seis.

Después de misa era de verlas cómo se repartían en diversos domicilios de parientes o amigas para desayunar los sabrosos «Chiricanos» de maíz y azúcar; las tortillas de sal y algunas tazas de café «Piscano» en leche, con la consabida palanqueta, mollete, rosquete o tostada con mantequilla del Morro traída a lomo de burro o en balandra desde la Península de Santa Elena.

LAS FAMOSAS GRANJERIAS

A golpe de siete de la mañana ya no quedaba una señora en la calle, pues habían regresado a sus casas a preparar exóticas pero útiles «granjerías». Esta cosía ropa para los niños, la otra zurcía con singular maestría, la de acá bordaba en seda varios motivos europeos llegados de París. No faltaba la que cocinaba pan de la vida o Guatemala que hay que dejarlo leudar siquiera tres días para que crezca a punto; otra preparaba «Gollerías» como se conoce al maíz de guinea, pastelillos, empanadas, hayacas, champús, limones claveteados, dulces secos y de almíbar, chicha de jora, dulces azucarados de figuritas, caramelos, colaciones de nuez o de almendra, mazamorras, natillas, arroz con leche, manjar blanco, mermeladas de frutas diversas, bizcochos nevados, madalenas, dulces secos, prestiños,  bocadillos, alfajores, bizcochuelos nevados, cajetas de manjar, el Come y Calla, las revoluciones, el Chancay, el de yema, el de seda,  el de huevo, los molletes,  y otras granjerías de múltiples sabores.

También era granjería de fama la confección de flores de papel y tela para adorno de interiores, de vestidos y tocados del cabello. Las muñecas de trapo en ocasiones constituían quehaceres de toda noble matrona. A nadie se le ocurría visitar entre las horas de la mañana, eso era mal visto y constituía una interrupción.

OCUPACIONES SOCIALES DE ANTAÑO

La visita de etiqueta se recibía en la sala y si era de confianza en «la cuadra», como se conocía el cuarto de estar ubicado a la entrada. Comenzaban las visitas a las siete de la noche y no duraban más de hora y media; a las nueve todo el mundo se recogía a dormir. Las damas salían con sus hijas mayores y una criada. Los caballeros solos o con las señoras. En «la Cuadra» había una hamaca grande y central para dos señoras, la de casa y la que visitaba y a los lados tres o cuatro hamacas pequeñas y de pared, para el resto de la concurrencia. Los muebles eran de mimbre o esterilla y el corredor de acceso les prestaba mayor confianza.

Al terminar la visita eran clásicas las tres despedidas guayaquileñas, consistentes en muchos saludos de parte y parte, una charla final al pie de la hamaca, que finalmente se prolongaba en la entrada y terminaba en la puerta, esa era la costumbre. Despedirse sin estas tres últimas conversaciones era muy mal visto por todos. Si el que abandonaba la casa era un caballero, la «niña» menor de la familia visitada corría al interior y salía con un frasco de cristal con alguna esencia y rociaba el pañuelo o la solapa del terno del caballero.

JERARQUIAS SOCIALES EN LAS IGLESIAS

Antaño fueron escasos los templos de bancas pues en la mayoría los feligreses se aguantaban de pie hasta el final. Desde 1.650 fue usual que las damas pudientes hicieran cargar a la servidumbre doméstica unas alfombras serranas pesadas y feas que extendían dentro de la iglesia a sus pies para mayor comodidad.

Con el romanticismo imperante en Europa desapareció esta costumbre  hacia 1.840 y de la democrática Francia de Luis Felipe I (de Orleans) llamado por eso mismo  el “El Rey Ciudadano,” nos llegó una moda nueva pues se cambiaron las antiguas y pesadas  alfombras serranas por unas bellas alfombritas, de colores, con flecos y muy livianas, confeccionadas en seda, que el caballero acompañante llevaba sobre el brazo izquierdo, doblada y con delicadeza. La cristiana señora tomaba el brazo derecho de él y se resguardaba del sol bajo la sombrilla que éste mantenía abierta.

Hacia 1.890 los reclinatorios se popularizaron y salieron novedosos modelos que se doblaban en dos y cuatro partes, formando unas cajitas mínimas. Los había de paja, esterilla, madera y bronce; sin embargo, ya eran muchas las señoras que tomaban asiento en las bancas junto a los hombres, cosa que escandalizó al principio pues se tuvo por algo descarado, casi pecaminoso, pero que después se volvió algo normal.

FESTEJOS CLASICOS EN LA CIUDAD

El gusto por las corridas de toros solo disminuyó a mediados del pasado siglo porque en la colonia fueron pan de toda boda y no había motivo de alegría que escapara de esa celebración. Casi siempre se lidiaban los toros en la plaza de la Iglesia Matriz, hoy Catedral, donde se levantaban «Barreras» y un «templador» para favorecer a los nóveles toreros y a las «mojigas» perseguidas. Se conocía con este nombre a los disfrazados con ropas chocantes y de colores que saltaban al ruedo a distraer al animal con arriesgadas piruetas y maromas. Esos peligros eran cosa natural y sabida en las corridas de toros celebradas antaño que eran anunciaba con «el encierro» por las principales calles de Guayaquil con saldo de heridos y contusos.

La más famosa «Mojiga» de antaño se celebró en Cuenca en presencia de uno de los Académicos franceses venidos en la Misión Geodésica para medir un arco del cuadrante del meridiano terrestre. El 29 de agosto de 1.737 se efectuó la primera corrida de varias programadas para cinco días y el Cirujano Juan Seniergues asistió a un palco con su amante Manuelita Quesada, cuencana que también mantenía amores con el noble Diego León y Román. Iniciados los festejos, el padre de la Quesada corrió al ruedo fingiendo trenzarse en duelo a espada con otro enmascarado, en medio de las chanzas de los presentes que sabían que todo era ficción y burla; sin embargo, Seniergues, creyendo que en verdad se trataba de un combate, saltó la barrera, auxilió a su casi suegro y sacó en fuga al adversario.

Un hombre del pueblo llamado Manuel Velasco, mejor conocido como «Alcurruco» o «Perro – Viejo”  le dio una pedrada en la mano y otros lo hirieron sin misericordia al grito de: «Viva el Rey», «Abajo el mal gobierno» y «Mueran los gabachos» en protesta contra la actitud de Seniergues, así como por la privanza que le dispensaba Matías Dávila y Orduña, Corregidor de Cuenca.

El científico fue trasladado a la casa de su compañero Charles de La Condamine y luego de recibir los últimos sacramentos expiró tres días después en medio de sufrimientos.

En otras ocasiones se aumentaba la distracción colocando muñecos de trapo de gran tamaño llamados «porfiados», para que los embistieran los toros. La banda de música de algún batallón colaboraba con un «despeje» ejecutado por personas que corrían formando letreros con mixturas de papel picado o flores.

Por la noche eran las «vacas locas» y los «toros embobados» donde los quemados abundaban y los enamorados abusaban de la oscuridad con besitos y abrazos de subidos tonos pues a los animales se les colocaban estopas mojadas en alquitrán que al ser encendidas enloquecían a las bestias que corrían como locas entre la nutrida concurrencia y la gracia consistía en evitar las arremetidas de los pobres animales.

CARRERAS  A  PIE  Y  A  CABALLO

Todos los años los mayordomos de muchas haciendas se citaban en el malecón de Guayaquil durante la semana del 9 de Octubre para realizar carreras en briosos corceles que preparaban con esmero. Apostaban una caja de  vino, un almuerzo para seis personas, un billete de a cinco sucres o un cóndor de oro. Hacia 1.860 casi siempre ganaba el Mayordomo de «Cacharí», hacienda de Agustín Barreiro, cercana a Babahoyo, y cuentan que llegó a tener hasta veinte caballos corredores de muy buena sangre.

Del Presidente Plácido Caamaño se refiere que siendo joven, allá por 1.862, durante el verano y en noche de luna, desafió a un conocido profesor primario de apellido Antepara (primo de los Terranova Antepara y de la rama familiar afincada en sus tierras de Chongón) a correr «de a pie» por el malecón de la ría, desde la casa de Gregorio Pareja al sur hasta la de Luisa Sono viuda de Reina situada en el norte. La apuesta pactada fue una caja de vino francés importado, que no era poca cosa en esos días, designándose un juez de partida y otro de llegada, cuatro cuadras adelante.

El público numeroso también jugó suertes y entre los presentes se cruzaron apuestas y no faltaban las señoritas que aplaudían desde las ventanas. Se dio la partida con un tiro de revólver y ambos corrieron iguales las dos primeras cuadras, tomando ventaja el profesor en la tercera, siendo igualado a pocos metros de la llegada por su contrincante, que faltando escasos dos metros y de un enorme salto ganó la prueba, poniendo sus pies en la señal marcada, al mismo tiempo que exclamaba: “Ganó Caamaño».. Trampa, trampa…. gritó el contrincante, medio asfixiado del esfuerzo y las cosas hubieran pasado a mayores y quizá hasta se habría lamentado incidentes si el juez de llegada no hubiera favorecido al pedagogo, por haber arribado igual que el joven Plácido, a pesar de ser jorobado de doble jiba y por supuesto, el hazmerreír de la prueba.

DANZAS Y CONTRADANZAS

Hacia 1.850 en Guayaquil se almorzaba a las nueve o diez de la mañana y merendaba a las cinco de la tarde. Los bailes se realizaban en casas particulares y plazas públicas pero el populacho se divertía a su manera al interior de las covachas, sobre todo las que eran de tres patios, con bailes denominados de medio pelo y arroz quebrado (era el arroz más barato)  y como no existían salones o restaurantes los pobres concurrían  las fondas de los primeros chinos llegados a la urbe situadas en los bajos de la Municipalidad y con frente a la Plaza del Mercado, popularísimas por el “arrofrito” y por eso eran las que hacían más ventas de comidas preparadas. En la actual calle Elizalde había otras dos fondas propiedad de guayaquileños donde se vendía comidas y también se podían  hospedar los viajeros en tránsito. Por el Conchero, desde 1.910 denominado barrio Villamil, funcionaban algunas de peor gusto y fama, atendidas por los balseros de la ría, casi siempre contrabandistas o enemistados con la ley por algún crimen.

«El café de la Democracia» fundado en los bajos de la casa de José Gabriel Peña era famoso por el café que vendía, servido por un chino de nombre Antonio, que tenía una fórmula mágica para prepararlo. El «Café de la Santa Rosa» y la «Balsa de Olivo» fueron sitios típicos de expendio de bebidas alcohólicas, alimenticias y venta de café; era usual que cuando se retiraban en canoa hacia la orilla del malecón, los clientes de la balsa de Olivo,  le griten a su propietario:

En el fondo de la mar

suspiraba una guatusa

y en sus suspiros decía

Olivo café de tusa.

Y el buen hombre, oyendo tamaña mentira, salía al borde de la balsa gritando a su vez lo siguiente:

En el fondo de la mar

suspiraba un peje bagre

y en sus suspiros decía

Anda grítale a tu madre.

 En este Café, ubicado en la ría y frente a la vieja Tahona, fue célebre un español medio loco llamado Buenaventura Rambaud, cuya especialidad era recitar siempre el mismo verso luego de beberse una tacita de café:

De la imprenta los sellos

de las tiendas los cambray,

de los clérigos los cuellos . . .

es difícil dar con ellos

pero, que los hay, los hay

«¿Qué los hay, señor Rambaud?» le preguntaba algún curioso, «Tontos, que me obsequien una taza de café». I se retiraba sonreido por tan feliz ocurrencia. El populacho, siempre imaginativo creyó ver en el origen de su demencia una desilusión amorosa, por cuanto una rica señorita, heredera de valiosas huertas de cacao, le había negado su mano años atrás.

CONCURSOS DE VIRTUD Y LUEGO DE BELLEZA

Antaño se hacían Concursos de Virtud entre las señoritas porteñas más distinguidas por sus prendas personales y alta moralidad. El primero que recuerda nuestra historia local ocurrió en 1.825 con ocasión de la llegada del Libertador Simón Bolívar tras su exitosa campaña en el Perú. En esa fecha se seleccionaron tres hermosas guayacas que vistieron de amarillo, azul y rojo respectivamente en honor al tricolor colombiano: María Plaza del Campo, María de los Angeles Rico y Rocafuerte, después señora del Prócer de la Independencia General Tomás Carlos Wright, y Carmen Calderón Garaycoa,

La primera murió centenaria y soltera en 1.904; la segunda falleció con numerosa prole aunque joven y la última, sin haber tomado estado civil en Lima, de mediana edad. Mala suerte de las tres.

Se sabe que Mariquita Plaza le espetó a Bolívar los siguientes versos posiblemente de Olmedo, luego de coronarlo con flores:

Cuando de Guayaquil, señor, marchaste

Este pueblo de luto se vistió

de pesares, señor, nos inundaste;

las flores con tu ausencia, marchitaste

y el astro de luz se oscureció.

Has vuelto ¡Qué feliz es este día!

Renace el pueblo, vuelve la alegría.

Bolívar contestó: «una diosa de Colombia me acaba de coronar y de sus manos recibo la enseña que fue el culto de mi vida». A María de los Angeles Rico le dijo: «Me estremezco al ver que un ángel corone a un hombre» y a Carmencita Calderón: «De todas las glorias que me ha concedido 1a fortuna, la que más me abruma y enorgullece es la de haber sido coronado por tres ángeles del Guayas».

En 1.907 el Concejo Cantonal eligió «Reina del Pueblo» a María Esther Lara, por su virtud, pobreza y honestidad, premiándola con honores y dinero. En 1.919 fue electa Reina de Guayaquil Susana Arosemena Coronel, que casaría con Vicente  Santistevan, y con motivo del centenario del 9 de Octubre en 1.920 fue electa María Mercedes Ycaza Pareja que casaría con Francisco Illescas Barreiro.

En 1.930 El Telégrafo organizó el I Concurso Nacional de Belleza participando señoritas de casi todas las provincias del país. De finalistas quedaron las cuatro señoritas Guayas: Blanche la Rose Yoder Campi, Adalgisa Descalzi Gallinar, mi mamá María Pimentel Yépes y Sara Chacón que ganó el título y viajó a disputar el cetro mundial de la belleza en Long Beach y dicen que no ganó Sarita de Guayaquil porque no hablaba en inglés, triunfando la panameña que era un as en el dominio de ese idioma que lo había aprendido desde chica en la zona del Canal con sus amiguitas las gringas. I desde ese año han sido tantos los concursos, que enumerarlos sería crónica de muchos días.