123. Costumbres de antaño, el acta abierta

Una ruidosa salva de veinte y un cañonazos anunciaba a finales del siglo XIX la llegada del 9 de octubre. A las 10 de la mañana izaban el pabellón nacional en la Gobernación al son del himno patrio cantado por las educandas del Colegio de los Sagrados Corazones, que lucían anchos vestidos de zaraza blanca y en el pecho terciado a la derecha el tricolor ecuatoriano.

A las 11 era el Te Deum, luego el Cabildo encabezaba el desfile por las principales calles, saliendo de la Catedral hasta el Malecón y por esta hacia 9 de Octubre donde terminaba. Por la tarde circulaban góndolas adornadas de flores y bellas damitas del Guayas; los edificios públicos y buques mercantes y de guerra surtos en la ría se embanderaban e iluminaban de noche, ofreciendo un espléndido espectáculo.

En las calles ser levantaban palos encebados, cucañas y castillos de fuego y de frutas hacían las delicias de los rapazuelos, se corrían jolgorios y vacas locas, toros de Baba y los ya achacosos y ancianos próceres eran visitados y recordados en sus casas por sendas delegaciones del Concejo, que portando Acuerdos y regalos les alegraban sus últimos años de vida. El coronel Baltazar García vivía en el Astillero, el Teniente Coronel José Felipe Letamendi cerca de la Merced y el Teniente Juan José de Antepara en Chanduy, hasta donde viajaba anualmente la comisión.

Se acostumbraba visitarlos con un toque de corneta y un tambor militar, para llamar la atención del vecindario; luego el comisionado, portador de la bandera octubrina, la tremolaba en ambas direcciones frente al anciano, que lloraba de emoción y patriotismo en medio de familiares y amigos. Esas escenas eran realmente magníficas y muy edificantes, hasta que bien entradito el siglo terminaron por caer en desuso; quizá a la muerte del último prócer octubrino que bien pudo ser García o Letamendi.

 EL ACTA ABIERTA DE LA INDEPENDENCIA

Y como tratamos de próceres, viene al pelo indicar que el 9 de Octubre de 1820, después que los señores del Cabildo y las autoridades del lugar firmaron el Acta de la Independencia; el Secretario José Ramón de Arrieta extendió varias hojas de papel «sobre la mesa del despacho para que continúen firmando los siguientes patriotas» (sic.) asistentes a la sesión, que tenía lugar en el piso alto del viejo edificio del Cabildo con frente al río y son:

Carlos Acevedo

Teniente Hilario Álvarez

Bernardo Alzúa y Lamar

Manuel José de Amador y Sotomayor

José de Antepara y Arenaza

Juan José de Antepara Bejarano

José Arellano

Fernando Ayarza, que en 1.859 fue mandado a azotar por Gabriel García Moreno.

Jacinto Bejarano Lavayen

Juan Francisco Benites Franco

Luis Benites y Franco

Juan María Bernal. Médico

José Boú

José María Caicedo

Abdón Calderón Garaicoa

Carlos Calisto

José Camargo

Francisco Camba

José Carbo Unzueta

Miguel Carretero

Francisco Casanova Plaza

Manuel Víctor Ceballos

José Congo, patriota de raza negra

José Cruz Correa, Periodista

El R.P. Miguel Cumplido, mercedario

Capitán Antonio de Elizalde Lamar

Teniente Coronel Gregorio Escobedo

Vicente de Espantoso y Avellán

José María Fajardo

Manuel José Fajardo. Autor de una de las tres versiones que existen sobre la Revolución.

Teniente Antonio Farfán

Teniente León de Febres Cordero Oberto

Juan Ferruzola Paredes

Agustín Franco

Manuel Ignacio Fuentes

José Garaicoa Llaguno

Lorenzo de Garaicoa Llaguno

Sargento Mayor Baltazar García Sánchez

José Pío Gutiérrez

José Hilario Indaburu

Teniente Coronel Rafael Jimena Larrabeitia

Manuel de Lara y Ponce

Agustín Lavayen

Francisco de Paula Lavayen

Gabriel Lavayen

Manuel Lavayen

Miguel Lavayen

Miguel de Letamendi

Capitán Manuel Loro

José Joaquín Loboguerrero

Francisco Luzcando Bernal

Locadio Llona y Rivera

Manuel de Llona y Rivera

Diego Manrique

Domingo Manrique

José Mariscal

Manuel Mármol

Guillermo Merino y Ortega

Pablo Merino y Ortega

Rafael Merino y Ortega

Juan de Dios Molina

Ramón Moncayo

Pedro Morlás, Tesorero de las Reales Cajas

Manuel Murillo y Ruiz

Sargento Primero Damián Nájar Ceballos

Diego Noboa Arteta

José Oyarvide

Ramón Pacheco

Juan Padilla

Anselmo de la Parra

Sargento Primero Isidro Pavón

José Francisco Peña y Lazo

José María Peña

Juan Pérez

Mariano Pérez de la Rúa

Manuel Ponce de León

José Antonio Rodavega

Ciriaco Robles García

Francisco María Roca Rodríguez

Vicente Ramón Roca Rodríguez

Pedro José  Roca Rodríguez

José Ribas

Ignacio Ribera

Justo Ribera

Ramón Sobenes

José María Sámper

Ambrosio Sánchez

Narciso Sánchez

Estos son los verdaderos próceres de la Independencia de Guayaquil, no los que firmaron obligados el Acta de la Independencia ese mismo día, por ser miembros del Cabildo, formado en su mayor parte por autoridades realistas.

Para la procesión de Corpus Christi, la más solemne de la cristiandad, era obligatorio que los dueños de casa saquen al balcón las frazadas, colchas o alfombras más chillonas que poseían, para que sirvieran de adorno.

El Domingo de Ramos y desde la antigua Iglesia Matriz salía una solemne procesión portando palmas y gritando vivas a Cristo, que cabalgaba sobre un burrito rememorando la entrada en Jerusalén. La mayor parte de los fieles se manifestaban en público deteniendo el paso del pollino para darle pan de dulce y tortas, suponiéndole con hambre. El pobre burro, al término de la procesión, sino quedaba empachado era por milagro divino, de tanto que le habían dado de comer.

         LOS COMPADRAZGOS DE PAPELITO

Esta pueblerina costumbre posiblemente venida de España donde fueron usuales los juegos de prendas y de memoria,  se practicó  en nuestra ciudad hasta la década de 1.930 y podría ser considerada “una manifestación sutil de una excusa para establecer vínculos de amistad y acercamiento social.” También fue usada para insinuar sentimientos románticos y/o amorosos como rasgo de sincera simpatía. Entonces los compadrazgos eran cosas seria aunque solo fueran artificiales pues entrañaban responsabilidades de varios órdenes. Consistía en un presente que se enviaba a algún vecino, pariente o amigo cercano. El obsequio podía ser cualquier cosa, aunque se preferían los dulces.  La  doméstica de la casa colocaba sobre una bandeja de plata una fuente de porcelana con una generosa porción del dulce escogido, casi siempre un manjar blanco o de coco, unas yemas acarameladas, unas galletas de las conocidas como madalenas, unos suspiros, unos bizcochuelos,  una délfica de manzana, una conserva de pechiche o algún almíbar como la de higos que  prepararse en miel de azúcar o de panela, también confitados o  rellenos de manjar, etc.

Si  a quien se quería agradar era de mucho copete, el regalo se volvía mayor todavía: una Carlota Rusa, un Pío Nono, una Princesa de Angulema y qué se yo cuanto personaje real hubiere prestado sus nombres y títulos para bautizar platillos dulces de la cocina francesa que arribó a Guayaquil con las monjas profesoras del Colegio de los Sagrados Corazones que se quemó para el Incendio Grande en 1.896.

El cariñito se adornaba con flores y tapaba con una inmaculada servilleta de papel cometa y de color, picado en los costado, adornado en su centro de una fina tarjetita o un papelito ológrafo o impreso, con el cariñoso versito alusivo al nuevo parentesco. Por encima se cubría todo con un inmaculado pañuelo de seda  para darle un ligero aire de misterio. I aunque casi siempre el obsequio consistía en cosas dulces al paladar,  también se acostumbraba enviar prendas de vestir, frasquitos de agua de  colonia y hasta alhajas.

El aludido desocupaba el charol de plata, lo devolvía soltando una peseta o dos a la mucama y agregaba: “Dígale a la señorita… que acepto muy gustoso su fino obsequio y que ha tenido una mala elección” cerrando la puerta al mismo tiempo, no sin antes sonreír repetidas veces. En seguida se llevaban las flores a un jarrón que colocaban al pie de la ventana para que sea visible desde fuera, ponían el dulce en el guarda frío – todavía no arribaban las primeras refrigeradoras marca Frigidaire –  y al cabo de pocos días devolvían la fuente con algún presente para que la comadrita no lo olvide. En la sierra, en cambio, se acostumbraba enviar canastas de frutas o “Agrados” con alguna gallinita y huevitos de complemento.

Estos compadrazgos de papelito sólo podían realizarse entre el 25 de Diciembre y el Domingo de Carnaval, ni antes ni después, terminando la costumbre porque se prestaba a muchos abusos, ya que no faltaron personas interesadas que se compadreaban de a papelito con gentes ricas o poderosas, sólo para salir de apuros económicos y ganar en el cambio.

Veamos unos versos de papelito, de los que se vendían en las antiguas imprentas y aunque de vez en cuando eran escritos por personajes de buena pluma, siempre debían contener párrafos sencillos y de humor

// Asomada en mi balcón / te vi pasar por el frente / y sentí que dulcemente / me palpitó el corazón.  // Entonces, con emoción / le conté el caso a mi madre / en presencia de mi padre / y cuando ya me escucharon / alegres me aconsejaron / que le saque de compadre // ¡Vive compadrito / contento y feliz / luciendo en el pecho / fragante jazmín. //

 //  Vivid compadrito  /  ramo de ciprés / que este regalito   /  no es por interés. // Sacado en Cuaresma / porque no se pudo / en carnestolendas.     //  Vivid comadrita / mejilla de rosa  / que entre las flores / eres la preciosa. // Vivid comadrita /  que por tus ojos verdes  / haría lo que fuera /  tan solo por verte. //

QUEMA DE AÑOS VIEJOS

Esta fiesta, que nada tiene que hacer con las otras, por su carácter profano, aún subsiste en Guayaquil con el antiguo esplendor y desde antaño se la celebraba a las 10 de la mañana, formando comparsas de 20 personas portadoras de un muñeco de trapo o «Año Viejo» y pedían dinero a los transeúntes para comprar «Mallorca» (puro de anís). Otros se vestían de negro y recorrían las calles simulando ser viudas del año hasta que a las 7 de la noche se realizaba la quema general de muñecos y todos se retiraban a dormir a sus casas, para estar listos a las 5 de la mañana del día 1o. de enero y asistir a misa de iniciación de nuevo año.

BAUTIZOS Y CONFIRMACIONES

Fueron de renombre por el boato que gastaban nuestros lejanos abuelos. Padres, padrinos e invitados celebraban el ingreso de un nuevo miembro de la fe  con singulares muestras de regocijo en la iglesia de la Parroquia y a las siete de la noche. A la salida del templo el padrino se veía acosado por una jauría de muchachos que lo molestaban al grito de “Capillo, padrino cicatero, bolsillo de candelero” para que les arroje cuartillos y medios al aire (moneditas de uno y de cinco centavos)

Llegado el momento de la reunión que por lo general se celebraba en casa de los padres estos obsequiaban limones adornados con cintas de colores, medios y clavos de olor. Los ricos repartían medallas de oro, plata o bronce, en formas de flores, animales o frutas, con inscripciones alusivas a la fecha y nombres de los padrinos y del ahijado, no faltando los obsequiosos que hasta regalaban libras esterlinas.

También se agasaja con canastas llenas de “huevos de faltriquera” envueltos en papel cometa de color blanco y pagaban el baile y la banda. A las tres de la mañana era de ley servir “Caldo de Tucos” sopa  picante y sustanciosa, preparada con gallina y verde para fortalecer a las parejas y continuar  la celebración.