270. El Guayaquil Que Se Fue En El Siglo XIX

Las casas eran con balcones o tenían  simplemente corredores con toldas de lona que se bajaban a la hora del calor y de la siesta y aunque no existían edificios especialmente llamativos, por lo general todos eran cómodos y espaciosos.

MELLET, OTRO VIAJERO CURIOSO

Mellet arribó hacia 1816 y aclaró que la arquitectura de las iglesias era algo sosa y no revelaba ningún rasgo peculiar que las distingan entre sí, aunque mencionó que son de tres pisos y sus maderas muy duras y resistentes. Las calles anchas, bien delineadas y con portales donde los peatones se guarecían del sol y las lluvias. Estos aleros estaban bien tenidos, anota Mellet y se podía caminar por Guayaquil sin ensuciarse los zapatos. Vaya con el francés cuidadoso y presumido!

Tantas son las balsas que hasta cabría opinar que funcionaba otra ciudad al lado de Guayaquil; los balseros nacen, viven y mueren en sus embarcaciones donde cocinan, comen y duermen y algunos, sólo de tarde en tarde, arriman su balsa al Malecón para visitar la urbe, realizando casi toda su vida sobre el río.

ANDRES BALEATO PUBLICA SU MONOGRAFIA EN 1.820

Este curioso autor editó una Monografía en Lima que se reprodujo en Guayaquil hacia 1887 en la Imprenta de La Nación; el trabajo se relacionaba primordialmente con la Provincia de Guayaquil y no con la ciudad, que se divide en tres barrios: Ciudad Nueva, Ciudad Vieja y Astillero, sector actualmente comprendido entre Clemente Ballén y Avenida Olmedo, el Río y la calle Chimborazo.

En la edición original consta publicado un extracto de la propuesta presentada el 23 de Febrero de 1814 por el Dr. Pedro Alcántara Bruno, Diputado de la Provincia de Guayaquil, para que la monarquía erija tres partidos y ascienda varios anexos.

Bruno pidió la creación de los partidos. 1) El de Guayaquil contendría a la ciudad propiamente dicha en cuatro escribanías y a los pueblos de Machala. Pasaje, Naranjal, Puná, Balao, Chongón, Sabana Grande, Samborondón, Yaguachi, Milagro,  Ñausa y Taura. 2) El Segundo Partido comprendería la villa de la Purísima Concepción de María con Capital en Baba, con un escribano, y los pueblos de Juana de Oro y Pueblo Viejo; la villa de San Fernando con capital Babahoyo y una escribanía, y los pueblos de Caracol y Pimocha, la Villa de San Pedro Alcántara con capital Palenque, y los pueblos de Nuevo y Viejo San Lorenzo y Balzar, la Villa de San Nicolás con capital Daule y una escribanía, y el pueblo de Santa Lucía, y 3) El Tercer Partido comprendería la Villa de San Juan con capital Jipijapa y una escribanía, y los pueblos de Canoa, Chone, Tosagua, Puerto Viejo, Pichota, Charapotó, Montecristi, Paján, Punta de Santa Elena, Colonche, Chanduy y Morro.

Los viajeros que visitaron Guayaquil en el pasado siglo se admiraban de tener ante sus ojos una ciudad tan llena de luz y movimiento.

STEVENSON SECRETARIO DEL CONDE RUIZ DE CASTILLA

Stevenson arribó en 1808 y anotó que el Malecón estaba doblemente alumbrado por luces ubicadas en los bajos y altos, procedentes de las tiendas de comercio y bodegas y de los pisos donde vivían sus dueños. Otras tenían tres hileras con entrepisos que se acostumbraban arrendar a solteros o transeúntes.

Ciudad Nueva y Vieja se daban la mano en una poética danza al vaivén de las aguas del río siempre surcado de balsas. Un puente de madera de 800 yardas de longitud que cruzaba varios esteros ponía en contacto a los pobladores de ambos barrios, extendiéndose sobre una sabana que en invierno o con altas mareas se anegaba.

El Malecón era la calle principal de Guayaquil por su comercio e importancia de sus edificios. El Hospital estaba cuidado por los Betlemitas de San Juan de Dios y las iglesias, de madera incorruptible y con techos de tejas, guardaban en sus interiores, preciosas imágenes policromadas y cuadros de santos y vírgenes fabricados en Quito y Cuenca principalmente, aunque también los habían guayaquileños.

Como curiosidades Baleato publica datos estadísticos sobre las exportaciones anuales de Guayaquil, sus precios y cantidades, así como el censo formado de orden del Gobernador Bartolomé Cucalón y Villamayor en 1808, donde consta que el Partido de Guayaquil a esta fecha tenía 13.700 habitantes y los demás, las siguientes cantidades: Puna 600; Machala 820; Santa Elena 8.286 siendo el más populoso después de Guayaquil, Naranjal 400 y Yaguachi 1.568.

BRANDIN; NOS VISITA PERO NO LE AGRADA EL ASEO DE LA URBE

Otro francés llega a Guayaquil en 1824, se trata de monsieur Brandin quien indicó al paso que las calles adyacentes al Malecón, sobre todo aquellas ubicadas cerca de la Tahona (en el barrio del Conchero) apestaban al aceite de ballena con que se alimentan los mecheros de tenue luz por las noches y a otros desperdicios con que el suelo de este sector está casi siempre cubierto, parece que eran sedimentos calcáreos (restos de conchas, ostiones, almejas, etc.)

El resto estaba bien: las calles anchas y las casas fuertes y aireadas. La calle del Comercio – hoy Pichincha – estaba a la altura de cualquier capital de Europa y el Malecón, de casi una milla de largo, era grande y cómodo.

D’ORBIGNY: SE ADMIRA DE LAS PEÑAS

Hacia 1836 otro francés visitó Guayaquil y se llenó de admiración al encontrar que en el Barrio de las Peñas, entonces pobre y retrasado, las casas fueren de cañas guadúas cortadas por el medio y los techos de hojas de banano silvestre, que al llover inundan los interiores con notable perjuicio a los propietarios, que padecen tan molesto daño.

EL GOBERNADOR ROCAFUERTE IMPULSA LA URBE

Saliendo de la Presidencia de la República Vicente Rocafuerte aceptó la Gobernación del Guayas en 1839 y dio un gran impulso a Guayaquil, inaugurando algunas obras públicas de importancia y trascendencia.

En 1841 concluyó el primer muelle fiscal con un pequeño ferrocarril y grúa, el primero que llegó al Ecuador y fue considerado como símbolo de gran riqueza y adelanto, se conectaba por rieles con las oficinas de la Aduana de la calle Pichincha y Clemente Ballen. En la esquina del Malecón y sobre la torre de la vieja casa consistorial inauguró un nuevo reloj público. Por su encargo se abrió la calle 9 de Octubre hacia el oeste, a partir de la actual Lorenzo de Garaycoa; llamando a este nuevo trozo con el nombre de «La Trocha» que terminaba en el manglar; se puso de moda el Estero Salado como balneario y sitio de distracción de nuestros lejanos abuelos.

Los numerosos casos de fiebre amarilla que se presentaron desde Septiembre de 1842 y que convirtieron a la ciudad en un campo de muerte, restaron empuje a su labor pues la peste subsistió aunque con menor intensidad hasta mayo del 43.

HASSAUREK: ENCUENTRA A GUAYAQUIL MUY CAMBIADA

El escritor norteamericano F. Hassaurek, que vivió en Ecuador algunos años como diplomático de la nación del norte, narró que Guayaquil era una ciudad con luz de gas y faroles resplandecientes en 1861 y reconoció que había dos poblaciones en una.

Los ricos vivían a la francesa en casas amplias y bien ventiladas y con todos los adelantos de la civilización y los pobres en tugurios muy primitivos, al igual que el resto de los habitantes del litoral ecuatoriano, donde la vida no había cambiado en muchos siglos.

Las tiendas estaban arregladas con gusto y primor, como si fueran de ciudades de segunda y tercera importancia de los Estados Unidos, algunas casas y por efecto de los temblores semejaban edificios en ruinas porque aparecían ante el visitante, chuecas y curvas, con amenaza de caer al suelo en cualquier momento, lo que no ha sucedido nunca afirma Mr. Hassaurek, para tranquilizar a sus lectores.

Muchas chatas, balandras, canoas y balsas  surcan el río. Existían algunas fábricas movidas a vapor. Entre ellas el aserrío del ex cónsul norteamericano Mateo Palmer Game. Por la calle se veían burros aguateros y gran cantidad de vendedores que gritaban sus mercancías (caramelos, tamales, velas de sebo, helados, etc.).

Un trencito de mano en la Aduana (el inaugurado por Vicente Rocafuerte) y un vapor en el río (el del escudo nacional) llamado Guayas   y construido en los Estados Unidos, alegraban el paisaje. El Cuerpo de Bomberos cuenta con una máquina a vapor hecha en Baltimore. El gas para la iluminación provenía del carbón natural o hulla que se importaba de Inglaterra vía Valparaíso. Hay una fundición de hierro y varias casas de maderas se han construido en el extranjero y luego armado en Guayaquil.

Hacia el norte y en Ciudad Vieja estaba el Hospital Militar, en el centro en Ciudad Nueva funcionaba el Comercio. No hay edificios de piedra o ladrillo ni por curiosidad. Muchos asnos y chivos paseaban por el centro alimentándose de la hierba que crecía en las calles y la palmera, reina del trópico exuberante, se veía en cada casa, patio o jardín, dando un poético aspecto; pero no todo era belleza y numerosos gallinazos se posaban en los techos acechando algún desperdicio con que alimentarse.

La hamaca era el mueble principal de las residencias ricas o pobres y no era raro que la gente pasara de hamaca en hamaca, ya sea que estuvieran de visita o en las tiendas donde también la había de todo porte y situación, para descanso de la clientela. Eso de tener hamacas en las tiendas debió haber sido realmente folclórico. Ni siquiera puedo imaginármelo, pero fue así.

 EL MARQUES DE MONCLAR RESEÑA SUS ENCANTOS

Este aristócrata arribó por 1868 y calculó a Guayaquil en 30.000 habitantes; bien vale anotar cuanto habíamos crecido desde el censo de Cucalón que sólo dio un tercio de esta cifra. Guayaquil ya tenía teatro: el «Olmedo», plaza de mercado, Iglesia Catedral y varios otros edificios de importancia. Sus calles anchas, muelles y vapores atracaban con marea alta, grandes y bien surtidos almacenes, tiendas y despachos y un floreciente comercio de cacao, cueros y maderas de sus inmediatos montes y, en fin, mil y un productos para vender al exterior y por ello ya era considerada el centro del comercio nacional y capital económica del país.

CAMPOS INFORMA EN 1887 AL JEFE POLITICO

El ilustrado Francisco Campos Coello, Presidente del Concejo Cantonal, presentó un Informe completo de la urbe en ese año, incluyendo las principales obras realizadas desde 1820, la nomenclatura de las calles y un estado general que incluyó muy curiosos datos y estadísticas. Bien se puede decir que este informe cerró el ciclo de descripciones de nuestra urbe en el siglo XIX, que fue parco en descripciones, pues solo encontramos ésta de Campos y las que traen Manuel Villavicencio y Teodoro Wolf, en sus geografías del Ecuador, publicadas en 1856 y 1892, respectivamente, que incluyen dos planos o croquis de la urbe. Las otras no pueden ser consideradas descripciones sino simples reseñas de viajeros que estaban de paso.

Campos amplió su trabajo comenzado en 1874 y le daría forma de libro; sin embargo, en esta primera descripción anota que Guayaquil cuenta desde 1866 con el Banco del Ecuador, que funcionaba libremente como entidad emisora de papel moneda. Tiene varias asociaciones de beneficencia como la Sociedad Filantrópica, la Sociedad de Artesanos y la Beneficencia Municipal. Una compañía telegráfica inaugurada en 1882 y una telefónica en 1887. En 1885 y 1886 se fundaron tres bancos más: el Internacional, el Anglo Ecuatoriano y el Territorial y en fin, se creó la Junta Cantonal de Agua Potable para abastecer del líquido elemento, que se tomará de la repunta del Río Daule en la hora de la alta marea o del sitio Agua Clara en las primeras estribaciones de la cordillera.

La instrucción se daba en el Colegio de San Vicente y en el Seminario donde también  se dictaban cursos de teología. La Junta Universitaria tenía un Rector y funcionaban las facultades de Jurisprudencia y Medicina con Decanos y cuerpos de profesores independientes.

La Municipalidad gozaba de rentas propias; Campos explica el presupuesto de este año y trae una lista de los Presidentes del Concejo, desde Olmedo el primero en 1820, a raíz de la revolución del 9 de Octubre de ese año.

En fin, todo cuanto se diga acerca de la bondad de este informe, es poco, si tomamos en consideración que ni antes ni después de Campos, otro Presidente de Concejo o Alcalde de Guayaquil ha hecho obra igual en cuanto a datos, informaciones y estadística.