184. Modas y Cosas Viejas

 Nuestros abuelos bebieron agua de la ría tomada a la hora de la repunta cuando el Guayas entra en el golfo y la correntada está limpia; sin embargo, a pesar de esos cuidados, el líquido no salía puro ni cristalino y su sabor algo salobre causaba disgusto. Años después se generalizó el servicio de balsas que hacían el trayecto desde Petrillo, portando botijas de barro poroso, llenas de agua.

Hacia 1.870 se cruzó el Guayas con una tubería de hierro subfluvial que venía del sitio «Aguaclara». Ese año hubo un gran incendio que destruyó el edificio más alto de la época, de dos pisos y planta baja, conocido con el nombre de «La Casa de Lagomarcino» por haber sido construido para un comerciante de ese apellido que primero estuvo en Lima haciendo fortuna y ya rico llegó a Guayaquil a establecer sucursal; de él se decía que era hijo natural de Carlos IV de España y que su hermano el Rey Fernando VII para evitar disputas dinásticas le había donado una regular cantidad de duros, con la condición que se aleje de la Corte, historia falsa hasta la pared del frente, pero creída a pie juntilla por el vecindario porteño.

ARREGLOS FACIALES DEL SEXO DEBIL

Hacia 1.820 las guayaquileñas usaban trenzas amarradas con lazos de cintas negras o de colores vivos.  Por 1.830 se peinaban a la francesa, con pequeñas flores de adorno y tapadas las orejas con graciosas roscas de pelo pegado con goma de «muyuyo». La peineta de carey color café o de nácar con incrustaciones de concha de perla, era de obligación en toda fiesta social y religiosa y había algunas de un tamaño realmente impresionante, haciendo que hasta las niñas «patuchas» lucieran esbeltas.

Los hombres se rizaban el pelo en bucles utilizando fierros cóncavos previamente calentados, las patillas llegaban a topar la barbilla y hacían juego con el pañuelo blanco de seda que se amarraban al cuello. Esa era la moda «Sucre», llamada así por el Mariscal de Ayacucho. Las señoritas también doblaban sus cabellos formando bucles o canutos y los ensortijaban con una corona de hilo hecha con «buenas tardes» ensartadas; lo malo de estas flores era que a las pocas horas se marchitaban y la quinceañera tenía que cambiarlas.

Pocos años después se generalizó la redecilla tejida que cubría buena parte del cabello, despeinado a propósito para que hiciera bulto. Después las mujeres cambiaron de parecer y dejando las redecillas se construían un moño al estilo de la Reina Isabel II de España, que partía los cabellos en dos hacia la mitad de la frente, torciéndolos para atrás y sujetando el final con un lazo. Esta moda llegó con el traje escotado y una pequeña cinta negra en el cuello, que sujetaba un óvalo de oro, en cuyo interior se guardaba una miniatura al óleo en marfil o un bucle de pelo del ser querido. El complemento era una rosa roja, o un jazmín del cabo en la mitad de la cabeza. De este época son los versos que dedicó desde Cuenca, Dolores Veintímilla de Galindo, a su  prima Carmen Pérez de Rodríguez – Coello y que dicen:

A CARMEN (remitiéndole un jazmín del cabo)

Menos bella que tú, Carmela mía,

vaya esa flor a ornar tu cabellera

yo misma la he cogido en la pradera

y, cariñosa, mi alma te la envía.

Cuando seca y marchita caiga un día

no la arrojes, por Dios, a la ribera

guárdala, cual memoria lisonjera

de la dulce amistad que nos unía …

No debemos olvidar que era la época del auge del romanticismo en Europa y que recién llegaba al Ecuador; razón por la que ambas poetisas se ofrendaban versos y flores en señal de amistad y cortesía.

Hacia 1.859 vino en la flota peruana del Mariscal Ramón Castilla un peluquero francés muy inteligente que se dio mañas para imponer la moda de Lima, que hizo furor de inmediato. El peinado se titulaba de «Alacranes», por consistir en unos graciosos ganchos que simulaban las colas de estos bichos y que airosamente lucían en la frente las elegantes damas de entonces.

NUEVAS MODALIDADES DE FRANCIA

En 1.870 se peinaban con «Ilusiones» tanto hombres y mujeres. Las ilusiones fueron rizos, conchas o flecos sobre la frente, formados con cabellos engominados. Los hombres rizan enormes conchas, las mujeres las usan menores y las quinceañeras solo atinan a hacerse pequeños flecos; y a tanto llegó el adefesio, que muy adustos caballeros para mejor lucir «la croqueta frontal», se tiraban el sombrero hacia atrás, aún con riesgo de perderlo en el camino. Todo por lucir bien…. la concha.

Desde 1.880 apareció en el puerto la revista titulada «La moda elegante», que pronto se vendía en las mejores tiendas de ropa confeccionada. Manuel E. Rendón, Luis Rigail y Benjamín Rosales la ponían en sus vitrinas y en ellas se reproducían los últimos alaridos de París venidos por trasatlántico. Los caballeros con unos chillones zapatos amarillos con polainas blancas abotonadas a los costados. Las damas usando empinados botines que amarraban con cinta hasta casi la rodilla.

INCOMODOS TRAJES DE LA EPOCA

Todas las clases sociales usaban en 1.870 crinolinas de una y dos vueltas. El chal también estaba generalizado y no tanto por el frío como por el natural pudor de la mujer antigua a salir descubierta en público. Las señoras de edad lo usaban grueso, confeccionado de merino y color negro. Las jóvenes, de seda china y Manila, importado de Filipinas a gran precio, con flecos en las puntas y uno que otro adorno disimulado. Tan caros y bellos eran algunos, que cuando pasó la moda los utilizaban como cubre pianos de cola y era de ver la admiración que causaban. En la era normal  usar la «manteleta» o chal de confianza.

En cuanto a ropa interior, el hombre vestían camiseta de manga larga y calzoncillo que llegaba hasta el tobillo. En el campo se desconocían estas prendas y nuestros montubios solo vestían camiseta de bayeta y pantalón grueso. Para sus viajes no faltaba el poncho de hilo y cuatro dobleces que le servía para montar, de almohada o de escudo para defenderse en caso de ataque con machete.                               

La cotona o camisa manga larga de cuello abrochado era prenda de vestir de los montubios del Guayas pero también se usaba en la ciudad aunque esto era considerado de muy mal gusto por lo petimetres de siempre. Un bejuco «plazarte » de siete rabos reemplazó en el campo al clásico bastón de puño de oro con monograma que exhibían chicos y grandes en Guayaquil.

En 1.880 llegó de París “el polizón» o almohada rellena de lana, que se colocaba debajo del vestido y sobre las caderas, para pronunciar la parte posterior del talle. De ese tiempo son las graciosas fotos donde posan graves matronas, de perfil, luciendo este incómodo aunque provocante aditamento, que hizo suspirar a más de un goloso.

El levitón o saco largo hasta la rodilla se usó en el siglo XIX desde 1.850 hasta 1.895, pero la revolución Liberal lo desterró por incómodo y feo. Desde entonces la chaqueta o saco largo hasta arriba de la rodilla era prenda de vestir común en la gente rica. El infaltable chaleco de seda y botonadura de oro o brillantes complementa el atuendo. Se cuenta que el Príncipe de Gales, desde 1.910 Eduardo VII de Inglaterra, puso de moda los pantalones con raya al medio. Lo cierto es que desde 1.900 a nadie se le ocurría salir de su casa sin la famosa rayita, que tiene que estar impecable y bien asentada, a pura plancha.

Como sombrero, el hongo de pelo corto llamado «Buche», y para los pies la fina bota de cuero negro que llega a la media pierna. Los agricultores, deportistas, jóvenes o campesinos, usaban sombreros «Pavitas», tejidos en Montecristi y chaqueta de dril blanco. En cuanto a zapatos y zapateros, hubo en Guayaquil un famoso negro llamado «Manuelillo» que fue en su tiempo el rey de su gremio, sin que nadie le pudiera discutir la corona en esa artesanía.

Ya ves, lector, que en nada superamos a la gente del pasado y que si hoy existen modas raras y sorprendentes se debe a que antaño también las hubo.

ALGUNOS  BAILES, JUEGOS O MODALIDADES

En casas particulares y en el Club de La Unión se bailaba la pavana, la polka, el minuet,  el vals, la danza y la contradanza o Cuadrillas, el past pieds, la polonesa, la varsoviana y se jugaba ajedrez, damas, «bacarat»  a pesar que la policía lo tenía prohibido; Rocambor, Trecillo y Pinta eran aceptados en reuniones sociales sin mayor restricción. Muchas personas preferían  las adivinanzas o juegos de prendas a los naipes, más populares en los cuarteles y tabernas. Con barajas los señoritos sorteaban tablas reales, bacetas, brisca, burra cargada, baceta, pócar, sacanete, treinta y cuarenta, cartera, flor, treinta y una,  Cuarenta que entonces se llamaba «Caída y limpia». Otros juegos eran el quita montón, la burra, el hueso, el siete y medio, la veintiuna, pócar de a sietes, solitario, rummy canasta y banco ruso.

En el Club Europa que funcionaba en los bajos de la casa de mi bisabuela Carmen Aspiazu de Pérez, esquina de 9 de Octubre y Pedro Carbo, los socios bebían licores finos, oían buena música y jugaba naipes y dados, una mesa de billar complementaba el ambiente, pero el Club solo subsistió cosa de cinco años.

Los niños se distraían en los dormitorios y corredores con la «Perinola» de punta metálica y cuatro caras, fabricadas en la sierra con tagua obtenida en la provincia de Esmeraldas y pintada en lindos colores. También se jugaba a las bolitas, haciendo pepo y trulo y de «a cocacho». Con las piernas saltaban “tres en raya” y bailaban la «ronda» cantando:

«Buenos días, Su Señoría.

Mantantiru tirunla.

Qué quería Su Señoría.

Mantantiru tirunla.

Yo quería una de sus niñas.

Mantantiru tirunla.

Pues hagamos la fiesta entera

con la niña en la mitad».                              

La Chanita y la Juanita

se fueron a recoger limón

se encontraron en el bosque

y se dieron de topetón

Peinecito de marfil

Para la niña más bonita

Del Colegio Guayaquil

Pin, pin, san Agustín

La seca, la meca y la tutuleca

Por aquí pasó el hijo del rey

Comiendo maní,

A todos les dio,

Menos a mí,

Tun, tun, para los caballos,

Tun, tun, para que salgas tu.

No faltaban trompos con quiño y las famosas cometas; existía el agua gaseosa «Seltzer» que tenía en el interior de la botella una bolita de cristal coloreado. La gracia estaba en tomar el líquido y romper el envase. Unos comerciantes chinos las fabricaban en la calle Colón y en sus comienzos usaban bolitas de cristal como tapas, era preciso hundirlas para beber el líquido y después romper el envase para jugar con la bolita. Otra bebida de moda era la Fioravanti fabricada por el «bachiche» de ese apellido desde la segunda década de 1.880; y también eran apetecidas las populares «Gallito» y “Eléctrica”  también de color rosadas y la  «Fox» color champagne claro, que venía en botella pequeña de cristal café tapada con un corcho y con un brillante papel dorado encintado con goma, pero cuando yo era pequeño ya venía cerrada con «tapa corona». El español Miguel Martínez Espronceda tenía su fábrica “La Futal” en Venezuela y la Ría. Sus bebidas eran rosadas o amarillas, de Fresa y Piña.

La fábrica de cigarrillos «El Progreso», a medias con la sociedad Filantrópica, imprimía los hermosos billetes de a mentira, vulgarmente mencionados como «billusos», que existían en emisiones de distinto precio y facsímil para deleite de chicos y grandes.

LAS PELEAS DE GALLOS

Uno de los ramos de mayores ingresos en la Municipalidad de Guayaquil fue el de gallos, se remataba la renta y vendía el permiso para reñirlos. El Cabildo anualmente designaba a uno de sus Regidores llamados hoy Concejales, para que actuara de Juez de Gallos. El oficio se tenía por muy importante y pingüe.

Casi siempre las peleas se realizaban los domingos y lunes, de 3 a 5 de la tarde, en el interior de la Gallera situada en el final de la calle «Del Fango» (calle Colón) cerca de una poza conocida como «De Cachirulo» porque allí solía bañarse un buen hombre, dueño de ese jocoso mote, que no teniendo oficio ni beneficio conocido era utilizado en las corridas de toros que de cuando en cuando se realizaban, para poner las banderillas a los astados.

Con posterioridad se fabricó una nueva gallera en las actuales calles de 9 de Octubre y Chimborazo, edificio que se quemó en 1.896. Don Francisco Camba, inveterado apostador de gallos, viendo la necesidad de otra nueva cancha, la construyó en 1.900 detrás de su casa, en las antiguas calles Esmeraldas y de la Gallera. Yo alcancé a conocer una cuarta, que existió hasta hace pocos años – 1.960 aproximadamente – en Luque y García Avilés esquina, y que aunque siempre estaba concurrida y se apostaba fuerte y parejo, por razones de índole económica quebró, cerrando sus puertas a la clientela. En esa gallera no faltó un comerciante que remató el servicio de atención al público y puso a la venta un delicioso arroz con pollo que nadie quiso probar, pensando que era preparado con los gallos muertos en pelea (1)

(1) Esta crónica salió publicada en el Suplemento Literario de El Universo, el 6 de Diciembre de 1.970, posteriormente se inauguró otra gallera que aún existe en la Calle Eloy Alfaro.