265. Pequeños Cronistas

Toda ciudad que se respete ha visto florecer a los pequeños cronistas, especie de historiadores domésticos que acostumbraban anotar en libretitas o papeles sueltos todos los acontecimientos humanos o divinos de alguna significación. Decir «Pequeño cronista» es referirse a épocas anteriores a la imprenta o al periodismo hispanoamericano; lastimosamente Guayaquil sólo cuenta con pocas muestras de este género literario. Allí la crónica de la revolución de Octubre de Fajardo con detalles de mucho interés sobre los escarceos pre revolucionarios, como si el autor los hubiera sabido desde siempre, como si hubiera compartido algunos pasajes de ellos y en fin, dando la impresión que hasta habría estado completando su información desde 1816 cuando menos. Manuel Gallegos Naranjo hizo de pequeño cronista en una de sus obras, inédita por cierto, pero merecedora de salir al público por la variedad de datos y noticias que trae insertos.

En la Colonia se dice que el Presidente de la Audiencia Alcedo mandó al padre Jacinto Moran de Butrón a escribir una Memoria documentada de Guayaquil y su provincia, que salió después con el nombre del citado Presidente y de la que se conocen varias ediciones. Esta crónica fue escrita como documento público o más bien como Informe, no teniendo por tanto el dato suelto y pequeño que aguza la curiosidad del lector de casa adentro.

EN LA REPUBLICA

Pedro Carbo iba escribiendo una buena historia del Ecuador con documentación abundante y bien hilvanada, cuando un incendio intencional comenzado en una pieza de los bajos de la casa que habitaba, lo dejó sin papeles y lo que es peor, sin el ánimo de rehacerlos pues pensó no sin razón que no debía exponer nuevamente la vida de las sobrinas que vivían en su compañía pues existían personas malvadas que deseaban que NO dé término a su investigación.

Así pues, la pequeña historia guayaquileña está por escribirse y será materia de un buen proyecto al alcance de cualquier persona con suficiente curiosidad, tiempo y que se dedique a la benedictina labor de ir anotando día por día los principales acontecimientos del lugar, con sus correspondientes anécdotas, para matizar tan áridas lecturas ¡Manos a la obra!

ElDr. Carlos A. Rolando me contaba allá por 1958 que en su primera juventud él había tenido en sus manos algunas crónicas del Guayaquil decimonónico anteriores al Incendio Grande pero que entonces no tenía mayor interés, que eso le vino después de su viaje a Quito y tras largas conversaciones con el Arzobispo González Suárez. Lástima grande, porque dichos papeles se han traspapelado y perdido.

En Bogotá hubo un vecino que fue anotando los sucesos de la colonia  día por día, con ingenuidad de cronista inexperto; así escribió «El Carnero», de tan grata recordación. En Lima vivieron los Mugaburu, padre e hijo, José el primero y Francisco el segundo, que entre ambos hicieron cincuenta años de crónicas. Estos Mugaburu han dejado un diario que abarca medio siglo del vivir límense. En Quito floreció el Escribano Ascaray así como su continuador, pero sólo historiaron aspectos religiosos en su famosa serie de Obispos. Los Mugaburu en cambio se dedicaron a sucesos mundanos sin despreciar por eso la chismografía de los conventos. El Mugaburu padre posiblemente fue español de Viscaya y nació hacia 1.601, pasó a Lima de militar y llegó a Sargento, comenzando a escribir desde 1640 hasta su muerte, salvo un pequeño lapso de dos años que viajó al Cusco y donde anotó los acontecimientos de esa ciudad. Murió en 1686 y su hijo Francisco tomó la posta con interesantes noticias. Se sabe que fue hijo legítimo en Jerónima de Maldonado y Flores y debió nacer hacia 1647, que fue franciscano y residió en los conventos del Cusco y Callao, secularizándose en 1683 para regresar a Lima. Tres años después siguió el Diario de su padre, escribiendo hasta 1690 en que no se tienen más noticias de él. Así es que el padre escribió cuarenta y seis años y el hijo solamente cuatro, pero ambos con el mismo estilo, enumerando festejos y ceremonias, prodigios como el de la estatua de San Pedro Nolasco, la colocación de la campana grande de la iglesia de la compañía, el paseo del Virrey y sus hijos a caballo y con vestidos de colores y plumas blancas, la ceremonia de bendición de la primera piedra del convento de Santa Catalina, los paseos nocturnos a la luz de hachones e incidentes varios como la desgraciada caída de un mulato carpintero cuando se encontraba en lo alto del túmulo levantado para la ceremonia de homenaje a la muerte del Príncipe Baltazar Carlos ocurrida en Madrid.

La pequeña historia de casa adentro y de vecindario queda abrillantada por la ingenuidad de los cronistas Mugaburu, como quedaría después con otros más de la misma condición, que cuando el periodismo no había nacido aun en estas ciudades ya existían compiladores o cronistas que historiaban lo que sucedía diariamenteen ingenuas y primorosas crónicas, espejos de la vida lugareña.

Pero como no las hay sin misterio, las crónicas de los dos Mugaburu también trae ciertas hazañas de picos pardos como la ejecutada por un sacerdote italiano que ni bien llegó al Perú se puso a jactar de haber tenido relaciones con más de trescientas noventa mujeres guapas, que las feas no las contaba en su lista y todo ello, en menos de dos años. ¡Vaya con el cleriguillo mentiroso y procaz! También se rebela la causa de la súbita muerte del Virrey Conde de Niebla, otro don Juan famoso de esos tiempos, que encontró trágico fin cuando salía misteriosamente de la casa de una de las señoras Manrique de Lara, a manos de algunos parientes.