227. Una Mitra Disputada

En 1883 y a raíz de la muerte de su madre el doctor Federico González Suárez abandonó la Diócesis de Cuenca en la que había servido once años bajo la protección del Obispo doctor Remigio Estévez de Toral y Flor, quién falleció poco después. González Suárez viajó a la capital y el Arzobispo doctor José Ignacio Ordóñez Lazo lo colmó de atenciones y designó Arcediano de la Catedral quitense.

Por esa época el país ya conocía que el joven y retraído doctor González Suárez era hombre de talento y dedicación al estudio. En 1878 había publicado en Cuenca, en la Imprenta el Clero, un «Estudio Histórico sobre los Cañaris», obra de cien ejemplares con profusas láminas de Joaquín Pinto, grabadas en Quito en la prensa litográfica generosamente cedida por su propietario Carlos Matheus y Pacheco. En 1881 y por mandato de su protector el Obispo Toral que la costeó de su peculio, apareció en la misma Imprenta el Tomo Primero de la Historia Eclesiástica del Ecuador. Estas dos obras sirvieron de mucho para su nombre, porque con ellas inició los estudios nacionales sobre arqueología e historia colonial ecuatoriana, que luego ampliará con otras de igual profundidad y meditación como el Atlas Arqueológico en 1892 y el resto de su famosa Historia General de la República del Ecuador, publicada a intervalos y a partir de 1890, que le acarreará tantos disgustos, enemigos y sinsabores; incluso entre sus propias amistades.

VIAJE A EUROPA

A mediados de 1884 el Arzobispo decidió viajar a Roma llevando a González Suárez como secretario, para practicar la visita «Ad limina» que cada diez años están obligados a realizar los obispos católicos del mundo a la Ciudad Santa.

El viaje fue largo y provechoso en extremo. Ordóñez y González visitaron Cuenca y Guayaquil y embarcan hacia Francia vía Panamá. Atravesaron las Antillas, Saint Nazaire, París, Basilea, Milán y por fin Roma. donde permanecieron algunos meses; luego Monseñor Ordóñez regresó a Ecuador, quedándose González Suárez, que pasó a España y consiguió autorización para estudiar en ell Archivo de Indias, merced a la amistad que le dispensa el Conde de Casa Miranda, viviendo dos años entre papeles e infolios empolvados y como es alérgico al polvo sufrió continuos accesos de asma bronquial, flujos en la cara y extenuación en el estómago, como contará después en su opúsculo «Defensa de mi criterio histórico» escrito en Riobamba en 1895.

Como primer fruto de tanto esfuerzo publicó a su regreso en Quito, en 1888 la «Memoria histórica sobre Mutis y la expedición botánica en Bogotá», alabada por los primeros talentos de esa época: Marco Jiménez de la Espada, Marcelino Menéndez y Pelayo, Justo Zaragoza y José Toribio Medina, quienes lo incitaron a seguir escribiendo. El Arzobispo Ordóñez, siempre adusto y severo, vio en su Secretario al futuro primado de la Iglesia ecuatoriana y le dio descanso para que investigara «Háganos conocer a nuestros mayores: cuéntenos lo que fue Ecuador en el tiempo pasado. Escriba nuestra historia …» le ordenó desde Quito y cuando nuevamente lo tuvo a su lado descubre con fruición que no está solo; pues miles de documentos copiados de puño y letra reposaban pacientemente en sus baúles, en espera de ser estudiados y transcritos para nuestro bien. ¡Así nació una de las obras histórica más rica, valiosa y verídica que tiene la Patria!

LA TEMPESTAD DEL TOMO IV

En abril de 1893 salió a la luz en Quito el IV Tomo de la Historia, libro destinado a provocar en las letras nacionales el mayor escándalo que se tiene noticia. Efectivamente, al tratarse la tercera época en que el autor divide su historia, habla de las presidencias audienciales desde el licenciado Miguel de Ibarra hasta don Santiago de Larraín; período comprendido entre 1600 y 1718, rico en escándalos sociales y eclesiásticos de subido color, que dieron mucho que decir en la época y que repetidos con lujo de detalles en 1893, colmaron la paciencia de los Superiores de algunas Comunidades religiosas quiteñas y especialmente la del padre Reginaldo María Duranti. Prior de los Dominicanos, que comentó el asunto tildando de mentiroso y falsario a González Suárez. En marzo de 1894 el «Diario de Avisos» de Guayaquil publicó la Crónica del corresponsal en Quito que aseguraba que los dominicos habían acudido al Arzobispo en demanda de condenación de la obra, por haber sido impresa sin autorización eclesiástica y atentar contra la majestad de la Iglesia con exageraciones sin fin.

SITUACION DIFICIL PARA UN AUTOR

La noticia se regó por la costa ecuatoriana porque fue publicada en numerosos diarios y revistas; pronto se conocieron los pormenores del caso; era el Obispo de Portoviejo, Monseñor Pedro Schumacher, quien había iniciado la protesta escribiendo al Padre Duranti sobre las «funestas consecuencias» que acarreaba la lectura de la Historia de González Suárez. Eso envalentonó al dominico que solicitó al Arzobispo la prohibición del libro.

Para este tiempo Monseñor Ordóñez Lazo, protector de González Suárez, falleció en Quito, sucediéndole el Obispo de Ibarra Pedro Rafael González Calisto, nombre bastante débil, quien dejó vacante esa Diócesis.

Tanto Schumacher como González Calisto eran enemigos de González Suárez o por lo menos, no simpatizaban con él. Schumacher lo había hostilizado años antes en Portoviejo, con motivo del viaje de estudios realizado por el historiador en procura de objetos arqueológicos para componer su Atlas.

González Calisto era muy diferente a su tocayo González Suárez, ambos pertenecían a la nobleza de Ecuador y Colombia respectivamente. Este último era de familias oriundas de San Sebastián de la Plata, Estado de Tolima, Colombia pero nacido y criado en la pobreza y casi de caridad pudo llegar a sacerdote. Sin ser liberal simpatizó con los cambios económicos y sociales, declarando en la Oración Fúnebre que pronuncié en 1875 en la Catedral de Cuenca, en homenaje a García Moreno, lo siguiente: «Nunca fui de su partido», lo que fue tomado como signo de herejía en un religioso, por lo que una señora de Quito y para vengar tal «ofensa a la moral cristiana» casi abofetea a doña Mercedes Suárez de González a la salida de la catedral  en castigo por ser madre de tan torpe eclesiástico».                        

González Calisto, en cambio, era hombre de grata presencia, bonachón, algo cándido, de pocas luces y muy apegado al realismo de su familia materna; se tenía en mucho por ser sobrino de los Marqueses de Casa Fiel Pérez Calisto que adquirieron el título por descender de gentes fusiladas al defender el gobierno del malvado y torpe Fernando VII.

ELECCION DEL OBISPO DE  IBARRA

Sin embargo el doctor González Calisto no era persona que anteponía las pasiones a la justicia y mucho maduró la solicitud del Prior dominicano para prohibir el Tomo IV de la Historia General del Ecuador, sin decidirse a actuar. Mientras tanto González Suárez escribía a su amigo el doctor Batallas: «Me ha puesto este señor – el Arzobispo González Calisto – en el caso indispensable de elevar una representación al Congreso o a la Convención para que alcance del Papa una interpretación del artículo 3 del Concordato, en cuanto a la censura previa para los Libros que traten de asuntos meramente profanos y no dudo que Roma resolverá en el mismo sentido que Pío IX en 1848…»

Para llenar la vacante dejada en Ibarra por González Calisto, los seis Obispos que componía la Provincia Eclesiástica de Ecuador elaboraron la siguiente terna:

  1. Dr. Juan de Dios Campuzano, Tesorero de la Curia de Quito, con 6 votos, ocupó el primer lugar.
  2. Dr. Federico González Suárez, Arcediano de Quito, con 4 votos, ocupó el segundo lugar y,
  3. Dr. Ulpiano Pérez Quiñónez, profesor de Derecho Canónico y  Sagradas Escrituras del Seminario Mayor de Quito, con 2 votos, ocupó el tercer lugar.

El 4 de Noviembre de 1893 conoció esa terna la Junta Ocasional compuesta de 18 miembros, 6 por cada partido, de entre los tres reconocidos oficialmente en el país. Conservador, Progresista y Liberal; que eligieron por 12 votos a González Suárez contra 6 del doctor Campuzano, a pesar de estar Campuzano en primer lugar de la terna.

González Suárez obtuvo los votos de progresistas y liberales. Campuzano sacó los de los conservadores, que protestaron por la elección considerándola peligrosa para el futuro de la iglesia porque González Suárez era tenido y reputado como «demasiado independiente …»

SITUACION POLITICA EN 1893

Los progresistas gobernaban con el apoyo del Partido Conservador y los Liberales en la oposición. Era un movimiento político fundado por el doctor Antonio Flores Jijón en 1888 con la ayuda de Plácido Caamaño, en Guayaquil, que ese año le entregó el poder.

El doctor Flores hizo un gobierno culto y de amplia libertad; de temperamento dócil y amable, hablaba varios idiomas y antes de ocupar la presidencia había desempeñado diversas funciones diplomáticas en Europa. García Moreno le reconocía méritos y hasta llegó a decir, refiriéndose a la habilidad desplegada para el arreglo de la deuda inglesa con los tenedores extranjeros de los bonos: «Este Antonio es más pícaro que su padre …» y con eso lo dijo todo. El doctor Flores era poeta y deportista; fue de los más entusiastas cultores del ejercicio físico que ha tenido nuestra patria. Ya de presidente acostumbraba realizar largas caminatas por la Alameda combinando el paso y el trote. También solía realizar flexiones acostado sobre el césped; en una ocasión y encontrándose el El Ejido y en estos menesteres, se topó de buenas a primeras con el cadáver de un señor Espinosa, muerto de un tiro, en la madrugada, por Nicolás Rivadeneira, con quien se había desafiado a duelo de pistola. Morrocotudo susto que se llevó el buen mandatario!

En otra ocasión solicitó al Congreso la rebaja de los diezmos pactados por García Moreno con el Vaticano; al saberse esto en Roma, León XIII, tomándose la cabeza entre las manos, exclamó: «Ya no hay en quien creer; pero si este hombre vino aquí hace poco y juró que era católico practicante …» y en efecto, lo era, pero anteponía los intereses ecuatorianos a los demás.

Sin embargo el Progresismo nació condenado al fracaso como movimiento político por la fuerza de las circunstancias de la época, ya que fue formado por intelectuales de buena voluntad de entre la aristocracia que se preciaban de conocer Francia y hablar su idioma; ninguno aspiraba a realizar cambios mayores o a transformar la economía, por lo que este intento de renovación a base de elites acabó ante lo que González Suárez describió en 1895 con las siguientes palabras: «La oleada radical viene y viene impelida por el soplo de la cólera divina …»

Al terminar su período en 1892 el doctor Flores entregó el poder al doctor Luis Cordero, poeta cuencano de primer orden que en 1894 no logró superar la crisis producida por el escandaloso negociado de la venta de la bandera nacional y fue en esa aciaga hora cuando se efectuó la elección de Obispo de Ibarra y triunfó González Suárez contra su inmediato opositor el doctor Campuzano.

PROTESTA DE CAMPUZANO

Poco después el país entero leía con avidez un curioso folleto aparecido en Quito y titulado: «Censura de los Actos Administrativos», de la ágil pluma del doctor Juan de Dios Campuzano, que picado por no haber obtenido los votos progresistas de la Junta Ocasional» criticaba al Presidente Cordero, acusándole de inepto, lo que precipitó los acontecimientos y casi enseguida renunció Cordero en Abril del 95.