256. Tomás Martínez Ilustre Pedagogo

Tenía treinta y un años en 1869 y estaba casado con Florinda Mera, cuando abrió su establecimiento educacional en Guayaquil con el nombre de «Escuela privada de niños dirigida por Tomás Martínez», en una casa del Malecón y el primer puente, ubicado en lo que hoy es la calle que justamente lleva su ilustre nombre, con los alumnos internos, seminternos y externos que pagaban entre cinco y veinticinco pesos al mes, según fuere con casa, comida y lavado de ropa.

El éxito de su enseñanza estaba garantizado como decía el siguiente cartel: «Ningún alumno debe pasar más de un año en una clase y si al final del quinto curso la enseñanza no estuviere a satisfacción del interesado, el director promete continuarla sin ninguna remuneración, hasta la mejor actitud que sea capaz el alumno.  En uno y otro caso, el interesado debe probar, con los recibos correspondientes, que el niño ha asistido sin interrupción.  Esta garantía no es extensiva a los alumnos de Contabilidad que entren sin los necesarios conocimientos de Gramática, Aritmética y Caligrafía, circunstancia que se hará evidente con un ligero examen». 

Casi enseguida su escuela cobró prestigio en la ciudad y a en el país por la novedad de su método de enseñanza, que concedía prioridad a la parte contable. La rectitud moral del maestro permitía a las familias la debida confianza para entregarle sus niños internados; lo que unido al cariño y protección de doña Florinda y sus hijas, hacía que hasta las madres más nerviosas se sintieran tranquilas.                                                                                  

Hacia 1872 empezó a enseñar el Sistema Métrico Decimal que tomó del texto de su maestro don José Herboso y que sería oficialmente adoptado en el Ecuador recién en 1884.  

El 75 trasladó su escuela a la esquina del malecón y la desembocadura del tercer estero, donde dispuso de mayor espacio y un amplio patio y pese a tener casi todo su tiempo ocupado, al punto que casi no tenía relaciones sociales con nadie, desde 1884 y hasta el 90 fue miembro del directorio de la Sociedad Filantrópica del Guayas, ocupando la presidencia en 1887.

Comenzaba sus tareas a las cinco de la mañana y permanecía al frente de ellas hasta las diez y once de la noche si los internos exigían su vigilancia hasta esos momentos. Amaba los ejercicios gimnásticos y cultivaba los deportes, siempre cuidaba su físico y su musculatura, aunque el tiempo le quedaba corto hasta para sentarse a la mesa.

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Salía a la calle solo dos o tres veces al mes y por muy cortos instantes. Solía evitar recomendaciones por escrito de  los padres de familia y siempre notificaba todo cuanto fuere digno de ello. Avizoraba los problemas de cada alma infantil analizando la conducta de sus pupilos, descubría sus talentos y virtudes y si no los   tenían, trataba de inculcárselos, formando sus caracteres. Prefería no aplicar medidas severas ni castigos fuertes, aunque tampoco olvidaba la palmeta ni las orejas de burro  y tenía tan alto concepto del magisterio que, aceptando indicaciones de los padres, rechazaba las recomendaciones; pues, los maestros, no son dependientes sino delegados de la autoridad paterna. Y este  maestro victoriano, eficiente y solemne, que honraba su misión, murió de cincuenta y  ocho años de edad, a consecuencia de un infarto, el día  sábado 24 de marzo de 1894, a las tres de la tarde, en circunstancia en que iba a salir a la calle con su hija Amalia.

«Comenzaba a bajar las escaleras cuando se sintió repentinamente mal. Volvió, entró a su dormitorio y se sentó fatigosamente al borde de la cama. Alarmados, lo  rodeamos todos. Se llamó al   Dr. Julián Coronel, quien  apresuradamente llegó en pocos  minutos. Yo estaba en la cama, detrás de mi papá, manteniéndole la espalda reclinada en mi pecho; su cabeza la sostenía con mis manos. Después de auscultarlo, el Dr. Coronel me dijo con suavidad: Acuéstale. Yo alcancé a balbucear: Pero…doctor. Su mirada denotaba consternación cuando susurró ¡Acuéstalo, hijo, tu papá ha muerto! 

«Al día siguiente se efectuaron los funerales. Un carro de la compañía Aspiazu del cuerpo de bomberos, especialmente adecuado y cubierto materialmente de flores, fue convertido en carroza fúnebre tirada por sus alumnos y ex alumnos que, confundidos en un solo corazón, se disputaban el triste honor de turnarse en tan doloroso deber para con su maestro desaparecido. Los seis tranvías preparados para el acompañamiento apenas pudieron llevar al cementerio católico una cuarta parte del cortejo fúnebre».

«De nariz aguileña», poblado bigote, mirada más bien vaga y de rostro duro, boca grande, ojos y pelo negro ensortijado, rostro trigueño oscuro, innovó los sistemas educativos y abrió nuevos cauces a la pedagogía nacional profesionalizando en Contabilidad y Comercio a sus egresados, de suerte que pudieran ganarse honradamente la vida en calidad de c ontabilistas o tenedores de libros como también se les llamaba.

Fue un maestro de acción, su enseñanza iba encaminada a un fin claro, rápido y preciso, tenía la atención de sus alumnos fija en las preguntas que solía hacerles de un modo imprevisto. Con él, la Aritmética y la Gramática se hacían no solo comprensibles sino agradables. Una calle de nuestra urbe lleva su ilustre nombre.