218. El Motín De Los Canónigos

«¡Vierte un raudal de llanto, Patria mía!

El eco funeral de esa campaña

Te anuncia ¡horror! que sangreecuatoriana

Nuevamente vertió la tiranía.

(f) El Comité de la Tumba.

En el siglo pasado la vida de Guayaquil era pueblerina y conventual, cualquier acontecimiento trastornaba la descansada parsimonia de nuestros abuelos alborotándoles el cotarro y llenando las calles de gente dispuesta a protestar.

Esto aconteció en 1.887 por culpa del IV Obispo de la Diócesis doctor Roberto María del Pozo Marín, inteligentísimo e ilustradísimo jesuita ibarreño que fue obligado a arrellanarse en cómoda mecedora de mimbre de las que tenía en su retiro de Puna antes que a ocupar la difícil Silla episcopal de Guayaquil. Allí saboreaba mariscos y respiraba el benigno clima del Golfo, acá soportaba las exigencias del clero y trabajaba por sus semejantes. Prefirió lo primero y perdió su Silla Obispal ya que sin quererlo ocasionó una de las más feroces grescas que ha contemplado nuestra ciudad en los cuatro siglos y pico que llevaba de fundada.

PRIMEROS DESACIERTOS

Hijo de padres muy católicos, Monseñor del Pozo sucedió en el Obispado guayaquileño al doctor José Antonio Lizarzaburu y Borja, fallecido el 14 de Octubre de1.877 (1) Siete años estuvo la ciudad sin prelado, al cabo de los cuales, en 1.884, León XIII tuvo el acierto de llenar la vacante, designando al doctor del Pozo a expresa petición del entonces Presidente de la República Plácido Caamaño y Gómez Cornejo.

La investidura del nuevo Prelado se complementó con la Consagración realizada en Panamá a principios de 1.885 por Monseñor Telésforo Paúl, de la misma orden de los jesuitas, Obispo de esa ciudad y luego Arzobispo de Bogotá. Llegado a Guayaquil el flamante Pastor se encontró con una Diócesis llena de sacerdotes revueltos que habían aprovechado los siete años de desgobierno para hacer de las suyas bajo la benigna y paternal mirada del encargado de la Administración Diocesana, Monseñor Marriott (2) «Rendición de Cuentas» gritó el recién llegado y allí comenzó la oposición sorda pero efectiva, que el clero guayaquileño declaró al nuevo jefe.

Faltaba únicamente iniciar las operaciones de guerra y la ocasión se presentó cuando el novel Obispo decidió introducir a un elemento amigo en el Coro, designando al doctor Miguel Ortega Alcocer para ocupar tal dignidad, con derecho a recibir la prebenda correspondiente. El nombramiento fue calificado de «Ad—Libitum» o lo que es lo mismo de «Espurio e ilegal» por los demás Canónigos, quienes invocaron el Derecho Eclesiástico manifestando que solo podían conferirse dichas dignidades mediante votación favorable de los Miembros del Coro Catedralicio             – compuesto por los Canónigos – a los que ni siquiera se les había consultado. Y como de la palabra al hecho no hay mucho trecho, presentaron en Roma, a León XIII, un copioso memorándum denunciando el abuso.

(1) La muerte de Monseñor Lizarzaburu está rodeada del misterio. Algunos autores han llegado a aseverar que el Prelado falleció envenenado al fumar un cigarro, de los muchos que gustaba paladear cada día. Véase: Los Jesuitas en Ecuador, Página 22.- Wilfrido Loor. Otros, sin embargo, piensan que se debió a insuficiencia cardíaca o respiratoria, de allí el color morado de sus unas, posiblemente era asmático o le pudo dar un infarto.

(2) Monseñor Carlos Alberto Marriott Saavedra era de gran plantaje físico y gran personalidad, había polemizado con Pedro Carbo en 1.862 por aquello del Concordato de García Moreno. Si de algo podían acusársela sería de haber tenido un par de mellizos pelirrojos en una hermosa viuda en Guayaquil pero nada más. Los mellizos llegaron con el correr de los años a Edecanes de Alfaro.

La contestación no se hizo esperar pero llegó dirigida al Arzobispo de Quito; en ella el Papa, por intermedio de la Secretaría Apostólica, recomendaba al Primado de la Iglesia ecuatoriana que aconseje a los Canónigos para que acepten el nombramiento por obediencia al Obispo y que luego elevaren su reclamo a la Santa Sede. No podía ser más prudente y sagaz la medida ya que se contentaba a ambos bandos y se salvaban las circunstancias evitando el escándalo, pero era tardía, porque los Canónigos estaban resueltos a todo y por eso la ignoraron por completo.

El Obispo, para evitar mayores complicaciones o como simple táctica de combate, decidió retirarse a Puna donde la Diócesis poseía una propiedad, encargando la Silla Episcopal al Presbítero Joaquín Salvadores, español de nacimiento, nada recomendable para el cargo por ser de genio irritable, propenso a los arrebatos de ira, falto de tacto y encima y para colmos, bastante presumido. Este segundo error del Obispo del Pozo hizo que perdiera el cargo y ganara el destierro en Chile.

SALVADORES EN ACCION

Comenzó el Vicario Salvadores la guerra separando a dos Canónigos de la ciudad y enviándolos a los Curatos de Puna y Milagro o lo que es lo mismo, desterrándoles del teatro de los acontecimientos y rebajando sus categorías eclesiásticas. Los defenestrados fueron los doctores Pío Vicente Corral y Banderas y Leonardo A. Sotomayor. Ambos interpusieron sendas reclamaciones, Corral se negó a viajar a Puna y fue inmediatamente suspendido en sus funciones. Esta primera retaliación hizo ver a todos que la guerra estaba declarada. Del Pozo se vengaba de Corral por intermedio de su alterego Salvadores.

El doctor Corral, que no era ningún pintado en la pared, movió a las damas más linajudas de la urbe para que lo apoyen y así las cosas, advino un hecho inusitado. Salvadores designó en reemplazo de Corral al doctor Miguel Ortega Alcocer, completando el Coro Catedralicio.

Pero faltaba la posesión material del cargo que se realizó por sorpresa en la mañana del 15 de Octubre de 1.887 cuando los Canónigos estaban sentados en el Coro. Dice un testigo que de improviso se abrieron las puertas y penetraron en la Sala el impertérrito Presbítero Salvadores, seguido del doctor Ortega Alcocer, del Notario Mayor de la Curia y del Escribano Público Ignacio A. Maldonado de Herrera. Al final iba como amanuense el joven seminarista Francisco Paredes Ycaza llevando un atado debajo del brazo en donde venían escondidos la muceta, el bonete y el roquete y antes de que los Canónigos pudieran reaccionar, el solícito doctor Miguel Ortega Alcocer, delante del Encargado de la Diócesis, el Notario Mayor y el Escribano Público a los cuales puso por testigo, declaró que tomaba posesión real y efectiva de su Canonjía, retirándose de inmediato para evitar cualquier medida de hecho.

A PAGAR SE HA DICHO

El primer combate estaba ganado y el Presbítero Salvadores quiso afrentar aún más a los vencidos obligando a Monseñor Pedro Pablo Carbó, a la sazón tesorero del Coro y Canónigo de la Catedral, a que pague al nuevo Canónigo doctor Ortega los emolumentos correspondientes a su actual situación. Aquí se armó Troya, porque el doctor Carbó se negó de plano y adujo razones. Se entabló el pleito eclesiástico y la ciudadanía llegó a enterarse de los hechos tomando partido por los Canónigos que eran nacionales, a diferencia del Encargado de la Diócesis, español,

Durante el procedimiento eclesiástico el demandado Tesorero de la Curia entabló juicio de competencia; la providencia recaída le fue contraria y apeló a la H. Corte Superior de Justicia del Distrito con lo que ésta, de acuerdo a lo dispuesto en el Concordato, promovió juicio de competencia, solicitando la remisión de los autos para su estudio.

El doctor Salvadores perdió la paciencia y cometió un error fundamental retirando sus baterías de la Curia, donde tan buen resultado táctico le estaban dando y las enfiló contra los miembros de la Corte a quienes envió un Oficio descortés. Tal procedimiento recibió su castigo porque los Ministros Jueces contra atacaron imponiéndole una multa de veinte sucres.  Salvadores no pagó y los Ministros Jueces dictaron apremio real, ordenando el embargo de sus bienes hasta por el valor de la multa.

El doctor Salvadores volvió a las andadas y sin más trámite excomulgó a los dos Ministros Jueces que le habían multado con sus votos y que eran los doctores Espiridión Dávila y Joaquín Febres – Cordero, haciendo extensiva la pena para el doctor Pedro Pablo Carbó. En todo esto anduvo metido el abogado de la Curia doctor Manuel Ignacio Neira, cuencano de origen y de carácter atrabiliario, que en 1.869 había recibido de parte del doctor García Moreno la pena del confinamiento ¡Por algo habrá sido, ya que no era liberal ni gustaba de la política!

Las damas de la ciudad encabezadas por Baltazara Calderón de Rocafuerte, protestaron en el Diario La Nación, aconsejando prudencia y pidiendo a Salvadores que diera pie atrás; pero él ni aceptó el consejo ni levantó la pena y el lunes 28 de Enero de 1.888 sufrió una encerrona que el pueblo le propinó en el propio Palacio Episcopal, que fue cercado, apedreado e insultado en el decoro que se merece por su calidad de residencia de Obispos.

De esto salieron heridas varias personas, resultado pasado por bayoneta el señor J. L. de la Torre. La turba retrocedió ante el empuje de la policía y pasó a cercar la casa del abogado Neira, situada donde estuvo después el Colegio Nocturno Aguirre Abad y después el Huancavilca, en Chimborazo entre 9 de Octubre y Vélez. Neira se parapetó en su propiedad y disparó desde el balcón, contestando la lluvia de piedras que sobre él caía. En este encuentro fue herido el joven Eduardo Eldredge, de nacionalidad peruana.

Al día siguiente, martes 24, la opinión pública estaba encendida contra Salvadores y Neira. Los periódicos vociferaban en largos y sesudos editoriales y la multitud volvió a congregarse. Como a las ocho de la noche una compacta muchedumbre marchó desde la Plaza de San Francisco hasta la casa del Gobernador doctor Modesto Jaramillo, ubicada en General Córdova entre Fco. de P. Icaza y 9 de Octubre y de allí a la del Comandante General Reynaldo Flores Jijón en 9 de Octubre entre General Córdova y Pedro Carbo –  pidiendo las cabezas de Salvadores y Neira, luego siguieron por 9 de Octubre hasta Chimborazo doblando a la izquierda, para apedrear la casa de Neira.

En esas se encontraban cuando rompieron un farol del alumbrado público dejando al sector en tinieblas. Al mismo tiempo parece que una piedra fue a dar en la frente del Comandante habilitado N. Paredes que dio la orden de fuego contra la multitud. Otros dicen que el que la dio fue un Inspector de apellido Pérez; lo cierto es que Pérez y los soldados rasos Godoy, Segovia, Alvarado y Romero – después de los hechos – fueron encontrados culpables y purgaron su delito. La soga siempre se ha roto por el lado más flaco.

Cinco jóvenes murieron; Manuel López y Corrales (colombiano), Víctor Coronel Sarmiento, Manuel Antonio Franco, Leopoldo Baquerizo Ferruzola y el chileno Carlos Cerda. Malamente heridos quedaron Juan Rivas y Rodolfo Baquerizo Moreno (3)

(3) Tíos de las  familias López Lara, Coronel Jurado, Baquerizo Gérman.

EL COMITE DE LA TUMBA

Amaneció el miércoles 25 de enero y el comercio de la ciudad no abrió  sus  puertas.  Las  campanas  tocaban  a  rebato  y   luego  doblaban  a

muerte. Algunos vecinos constituyeron el «Comité de la Tumba» y presurosos distribuyeron unas hojas volantes conteniendo un lúgubre soneto en el que reclamaban venganza. La Facultad de Medicina y el Club de la Unión tremolaban sus insignias a media asta.

El Gobernador doctor Jaramillo, asustado por los acontecimientos, mandó apresar al abogado Neira, conduciéndolo a la Cárcel Pública en medio de una escolta de cincuenta soldados mandada por el intendente General de Policía, Benigno Cordero. Casi a la hora meridiana el Gobernador, acompañado del Intendente Rafael Caamaño y Cornejo y el R. P. Egüez, se acercaron al Palacio Episcopal y le sugirieron a Salvadores la conveniencia de salir de la ciudad. El se resistió al principio, pero viendo que nuevamente la multitud crecía frente a las puertas de la casa, aceptó a la postre, teniendo que salir custodiado. En esos momentos la multitud lo vio y gritó: «En coche no, en coche no” pretendiendo que saliera a pie hasta el muelle donde le esperaba el buque de guerra «Cotopaxi» para llevarlo a Puna, si es que hubiera podido escapar del linchamiento de la turbamulta.

Grande fue el trabajo de todos para impedir que lo lincharan, el Padre Egüez fue herido de una pedrada en el rostro y los demás acompañantes sudaban frío ante la posibilidad de un atentado. El coche se deslizaba lentamente entre un mar humano y cuatro eran las cuadras que separaban al Palacio del Muelle. Al llegar, el Presbítero Salvadores saltó por la ventana y en precipitada fuga, dejando atrás a  un grupo de ciudadanos que venían contra él y por el medio de los soldados saltó a un bote con los ojos desorbitados por el terror. Así terminó su obra quien tan mal recuerdo dejaba.

HACHAZOS SOBRE LAS PUERTAS

Luego de abuchear en el muelle a los ocupantes del bote en que huía él doctor Joaquín Salvadores, el pueblo siguió hacia La Merced, donde rompió a hachazos las puertas, penetrando en el interior de la Iglesia. El Cura Párroco de la Concepción doctor Rafael Calderón subió al pulpito y peroró anatemizando a los homicidas. Luego se inició el Oficio Divino por el descanso de los muertos interviniendo el Canónigo Pedro Pablo Carbó, revestido de casulla y demás ornamentos sagrados. A las doce el cortejo fúnebre salió con dirección al cementerio, siendo presidido por los Ministros Jueces excomulgados, el M. I. Ayuntamiento, el H. Cuerpo Consular acreditado, el Gobernador de la Provincia y el Canónigo doctor Carbó. El recorrido fue por 9 de Octubre hasta Chanduy y por allí al Cementerio Católico. Muchos lo efectuaron en tranvías cedidos por la empresa de Carros Urbanos.

Al regreso la multitud destituyó al Intendente General de la ciudad Benigno Corderón, obligando al Gobernador a que nombrara en su reemplazo a un guayaquileño de su gusto: Agustín de Tola y Dávalos. Todo esto, en media calle, a grito pelado y con aspavientos; y de haberse aprovechado el momento para deponer al Gobierno, la Revolución Liberal del 5 de Junio se hubiera adelantado en casi ocho años.

¿Y qué pasó con el Obispo del Pozo? Casi nos habíamos olvidado de él; nunca regresó de la Puna y como allí tampoco le querían, tomó la vía marítima con destino a Roma donde se sinceró; Luego recorrió Italia, España y Francia, regresando por el Cabo de Hornos a Sudamérica; estuvo en Chile, después en Perú, siempre pensando en volver, aunque fuese de incógnito, pero la Revolución Liberal del 95 le cerró las puertas y al fin murió en Lima en 1912, amargado y triste, tras veinte y cinco años en el destierro.

Poco después fue designado V Obispo de Guayaquil el doctor Juan María Riera Moscoso, (4) que llegó asustado al puerto que tenía fama de revoltoso.

(4) A este Obispo de buena presencia y pasta angelical, le quieren hacer Santo a la fuerza, cuando solo fue una buena persona, de costumbres austeras y muy humanas, aunque nadita intelectual.