214. Los Últimos Tiempos Del General Veintemilla

Desde 1.904 su sobrina Marietta vivía en Quito. El gobierno ecuatoriano le había devuelto la casa familiar inconclusa de la calle Benalcázar y la finca Tajanar cerca de Pomasqui, pero falleció en 1.907 a causa de una fiebre perniciosa o malaria cerebral que es fama que mata en tres días. El viejo General sintió en su destierro de Lima un deseo muy fuerte de regresar a su Patria, hizo testamento, empacó sus levitas y sombreros y volvió a Quito.

Arribó el jueves 18 de abril tras veinte y cuatro años de ausencia y fue recibido por sus viejos amigotes, unos doscientos cincuenta, a quienes lanzó un discurso desde el balcón de la casa que seguía inconclusa. Se le veía viejo y pletórico – rubicundo y obeso – pero todavía fuerte, manifestó su más vehemente anhelo por la paz de la República y terminó dando vivas al progreso y al engrandecimiento del país.

Paseaba a veces por la ciudad. Le visitaban numerosas personas. Pero justo a los tres meses de llegado le salió un tumor en el muslo izquierdo y en octubre fue operado. Desde entonces no abandonó la cama.  El padre Manuel José Proaño se puso necio en quererle confesar a sabiendas que jamás había tenido ideas religiosas. Uno de los argumentos empleados fue que debía confiar en Dios, pues siendo su hermana religiosa, era esposa de Cristo. A lo que el General respondió con mucha gracia: «Si mi hermana es esposa de Cristo, espero que mi cuñado no me recibirá mal.»

Cerca de morir le llevaron el viático con la pompa tradicional de las viejas épocas que ya estaban casi concluidas, acompañamiento de amigos con rostros destemplados, los infaltables curiosos a esta clase de rituales, algunos parientes, varios sacerdotes y monaguillos con campanillas y hasta una banda de música del ejército por ser General. El pobre debió impactarse con esta demostración teatral, que anunciaba su pronta muerte. Dicen que se incorporó en el lecho con su voluntad muy disminuida, gritó que nada había tenido que ver en el crimen del Arzobispo Ignacio Checa y Barba (lo cual era una gran verdad pero debía decirla por si acaso hubiera todavía algún despistado) siguiendo inconsciente una costumbre funeraria judía pidió perdón, perdonó a sus malquerientes (eran bastantes) y finalmente lloró a moco tendido pero en eso se repuso y tornando a su antiguo humor socarrón, hizo acercar al General Francisco Hipólito Moncayo que concurría en nombre del poder ejecutivo y le dio la mano diciéndole de sopetón: ¡Me adelanto¡ Te tendré preparado el camino. El pobre Moncayo, que siempre tuvo fama de ser bastante sencillote y hasta impresionable, debió tragar grueso. 

Fallecióa las dos de la tarde del domingo 19 de Julio de 1.908 a causa de una diabetes que le ocasionó un mal funcionamiento renal e hidropesía, complicada con la llaga de la herida de Galte, aunque alguien puso erradamente en la partida de defunción que moría de reumatismo, pero los médicos dijeron que era de «gangrena senil», enfermedad que no existe y por ello no debe ser considerada en el puro y lato sentido del término.

La Capilla Ardiente para las exequias fue imponente. Estas se celebraron el lunes 20 en los salones de la Cancillería. Sus antiguos enemigos tomaron las fajas (Generales Flavio Alfaro, Manuel Antonio Franco, Fidel García, José María Sarasti y Rafael Arellano) así como el Ministro de Chile, Guillermo Pinto Agüero, a quien le tocó casualmente el nudo (3)

El duelo fue presidido por sus sobrinos Veintemilla. Salió a pié el cortejo fúnebre desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, siguió por el centro de Quito y finalizó en el cementerio de San Diego, tomó la palabra el Coronel Nicolás F. López, a) El Manco. El 21 hubo Funerales muy suntuosos en la Catedral, presididos por el Obispo Juan María Riera, O.P. que actuó acompañado de las comunidades religiosas y de los caballeros de la Inmaculada, sociedad a la que había ingresado, días antes, “el inmaculado caballero decesado.” Fue un acontecimiento social de primer orden, concurrió le tout Quito, o lo que es lo mismo, la sociedad y los adinerados. Se dijo que había vivido y muerto en gran pobreza y se repartió una hojita volante con elogios entre la selecta concurrencia.

Veintemilla no fue liberal ni conservador, pero después del asesinato de su hermano José en 1.869 se tornó anti garciano. Brilló por sus carismas, fue un líder indiscutible y hubiera podido hacer avanzar al país de haber tenido consistencia ideológica. El pueblo le decía «El Mudo» por su fama de tonto originada en los múltiples chistes, cachos y chascarrillos que le sacaba la oposición y que no le importaban en lo absoluto, es más, hasta le provocaban risa pues pensaba muy para sus adentros en la verdad de “ande yo caliente y ríase la gente.”

Bien plantado, guapo, enamorador y divertido. Gozó de grandes simpatías por su bohemia y salados recursos para atraerse al populacho y hacer muchos amigos. Confianzudo, lisonjero, gracioso y extrovertido. No se casó al enviudar por puro mujeriego, pues se daba el lujo de cambiar rápido a las amantes, que le llovían casi todos los días. La parte obscura de su personalidad afloraba con los tragos, entonces se ponía violento y era capaz de cualquier villanía, como insultar al joven periodista Miguel Valverde en prisión y mandarle a dar de palos casi hasta morir.

Como buen soldado de cuartel amó el juego de cartas y de dados y despreció la vida de hogar y todo trabajo que no fuera el grito y la palabrota, así como las frases de doble sentido; pero sus soldados le querían incondicionalmente pues era uno más entre ellos. Tal la personalidad compleja y hasta un poco aberrante de quien ejerciera por siete años el poder supremo en el Ecuador con veleidades liberales cuando en realidad nunca tuvo ideas políticas.

Montalvo, que era un esteta moralizante, no le perdonó jamás sus chabacanerías como el haber orinado en su presencia, durante un paseo con otros compatriotas, en plena vía pública, a vista y paciencia de todos y al pie de un árbol, en el elegante boulevard de Sebastopol de París, costumbre por otra parte muy extendida en  el Ecuador aunque jamás practicada en la capital francesa. Por esta razón y por muchas otras le atacó con santa indignación usando de todos los adjetivos del idioma, de ahí que la personalidad de Veintemilla ha pasado a la historia muy deformada, bajo el apelativo de «Ignacio de la Cuchilla”, como si hubiera sido un sujeto sanguinario y malvado, que no lo fue.