213. Un Gago Contra Un Mudo

Entre los presidentes más irresponsables que ha tenido el Ecuador ninguno iguala al celebérrimo General Ignacio de Veintemilla Villacís apodado por Montalvo «El Mudo», que en la sierra significa tonto. De espíritu aventurero, amigo de juergas y jaranas, poco dado al trabajo y al estudio, intrépido, valiente y audaz. De su padre, antiguo Presidente de la Corte Suprema de Justicia, heredó un parentesco muy cercano con la familia Ascázubi, que le sirvió con el paso de los años para unir su suerte a la del doctor Gabriel García Moreno. Sobre esta amistad se cuenta que en la derrota de Tumbuco en 1859 y estando García Moreno a un tris de caer prisionero del enemigo por haber muerto la mula que montaba, fue salvado de tal aprieto por su pariente político Veintemilla, quien le prestó la suya, saliendo ambos en precipitada fuga, el uno en mula y el otro a pie. Pedro Moncayo con mucha sorna comenta en su obra que éste era el único rasgo de generosidad y decencia que se le conocía a Veintemilla.

De su madre heredó otro parentesco con los entroncados señores Arteta, nada menos que Pedro José Arteta Calisto cuñado de Flores y Presidente Encargado del Ecuador en 1867 y del doctor Nicolás Joaquín que fuera Arzobispo de Quito.

Veintimilla era Capitán cuando en 1860 García Moreno tomó el poder y le brindó su confianza. Intervino en el apresamiento del General Tomás Maldonado, a quien condujo de Ambato a Quito y le hizo entrar en la población lleno de grillos. En el corto gobierno de don Jerónimo Carrión, que le nombró General y su Ministro de Guerra, vino a Guayaquil a defenderla del amago de invasión de la Escuadra Española del Pacífico al mando del Almirante Casto Méndez Núñez, pero como nada sucedió felizmente, porque los peruanos dieron buena cuenta de la escuadra invasora frente a! Callao y ella se retiró maltrecha, regresó a Quito; entonces el Ministro Manuel Bustamante fue llamado al Congreso para ser interpelado y Veintemilla proclamó la dictadura de Carrión cerrando las Cámaras y mandando a los legisladores a la cárcel, pero los acontecimientos se precipitaron y el Presidente dimitió, dejando a nuestro héroe en medio camino y cesante en sus funciones de Ministro.

El nuevo mandatario Dr. Javier Espinosa Espinosa, por influencias de Pedro José Arteta le designó Intendente General del Ejército. Lamentablemente Espinosa no duró mucho en el cargo y fue sacado del Palacio Presidencial por García Moreno que lo sustituyó. En Guayaquil hubo protestas por ente abuso, ya se había convocado a elecciones y el candidato de las mayorías era el doctor Francisco X. Aguirre Abad, muy querido por su inteligencia y bondad y por haber sido el diputado que redactó el decreto de manumisión de los esclavos.

Su hermano el General José Veintemilla se rebeló en el cuartel de artillería contra García Moreno y tomó preso al General Secundino Darquea, jefe de ese Batallón, el 19 de Marzo de 1869. Este José Veintemilla era valiente y garboso y vestía uniforme de galones de oro, sombrero bicornio emplumado, botas negras de cuero y banda de General. Todo un blanco para cualquier franco tirador. El pobre Darquea, en cambio, medio dormido aún porque la asonada fue en la madrugada y su prisión ocurrió a las seis de la mañana en su casa, se encontraba detenido en el altillo del cuartel ubicado frente a la plaza de San Francisco.

Darquea rogó a Veintemilla que lo pasara a otro sitio menos peligroso y así lo hizo, acomodándole edl Capitán José Manosalvas, amigo de ambos, en «el ropero», destinado a almacenar uniformes, pero en ese momento le picó la curiosidad a Veintemilla y se asomó a la ventana para ver el combate callejero recibiendo un tiro que le quitó la vida. Lo que nunca se ha sabido es quien disparó el tiro y si el disparo fue hecho desde afuera o desde el interior de la pieza. Demás está decir que Manosalvas y Darquea salieron del recinto liberando al Comandante del Batallón de apellido Negrete Gellibert y terminaron con la revolución, lo cual habla claramente de la complicidad de Manosalvas en la muerte de Veintemilla.                              

        

VEINTEMILLA SE REBELA CONTRA EL TIRANO

Este fatídico incidente parece que le llegó a Ignacio de Veintemilla hasta lo más hondo de su alma pues quería muchísimo a su hermano, haciéndole cambiar de garciano en antigarciano. Otros autores sostienen en cambio con pruebas en la mano, que estaban complotado para desconocer la revolución de García Moreno contra Espinosa, al punto que en la declaración rendida por Manuel Cornejo y Astorgas en el sumario contra el doctor Marco Espinel (prófugo por estar complicado en el crimen que se intentó cometer con García Moreno poco después) a los ocho meses, en Diciembre de 1869, en Quito, dice; «Que Ignacio de Veintemilla le contó en Marzo que la revolución la tenía programada con su hermano José, para que estallara en los primeros días de Mayo, en Guayaquil». Que luego le dijo: «que su hermano la había anticipado el día 19 de Marzo por temor a que se enterase el gobierno y que él, Ignacio, no había participado en ella, por estar fuera de la ciudad».

DE DESTERRADO A JEFE SUPREMO

García Moreno no creyó la mentira o excusa de su ausencia y tampoco aceptó la solicitud de perdón de Veintemilla y lo condenó a prisión y a ser fusilado, pero luego le perdonó, ordenando que saliera del país inmediatamente entregando fianza. Josefa Moran y Aviles fue la fiadora y Veintemilla viajó a París. Ella era una señora muy rica, propietaria del latifundio que después llamó “Hacienda La Julia,” Había casado con su primo Onofre Pareja y Avilés, sin hijos y viuda con el Dr. Mariano Electro Corzo natural de Arequipa, con sucesión.

Allí trabó amistad con Montalvo y vivió disipadamente, como siempre lo había hecho en el Ecuador. Se despertaba a las tres de la tarde y luego de asearse, jugaba desde las cuatro hasta las cuatro de la mañana, todo tipo de apuestas. También bebía y su licor preferido era el coñac francés, del mejor porque «su buche» era fino y distinguido, por ello sus pocos reales se terminaron rápidamente y comenzó a hacer prodigios para no morir de hambre. De apuesta figura, su noble origen lo revelaba grato a cualquier ojo femenino y vendió cara su persona gozando con francesas ya no muy jóvenes, que se embelesaban en la compañía de un adonis sudamericano, que las dominaba con cortesías y a patadas. Porque así era él.

Seis años después regresó al país. Rayo había matado a García Moreno y ya no había nada que temer. Su entrada en Quito fue apoteósica. Los farristas de la capital lo recibieron con los brazos abiertos. Ramón Borrero, hermano del Presidente de la República, lo acogió con mucho cariño y le hizo nombrar Comandante General de Guayaquil. Desde el puerto Veintemilla lanzó numerosas promesas de lealtad a sus nuevos protectores, pero el 8 de Septiembre de 1876, a las pocas semanas de haber sido designado, desconoció al régimen y se proclamó Jefe Supremo de la República. En las batallas de Galte y la Loma de los Molinos las fuerzas guayaquileñas derrotaron a los Constitucionalistas y entraron triunfantes con Veintemilla en Quito.

LIBERAL POR CONVENIENCIA

Al principio gobernó con el naciente partido liberal que se había formado en contrapunto con los garcianos, titulados ellos mismos con el errado calificativo de Católicos, ya que unos y otros lo eran. Designó Ministro General a Pedro Carbo Noboa, a la sazón en Nueva York y el gabinete lo conformó con tres guayaquileños distinguidos: José María Noboa Baquerizo, el Coronel José Sánchez Rubio y José Vélez en las carteras del Interior, Guerra y Hacienda, respectivamente.

Estas designaciones no agradaron a los garcianos Católicos y a los defenestrados elementos del régimen del doctor Antonio Borrero Cortázar, que iniciaron una sorda oposición en todos los rincones del país. ¿Quiénes eran entonces los colaboradores del nuevo régimen?, A ciencia cierta que el elemento moderado que presidía Carbo Noboa había obtenido colocación en el gobierno y estos patricios, aunque muy respetables por sus méritos y virtudes cívicas, no constituían fuerza en el país, por su misma pasividad, por los métodos que preconizan y por su inexperiencia administrativa. La situación política se tornaba peor cada vez y aquí entró el padre Gago.

UN GAGO QUE HABLA MUCHO

El reverendo Gago de nacionalidad italiana, pertenecía a esa pléyade de sacerdotes europeos que trajo García Moreno, unos ciertamente admirables y santos, merecedores no sólo del respeto sino de la veneración de los ecuatorianos; pero como ocurre siempre, estos no eran la mayoría, porque habían otros como Gago por ejemplo, que en sus pueblos habían sido soldados fanáticos y ultramontanos, enemigos acérrimos de todo aquello que significaba libertad y progreso, que más por ganarse la vida que por tener vocación habían entrado a alguna orden monástica y venido a América con el fin de correr aventuras. De éstos últimos fue también aquel famoso Secretario de la Nunciatura Apostólica que en el Quito de 1872, doctor Carboni, desempeñó el oficio de gran comerciante en oro y convirtió la sede diplomática en un vulgar mercado y casa de empeño, donde se ofrecían los mejores precios por joyas y prendas hasta que el pueblo se amotinó y al grito de «fuera Carboni, abajo el cuíco», terminó con tan execrable negociado.

El Padre Gago no era un novato en el arte de hablar. En Perú había sufrido pena de destierro por perorar contra el régimen del Presidente Prado incitando al pueblo a la insurrección e indicando a quién debían de elegir sucesor. Luego vino a estas tierras y tomó posada en la Iglesia de San Francisco en Quito, cobrando fama como orador de barricadas que hacía lo que quería con la multitud de beatas que acudían diariamente a oír extasiadas sus subversivas prédicas. Un día citó para que concurrieran el 1 de Abril de ese año (1877) al pretil de la Iglesia y llegada la hora, con voz de trueno anunció que el régimen liberal de Pedro Carbo era sacrílego y atentatorio contra la religión, etc.

¡Consentirés, amados míos, dijo el turbulento predicador, que la Santa Religión del Crucificado desaparezca de la República por culpa de un cretino! Llorad hermanos porque se acerca la hora del sacrificio de nuestras vidas en homenaje a la Cruz. Somos los nuevos cruzados que vamos a la guerra, a vencer o a morir, por Cristo Jesús. No os detengáis en los medios, que todos son legítimos ¿Estáis?

El orador y el pueblo prorrumpieron en prolongados sollozos y éste juraba con protestas altivas ir dispuesto al sacrificio, seguro de encontrar la felicidad.

EL MOTIN DEL PADRE GAGO

En ese momento el populacho comenzó a rugir contra Pedro Carbo, Ministro General del Régimen, Católico Apostólico y guayaquileño, mas no romano, «porque romanos son los gatos» según palabras que dicen que pronunció en son de chanza; y se llenaron las calles de gente alzada, pero el Intendente del Pichincha Juan H. Navarro tocó rebato y atizó garrote limpio a los «gagistas» hasta dispersarlos.

Por su parte el fraile causante del desorden estaba tranquilamente recogido en su celda hasta donde concurrió un Comisario de Policía a intimarle rendición – Sólo despedazado saldré del convento fue la respuesta – Eso mismo, terció el padre Guardián de los Franciscanos, a mí también tendrán que despedazarme antes que permitir que saquen a su paternidad. El Comisario se dio por vencido, abandonó el Convento y apenas cruzó la esquina, un franciscano sacó un crucifijo y arengó a los curiosos incitando a la revolución. El pobre Comisario apuró el paso y Gago salió triunfante, llevado en hombros por garcianos de alguna prestancia social, que lo condujeron a la legación francesa en calidad de asilado, gritando siempre contra el gobierno del «hereje Carbo».

Entonces la turba siguió por las calles dando vivas al Papa, a la Religión, a Gago y mueras a los masones, los «petroleros», los «comunistas», los herejes y los radicales (2) Eran las tres y media de la tarde y Veintemilla salía del Palacio acompañado de su Edecán, Mayor Juan M. Campuzano, de Rafael María Caamaño y Cornejo, José María Noboa Baquerizo, José Vélez y Pedro Carbo, que iba medroso porque contra él era el motín, sindicándole de ser el alma maligna del gobierno. Tres batallones de líneas cercaron la plaza de San Francisco conducidos por los Coroneles José Antonio Mata y Vicente Larrea, a la sazón Comandante de la ciudad.

Sonaron varios disparos y la multitud despavorida no sabía para dónde correr. Algunos rodaban por el suelo y eran pisoteados, otros arrojaban piedras y los más fugaban destruyendo todo lo que hallaban al paso. José Alvarez, Gobernador del Pichincha, fue obligado a huir del sitio después de recibir algunos golpes. El pobre, que no sabía lo que estaba ocurriendo, dicen que iba a San Francisco a confesarse como era su costumbre y fue recibido por el populacho desenfrenado que lo insultó y trató de ultimarlo.

Una piedra, de las muchas que fueron arrojadas por grupos de mujeres apostadas en la Iglesia, cayó en la cabeza de Rafael María Caamaño, ocasionándole la rotura del sombrero y una ligera magulladura. Felizmente usaba sombrero de fieltro que sino el daño habría sido más grave. A los pocos días el Padre Gago salía tranquilamente del país como antes lo había hecho del Perú, desconociéndose su suerte posterior.

(2) Palabras textuales tomadas de la Hoja suelta titulada: La sedición religiosa, publicada en Quito, el 8 de Septiembre de 1877, con el No. 22 del Periódico Oficial del Régimen.