212. Don Ignacio De La Cuchilla

El 7 de mayo de 1829 se bautizó en la Capilla Mayor del Sagrario de Quito un niño de pocos días de nacido, hijo del matrimonio del doctor Ignacio de Veintemilla y de Josefa Ascázubi. El joven Ignacio, llamado así en honor a su papá, llegará a ocupar la presidencia de la República y será recordado por sus excesos. Por lo pronto creció en un cómodo hogar donde campeaba el buen gusto y la ilustración, lo que no se opuso a que Ignacio fuere el estudiante más ocioso de clase y a tal punto llegó su aversión al estudio, que el padre al fin lo retiró del colegio, casi sin saber leer ni escribir, dirían después sus enemigos. De inmediato entró en la carrera de las armas en tiempos del Presidente Roca – en 1.846 –  y fue en los cuarteles donde se halló a gusto. Allí podía jugar a los naipes, decir palabrotas y ejercitar el físico. Era alto, fornido y de gran simpatía personal, a todos conquistaba con sus chistes y su sonrisa cordial, pronto le llegaron los ascensos.

PRIMERAS AVENTURAS

En esta época pasaba por liberal y anti floreano y contrajo matrimonio con Joaquina Tinajero Llona, teniendo tres hijos que murieron impúberes, después quedó viudo y tomó partido con García Moreno, que se había levantado en armas contra el gobierno constitucional del General Francisco Robles; intervino en la batalla de Tumbuco y hasta le prestó su caballo para evitar que lo tomaran prisionero las fuerzas leales que comandaba Urbina, aunque hay autores que indican que solo fue una mula. De todas maneras, el animal le sirvió a García Moreno para salir corriendo.

En 1860 y ya en el poder, García Moreno le premió con el nombramiento de Jefe de la Artillería de Quito. Rosa Ascázubi Matheus, mujer de García Moreno, era prima hermana de Josefa Ascázubi Villacís. madre de Veintemilla, por lo que entre ambos existía confianza y cariño y cuando García Moreno estuvo de diputado de oposición en 1857 y 58 se hizo cuidar de Veintemilla, por entonces fuera del ejército, que actuó como su guarda espaldas.

UNAS AMARRAS MUY SUAVES

En 1864 y durante la revolución del General Maldonado, García Moreno ordenó a Veintemilla que apenas escuche un tiro, amarre con sogas a los numerosos presos políticos encerrados en el cuartel a su mando, para impedirles la fuga. Esa noche los detenidos vieron entrar en la prisión varias cestas cuidadosamente envueltas y a poco les visitó Veintemilla que dijo: «Habéis oído la orden del presidente . . . Voy a cumplirla»… Descubriendo las canastas que en lugar de contener cadenas de hierro estaban llenas de suculentas golosinas y finos licores europeos que todos consumieron a discreción. Veintemilla fue el héroe de la jornada cuando exclamó: «Así es como un caballero amarra a otros en prisión». . . Con tan jovial camaradería consiguió numerosos partidarios que le sirvieron en el futuro.

Cristóbal Gangotena refería que en 1877 y ya de Jefe Supremo de la República, Veintemilla dispuso la prisión de su tío Cristóbal Jijón – mozo de no más de veinte y cinco abriles –  con orden terminante de destierro a Europa. Grande fue la conmoción familiar y numerosas las rogativas del viejo Manuel Jijón para salvar a su hijo; mas, el temido Jefe Supremo no cedía y la orden se cumplió viajando el muchacho a París. Sinembargo la tarde anterior su hermana Dolores fue al cuartel a visitarle y cual no sería su sorpresa al pillar infraganti al detenido, abrazado con el General Veintemilla, en franca risotadas por la azotea. La pobre dama no supo qué pensar, primero creyó que se habían reconciliado los enemigos y pronto se enteró por boca de ellos, que todo había sido un embuste para arrancarle unos cuantos miles de pesos al roñoso de don Manuel, que no quería financiar el anhelado viaje de su hijo y como lo que no resulta por las buenas a veces ocurre por las malas, el buenazo de Veintemilla se prestó al juego para que su amigo Cristóbal Jijón saliera del país aunque fuere como desterrado pero con la plata del papá en el bolsillo, para gastarla en París.

LA REACCION LIBERAL DE 1869

En 1867 y durante la presidencia de Jerónimo Carrión, logró Veintemilla el generalato y ocupó por algunos meses el ministerio de Guerra y Marina. García Moreno destituyó a Carrión y lo reemplazó con el doctor Javier Espinosa al que también sacó del mando con el audaz golpe revolucionario de Enero de 1869.

Entonces el país se pronunció contra tan insaciable tirano que no permitía a ningún compatriota el desempeño de la presidencia y en pocos meses ocurrieron tres revoluciones acaudilladas por José Veintemilla, Diego Pimentel y Manuel Ignacio Aguilar, en Guayaquil, Quito y Cuenca respectivamente, que fracasaron después de sangrientos sucesos, muriendo en la primera el General José Veintemilla, hermano de Ignacio y padre de la no menos famosa Marietta, después conocida por sus soldados oriundos del Carchi cerca del río Mayasquer con e1 nombre de «La Mayasquerita», por su audacia, valor y belleza sin par.

Este hecho colocó a Ignacio de Veintemilla en la lista de sospechosos que fueron deportados del país y desde 1869 hasta 1876 permaneció en la mayor pobreza viviendo en la capital francesa a pellizcos de lo que sus amigos le daban y de lo que buenamente obtenía de algunas damas pues para eso se las valía.

NUEVAS CORRERIAS

El destierro le abrió las puertas de la opinión pública que lo acogió favorablemente a su regreso. En Francia había hecho amistad con Juan Montalvo, Clemente Ballén, Leonidas Yerovi, José Vélez y otros más. En Quito sus hermanas tenían buenas relaciones y fama de virtuosas y el recuerdo de la muerte del apreciado General José Veintemilla aún subsistía; por ello, el nuevo Presidente de la República Antonio Borrero le nombró Comandante General de la plaza de Guayaquil, sin prever que pocos meses después Veintemilla se declararía Jefe Supremo del Ecuador, iniciándose como liberal convencido al amparo de Pedro Carbo, a quien nombró Ministro General. Los quiteños, que sabían que Carbo era de temperamento beatífico y muy dado a las soluciones pacíficas y diplomáticas, que había sido Secretario de Rocafuerte en México y luego Diplomático en Colombia, le apodaron enseguida: «El hombre sin hiel», y en efecto, el gran estadista guayaquileño era de genio pacífico y tranquilo por lo que al morir, el doctor César Borja Lavayen dijo en el cementerio: «Rara virtud la de este cadáver, congregar a todo un pueblo en torno suyo», refiriéndose a las enormes simpatías que dejaba Carbo en su ciudad y es fama que ese mismo día se inició una colecta voluntarias para levantar su estatua.

Otro colaborador de Veintemilla fue el General Urbina, que aunque anciano continuaba siendo el mismo activista de siempre, moviéndose por todos los rincones de la administración, poniendo orden y energía.

Poco después los liberales se retiraron del gobierno porque Veintemilla no respondió a los anhelos de reforma que ellos deseaban y cuando en 1882 se declaró presidente – dictador oyendo los torpes consejos del doctor Pedro José Cevallos, el partido de las luces fue el primero que reaccionó encendiendo la chispa de la insurgencia en Esmeraldas Manuel Antonio Franco y Clemente Concha Torres; en Latacunga José María Sarasti, y en Tulcán Landázuri el empecinado; caudillos que terminaron por derrocarle en la magna gesta de la Restauración.

TRUCULENCIAS FAMILIARES

La familia Veintemilla es antigua en Cuenca y procede de un español de Soria llamado Andrés de Veintemilla que allá casó con María Pérez de las Heras y fueron padres de Toribio de Veintemilla que vino a América y fundó familia a principios del siglo XVII; son antiguos en nuestra Patria los Veintemilla o Veintimilla, que de cualquier forma se puede escribir este apellido, procedente del linaje italiano de Veintemiglia.

Los actuales Vintimilla de Cuenca escriben el apellido de este modo, único en el mundo, por resolución de sus mayores tomada durante los aciagos años de la dictadura del pariente. La rama quiteña de Veintemilla aparece con el abuelo del General Ignacio, padre de los Veintemilla Arteta, y entre ellos, del doctor Ignacio, abogado de profesión y Ministro Juez de la Corte Suprema de Justicia, casado con una hija ilegítima de José Javier de Ascázubi y Matheu en una señora de la nobleza quiteña de apellido Villacís, por lo que antepuso el apellido materno al paterno para evitar el escándalo social.

No sería raro encontrar en estas razones de índole familiar los principales rasgos de carácter de los hermanos Veintemilla Ascázubi (Ignacio y José): siempre aventurando, pocoamigos de la instrucción y mucho de la juerga y el buen vivir. José Veintemilla en Lima se enamoró de la hija de una de las cantantes italianas que visitaban la capital formando parte de una compañía de Opera. Todo fue verla y amarla, fugándose el valeroso militar con la hermosa diva.

Fruto de este matrimonio fue Marieta de Veintemilla Marconi que nació en alta mar, al entrar el buque que traía a sus padres al golfo de Guayaquil y no lejos de la Isla Puna. En este idílico paraje vino al mundo la Generalita, que veinte y dos años después infundiría coraje a los militares de su tío durante el sitio de la capital; la señora Marconi murió pronto dejándola huérfana y al cuidado de dos tías solteronas.

Muy joven Marietta llegó a contraer matrimonio con Antonio de Lapierre Cucalón, hijo del Conde de Langlouise de Lapierre,  ex Ministro Plenipotenciario de Francia en Ecuador y de la guayaquileña Antonia Cucalón Ariza, y como quedó viuda y sin hijos se dedicó a la política hasta que asumió el mando del ejército ecuatoriano, peleando con enorme coraje, y cayó prisionera de los restauradores; ocho meses pasó encerrada en una prisión. Con posterioridad viajó a Lima acompañando a sus tías, donde las esperaba el General Veintemilla que había huido de Guayaquil a tiempo. Sus últimos años fueron tristes. Regresó a Quito, había engordado y se halló llena de enemigos políticos. Creía en fantasmas y en espíritus, estudiaba ocultismo y vivía sola en la finca que el General Veintemilla mandó edificar para sí y que a pesar de los años transcurridos no estaba concluida; el decorado de las paredes era misterioso porque las mandó a forrar de raso rojo. Y murió de malaria cerebral o fiebre perniciosa un día de marzo de 1907. A esta mujer el país no le ha hecho justicia todavía.

MUERTE DEL GENERAL

El tío, que había seguido viviendo en Lima y trasnochando en las tertulias del Club de la Unión, al conocer el fallecimiento de su querida sobrina a la que estimaba y admiraba en alto grado, sufrió el remordimiento más atroz y decidió radicar en Quito. En efecto, el jueves 18 de abril de ese año se hospedó en su casa y como de las sumas de dinero que llevara del país al exterior poco o nada quedaba, hizo vida de pobre, visitando a sus conocidos para mejor pasar el tiempo.

El día de su llegada un núcleo de trescientos ciudadanos le vivaron a gritos; eran los viejos veintemillistas de treintaaños atrás. El anciano General que contaba ochenta abriles y tenía la cabeza cana se exaltó por última vez y pronunció un discurse en el balcón haciendo votos por la prosperidad y progreso de la nación. Desde 1900 había vuelto a constar en el escalafón militar con ese grado después que la Convención Nacional de 1883 lo borró.

En julio del año siguiente se lastimó un pie y cayó enfermo con infección; su amigo el padre Manuel José Proaño que siempre fue un  sacerdote de ideas anacrónicas y bastante terco, se puso necio en confesarlo y el enfermo se resistía, hasta que el padrecito apeló al recuerdo y le dijo que cómo era posible tanta obstinación si su hermana Josefina de Veintimilla, monja en Lima, era nada menos que esposa de Cristo, al que el general replicó con malicia no exenta de gracia “Si mi hermana es esposa de Cristo como Ud. afirma, espero que mi cuñado no me ponga mala cara en el cielo. I ambos rieron con tan chusca salida, pero su condición siguió peor, la fiebre subía a ratos y de pronto a causa de la diabetes se presentó una mortal gangrena que le llevó al sepulcro el domingo 19 de ese mes, no sin antes recibir solemnemente el viático con gran concurso de damas y caballeros de Quito.

El lunes 20 el Presidente Alfaro dispuso una Capilla Ardiente en su honor en el interior de la Cancillería, luego se paseó al cadáver en calle de honor que la formaron los estudiantes de la escuela Militar hasta el cementerio de San Diego.

El desfile comenzó a la una de la tardI y tomaron las fajas los Generales Manuel Antonio Franco, José María Sarasti, Flavio Alfaro, Fidel García y Rafael Arellano y el Ministro de Chile Guillermo Pinto Agüero. Presidían el duelo sus sobrinos Nicolás, Ignacio y Carlos de Veintemilla y sus parientes los Arteta, Ascázubi, Veintemilla. Villacís y Tinajero.

El martes 21 se oficiaron los funerales en la catedral presidiendo la ceremonia el llustrÍsimo Juan María Riera y cantando los responsos sagrados el Arzobispo González Suárez. A la salida repartieron hojitas volantes con la fotografía del de cesado y una mini biografía muy de acomodo por aquello de que el papel aguanta todo y el tiempo borra en la memoria de los hombres hasta los peores recuerdos.

Con Veintemilla murió su época no exenta de hombres ilustres y hechos heroicos y para mal del Ecuador plagada de vicios y abusos. Pudo haber hecho tanto bien porque fue popular e inteligente y sin embargo se dejó vencer por la afición al licor y a los placeres.

Cuéntase de Veintemilla que siendo Presidente salía a las calles de Quito y andaba de abrazo con sus conocidos a los que trataba de amigos y compañeros, repartiendo jovialidad y simpatía a raudales. Con sus inferiores de cuartel fue siempre atento; tenía tratos con las «guarichas» (mujeres de los soldados) y a éstos los motejaba de «mis cachuditos», y cosa rara, nadie se resentía. Suerte la de algunos…