209. Piedrahita Fue Asesinado Por Mucho Amar

Cuando el 6 de agosto de 1875 murió Gabriel García Moreno los conservadores quedaron sin jefe que los dirigiera. De entre los seguidores del difunto mandatario ninguno tenía presencia para líder y heredar el grupo «garciano, terrorista o conservador». Allí, afligidos y medrosos los doctores Camilo Ponce Ortiz y Pablo Herrera, más airosos eran Vicente Lucio y Francisco Xavier Salazar, pero pronto un formidable motín callejero ocurrido en Quito los inutilizó en política. El Vicepresidente Francisco Xavier León enloqueció y fue a parar a un cuarto interior de su casa; en fin, no había un solo líder de entre la camarilla palaciega que sobreviviera políticamente al drama.

dos figuras se alzaban: la de Antonio Borrero y Cortázar y Vicente Piedrahita Carbo, abogados amigos de García Moreno, críticos de sus aciertos y errores e independientes en sus maneras de actuar, habían sufrido la ingratitud del difunto que no soportaba la crítica de nadie. Lamentablemente Piedrahita se encontraba en sus haciendas Palestina, Potrerillo y Anasqui, endeudado hasta las narices por su incapacidad para trabajar, los continuos viajes diplomáticos a Perú y Chile y su larga travesía por países mediterráneos y orientales hasta llegar a Tierra Santa, que le había proporcionado muchas satisfacciones dejándole sin un «cobre» y sin tener qué decirle a su madre doña Juan Carbo que le miraba con el ceño fruncido de coraje por su mala cabeza para dirigir los negocios agrícolas. En fin de cuentas ella tenía toda la razón. ¿De dónde acá se le había metido entre ceja y ceja a su hijo Vicentito ser hombre público y nada más que eso? ¿Acaso los estudios de jurisprudencia que había realizado con tanto lucimiento en la capital le habían privado del sentido común?

El otro conservador independiente era Borrero y como últimamente se había llevado muy mal con García Moreno pudo captar el apoyo de conservadores y liberales, saliendo electo Presidente Constitucional de la República superando la precandidatura abiertamente Francisco Xavier Aguirre Abad que declinó en mérito a la unidad.

¿Quién creyera! La falta de dinero influyó en Piedrahita para no terciar en la contienda y de haberlo hecho, todo indicaba que el triunfo hubiera sido suyo, puesto que era más conocido que Borrero debido a sus múltiples actividades en la diplomacia donde se había iniciado quince años antes en 1860, como Secretario del General Guillermo Franco Herrera, Jefe Supremo de Guayaquil y Azuay.

En aquellas circunstancias Piedrahita se pasó al bando contrario, el de García Moreno, unos dicen que por su anti urbinismo (1) y otros, los más, aseguran que por un fuerte altercado sostenido con Franco y originado en un enredo político que promovió el General Guillermo Bodero que, a la postre, lo reemplazó en el desempeño de la Secretaría, quedando dueño del cargo merced a este ardid. En fin, sea de cualquier forma, Piedrahita supo separarse a tiempo y se fue a Lima, de donde regresó a Quito como agente de Flores y logró que ambos caudillos se unan. El 24 de septiembre fue de los que atravesó el salado en las primeras horas de la mañana, dando una lección de valentía a la gente de su tropa que le siguió optimista y decidida.

CONSPIRABAN UTILIZANDO SU NOMBRE

Y aún retirado a la vida privada la sombra de Piedrahita se proyectó sobre la política nacional en 1878 en forma por demás interesante. Borrero 

fue derrotado por la revolución al año de gobierno y sufrió prisión en Quito.

(1) Urbina destituyó de la presidencia de la República en 1852 a Diego Noboa Arteta, tío abuelo y tío político de Piedrahita y como García Moreno era enemigo acérrimo da Urbina, Piedrahita, por tal motivo, simpatizaba con él.

El nuevo jefe de la nación era el General Ignacio de Veintemilla.  En cuanto Piedrahita, conservador  y beatífico, tan católico y serio, tenía fama de ser un don Juan de subidos kilates, especializado en enamorar señoras casadas de toda condición social, porque en nada paraba este seductor, todo inteligencia, palabra fina, masculinidad y porte gentil.

Por esa época ya los liberales trataban de librarse de Veintemilla que había resultado ser un clavo duro de torcer. En Panamá Alfaro pensaba utilizar el prestigio político de Piedrahita para sacar adelante la revolución y esto parece que se supo en las altas esferas de la capital, llegando hasta los oídos del Dictador, que tomó las medidas del caso, haciendo apresar a don Eloy cuando acababa de llegar a Guayaquil y antes que pudiera completar los detalles del cuartelazo.

Piedrahita pasó a ser considerado sujeto de peligro para el régimen, aunque vivía como simple agricultor en sus propiedades rurales de Daule, Balzar. Santa Lucía y Colimes.

LOS DOS VISITANTES MISTERIOSOS

El día 4 de septiembre de 1878, fecha del crimen fue visitado por la tarde, en su hacienda Palestina, de Santa Lucía por dos individuos que llegaron en una canoa procedente de Daule. Ellos eran Eduardo lllingworth y Manuel Cabrera Mendieta, después se dijo que el encuentro de ambos fue casual; en mitad del camino lllingworth fue requerido por Cabrera para que lo lleve en su canoa hasta donde estaba Piedrahita porque tenía que tratar con él un asunto profesional de importancia. Recordemos que Piedrahita era abogado y su especialidad consistía en defender acusados en juicios penales, donde hacía gala de su cultura y conocimientos jurídicos, utilizando al mismo tiempo su potente voz y viril apostura. ¡Era todo un campeón en el arte de Papiniano al decir de sus congéneres!

Illingworth cayó de visita para invitarlo a que pase unos días en Chonana finca de sus parientes los Illingworth Décima Villa en las riberas del Daule y todos juntos cenaron después que Piedrahita los atendió por separado. Illingworth oyó a Piedrahita decir que Cabrera era un insolente a quien tendría que enjuiciar porque durante los años que lo tuvo de administrador de su hacienda había cometido excesos sin cuento y en lugar de mostrarse humilde y arrepentido cada día era más alzado y prepotente, haciendo alardes de sus riquezas mal habidas y reclamándole dineros provenientes de sueldos atrasados que Piedrahita se negaba a abonar. Con todo, la discusión no prosperó y los tres se sentaron a cenar tranquilamente, despidiéndose a continuación Illingworth y Cabrera con dirección a Colimes, donde tenía que estar el primero de los nombrados. Cabrera se sirvió acompañar al inglés hasta dejarlo en buen camino. Dos horas después Piedrahita caía abatido de un balazo en el abdomen cuando se disponía a subir las gradas de la casa de su hacienda.   

LAS CIRCUNSTANCIAS DEL CRIMEN

Del informe pericial pudo establecerse lo siguiente: Que dos individuos se apostaron con mucha comodidad como a doce varas de la subida a la casa de hacienda, esperando pacientemente a la víctima. Que para cubrir sus figuras habían unido varias ramas y arbustos, usando una escopeta de proyectiles. La bala asesina – porque sólo hubo un disparo – le penetró en el abdomen, seccionando la arteria epigástrica y provocando una muerte de contado por derrame interno de sangre, yendo a incrustrarse en alguna de las llamadas vértebras lumbares. Uno de los asesinos no usaba zapatos.

Datos tan escuetos no revelaron absolutamente nada sobre la identidad de los criminales; poco después otras señas particulares ampliaron el panorama. Piedrahita había marchado a casa de la señora Felipa Castro después de despedir a los dos visitantes que lo habían acompañado a cenar, regresando sin saber que la muerte lo acechaba detrás de la empalizada, al lado del patio de su casa de hacienda.

La noticia fue conocida en Guayaquil al día siguiente muy por la mañana, causando una profunda impresión entre el vecindario que se agrupó en una sociedad llamada «De la Tumba» con el exclusivo propósito de descubrir y perseguir a los criminales. Presidente fue electo el notable médico doctor Federico Matheus Capelo y Vicepresidente José Domingo de Santistevan. Instaurado el Proceso se designó Fiscal al doctor Vicente Paz que, a pesar de sus esfuerzos por llevar a cabo la misión, nada en claro pudo sacar, contentándose con publicar meses después un extenso extracto de los Méritos del Proceso.

LA SOCIEDAD DE LA TUMBA

El Gobernador del Guayas General José Sánchez Rubio prestó su apoyo como convenía, porque la mayor parte de los vecinos culpaban de la comisión del delito al General Ignacio de Veintemilla Jefe del Estado ecuatoriano, sindicándole como autor intelectual y afirmando tales suposiciones en que en las noches del 12, 13 y 17 de Junio se vio a varios individuos acercarse a la hacienda Potrerillo y registrar la casa en busca de Piedrahita, al que felizmente no encontraron por estar en Palestina, huyendo después de tales pesquisas. Pero estas suposiciones elucubradas al tenor del momento político en que el país se debatía, carecían absolutamente de fundamento, como lo dice el doctor Antonio Flores Jijón, a pesar de ser enemigo de Veintemilla, en su obra: «Para la Historia del Ecuador», páginas 141 y 142.

Dos años después, el 4 de Septiembre de 1880, los restos mortales del patricio asesinado fueron trasladados de Daule a Guayaquil para recibir sepultura en la Iglesia Catedral, junto a los Obispos de la Diócesis y otros hombres preclaros. En tal ocasión el Canónigo Magistral José María de Santistevan Plaza pronunció una sentida oración fúnebre. Posteriormente su cadáver regresó a Daule donde aún debe descansar bajo el altar de la Iglesia.

LA VERDAD ACERCA DEL CRIMEN

Desde esa fecha a la presente mucho se ha comentado sobre el crimen, pero las hipótesis se han ido descartando una por una quedando al fin la última, expuesta con numerosas pruebas por autores capitalinos neo conservadores que quieren hacer de Piedrahita un héroe de la derecha ecuatoriana, sin tener los peros que se le achacan a García Moreno. Apoyado por ese aire de virilidad que sabía imprimir en todos sus actos el discutido Piedrahita, a quien, dicho sea de paso, sólo se le conocieron dos novias en vida: la bella Carmen Concha Piedrahita su sobrina segunda que vivía en Buga, a quien ni siquiera llegó a conocer y con quien sostuvo un amor platónico en verso, y Mercedes Gómez de la Torre, dulcinea de sus años mozos de estudiante en Quito.

Parece que Piedrahita sostenía relaciones íntimas con una bella señora, esposa de Eduardo Illingworth, uno de sus misteriosos visitantes y esto produjo la justa cólera del marido engañado que tomó venganza de quien tan malamente abusaba de la amistad. Esto motivaría la atenta visita de la tarde para darse cuenta del teatro de los acontecimientos y luego pudo haber regresado de noche.

Después, ya en pleno proceso, entra a la palestra una enigmática figura internacional la del dizque militar español Vicente Casanova, avecinado en Guayaquil por la época del crimen y a quien se le dejó de ver los dos días anteriores al hecho. Juan Montalvo lo sindica de haber sido el causante del doble atentado que él sufriera en Ipiales y de los que escapó ileso en forma casi milagrosa.

AVE NOCTURNA Y ESCURRIDIZA

Parece que hacia 1875 llegó Casanova a Guayaquil procedente de Cuba, de donde había tenido que emigrar por sus ideas abiertamente sospechosas para las autoridades peninsulares de la isla. Sobre su verdadero nombre nada se sabe, únicamente que utilizaba el de Vicente Casanova en Guayaquil, habiéndose alojado primeramente en casa del señor Manuel de Lozada Plisé que le dio su apoyo en forma por demás caritativa. Estaba pobrísimo y casi desnudo. Por las noches salía a la calle a pasear y sus primeros amigos fueron dos trasnochadores más llamados Ignacio de Veintemilla y Pedro Jaramillo, con quienes hizo buenas migas. Por enero de 1879 todavía estaba en el puerto como uno de los acusados en el crimen de Piedrahita, poco después salió furtivamente con dirección a Centroamérica donde lo encontró el señor Gómez Sierra, que dio aviso del hecho. Es la última noticia que se tiene del español, ya por esa época había cambiado el apellido Casanova haciéndose llamar David Piedra. ¡Qué rico tipo!

Ah, me olvidaba. Este Vicente Casanova o David Piedra – como se quiera – hizo fortuna de la noche a la mañana. En efecto, habitaba un entrepiso en la casa de la familia Maldonado y una negra vieja, criada de esa familia y curiosa como toda mujer, comprobó por las rendijas del piso de madera que el español sacaba de debajo de la cama un cajón lleno de monedas de oro y plata y las contaba con una enorme sonrisa. ¿El precio del crimen? Vaya uno a saberlo, que en este caso como en muchos más, la justicia no triunfó.

También se supo por averiguaciones del doctor Vicente Paz, que Casanova prestaba sus servicios personales a Illingworth, uno de los dos individuos que visitaron al doctor Piedrahita pocas horas antes de su muerte.