201. Guayaquil Hacia 1870

Una larga hilera de elegantes quintas en medio de frondosos bosquecillos y humildes chozas de caña techadas de bijao anuncia al viajero la cercanía del puerto. El golfo, enorme cavidad geográfica donde lentamente se agitan las turbias aguas del manso rio Guayas, estaba surcado por veloces vaporcitos fluviales de largas chimeneas que despiden negras volutas de humo. La luna en las noches y el sol de día dan al paisaje diferentes matices. Numerosas canoas y balsas transportan los productos de las haciendas del país para consumo de la población y se nota un ir y venir de gentes tropicales de bronceados torsos.

RUMOR DE CIUDAD MERCANTIL

La primera impresión del viajero que llegaba a nuestro puerto es el sordo rumor de personas que trafican por el malecón y los muelles. La línea horizontal de los tejados a veces es interrumpida por alguna elegante torrecilla con mirador, reja y balaustrada. Las casas de Las Peñas y las chozas escalonadas del cerro prestan al paisaje un grato sabor español. Al fondo y hacia la orilla opuesta a veces se divisaba la silueta del Chimborazo y cuando el Cotopaxi y el Shangay entran en erupción, sus bramidos podían ser escuchados perfectamente en el silencio de la noche tropical asustando al vecindario. Por las mañanas se desembarca el cacao, plátano y guineo para su expendio a las grandes firmas exportadoras que tienen oficinas y bodegas en el malecón. Por la tarde se secan las pepitas en los tendales cercanos y hasta en las veredas de la calle Panamá, recogiéndose los granos al anochecer, hora en que todos salen a tomar el fresco, comprar cosas y escuchar los marciales aires de alguna banda militar, pues la retreta es de obligación de siete a ocho, compitiendo las bandas de música de los diversos batallones acantonados en la plaza.       

MALOS OLORES Y ESTILO ARQUITECTONICO

En el malecón de la Orilla y en las dos primeras calles paralelas al río hay puestos públicos de comercio donde los mestizos vendían sus abalorios libremente. Cerca de la Municipalidad existían las tiendas de abarrotes y conservas y en los bajos del centenario edificio funciona el mercado. Los olores son tremendos, un gustillo a pescado, marisco y carne entra por las narices con variados tonos de desperdicios de vegetales y frutas podridas. La impresión no es grata y aún se agrava cuando el visitante no encuentra un solo hotel decente en qué alojarse, teniendo que recurrir a las fondas y casas de estar de mala muerte donde la atención es mala y cara, la comida se prepara con sebo de res y sabe rancia y las mujeres que atienden portan navajas.

Los edificios son de maderas preciosas y resistentes. Muchas pasaban de los cien años como la situada en el Barrio del Astillero que perteneció a Severino Franco desde antes de 1785. La piedra casi no se usa por los continuos movimientos de la tierra que las derribaría y porque el suelo es anegadizo y no presenta una sólida base a este tipo de construcciones.

Los carpinteros forman un gremio muy importante. Los que se dedican a embarcaciones y navíos se llaman «de Ribera», otros fabrican armazones urbanas. El método de construcción es simple, se rellenaba el subsuelo con estacas de madera, otras se plantaban y unían hasta formar una malla. Luego venía el techo que protegía del sol al maestro constructor y a los operarios, para terminar con las paredes, pisos y corredores; las ventanas casi no se utilizaban pues la mayor parte solían tener corredores en las fachadas.

El guayaquileño era un artífice tallador y adornaba el frente de las moradas con motivos diversos. Columnas y capiteles simulando viviendas griegas o romanas. Otras, como la Catedral, tenía esos mismos aditamentos, figurando con pintura que incluso llegaban a proyectar supuestas sombras. Este tipo de trabajo aún se puede admirar en las viejas casas que perduran en nuestras más apartadas calles.

CLIMA, ESTACIONES Y PRODUCTOS

El sol pega fuerte desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde y como no había ventanas, los techos eran altos, existía el patio interior, las paredes eran tres cuartos de madera y uno de barrotes para que corra el aire y entre las moradas dse dejaba amplios espacios vacíos o canalones por donde rugía el viento en las noches, se gozaba en los interiores de un reconfortante fresco. Las habitaciones eran amplias y daban al corredor exterior o al patio central que tenía un cierto aire andaluz muy romántico. El clima era benigno en verano, pero en la estación de lluvias, que a veces comenzaba en diciembre y decaía en mayo, la gente adinerada huía a los balnearios de Puna y Posorja o viajaba a sus haciendas, no tanto por el calor, sino por los mosquitos y otras alimañas que llegaban y atormentaban causando males sin cuentos. El comercio decaía y los prestamistas realizaban pingües negocios adelantando dinero a los agricultores para la siembra siguiente.

El cacao constituía el primer renglón de exportación. Casi siempre se sembraban las plantas de tres en tres, separando estos grupos por cada dos metros. La cosecha la realizaban los hombres desgajando las mazorcas y abriéndolas con machete se asoleaban y secaban en los tendales.

El arroz se cultivaba en Daule y su zona donde también se producía tabaco. En Baba y Palenque había café y cacao. En Puna frutas y reses; la mejor carne de la zona era la de Santa Elena, vasto vergel que daba hasta tres cosechas al año de Tagua y Orchilla para exportación a Panamá y México.

INTENSA VIDA RELIGIOSA

Las mujeres salían a las seis de la mañana para asistir a misa, iniciaban el día orando a Dios, viendo gente y ejercitando los músculos con la caminata. Por las tardes, a las cuatro, se tocaba a oración o «Angelus» y era de ley el rezo del Rosario en toda casa. Cuatro veces al año la iglesia de los jesuitas rebosaba de creyentes que asistían a los renombrados «Ejercicios Espirituales de San Ignacio». Las damas llevando sus reclinatorios, los caballeros participando de pie y las mujeres pobres sentadas en el suelo de tablas y cubriendo sus cuerpos con negras mantillas de seda. Todo indica recogimiento y piedad y solo se escucha al orador sagrado hablando de las bondades del cielo y los tormentos del infierno. Por esas épocas era asidua en sus prácticas la joven Narcisa Martillo Moran, venida de Nobol a Guayaquil a probar fortuna. Cosía por paga y habitaba un cuarto en los bajos de «la casa de Carmen Uranga Vázquez, cónyuge del Coronel Camilo Landín. A veces pasaba tantas horas meditando que cuando cerraban la Iglesia de San José quedaba en su interior hasta el día siguiente, sin darse cuenta.

POCA CULTURA Y MUCHO COMERCIO

La colonia china – incipiente hacia 1.870 – se volvió numerosa al poco tiempo y dedicaba sus actividades comerciales a la venta de baratijas en sus bazares urbanos y a recorrer los ríos del litoral en frágiles canoas, vendiendo a crédito y comprando productos de la tierra. Españoles e italianos competían en promover negocios de restaurantes y cafés. Algunos intervenían en el ramo de ultramarinos o ferretería. Los nacionales vendían telas al menudeo. Todo se importaba y los paños y bayetas nacionales por ser gruesos servían para confeccionar jergas para trapear y limpiones para el uso doméstico.

Los chicos pasaban a dependientes de tiendas y bazares desde los doce y catorce años, eran escasos los que llegaban a terminar la educación media que se impartía en el Colegio San Vicente (hoy Rocafuerte) La Facultad de Jurisprudencia recién tenía meses de creada y había pocos alumnos matriculados.

Casi no existían librerías, la Biblioteca Municipal fundada por Pedro Carbo data de 1862, la censura eclesiástica impedía la introducción de obras contrarias a los intereses de la Iglesia y se llegaba a la exagerada pudibundez de prohibir los textos de anatomía por contener láminas de cuerpos desnudos, lo que se dice, al natural.

Las mayorías eran analfabetas y no usaban calzado. Varios jóvenes de la generación posterior a 1860 habían recibido la enseñanza que impartían los religiosos venidos de Europa.  Algunos espíritus selectos cultivaban las bellas letras y se reunían semanalmente. Existen sociedades literarias en todo el Ecuador y los periódicos que editan circulan libremente; mas, la gente del país pierde tiempo y energías en discusiones baladíes, chismes sociales y de índole política.

La Sociedad Literaria de Ayuda Mutua funcionaba en un local alquilado de la calle del Comercio y sus jóvenes miembros asisten regularmente. Se conversa y discute de todo, especialmente de los adelantos científicos venidos de los Estados Unidos y Europa. Darwin especialmente. La Sociedad Filantrópica del Guayas mantenía dos escuelas de artes y oficios con buen éxito: la Anzoátegui y la de Manualidades, donde se preparaban artesanos competentes. La masonería estaba perseguida, así como el urbinismo y se llevaba un estricto control del ingreso de sujetos extranjeros para evitar la influencia de las malas doctrinas del exterior.

TRANSPORTES Y MEDIOS DE LOCOMOCION

El Camino Real (Guayaquil – Babahoyo – Guaranda – Latacunga – Quito) había sido remodelado en las administraciones del General Flores y aún se lo conoce con dicho nombre de Camino Real o Vía Flores. En tanto que García Moreno intentaba llevar el ferrocarril de Duran a Quito, pero sólo logra colocar diez y seis kilómetros de durmientes en terreno plano por la zona de Yaguachi. Durante el invierno esta prohibido transitar en coche a caballo por las calles de Guayaquil so pena de multa. En verano circulaban pocos carruajes y la mayor parte de las personas viajaban en mulas o a caballo y de noche se salía a pie al Malecón. Las carretas eran más frecuentes para llevar y traer objetos.

PARENTESCOS Y EXCESOS EN EL LICOR

Casi todo el vecindario estaba emparentado de alguna manera; pocos eran los extranjeros que, desafiando los rigores del clima y las enfermedades de nuestro trópico, se instalaban en Guayaquil y formaban familia. Toda fiesta era motivo de algazara y solaz. Se bebía mistelas azucaradas de intenso sabor a caña; mucho ron y aguardiente de panela y guarapo. La cerveza y el coñac eran licores exóticos de gran lujo. Se creía que poseían virtudes alimenticias. Entre el pueblo abundaban los partidarios del alcohol puro y la chicha de maíz de jora con trágicas consecuencias porque a veces se adulteran estas bebidas populares. Velorios y cumpleaños se sucedían a menudo, ocasión en la que se abusaba del licor con brindis y lamentos según venga al caso. El cementerio estaba al final del «Camino de la Legua» y al fondo de la «Calle de los Suspiros» (actuales Juan Pablo Arenas y Julián Coronel) y por su buen gusto era único en su género en Sudamérica pues las personas adineradas habían iniciado la costumbre de construir mausoleos de mármol de Carrara especialmente mandados a confeccionar en Italia.

PERSONAJES DEL DIARIO VIVIR

Los sábados salían los mendigos a recoger limosnas y almorzaban a las once de la mañana en casa de sus protectores. A las cuatro de la tarde ya no quedaba uno sólo en el centro. En el patio interior del primer piso de una casa de la actual calle Clemente Ballén, que fue propiedad de la familia Monteverde Bonín, acostumbraba operar el doctor Miguel Perdomo Neira, personaje raro y curioso, oriundo de Tolima, en Colombia, que vivió muchos años en las selvas colombianas aprendiendo los secretos de la botánica indígena. Tenía unos polvos que, aplicados al paciente, impedían las hemorragias e insensibilizan al dolor.

Su especialidad era rebajar tumores y lobanillos superficiales; pero a veces y en su audacia, llegaba a extirpar bocios y otro tipo de anomalías orgánicas, suturando heridas con hilo y aguja comunes. Durante sus intervenciones vestía túnica o mandil rojo de «propiedades mágicas y antisépticas» Nunca cobró honorarios fijos y aceptaba lo que le daban voluntariamente sus pacientes, murió en la madrugada del 24 de diciembre de 1874 de viruelas o alfombrilla, dejando un buen recuerdo y numerosas curaciones (1)

En la actual calle Sucre entre las de Pichincha y Pedro Carbo, en un entrepiso cualquiera, residía José Cinco; nadie conocía su verdadero nombre. Era afuereño y rico, prestaba dinero a interés y vivía lo más miserablemente posible, vistiendo harapos; mas, un día cada año, abría las ventanas del departamento y era todo un príncipe porque mostraba un decorado fastuoso y vestidos de primera clase traídos de Europa. Se murmuraba que era un noble exilado o algo por el estilo. La muerte lo sorprendió sin que revelara su secreto y la casa, que era propia, fue ocupada por un sastre de apellido Drouet, antiguo inquilino suyo.

(1) En medio de una operación, uno de los presentes que estaba subido en un balcón de puro burlón le escupió a la cara. Perdomo paró la intervención, subió a enfrentar al malvado, que salió corriendo, pero desde ese momento se desencajó a causa del colerín y falleció dos o tres días más tarde. Se presume que ya estaba contagiado del mal que le llevó a la tumba. Su fotografía de cuerpo entero consta en la Historia de la Medicina de la provincia del Guayas, por el Dr. Mauro Madero Moreira (MMM)