200. Ricardo Palma y Guayaquil

El gran tradicionalista peruano nació en Lima en l.833 en un hogar humilde y pobre. A los veinte años se empleó en la armada y aprovechó sus obligados ocios en la lectura de los Clásicos españoles y en escribir para “El Heraldo” de Lima. En un viaje a Piura conoció a Manuela Sáenz y a Giuseppe Garibaldi, después visitaría Guayaquil. El 54 publicó “Infernum el hechicero” utilizando por primera ocasión el nombre de tradición peruana para calificar su escrito. Ese año trabajó como Contador del transporte Rimac que naufragó el 55 cuando arribaba a Guayaquil, ciudad donde hizo varias amistades valiosas: Juan María Gutiérrez el gran crítico y literato argentino  exilado de la tiranía de Rosas, Carmen Pérez Antepara de Rodríguez – Coello, “señorita de notable hermosura y cultivado ingenio,” quien le proporcionaría a principios del 57, “un paquetito conteniendo un periódico (La Democracia de Quito) y un pliego de versos  de  la recién fallecida poetisa Dolores Veintimilla de Galindo, preciosos materiales que fueron a enriquecer nuestra cartera” y que le sirvieron para publicar su trabajo “Doña Dolores Veintimilla, sus poesías”  en la revista Sud-Américana, Valparaíds,  1.861, que tuvo amplísima circulación y sirvió para hacer conocer a nuestra ilustre escritora.

Más, hace poco, la joven investigadora María Helena Barrera de Agawad  en un hermoso estudio sobre Dolores duda que fuera mi tía bisabuela Carmen quien entregó el paquetito pues por estar casada no podía ser llamada señorita por don Ricardo, ignorando que en el romanticismo se les decía señoritas a todas las damitas jóvenes, como se prueba en el mismo artículo de Palma que en varias ocasiones  trata de señorita a la propia Dolores Veintimilla de Galindo a sabiendas que se trataba de una dama casada.

En l.867 fundó el periódico satírico “La Campana” y reprodujo algunas de sus poesías: I // ¿Dónde vais? A coger flores, / ¿Sola? Con mi pensamiento / ¿Qué piensas? En mis amores / ¿Amas? – Ese es mi tormento /¿Tienes celos? – Matadores / Pobre niña. Niña de mi corazón / No seré yo quien te riña / pues sé lo que celos son. // II  // ¿De dónde vienes? – Del prado / ¿Traes flores? No las busqué / ¿A quién hallaste? – a mi amado / ¿I no te habló el desdichado? / En brazos de otra lo hallé. / ¡Pobre niña¡¡Niña de mi corazón¡ / No seré yo quien te riña / sé lo que desdenes son. // III // ¿I lloras?  Morir quisiera. / ¿No amas la vida? Me hastía / ¿I si el perjuro volviera? / Jamás olvidar pudiera…/ ¿Su desamor? Su falsía / Pobre niña. ¡Niña de mi corazón¡ / No seré yo quien te riña / pues sé loque agravios son. En hasta los gatos quieren zapatos escribió // Señora mía yo soy un mozo / que, aunque apenitas me apunta el bozo, / soy como amante / de alma gigante. / Si Ud. se apiada de mi ternura / causará envidia nuestra ventura / a los querubes de rubio pelo / que hay en el cielo. // Jesús me asista / si hasta los gatos / quieren zapatos. // Sin elogiarme yo soy un bolo / y para bruto me pinto solo; / más sin modestia / vi otro más bestia / que yo calzare / Quien lo diría / de un Ministerio la oficialía / Yo hago como otros que no son zotes / cuatro palotes… // Bravo.  Archibravo/ ¡Si hasta los gatos quieren zapatos ¡

El 72 reunió la primera serie de Tradiciones Peruanas con leyendas breves, miniaturas cuya belleza no consiste en el tamaño sino en el estudio de las personalidades, en lo característico de cada escena, en los detalles secundarios, en el particular color de los tiempos que se describen. Además, son de sabor tan puro y tan castizo, que no tienen falta y dejan de recuerdo algo así como el bouquet del mejor vino.

Cuando el 81 entraron los chilenos en Lima perdió su casa sin siquiera abrirla, destruyendose su biblioteca y el manuscrito de la novela “Los Marañones.” Reducido a la indigencia empezó a vivir de su correspondencia con el diario argentino “La Prensa”.

Al finalizar el conflicto aceptó la dirección de la Biblioteca Nacional de Lima que había sido destruida y en dicho cargo permaneció hasta 1.912 que alcanzó la jubilación. I de mendigo formó otra vez una gran Biblioteca con libros solicitados a terceros y otros arrancados a los dueños de pulperías y bodegones, donde los soldados chilenos los habían dejado en calidad de prenda.

Sus últimos tiempos fueron tranquilos, se le veía poco, vivía casi de continuo en su domicilio, pero cuando salía con su sillón a la alameda amplia y sombreada, lo rodeaban los niños del barrio y solía a contar admirables historietas que hacían la diversión de todos. Era ocurridísimo y un día que le preguntaron cómo estaba respondió “Pal gato”. En otra ocasión le contaron que una maestra le creía la gloria viva del Perú y él apuntó “Las viejas son muy chismosas”. Una señora de edad se lo quedó viendo y dijo: Ay don Ricardo, cómo estamos… Ud. señora, porque yo estoy para casarme con su nieta y así pasaban sus últimos días entre vecinos saludadores y somnolencias que avizoraban su próximo fin, hasta que una noche de l.919 murió preguntando la hora porque siempre fue muy curioso.

También dejó un manojo de Tradiciones en Salsa Verde, que andaban desperdigadas por culpa de ciertas palabras no santas. La versión que obsequiara a su amigo Carlos Basadré como regalo de onomástico ha llegado hasta nosotros. Son tradiciones sencillas, la del General Jacinto Lara cuenta que éste militar venezolano, de los gloriosos vencedores en Ayacucho era muy guaso en su trato con los demás, y que en cierta ocasión fue a buscar a Bolívar encontrándole cuando éste salía a realizar visitas de compromiso y como andaba atrasado le dijo: Acompañeme Lara y en el camino me explica, pero conociendo su mala costumbre le advirtió que no abriera la boca durante las visitas. I así sucedió en las dos primeras, pero al llegar a la tercera y ser recibidos por una gentil damita, hermana menor de la señora de la casa, les dijo que ésta no podía bajar pues la noche anterior había dado a luz a un par de robustos mellizos. El Libertador – en uno de esos improntus geniales que a veces le acometían – se levantó eufórico y gritó Que vivan las peruanitas que traen hijos para la libertad y volteando hacia donde estaba sentado Lara le pidió que también diga algo, pero éste solo musitó HUM HUM. Intrigado, Bolívar, le increpó: Diga algo, hombre… diga lo que piensa. Perdone, mi General, pero ya que Ud. me lo ordena pienso en cómo le habrá quedado de ancho el coño a la señora después de tan tremendo parto – refiriéndose a los robustos mellizos. Al oír tamaña lisura el Libertador se levantó rápido y escapó sin siquiera despedirse, seguido de Lara que repetía: Ud. me pidió que diga lo que pensaba. Ud. me lo pidió. Eh.